dissabte, 23 de febrer del 2013

Capítulo 15


Los deseos suelen pedirse en las tartas de cumpleaños, o las noches que se cambia el año. Aparecen deseos cuando las pestañas se esparcen por tus mejillas. Los deseos dicen que no se pueden decir, pero el dueño de esa lámpara te preguntará tres. Que los deseos pueden ser un puñado de hojas dobladas diez veces dentro de un jarrón, o una palabra a la estrella fugaz. Los deseos pueden cumplirse o desvanecerse. Simpática palabra. Desvanecerse. Al igual que tú. Has sido todo ese mi mayor deseo. Lo que no me deja dormir por las noches. Lo que se ha apoderado de mis recuerdos. Lo que ahora mataría por tener a mi lado. Un infinito deseo. Solo un desvanecer.
El suelo estaba frío y una luz me jodía la vista. Pestañeé un poco y pude enfocar mi retina. La chica se apartó de mí y volvió a poner la maldita luz en el ojo derecho. Y luego en el izquierdo. Conseguí mover mi mano y apartarle la maldita linterna. Tragué saliva intentando recordar lo que había pasado. La que me estaba quemando la retina era la señorita García. Podía ver esos ojos miel mucho más profundos de lo que me había imaginado que eran.
            -          ¿Harry? ¿Estás bien? – me movió la cabeza de un lado a otro para que reaccionara - ¿Me oyes?
Pude toser y me levanté del sitio. El mundo me daba vuelta y los oídos seguían resonándome.
            -          Sí, sí te oigo. Y gritas demasiado para mi gusto. – me llevé las manos a la cabeza. Tenía sangre.
            - ¿Qué me ha pasado?
            -          Te has desmayado. – me dijo
Alcé la vista y pude reconocer la esquina que había travesado _______ antes de desaparecer. Me puse de pie de un salto al recordarlo. Mis ojos estaban abiertos como platos.
            -          ¿Dónde está? ¿Dónde se ha ido? ¿Por qué? –dije gritando
Me acerqué hasta la esquina y la doblé. Ella me seguía desde atrás. Me miró despreocupada. Me tomaba por bobo.
            -          ¿Qué has visto, Harry?
Me planteé un momento si me lo estaba preguntando a mí. Me tuve que preguntar desde mi propio inconsciente si realmente había visto algo, o era solo un producto de mi imaginación.
            -          No lo sé – me senté en el suelo y me llevé las manos a la cabeza
Estaba seguro de que la había visto. Sabía que había salido corriendo. Sabía que era ella. Era su peca. Su forma de doblar los pies al caminar. Eran sus ganas por tenerme controlado.
Me hizo levantarme del suelo. Me llevó hasta la enfermería y se sentó conmigo en la camilla.
            -          Pienso que lo que te acaba de pasar el por culpa de la vacuna, Harry.
            -          ¿A los demás también les ha pasado? – pregunté
            -          No exactamente… Pero no descarto nada. – me susurró. Se quedó un minuto en silencio, supongo que pensando la próxima pregunta. - ¿A quién viste?
Me miraba con esos ojos color miel. Desafiante. Colocó su mano y sus uñas rojas sobre mi rodilla. La acarició. Miré dentro de sus ojos y pude ver su inseguridad, pero a la vez se mostraba segura. - Cómo me recordaba a ella – pensé. Sabía que iba a tener que responder tarde o temprano, pero seguí prohibiéndome a mí mismo decir que estaba enamorado. El amor nos hace débiles. Yo no puedo permitirme ser débil.
            -          ¿No crees que estás haciendo preguntas demasiado íntimas, cuando yo no sé ni tu nombre? – le dije
Se quedó en silencio un momento. Desvió la mirada y tragó aire.
            -          Llámame Tara. – rió – Si no quieres, no me creas, pero te he hecho esa pregunta por recopilar información de la vacuna.
            -          Ya. –ironicé – Claro. Información, Tara.
Ambos sonreímos.  Se alzó hasta la altura de mi cabeza. Empezó a limpiarme la herida. Me escocía, pero me prohibí a mi mismo quejarme. Nada de quejas. No delante de las mujeres. No delante de mujeres que se pareciesen a ella.
Acabó y se apartó de mí. Sonrió.
            -          Ya estás. Ahora ya puedes volver con el pelotón.
Me quedé en silencio. Aún sentado y ella esperando a que me fuera sin decir nada. La miré. Se podría decir que era perfecta en todos los sentidos. Pero algo me fallaba en toda esa perfección. Y sabía lo que era. Pero no estaba preparado para admitarlo. Me miró y se mojó los labios a modo de respuesta.
            -          ¿Puedo preguntarte algo personal? – dije
            -          Depende –rió
            -          ¿Qué edad tienes?
            -          Un año menos que tú.
            -          ¿Tan joven y ya salvando vidas? – me asombré
            -          Tú también estás aquí por salvar vidas, Harry.
Silencio. Tenía razón.
Salí de la camilla y caminé hacia la puerta.
            -          Harry – me giré en seco – Si vuelves a ver algo, o te desmayas, dímelo.
            -          Gracias, lo haré. – sonreí y salí de la enfermería.
Tara. La chica de ojos miel. La chica de pelo oscuro. La chica de las uñas rojas. La chica que me provoca visiones. La chica que a partir de hoy empezará a ser una de mis pesadillas.
Sabía que Tara rebosaba perfección. Perfección en todo lo que había visto y todo lo que me quedaba por ver. No creo que pudiera averiguar ningún trapo sucio. Hay veces que cuando ves a una persona; se te para el corazón, sabiendo que con ella lograrás ser feliz. Que sois posibles. Que abandonaréis el dolor. Todo sería perfecto. Un mundo de guerra, donde yo tuviera que hacer el papel de chico de acero con tal de protegerla. Ella se protegería alrededor de mi brazo y notaría su respiración en mi pecho. Pero siempre hay un pero. Incluso en estas cosas, y el pero aquí es que no era perfecta, porque no era ______. Tara y yo podríamos haber sido felices, si no fuera porque yo ya estaba enamorado de otra que no era ella. Yo dejé de buscar a la chica que quiere sentirse protegida. Yo busco a la chica que seguidamente de decirme su nombre, me susurra que no cree que pueda recordarlo. La que después de follar quería una foto mía. La que yo pensaba que no me iba a volver loco. La que se hacía la dura no saludándome por la calle. La que arrojaría la piña colada justo después de que la pagase. La que prefería apostar, antes que besarme. La que me advirtió que eso me acabaría enamorando. Y yo, iluso entre un mundo de mascaras y etiquetas. Con la indiferencia como escudo y coches que te prometen llevar caballos. Dónde todo huele a vodka de tres euros y con música que solo sirve para bailar. Dónde se envuelve a los muertos con papel brillante y a los vivos entre mierda. Con los que solo aprenden a valorar lo que pierden y no lo que tienen. Aún en la espera de encontrarte caminando descalza. Riéndote sin razones. Mirando, aún con la vista cansada. Viviendo, aún sin mí. 

dimecres, 6 de febrer del 2013

Capítulo 14


Encendí la luz de mi cuartel. Intenté por todos mis medios no mirar a ningún espejo. Los demás chicos estaban como yo, pero era obvio que no les importaba lo que a mí. Miré el reloj de la pared. La pared ya mugrienta con grietas y más de una humedad. El reloj con el minutero roto, marcando siempre las doce y treinta dos. No sabía la hora que era, así que opté por esperar a que me hicieran alguna orden que me lo explicara. Desde que había llegado aquí, aún no había tenido la oportunidad de entablar una conversación con alguien. Nadie de aquí me conocía. Podía ser quién yo quisiera ser. Y por eso mismo opté por volver el chico duro con el que nadie quiere meterse en peleas.
            -          Soldado, es la hora de su almuerzo, ¿qué está esperando a ir? – me ordenó
            -          Disculpe, sargento
Se me quedó mirando, con ganas de decirme algo. No avancé. Llevé la mirada al frente, esperando algo más.
            -          No es que le favorezca mucho el corte de pelo. – me dijo – Pero todo su cabello son células muertas, y todo lo muerto, aquí, se destruye. Recuérdelo.
            -          Claro, sargento.
Empecé a caminar. Dejé de ponerme firme y fui hacia el comedor. Había una inmensa cola que esperaba en la rampa. Me acerqué y me puse detrás de un tal Louis. Veía su nombre en la parte trasera de su chaqueta. Todos tenían el suyo. Me quedé en silencio. Avanzamos y cogí mi bandeja. Me pusieron comida con complejo de cemento. Cogí la cuchara que más limpia parecía y me senté en una mesa vacía. No necesitaba ningún amigo. La soledad me haría fuerte. Pero para no mi tan buena suerte, Louis se sentó a mi lado, junto a un tal Zayn. Nos miramos de reojo y cada uno empezó a comer. Silencio hasta que Louis se rió en voz baja.
            -          ¿De qué te ríes? – le desafié
Me miró sorprendido. Cómo si no tuviera dificultades en buscar problemas.
            -          De tu pelo seguro que no, porque no tienes. – me guiñó un ojo
            -          Yo no necesito pelo para pegarme con nadie. – volví a mi posición
            -          Anda, pues ya tenemos algo en común.
Zayn nos miraba en silencio. Me importaba un comino lo que pensaran ambos de mí. Simplemente quería acabar con todo esto cuanto antes. Quería acabar con el campo de reclutamiento. Si hacía falta dormiría tres horas diarias para acabar antes la carrera.
Un temblor empezó a llegar a mis pies. El agua del vaso empezó a moverse.
            -          ¿Lo notáis? – preguntó Zayn
            -          Sí, ¿qué será?
            -          La guerra. - afirmó Louis
Le miramos mal. Supongo que a ninguno nos agradaba la idea de tener que entrar en esa matanza. Zayn y yo nos miramos y volvimos la mirada al vaso. El temblor se acabó y el murmullo de gente volvió.
            -          Parece que sepas mucho de la guerra- le dije a Louis - ¿Qué sabes?
            -          ¿Por qué se supone que debería contártelo?
            -          Quizás sea yo el que te salve la vida cuando la guerra estalle.
            -          La guerra ya ha estallado. Lo que acabas de ver son  tropas acercándose contra nosotros. Estoy completamente seguro que ha sido Portugal. Una bomba o un estallido para asustarnos. Nuestro juego va contra Portugal. – Me miró de arriba abajo – He oído que te han traído desde España. ¿Te has planteado el por qué de que tuvieran tanto interés en que llegaras aquí?
            -          Pensé que había falta de soldados.
            -          No hay de eso aquí. Ya puedes ver cómo está de lleno el comedor. Y hay otras veinte tropas repartidas por el país. Todos nosotros somos los que lucharemos por los errores que cometieron los de arriba.
Me quedé pensando en ello. Supongo que tenía razón. Pero igualmente, no podíamos hacer nada por evitarlo. O eso nos hacían creer.
Acabamos de comer y fuimos hacia la enfermería. Miré el cielo. Cuatro nubes para hacer bonito. Ni rastro de lo que hablaba Louis. Entré en la sala de espera de la enfermería. Tenían que inyectarme un nuevo fármaco contra las bombas nucleares. O eso decían. Pero la verdad es que no me lo tragaba.
Me llamaron para que pasase dentro. Entré y no había ni un alma. Miré las paredes; blancas, como si quisieran darle algo de luz a este montón de oscuridad. Me reprimí y me senté en la camilla. Y entonces apareció una chica de pelo ondulado y oscuro. Piel morena y ojos miel que me travesaron. Me tomó un segundo para recomponerme. Y mantuve mi mirada.
            -          Buenos días, tú eres… ¿Harry Styles? – me dijo mirando a la lista que sujetaba con la mano izquierda y poniéndose unos guantes de látex
            -          Sí. ¿Cómo se llama usted?
            -          ¡Hombre! – se abrumó – Hacía tiempo que nadie me llamaba de usted. Parece que en este lugar al ser mujer ya dejan de valorarte. – sonrió - Así que sólo te diré mi apellido – me quedé esperando una respuesta  y se rió – García.
            -          ¿Es española?
            -          Mis abuelos lo eran, pero yo nunca he ido a España. – desvió la mirada – Pero he oído que usted sí.
            -          Llegué ayer.
Se alejó de mí y cogió un tubo con líquido azul. Le colocó una aguja nueva y lo golpeó un par de veces con sus uñas rojas. Me miró y sonrió.
            -          Supongo que no le tienes miedo a las agujas. -  me dijo a modo de pregunta
            -          Aquí las agujas son lo que menos me preocupan.
Me remangué la manga y destensé mi brazo derecho. Ella vio mis tantos tatuajes y me miró extrañada.
            -          ¿Tienen algún significado?
            -          Algo que algún día me pasó y no quiero olvidar.
            -          Ah. – cambió de tema – Relájate y toma aire.
Lo hice y noté como la aguja penetraba mi piel. No me dolía, hasta que noté cómo el líquido entraba en mi cuerpo. Empezó a arderme el brazo. La miré con los ojos ensangrentados y sacó la aguja ya vacía, pero el picor seguía.
            -          Es normal que te pique, Styles.
            -          ¿Y qué se supone que hace esta vacuna?
            -          En principio desprende bacterias a las que tendrías que enfrentarte si hubiera- la corté
            -          Ya sé lo que es una vacuna. Me refiero a qué es esta mierda que me habéis metido y qué efectos secundarios puede tener.
            -          La verdad… - se quedó en silencio – Es que yo tampoco lo sé.
Alcé las cejas y miré al suelo. Me colocó una tirita en el brazo y se quedó mirándome.
            -          ¿Seguro que tú y yo nunca nos hemos conocido? – me preguntó
            -           No creo, no me suena su cara.
            -          A mí tampoco, pero hay algo en tu mirada que sí. – revoleteó su cabeza –En fin, ya estás.
Me levanté de la camilla y me acerqué hacia la puerta, pero antes de abrirla y desaparecer, me di la vuelta.
            -          ¿Qué ha sido el temblor de este mediodía?
Se quedó en silencio. Me miró con la mirada caída y se encogió de hombros. Supongo que no lo sabía, o eso me quería hacer creer.
Volví hacia la puerta hasta que me paró.
            -          Styles, vigila con todo lo que pueda pasar ahí afuera. No sé lo que pasará, pero te aseguro que nada bueno. 
            -          Tendré el máximo cuidado, no te preocupes. – sonreí
Salí finalmente de la enfermería. Me seguía picando el brazo y me notaba algo mareado, pero no pensaba darle más importancia de la que tenía. Recordé a esa chica; no sé por qué, pero me parecía de confianza. Quizás sí que era verdad que nos habíamos conocido antes. Quién sabe. Me gustaban sus manos, con esas uñas bien pintadas y largas, nada que ver con las de ______. Supongo que la forma de mover los labios al hablar sí me resultaba familiar. Y que cuando sonreía se tocaba el colmillo izquierdo. Mierda, Harry, para. Céntrate en salir de aquí cuanto antes.
El cielo estaba limpio, sin una nube. De esos días que solo aparecen cuando tienes que quedarte en casa estudiando. Y ahora tampoco es que fuese muy diferente. Iba a revolverme el pelo pero me quedé con las ganas y me quedé con todas las ideas en la cabeza. Escupí al suelo y levanté la mirada. Entonces el pulso se me desestabilizó. Las manos me temblaban y mantenía la mandíbula apretada para que no se fuera volando. Estaba allí, delante de mí. _______ estaba a diez metros de mí. Me quedé sin saliva y caminé hasta ella. Tenía el pie izquierdo apoyado en la pared. Solo veía la parte izquierda de su cara. Con los labios presionados, como siempre que tenía que concentrarse. Con su pelo castaño cayéndole por encima de los hombros, igual que el día que la conocí. Llevaba aquel bikini negro que le quedaba como un guante, pero estaría mucho más preciosa con la ropa en el suelo. Cuando la tuve a dos metros se metió detrás del cuartel. Caminé con el corazón en la boca, y al cruzar la esquina, desapareció.