La luz tras la ventana no ha tenido el valor para salir. El
despertador suena como si Lucifer picara sobre el metal. Lo tiro contra el
suelo, sabiendo que a partir de hoy ya no lo volveré a necesitar. Al abrir los
ojos me topo con tu mirada en mi mente. Me asusto. La almohada sigue húmeda de
agua salada y el suelo está tan frío como tú. Voy al espejo y miro mi reflejo.
Parece mentira que esto sea verdad. Íbamos de modernos por una democracia que
patrocinábamos en las pantallas de la televisión, y míranos. Me mojo la cara
intentando limpiar algo más que las lagañas que no están por haber pasado la
noche en vela. Me cambio el pantalón de verano por un tejano desgastado. Me
pongo una de mis típicas camisetas blancas y miro a mi collar. Fechas. Tantas
fechas de gente que he querido y hoy ya no están. Tantas fechas, donde no me
gustaría que apareciese la mía.
Voy a la cocina y me encuentro con Adam. Silencio. Ninguno
tiene nada que decir. Todo está dicho. Me pasa el café y la leche. No necesito
leche. Hoy tengo que estar más despierto que nunca. Me lo lleno hasta arriba y
lo trago de golpe. Un sabor amargo me desgarra toda la garganta y me sienta
bien. Dolor que suplementa otro dolor.
Miré mi reloj. Diez minutos para irnos. Es un buen momento para recoger las
cuatro cosas que quedan, o saltar por la ventana, ir a buscarla y salir huyendo.
Pero no tengo tanto valor como para coger la segunda opción. Me pongo mis
converse blancas, que ya no son tan blancas, y cojo todo lo que me queda. Adam
sale por la puerta y al poco tiempo yo le sigo. Meto las cosas en el ascensor y
Adam me da la llave para que cierre. Supongo que ahora mismo ninguno de los dos
tenía el valor para cerrar la puerta de esa casa vacía. Me quedo mirando la
puerta, con el pie a medio entrar. Veo el pomo desgastado y el felpudo que ya
no nos dará la bienvenida. Entonces me acuerdo de algo, algo que no he recogido
aún. Entro corriendo a la habitación y abro la mesita de noche con un golpe.
Rasco encima del cajón y toco el sobre. Lo despego y lo abro. Ahí está. Me
quedo mirándolo un rato y luego lo guardo en el bolsillo trasero. Me dirijo a
la puerta y miro dentro de casa. Vacía. Un sofá desteñido de algún rojo que
tenía complejo de gris. Un mueble bar donde solía haber para ese olvido rápido
de cualquier dolor. Las paredes blancas llenas de susurros de lo que mi mente
piensa. Las ventanas cerradas y algo sucias por fuera. Vuelvo a mirar a la
puerta. Cierro los ojos y luego miro a Adam. Asiente. Hay que cerrar. Tiro del
pomo hacia afuera, haciendo que suene un portazo y miles de voces salgan de mi
cabeza. Meto la llave en la cerradura, recordando
todas esas frases que Gemma me solía decir de los hombres, y la giro tres veces
hasta que se cierra del todo. Entro en el ascensor y descendemos todas las
plantas. Mi vida había sido cómo esto, un continuo sube baja del ascensor.
Apretando todos los botones del
ascensor, con la esperanza de llegar hasta arriba, pero sin darnos cuenta, de
que cuando estás en el punto más alto. Dónde la felicidad ya grita su nombre,
lo único que puedes hacer, es descender.
Cogí las cosas y caminé rápido hasta el coche. Abrí el
maletero y metí lo quedaba a presión. Adam entró y yo fui al asiento del
copiloto. Cerré la puerta y miré el techo beige del coche, mientras escuchaba
el sonido del motor sonar. Noté un bulto en mi trasero y metí la mano en el
bolsillo para sacarlo. Aún estaba dentro del sobre. Llevé los ojos hacia la
ventana y entonces la vi. Saliendo por la puerta gris, detrás de un chirrido
por culpa de falta de aceite. Se quedó quieta, mirándome, pensando que ya no podría
volver a despedirse de mí. Adam arrancó
y miré al sobre.
-
Para el coche. – forcé
-
¿Ahora?
-
Que lo pares ya, Adam.
El freno de mano salió hacia arriba y yo salí del coche. Fui
corriendo hacia ella, con la mirada llena de emociones. La cogí de las manos y
le di el sobre. Me miró a los ojos sin poder decir nada. Los tenía húmedos e
hinchados. Tanto o igual que yo.
-
Quédatelo. – susurré – Te escribiré.
Y ahí es cuando su mandíbula empezó a temblar y sus manos me
apretaban fuerte. Susurrándome con los ojos que lo sentía. Entonces, sin que mi
subconsciente me pidiera permiso, me acerqué a sus labios y los presioné
fuertemente contra los míos. Tragué aire y me solté de sus manos. Volví
corriendo al coche y cerré tras un golpe de fuerza.
Miré por la ventana, viendo como todo aquello se quedaba
atrás, y la luna desaparecía a nuestro paso. Susurré su nombre una vez y cerré
los ojos.
La verdad es que la palabra verdad empieza por ver. Nunca
fuimos un puzle de esos donde las piezas encajan. Nunca fui el primer plato, ni
siquiera el segundo, ni tan solo el postre. Fui de esas sobras recalentadas que
se guardan en la nevera con un fil de plástico. Tú y yo éramos de otra pasta. No
sé cómo alguna vez pudiste llegar a nombrarte “normal”. Tú no eras nada de eso.
Eres ese punto medio entre lo “ilógico” y lo “irreal”. De las que lleva en la
mochila todas sus decepciones, errores y una cola de desconfianza. La vida es
muy puta, y que ésta nos ha vuelto a todos un poco más hijos de puta. Porque el
mundo es una mierda y la gente ha empezado a olvidar el sabor de su primer
beso, el tacto a sudor de su último polvo o el olor del suavizante que usaba su
madre cuando eran pequeños. Que la gente ya no abre cervezas con los dientes y
que los niños ya no buscan algo de alegría rasgándose las rodillas en medio de
cualquier parque. Crecemos para ser eso que tanto odiamos, mayores. Sin embargo
ella me ha enseñado a verlo todo algo más diferente. Nunca me habría pasado
horas viendo como alguien respira cuando duerme, ni el reflejo que expresa su
pelo cuando está contra el sol. Podría hablar de todos y cada uno de sus lunares,
y perderme en esa vía láctea que tiene en la espalda. Me enamoré de una que
tiene las uñas mordidas y pintadas de colores. De las que no sabe estarse un
minuto sin mover las cejas. De a la que sólo quería besar, y al final he pasado
noches llorando por ella. De la que hacía que me temblasen hasta las encías
cuando me soltaba un “hola”. Yo hubiera sido capaz de darle el mundo, pero ni tuve
el valor, ni tú lo querías. Que la luna y los atardeceres en la playa tienen
celos de ti. Y después de todo somos de esos infelices que tocan pero no
sienten, de los que oyen pero no escuchan y de los que miran pero no ven. Y yo,
he vivido toda mi vida con un montón de preguntas sin respuestas. Sin saber de
dónde vengo ni a dónde voy. Nunca he sabido mirar las constelaciones en el
cielo, ni leer poesía del siglo diecinueve. Podría decirte que no sé casi nada,
pero en ese casi entras tú, y que te quiero. Y que si algún día me ves caído en
el suelo, no te preocupes, tranquila, no me pienso quedar ahí. Tienes tres
opciones; dejar que te defina, que te destruya o que te haga más fuerte. Y sin
embargo tú me has cambiado la vida.