dijous, 13 de desembre del 2012

Capítulo 12



La luz tras la ventana no ha tenido el valor para salir. El despertador suena como si Lucifer picara sobre el metal. Lo tiro contra el suelo, sabiendo que a partir de hoy ya no lo volveré a necesitar. Al abrir los ojos me topo con tu mirada en mi mente. Me asusto. La almohada sigue húmeda de agua salada y el suelo está tan frío como tú. Voy al espejo y miro mi reflejo. Parece mentira que esto sea verdad. Íbamos de modernos por una democracia que patrocinábamos en las pantallas de la televisión, y míranos. Me mojo la cara intentando limpiar algo más que las lagañas que no están por haber pasado la noche en vela. Me cambio el pantalón de verano por un tejano desgastado. Me pongo una de mis típicas camisetas blancas y miro a mi collar. Fechas. Tantas fechas de gente que he querido y hoy ya no están. Tantas fechas, donde no me gustaría que apareciese la mía.
Voy a la cocina y me encuentro con Adam. Silencio. Ninguno tiene nada que decir. Todo está dicho. Me pasa el café y la leche. No necesito leche. Hoy tengo que estar más despierto que nunca. Me lo lleno hasta arriba y lo trago de golpe. Un sabor amargo me desgarra toda la garganta y me sienta bien.  Dolor que suplementa otro dolor. Miré mi reloj. Diez minutos para irnos. Es un buen momento para recoger las cuatro cosas que quedan, o saltar por la ventana, ir a buscarla y salir huyendo. Pero no tengo tanto valor como para coger la segunda opción. Me pongo mis converse blancas, que ya no son tan blancas, y cojo todo lo que me queda. Adam sale por la puerta y al poco tiempo yo le sigo. Meto las cosas en el ascensor y Adam me da la llave para que cierre. Supongo que ahora mismo ninguno de los dos tenía el valor para cerrar la puerta de esa casa vacía. Me quedo mirando la puerta, con el pie a medio entrar. Veo el pomo desgastado y el felpudo que ya no nos dará la bienvenida. Entonces me acuerdo de algo, algo que no he recogido aún. Entro corriendo a la habitación y abro la mesita de noche con un golpe. Rasco encima del cajón y toco el sobre. Lo despego y lo abro. Ahí está. Me quedo mirándolo un rato y luego lo guardo en el bolsillo trasero. Me dirijo a la puerta y miro dentro de casa. Vacía. Un sofá desteñido de algún rojo que tenía complejo de gris. Un mueble bar donde solía haber para ese olvido rápido de cualquier dolor. Las paredes blancas llenas de susurros de lo que mi mente piensa. Las ventanas cerradas y algo sucias por fuera. Vuelvo a mirar a la puerta. Cierro los ojos y luego miro a Adam. Asiente. Hay que cerrar. Tiro del pomo hacia afuera, haciendo que suene un portazo y miles de voces salgan de mi cabeza. Meto la llave en la  cerradura, recordando todas esas frases que Gemma me solía decir de los hombres, y la giro tres veces hasta que se cierra del todo. Entro en el ascensor y descendemos todas las plantas. Mi vida había sido cómo esto, un continuo sube baja del ascensor. Apretando  todos los botones del ascensor, con la esperanza de llegar hasta arriba, pero sin darnos cuenta, de que cuando estás en el punto más alto. Dónde la felicidad ya grita su nombre, lo único que puedes hacer, es descender.
Cogí las cosas y caminé rápido hasta el coche. Abrí el maletero y metí lo quedaba a presión. Adam entró y yo fui al asiento del copiloto. Cerré la puerta y miré el techo beige del coche, mientras escuchaba el sonido del motor sonar. Noté un bulto en mi trasero y metí la mano en el bolsillo para sacarlo. Aún estaba dentro del sobre. Llevé los ojos hacia la ventana y entonces la vi. Saliendo por la puerta gris, detrás de un chirrido por culpa de falta de aceite. Se quedó quieta, mirándome, pensando que ya no podría volver a despedirse de mí. Adam arrancó  y miré al sobre.
                 -          Para el coche. – forcé
                 -          ¿Ahora?
                 -          Que lo pares ya, Adam.
El freno de mano salió hacia arriba y yo salí del coche. Fui corriendo hacia ella, con la mirada llena de emociones. La cogí de las manos y le di el sobre. Me miró a los ojos sin poder decir nada. Los tenía húmedos e hinchados. Tanto o igual que yo.
                 -          Quédatelo. – susurré – Te escribiré.
Y ahí es cuando su mandíbula empezó a temblar y sus manos me apretaban fuerte. Susurrándome con los ojos que lo sentía. Entonces, sin que mi subconsciente me pidiera permiso, me acerqué a sus labios y los presioné fuertemente contra los míos. Tragué aire y me solté de sus manos. Volví corriendo al coche y cerré tras un golpe de fuerza.

Miré por la ventana, viendo como todo aquello se quedaba atrás, y la luna desaparecía a nuestro paso. Susurré su nombre una vez y cerré los ojos.

La verdad es que la palabra verdad empieza por ver. Nunca fuimos un puzle de esos donde las piezas encajan. Nunca fui el primer plato, ni siquiera el segundo, ni tan solo el postre. Fui de esas sobras recalentadas que se guardan en la nevera con un fil de plástico. Tú y yo éramos de otra pasta. No sé cómo alguna vez pudiste llegar a nombrarte “normal”. Tú no eras nada de eso. Eres ese punto medio entre lo “ilógico” y lo “irreal”. De las que lleva en la mochila todas sus decepciones, errores y una cola de desconfianza. La vida es muy puta, y que ésta nos ha vuelto a todos un poco más hijos de puta. Porque el mundo es una mierda y la gente ha empezado a olvidar el sabor de su primer beso, el tacto a sudor de su último polvo o el olor del suavizante que usaba su madre cuando eran pequeños. Que la gente ya no abre cervezas con los dientes y que los niños ya no buscan algo de alegría rasgándose las rodillas en medio de cualquier parque. Crecemos para ser eso que tanto odiamos, mayores. Sin embargo ella me ha enseñado a verlo todo algo más diferente. Nunca me habría pasado horas viendo como alguien respira cuando duerme, ni el reflejo que expresa su pelo cuando está contra el sol. Podría hablar de todos y cada uno de sus lunares, y perderme en esa vía láctea que tiene en la espalda. Me enamoré de una que tiene las uñas mordidas y pintadas de colores. De las que no sabe estarse un minuto sin mover las cejas. De a la que sólo quería besar, y al final he pasado noches llorando por ella. De la que hacía que me temblasen hasta las encías cuando me soltaba un “hola”. Yo hubiera sido capaz de darle el mundo, pero ni tuve el valor, ni tú lo querías. Que la luna y los atardeceres en la playa tienen celos de ti. Y después de todo somos de esos infelices que tocan pero no sienten, de los que oyen pero no escuchan y de los que miran pero no ven. Y yo, he vivido toda mi vida con un montón de preguntas sin respuestas. Sin saber de dónde vengo ni a dónde voy. Nunca he sabido mirar las constelaciones en el cielo, ni leer poesía del siglo diecinueve. Podría decirte que no sé casi nada, pero en ese casi entras tú, y que te quiero. Y que si algún día me ves caído en el suelo, no te preocupes, tranquila, no me pienso quedar ahí. Tienes tres opciones; dejar que te defina, que te destruya o que te haga más fuerte. Y sin embargo tú me has cambiado la vida.

dimarts, 11 de desembre del 2012

Capítulo 11


Abro un ojo y la cama está vacía. Rezo para que te hayas ido de casa. Me levanto de la cama y me visto con la primera ropa que veo. Mañana me voy y cada minuto que pasa tengo menos ganas de vivir. Mi ojo izquierdo gotea y salgo de la habitación como si nada. Voy a la cocina y para mi mala suerte, aún no te has ido. Miro a Adam mal humorado y lo saco de allí.
              -          ¿Qué te pasa, tío? – me pregunta, como si esto fuera normal
              -          ¿Por qué aún no se han ido?
              -          Échalas tú si tienes huevos.
Alcé las cejas. Sí, era una prueba. Él no tenía cojones a demostrar no ser un cobarde y echarlas de casa. Y yo soy un estúpido y un crío por ser tan manipulable. Maldito Adam que sabe que no me resisto a nada después de esa frase.
Me acerqué a los dos monumentos de perfección y escupí para mis adentros. Las miré de arriba abajo. Qué asco me daban.
Tú, la de pelo negro y ojos verdes, te habías creído muy mala por robarme una de mis camisas que sólo hubiera permitido que se pusiera ella. Pero nunca lo hizo, ni lo va hacer. Qué novedad. Te creíste lo suficiente buena por no haberte mordido las uñas en tu puta vida, e ir sonriendo por tu pintauñas bien pintado. Pretendiste llegar aquí, con tu cara pornosa de cualquier anuncio de colonias y suponer que tú y tus pestañas alargadas por el rizador podrían substituir a su rímel corrido por haber llorado por las esquinas. Fantaseaste que tus labios llenos de carmín iban a remplazar los suyos rotos por las manías de morderse los pellejos. Creíste que me ibas a conseguir o que simplemente sentiría algo más que asco por ti. No acertaste. Quizás esto sea obra de ella y te haya pedido que vengas aquí a restregarme en mi cara lo imbécil que he llegado a ser.
              -          Chicas, – conseguí decir para callar a mis pensamientos – tenéis que iros.
              -          ¿Por qué? – preguntaste tú, a la que más odiaba
              -          ¿Quieres que te diga la verdad o que te mienta? – alcé las cejas. No estaba para polladas.
              -          La verdad. – me desafiaste.
              -          Ya hemos tenido de vosotras lo que queríamos. – se me quebró la voz al recordarla - Ahora ya no necesitamos nada. Así que adiós.
              -          ¿No piensas decir nada más?
              -          ¿Qué quieres que te diga? – burlé – Qué simplemente he querido olvidar a algo, o a alguien, pretendiendo substituirlo con alguno de vuestros placeres. Quieres que te diga que todos habían pensado que me podrían cambiar, y que la única que no lo intentó, lo hizo y me dejó tirado. Quieres que te diga que sencillamente lo único que siento es desprecio hacia a mí mismo. Qué no sé qué mierda estoy haciendo con mi vida intentando creer que alguien iba a ser como ella. Qué soy un completo idiota por meterme donde no me llaman. Qué acabo de perder a algo que nunca pensé que tendría. Qué mañana me voy y no la volveré a ver. Qué no tengo cojones a decirle que la quiero. Qué he sido un puto estúpido por enamorarme de unos labios que nunca más voy a volver a besar. Qué. ¿Quieres que te diga eso? Pues ahí lo tienes. Ahora si me hacéis el favor, iros de esta maldita casa que nunca voy a volver a ver. Y si no os importa cerrar la puerta de un portazo, para que me pueda imaginar de alguna forma su voz en grito. Dejándome sólo con mi mente y mis recuerdos. ¿Os importa?
Un silencio incómodo apareció. Este era uno de los pocos silencios que me gustaban. Significaba que había ganado. Que no habría más preguntas. Que tendría lo que quería sin reproches. Obligué a la chica que se quedase con mi camisa y se la llevara muy lejos, donde no pudiera saber que su olor a lavanda había desaparecido. Salieron de casa tal y como vinieron, y por lo visto, me hicieron el favor de dar un portazo. Pero no había rabia. Simplemente decepción. Tanta decepción como ______ y yo sentíamos.
Fui a mi habitación,  saqué la maleta de debajo de la cama y empecé a guardar ropa sin ánimo de doblarlo. Nada se merecía mi atención como para ser doblado. Nada valía si ella ya no se lo iba a volver a poner la misma mañana al despertar a su lado.
Bajé las escaleras sin mirar atrás. Cada vez se me hacía más difícil andar sin tropezar. Cogí la maleta con más fuerza y salí a la calle. Me acerqué al coche y abrí el maletero. Allí iba mi guitarra y la bolsa negra que había traído al llegar aquí. Rayas azules y con alguna humedad provocada por la botella de agua mal cerrada. Volvía a Londres. Dejé la maleta y cerré el maletero. No quería seguir recordando. Pero para extras, estaba ella. Estaba allí, al otro lado del coche, mirándome con la mirada baja. Volvió a aparecer el silencio durante un par de minutos, hasta que le aparté la mirada; no podía con tanta tensión. Me apoyé en el coche y miré abajo. Noté como venía hacia mí, con pasos leves, con miedo. Y yo, inmóvil, sin saber qué decir, ni qué sentir a parte de temblor en las manos.
              -          Harry… - dijo casi inaudible - ¿podemos hablar?
Alcé la vista y vi sus ojos cafés. Tenía la mirada perdida. Sin saber a dónde llevarla. No era la misma de antes, estaba insegura de todo. Yo también. Me moría de ganas de abrazarla y de decirla que la quería, que todo iba a estar bien. Pero sin embargo no tenía valor para hacerlo.
              -          Claro – fue lo único que pude soltar por la boca
Me apoyé en el coche y ella también. Podía olerla. Respiré hondo impregnándome de en si. Sabía que iba a ser una de las últimas veces que la olería.
              -          Ya me he enterado… - empezó a hablar – de que mañana te vas a Londres…
              -          ¿Te lo ha dicho Adam?
              -          Le exigí a que me lo contara.
Volvió a bajar la mirada. Noté como se le caía una lágrima y se la secaba rápido con la esperanza de que no pudiera notarlo. Sin embargo yo ya me había roto por dentro.
              -          ¿Volverás? – me preguntó al fin
              -          ¿Quieres que vuelva? – la miré a los ojos, buscando un poco de esperanza.
Me bajó la mirada de nuevo. Las manos empezaban a temblarle.
              -          ¿Esto es una despedida, verdad? - susurró
              -          Sí, lo es.
Suspiró y yo tragué aire. Esto estaba siendo más duro de lo que me había imaginado.
              -          ¿A qué hora te vas mañana?
              -          A las siete salimos de aquí
Nos quedamos en silencio un par de minutos. – Bésame – pensé. Se alzó del coche y yo la imité. Nos quedamos el uno delante del otro, sin hacer nada. No sabía si darle un abrazo, si besarla en los labios, o darle dos besos. No sabía si hundirme y llorar, o ser fuerte y sonreír.
              -          ______... Lo siento…
              -          No cambia nada, Harry…
              -          Lo sé.
Se llevó las manos a la cara, sin dejarme mirarla por un par de segundos. Luego las bajó y se quedó mirándome. Tenía los ojos húmedos.
              -          ¿Puedo besarte por última vez? – pregunté
              -          No me lo hagas más difícil, Harry. Por favor.
Me lo tomaré como un no. Demasiada tensión. Un momento demasiado incómodo. Y yo, y mi estupidez máxima me hizo acercarme a ella y la abrazarla. Sin embargo ella no reaccionó. Se quedó inmóvil. Estoy seguro de que estaba haciendo un mundo para no llorar en ese momento. Exactamente como yo. Respiré en su pelo y lo olí por última vez.
Se separó de mí y me miró con esos ojos cafés.
              -          Adiós Harry. Te deseo toda la suerte del mundo.
              -          Adiós, ________.
Me dio la espalda y desapareció del lugar.
              -          Te quiero – susurré sin dejar que nadie me escuchara. 

Capítulo 10


Todo se desmoronaba. La chica que quiero, no quiere verme. Mi familia se está perdiendo. Y yo, tengo que volver a Londres, y no precisamente a verlos. Las cosas cambian demasiado de un momento para otro. Supongo que había llegado demasiado alto, y ahora me tocaba caer en picado.
Tragué aire y me rasqué los ojos. No podía volver a llorar. No delante de Adam.
             -          ¿Y todo esto para qué? – me preguntó - ¿Qué quieren de nosotros?
             -          No lo sé. Pero sé de alguien que sí lo sabe.
             -          ¿Quién?
             -          Ahora vengo.
Me fui del comedor y me metí en mi habitación. Revolví mi pelo, aclarándome las ideas. Preguntas concretas. Respuestas exactas. Mamá. Mamá tenía que saberlo. Saqué el móvil de mi bolsillo y marqué su número de carrerilla. Cinco pitidos y contestó.
             -          ¿Harry?
             -          Mamá. Ya sé a qué te referías.
La oí tragar saliva y respirar hondo.
             -          Ya te ha llegado, ¿verdad?
             -          Sí. ¿Por qué? ¿Por qué a mí? ¿Qué quieren de nosotros? ¿Qué planean?
             -          Harry…
             -          Dime la verdad, mamá.
             -          Las cosas aquí…. No están bien, ya lo sabes. La crisis ha llegado muy lejos. Aquí y por todo el mundo. Todo esto es un tema tabú en cada país. Por eso no sale en ningún periódico, ni nadie dice nada a nadie.
             -          ¿Pero qué quieren?
             -          Van a formar un ejército. Todos los hombres entre dieciséis y treinta años se juntan a las afueras de Cheshire y los militares enseñan a cómo ser un soldado. Te enseñan a quedarte sin escrúpulos. A matar al contrario con tal de defender a tu país. A cómo montar armas con los ojos cerrados.  A nadar con una piedra en tu espalda. A ser una máquina sin límites. Sin sentimientos. – calló un segundo – Tu primo hace dos semanas que ya va. Lo vimos ayer y está irreconocible. No quería ni darnos dos besos. Éramos completos desconocidos para él.
             -          ¿Pero qué va a pasar cuando esté el ejército formado?
             -          Habrá una Tercera Guerra Mundial, Harry.
Y es ahí, cuando sabes que no hay marcha atrás. Tienes que afrontar lo que te toca. Sin peros, sin reproches, sin lloriqueos. Cómo un hombre.
             -          Saldremos de esta mamá. 
             -          Te iré a buscar al aeropuerto.
             -          Llegaré el viernes. A la una del mediodía esteré allí. Díselo a Gemma.
             -          Lo haré.
             -          Te quiero mamá.
             -          Te quiero hijo.
Colgué primero. Una lágrima se salió de mi ojo izquierdo. Respiré hondo y salí de la habitación. Tenía que hablar con Adam.
Al contárselo se quedó igual que lo hice yo. Después le relaté lo que pasó con _______. Se quedó en silencio. Supongo que se moría de ganas de decirme un “te lo dije”, pero se aguantó.
Nos dejamos caer sobre el sofá y la cabeza se fue en busca de techo. Adam sacó dos cigarros. Uno para él, otro para mí. Ninguno de los dos fumábamos, pero digamos que este es un momento en el que nos lo podíamos permitir. Sacó el mechero y al encenderlo tragué todo el humo. Me sentaba bien.
             -          El viernes hay que irse. – susurré – Y estamos a miércoles.
             -          Deberíamos hacer algo hasta entonces. Y no estar aquí haciendo los gilipollas.
             -          Ya.
             -          Ya.
             -          ¿Y qué propones?
             -          A mí me vendría bien sexo. Y a ti también.
             -          No sé Adam… No tengo cuerpo para follar…
Resopló y se puso de pie.
             -          ¿Y qué pretendes? ¿Estarte todo el día sentado en el sofá hasta que llegue el viernes? ¿Sin disfrutar de la poca libertad que te queda? Harry, ella no va a volver por mucho que tú llores.
Y entonces esa última frase se quedó clavada. No me quería y no podía hacer nada por cambiarlo. Pasaba de mí, tanto como yo había pasado de tantas chicas. Recordé esa frase que me dijo Adam el día que mandé a tomar aire a Margaret “Algún día te estallará todo esto en la cara.” Y sí. Estaba en lo correcto.
Me levanté del mugriento sofá y busqué en mi agenda de teléfonos. Pero Adam me puso la mano enfrente de la pantalla.
             -          No quiero chicas que ya te hayas follado. – me dijo – Aunque tú si folles con las que yo lo he hecho.
             -          Hijo de puta – reímos
Otra vez de vuelta a ________. No podía salir de mi cabeza. Esto se había acabado y no quería aceptarlo. Supongo que nunca lo haría. Pero supongo que haré lo que siempre me han inculcado; hacer felices a las mujeres. Y si a ella le hacía feliz que me fuese tan lejos como para que ella pudiera olvidarme; lo haría. Nunca he creído en las casualidades, así que supondré que si tengo que irme, no es por tontería.
Adam se empeñó en ir al centro. Fuimos en su coche y nos quedamos en la terraza de un bar; cómo si estuviéramos escogiendo premio ante la exposición. No me parecía buena idea, pero tampoco me serviría de nada estar en casa.
             -          ¿Las del banco no te parecen que están buenas? – me preguntó dando un codazo
             -          Bah. Coge tú la que quieras Adam. Yo no quiero estar con ninguna.
             -          Eres un payaso.
             -          Y tú un imbécil.
Me sonrió irónico y se levantó de la silla. Se acercó a las chicas y empezó a hablarles. Una morena y otra rubia. Shorts, camiseta blanca y chancletas. De pelo rojo y la otra negro. Las típicas niñas de ciudad que vienen unos días a la playa. Adam les señaló hacia mí. Él saludó y yo le aparté la mirada. Me puse las gafas de sol y saqué mi móvil. Miraba fotos. Todas las fotos de este verano. Había una foto de ella; paré. Hice un zoom en su mirada. Aún me acuerdo cuando me decía que no le hiciese fotos. Tiene una preciosa sonrisa. La séptima maravilla del mundo.
             -          Harry – alcé la mirada y allí estaba Adam con las dos chicas – Te presento; ella es María y ella Paula – hizo un gesto como que esta última era para mí.
La chica ésta, la tal Paula, se sentó a mi derecha. Tuve que quitarme las gafas y sacar una sonrisa. Era la del pelo negro. Un punto menos a su favor por no parecerse a _______. Un punto más para sentirme despreciable.
Y con todo tu entusiasmo empezaste a hablarme. Moviendo tu pelo negro y tus ojos verdosos. No sé quién te crees para sentarse a mi lado y pretender substituir a _______. Me la suda si tus padres se habían comprado una casa aquí. Me importa tres cominos que el agua de la playa estuviera fría o si la tira del bañador se te había perdido. Me la sopla todo de ti. Parecía que me querías hacer sentir mal; ahí delante de mí, hablándome e intentando imitar la forma en la que arrugaba la nariz al reír. Nadie me ha pedido permiso para mover la peca de ella a tu oreja derecha. Te creías mejor por no gesticular todas las cosas cómo hacía ella, o no darle importancia a cosas que no tenía. Que vengas aquí, enseñándome todo tu canalillo, no iba a hacer que dejase de pensar en ella. Y encima Adam pretendía que fuéramos a casa. Lo que me faltaba.
Parece que está claro a lo que venías y a lo que venía yo. Bueno, lo último lo tendrías tú más claro, porque yo estaba completamente perdido. El sol ya ha caído y al entrar a la habitación  me empujas contra nuestro colchón, no el tuyo,  y te tiras sobre mí. Cierro los ojos y vuelvo a abrirlos para jugar con tu cuello, en busca de aquél lunar justo en la clavícula izquierda; pero no está. Me alejo de tu miserable cuello y te me lanzas a los labios. No me gustan, demasiado carnosos. No son frágiles, como los suyos. Besas con demasiada ansia, cuando yo no tengo ambición por ti. Busco en tu mirada un color café, pero me asusto al ver un maldito moco verde que tienes como iris. Creo que debí apagar la luz, pero ya es tarde para eso. Voy en busca de esas marcadas caderas, que tanto se queja siempre; pero encuentro una diminuta cintura de avispa que da un par de giros hasta los muslos. Llegaste aquí y te pensaste que podrías substituirla por tu cuerpo perfecto de stripper de Las Vegas. Meto mis dedos sobre tu pelo, con la esperanza de quedarme enredado en su ondulación; pero no soporto este pelo tuyo lacio y escurridizo. Como si vinieras aquí de ángel caído del cielo que viene a salvarme. Me tiendo sobre la cama, dejando que tú hagas todo el trabajo. No me gusta como tú, la ojo mocosa de pelo lacio, se desenvuelve sobre mi cuerpo. Amontonas perfección por todos lados. No me haces ningún gesto de cariño como ella lo hacía; no me gritas ningún joder, ni susurras mi nombre, ni siquiera eres capaz de clavarme una miserable uña.  Algo de mí se desprende y entra en ti. Tu boca gime y yo me separo de inmediato de tu maldito perfecto cuerpo. Me dejo caer en el otro lado de la cama; donde ella hubiese estado si no fuese tan así, cómo es ella. Maldigo que tú, la de pelo negro, le hayas cambiado el olor a toda mi habitación; pero la almohada sigue oliendo al lavanda de su pelo. Me maldigo a mi mismo por haber traído a esa perfección a nuestra habitación. Te das la vuelta, dándome la espalda, con la esperanza de que te abrace o te haga un mínimo de acercamiento. No lo pienso hacer. No bostezabas, ni siquiera roncabas. Tu nariz no hacía ningún ruido. Como los ángeles. Repugnante. Rezaba para que en algún momento me dejases sin sabana, te tirases un pedo o me pusieras sus pies fríos en mis gemelos, en busca de algo avaricia. Pero no lo hiciste. Eso me hizo odiarte aún más; y a mí también. 

Capítulo 9



Abrí los ojos y pude verla como descansaba sobre mí. Miré el reloj de la mesita; 5:25h. No iba a poder dormirme. La volví a mirar. Descansaba como un bebé. Tenía ambas manos apoyadas sobre mí. Tenía frío. Arrugaba la nariz cada vez que la intentaba abrazar y la relajaba al ver que no la soltaba. Acaricié su sedoso pelo y la besé en la frente. La cogí en brazos y la tumbé en la cama. La tapé con la manta y le acaricié la mejilla. No se lo digáis, pero parecía una princesa.
Salí de la habitación y cerré la puerta con cuidado. Fui a la cocina y me llené un vaso de leche. Abrí todos los armarios en busca de café, pero solo me topé con el colacao. “No me gusta el café. Es más, lo odio.” Recordaba cómo sería su voz al repetirlo. Hoy bebería colacao. Abrí un cajón para coger una cuchara y me topé con un montón de notas. Las saqué y empecé a mirar.
“No sé qué pinto aquí. No sé quién ha venido y me lo ha mandado. Este chico no es para mí. Lo sé. Ningún hombre es para mí. A mí no  me pasan cosas bonitas…”
“Cada vez que sonríe, pienso que lo hace para reírse de mí. No puedo con él. Tengo que ser fuerte…”
“Sí, me muero por besarle. Pero tengo miedo de que ese beso signifique más para mí, que para él…”
“Y entonces aparecerá otra, y yo me volveré invisible para ti…”
“No son celos; es miedo a que te guste otra colonia, otra sonrisa, otros besos…”
“He vuelto a soñar con él. Lo peor es que él también ha soñado conmigo…”
“Sabrás que es él; no cuándo cuando se adapte perfectamente a la descripción que dabas de tu hombre perfecto, si no cuándo descubras que tu descripción de hombre perfecto se ha modificado para describirlo a él…”
 “A veces, quizás con demasiada frecuencia, me pregunto si alguien me echaría en falta si no volviese a aparecer. Si me fuese de aquí. Si alguien le importaría si me fue lejos, muy lejos, dónde el horizonte no alcanza. Me pregunto si alguien me escribiría durante años. Me esperaría durante décadas. Si alguien iría a mi encuentro con una sonrisa de oreja a oreja por volver a verme. Repitiéndome lo mucho que me ha echado de menos. Contándome todo lo que vamos a hacer para recuperar el tiempo perdido. A veces me lo suelo preguntar. Pero no creo que nadie lo hiciese…”
“Everyone leaves...”
Y entonces se abrió la puerta de la cocina. Aparecía con un moño a medio hacer y mirando al suelo. Seguidamente llevó la mirada a mí y luego a lo que estaba leyendo. Su mirada cambió completamente. Reflejaba odio.
            -          ¿Los has estado leyendo? – preguntó seria
            -          _____... Yo….
            -          Respóndeme.
            -          Algunos… Pensé que no importaba si los leía…
Se acercó a mí y me los quitó de las manos. Alzó su dedo índice y lo alargó hasta la puerta.
            -          Fuera.
            -          ¿Qué?
            -          Que te vayas, Harry.
            -          ¿Por leer unos estúpidos papeles?
Y entonces ahí sí que la había cagado. Tensó la mandíbula y tragó saliva.
            -          ______... Perdón, no quería decir e-
            -          Fuera.
Agaché la mirada y salí por la puerta. Ella la cerró detrás de mí. Me apoyé sobre la madera barnizada. Me quedé mirando el techo durante un par de segundos, y entonces la oí llorar. Me quedé en silencio y pude escuchar como andaba de un lado para otro y tiraba algo de porcelana al suelo, seguido de un chillido. Ahí supe que el único que se estaba volviendo loco por culpa del otro, no era sólo yo. Esto era demasiado insoportable. Demasiado parecidos y demasiado diferentes. La quería. Estaba seguro. Volvió a gimotear y era un llanto tras otro. Mis manos me temblaban. No podía hacer nada. Éramos ella y yo, separados por una puta puerta. Saqué de mi bolsillo una hoja y empecé a escribir. “Lo siento.” Y la pasé por debajo de la puerta. Esperé un minuto, dos, cinco, diez y quince; entonces salió otra hoja por el mismo sitio que yo la había enviado. “Vete, Harry. No puedo seguir con esto. Vete lo suficiente lejos como para que pueda olvidarte.” Y entonces se derramó una lágrima. Suspiré y volví a inhalar el aire. Escribí. “¿Qué pasará ahora con nosotros?”. Lancé y tardó un par de minutos en aparecer de vuelta. “Nunca hubo un nosotros.”
Susurré su nombre tres veces, hasta darme cuenta de que tenía la cara empapada de agua salada. Volví a respirar y supe que era el momento para volver a casa.
Fui lo suficiente fuerte como para subir en ascensor y secarme las lagrimas mientras subía. Me miré en el espejo de allí. Pestañeé un par de veces intentando que no se me hinchasen más los ojos. Revolví mi pelo y salí de ese artilugio. Metí la llave en la cerradura y la hice girar. Ahí me acordé de esa frase que mi hermana siempre decía cuando algún capullo le hacía daño; “los hombres son como las llaves, y nosotras como los candados. Unidos se complementan, pero  una llave sin nada que pueda abrir, es una completa mierda; en cambio un candado el cual nadie pueda abrirlo, es de lo más seguro.” Suspiré. Abrí la puerta y la cerré tras de mí. Adam estaba despierto. Las siete. Me miraba con drama. Malas noticias.
            -          Tenemos un problema, tío.
            -          ¿Otro más? – susurré para mis adentros
Le miré y luego desvié mi vista a sus manos. Tenía una carta certificada por el gobierno de Gran Bretaña. En estos momentos no podía ser nada bueno.
            -          ¿La has leído? – pregunté
            -          La mía sí. Pero dudo que la tuya sea diferente.
            -          ¿De qué se trata?
            -          Léelo tú mismo.
Me pasó una carta sin abrir. Sobre blanco y sello de mi país. Pasé los dedos por la parte superior para poder abrirla; la mano me temblaba. La abrí y saqué la hoja doblada en tres. “Harry Edward Styles, en voz de todo el Gobierno Británico…”. Tuve que leérmela un par de veces para saber que todo eso era real. No era una maldita broma. Miré a Adam y él me miró a mí.
            -          ¿Qué quiere decir todo esto, Adam?
            -          Que se han acabado las vacaciones. – silencio – Hay que volver a Londres. 

Capítulo 8


Cuando era pequeño miraba a otras parejas besándose. Veía como todas y cada una de ellas se quería y se decían cosas al oído para echarse a carcajear. Siempre que las veía mi madre me decía “ese podrías ser tú dentro de unos años”. Y sí. O no. No sé qué soy, ni qué estoy haciendo. Quizás hay madres que nos señalan a ella y a mí para decirles a sus hijos lo mismo que me dijeron a mí. O quizás simplemente se da al canto que no sabemos lo qué está pasando. Creo que nunca lo sabremos. Sólo sé que quiero estar con ella.
Y aquí estoy ahora, en el cine más caro de toda España, porque la niña a la que no he parado de mirar ni un segundo, quería ver esta película. He podido observar cada parte de su rostro. Está preciosa a oscuras y con los reflejos de la luz azul. De vez en cuando se gira a mirarme y me dice algo con respecto a que la deje de intimidar. Bah. No sabe lo que se pierde al no poder mirarse desde fuera. Ella es perfecta. ¿Y yo? Un jodido ñoño que no sabe qué está diciendo. Maldita locura.
Acaba la peli y se encienden las luces. Se gira y sonríe. Desde el primer momento todos sabíamos que con esa sonrisa no podríamos ser solo amigos.
            -          ¿Te ha gustado? – pregunté
            -          Sí. ¿Y a ti? ¿Te he gustado? – río
            -          Mucho
Y otra vez la sonrisa de tonto. Nos levantamos y salimos de esa larga sala. La llevo a un parque cercano y nos sentamos en un banco. Ya es de noche. Le paso el brazo por detrás.
            -          ¿Qué te pasa, Harry?
            -          ¿A mí? Nada
            -          No me mientas. Llevas todo el día raro.
            -          Enserio, no me pasa nada. – sonreí
Negó con la cabeza y desvió la mirada al suelo. Por una vez parece que no tenía más ganas de discutir. Bien. Ahora era el momento de hacerla reír, antes de que se cabrease. Me levanté del banco y se quedó mirándome.
            -          ¿Dónde vas? – me preguntó
            -          ¿Quieres subir a caballito? – dije con una sonrisa de oreja a oreja
Ella soltó una carcajada y volvió a mirarme. Sí. Lo estaba diciendo enserio.
            -          Va, súbete.
            -          Eres tonto.
            -          El tonto que te paga las entradas para la peli que quieres ver, ¿no?
            -          Algo así.
            -          Algo así.
La cogí de la mano y la hice subirse al banco. Me puse delante de ella y le ofrecí mi espalda. Oí una risilla tan propia de ella. Sonreí. Noté como deslizaba sus manos por mis hombros y se apoyaba en mí. Puse sus muslos entre mis brazos y pegué un brinco para que se alzase. Volvió a reír. Me encantaba verla así. Ella la única capaz de hacerme sonreír cuando están acabando con todo lo que quiero.
Empecé a caminar, intentando centrarme solo en ella. No se merecía verme mal. No tenía intención de contárselo. Seguí dando pequeños pasos, pero entonces se escuchó un petardo. Me asusté y tropecé con una piedra. Mierda. El suelo en mis morros. Me separé del asfalto y fui a mirarla a ella. Estaba detrás de mí y mirando al suelo. Parece que se había perdido.
            -          Perdón, perdón, _________. ¿Estás bien?
            -          Sí, sí, estoy bien.- sonrió – Eres un inútil – echó a reír.
Reí con ella y me alcé del suelo y ayudé a ponerla en pie. Empecé a caminar y ella se quedó parada. Tenía cara de dolor.  Me acerqué a ella y la cogí por las manos.
            -          ¿Dónde te duele?
No respondía. La cogí con ambas manos, levemente, por la mandíbula.
            -          ¿Dónde te duele, _______?
            -          En el tobillo.
Me agaché y me paré a mirarlo. Supongo que aquí se demuestra que no soy ningún médico, porque todo me parecía normal. Pero no lo era. Y todo era culpa mía. Ella sentía dolor por mi culpa. Por ser un inútil y ella pagaba las consecuencias.
            -          Lo siento, lo siento, lo siento – me acerqué a ella y la abracé
            -          Harry – intentó calmarme – No pasa nada. No es la primera vez que me tuerzo el tobillo.
Me miró a los ojos y sonrió. Me dio un leve beso en los labios, aunque no me lo merecía.
            -          Déjame llevarte a casa. – susurré
            -          Esperaba que lo hicieras. – río – Llévame en brazos, Harry.
            -          ¿Y si me caigo otra vez? – me preocupé
            -          Pues te levantas. Cómo todo.
La cogí con cuidado y la llevé en brazos hasta el coche. La senté delante y le cerré la puerta. Y mientras iba hacia la mía, tuve que despejarme la cabeza un par de veces sacudiendo mi cabello. Entré en el coche y me sonrío. Increíble. Encendí el coche y empezó a andar. Conducía despacio, con la intención de no cometer más errores por hoy. Llegamos a su portal y me pidió que subiera. Soy incapaz de decirle que no.
            -          ¿Quieres ver la tele? – me preguntó
            -          Tienes que dormir – sugerí
Alzó la ceja y sonrió. Me cogió de la mano y caminó lentamente hasta la cama. Se tumbó en ella y yo me quedé sentado a su lado en el suelo.
            -          Métete en la cama, Styles.
            -          No me lo merezco
            -          Harry, no te culpes más
            -          Tengo la culpa, _______.
            -          No. Y cállate ya.
Agaché la mirada y le cogí la mano. Ella se puso a acariciarla y a hacer leves círculos sobre la palma.
            -          Cuéntame que te pasa- me pidió
            -          No creo qu-
            -          Me da igual lo que creas. Cuéntamelo. Me jode más verte mal y no saber por qué.
            -          No sé, _______.
Suspiró y le besé la mano. Olía a lavanda. Puso un dedo sobre mi pelo y empezó a darle vueltas a un rizo.
            -          Bueno… Pues, la vida en Londres no está bien, por así decirlo.
            -          ¿Tú eras de allí, no?
            -          Sí. Y mi madre y mi hermana están allí. – silencio – Las cosas se están poniendo feas. Han puesto por todo el país varias fronteras. Nadie puede entrar ni salir. Tienen poca agua y escasa luz. Mi madre esta volviéndose loca por minutos. – volví a suspirar - Me encantaría coger un avión y volar hasta allí.
Otro leve silencio. Me miró en el fondo de los ojos y me dijo con el pestañeo que lo sentía. No se necesitan más palabras.
            -          ¿Me das un beso, ______? – empezaron a ponérseme los ojos vidriosos 
Se levantó de la cama y se agachó hasta ponerse a mi altura. Se sentó delante de mí y deslizó sus manos hasta mi nuca. Llevé mis manos hasta su cintura y se pegó a mí. Me dio un beso en los labios. Lo necesitaba. Abría y cerraba lentamente su boca junto a la mía. Todo esto era demasiado para mí. Sólo necesitaba amor.
Acabó de besarme y me miró a los ojos.
            -          Sube a la cama, anda.
            -          Quédate durmiendo aquí, conmigo, entre mis brazos.
Se paró a pensarlo medio segundo y seguidamente aceptó. Se puso el pelo a un lado y se metió entre mis piernas. Apoyó su cabeza sobre mi pecho y yo la olí. La quería. La abracé y apoyé mi cabeza con la intención de no poder hacerle daño. Respiré. Todo saldría bien.

Capítulo 7


Tengo dieciocho años. Más de seis mil quinientos setenta días vividos. Y sin embargo, nunca había sentido lo que he experimentado en menos de veinticuatro horas. No sé cómo explicarlo. Ni cómo expresarlo. Ni como transmitir. Quizás por eso dicen que solo se puede sentir. Sentir con algo que no se puede ni explicar, ni ver. Y yo, iluso de la vida, que solo quería besarla y acostarme con ella, ahora solo me moría de ganas de despertarme a su lado y quedarme viéndola dormir.
            -          Harry – decía mientras agitaba levemente mi cuerpo – Va, despierta.
Entre abrí los ojos y la vi a ella, preciosa. Llevaba su camiseta algo mal colocada y el pelo revuelto. Me gustaba verla así, tan natural, tan ella.
            -          ¿Por qué no te quedas aquí, conmigo, abrazándome?
            -          Porque está pasando el tractor alisando la arena, Harry. Y tú aún estás medio desnudo.
Di un par de vueltas y me puse en pie. Me puse mi ropa y revolví mi pelo. Me acerqué a ella y la pegué a mí.
            -          ¿Qué quieres hacer hoy?
            -          Harry
            -          ¿Qué pasa? – dije sin entender nada - ¿He hecho algo mal?

Se quedó en silencio y bajó la mirada. No entendía nada. Me sentí mal conmigo mismo, como si fuera el culpable de todo. Volvió a mirarme y subió una leve sonrisa, pero era completamente falsa. Salimos de la playa y entramos en el paseo. La cogí de la muñeca y la pegué a mí.
            -          ¿Qué te pasa, pequeña?
No me miraba. Se quedó muda. Empezó a mover la cabeza de un lado para otro. Como si intentase convencerse a si misma de alguna cosa. Se apartó de mí, se llevó las manos a la cara y volvió a mirarme.
            -          No, Harry, no. No me lo hagas más difícil, por favor. – susurró
Instintivamente, la cogí de las manos y la miré a los ojos. Temblaba y no sabía por qué. No había pasado nada. No sé porqué tenía ese miedo en su mirada.
            -          Está bien – le dije – No te presiono.
Sonrió y la abracé. Apoyó su cabeza en mi pecho y la pegué más a mí. Olí su pelo. Lavanda. Tendré que esperar. Esperar, algo que nunca se me ha dado bien.
La dejé en su casa y volví con Adam. Entré por la puerta y me lo encontré cantando en la cocina.
            -          ¡Hombre, si ha aparecido! – me gritó - ¿Dónde has estado?
Sonreí. Sonreí con una sonrisa de tonto. Maldita sea. Adam me miró mal y bajó la mirada. Al verme así, ya sabía dónde, cuándo, cómo, qué y lo más importante, con quién había estado.
Me senté en el sofá y saqué de al lado del sofá el portátil de Adam. Lo encendí y puse su contraseña. Me puse los cascos al volumen máximo y abrí el explorador. “Holmes Chapel”. Ultimas noticias. Periódicos. Telediarios. Nada. Ni una sola noticia de lo que pasa. ¿Cómo algo así puede estar tapado? Necesito hablar con Gemma. Saqué mi móvil del bolsillo trasero y busqué su número. Llamar. Tres pitidos y lo coge aturdida.
            -          ¿Quién?
            -          Gemma, soy yo. ¿Qué está pasando?
Silencio. Noté su respiración entre cortada.
            -          Nada, Harry. Está todo bien, tranquilo.
            -          No me mientas.
            -          No lo hago
            -          Gemma, creo que nos conocemos lo suficiente como para saber cuándo mentimos. Va. Escúpelo.
            -          Mamá no quiere que te…-
            -          Me da igual lo que diga mamá. Dímelo.
Suspiró y volvió a respirar hondo.
            -          Han quitado la red. Tenemos luz escasa y la poca agua que tenemos embotellada.
            -          ¿Qué más?
            -          Hay siempre guardias paseándose por el pueblo. Ayer llamaron preguntando por ti. Mamá estalló a llorar al instante.
            -          ¿Por qué? ¿Qué os dijeron  de mí?
            -          Sólo preguntaron por ti; y dijimos que no estabas y se fueron. Mamá se puso a llorar, pero no es capaz de decirme por qué.
Resoplé y las manos empezaban a temblarme.
            -          ¿Cómo que no ha salido nada en la prensa?
            -          No lo sé, Harry. No sé qué quieren de nosotros.
            -          ¿Y los vuelos siguen cancelados?
            -          Todos y cada uno de ellos.
            -          Voy a ir allí Gemma. En cuanto tenga oportunidad.
            -          Ya lo sé.
Tragué saliva y volví a respirar.
            -          ¿Te paso a mamá?
            -          Sí, por favor.
Y mientras esperaba, sonó el timbre de la puerta. Adam fue hacia la puerta y desapareció de mi vista.
            -          Hola hijo, ¿Cómo estás?
Y entonces, la vi. Con sus ojos cafés sonriéndome desde la puerta. Tenía sus dedos entre lazados y pegados a su barriga. Sonreí como un tonto.
            -          ¿Harry? ¿Estás bien?  – hizo volver a mi realidad
            -          Ai, hola mamá. Sí, sí, yo estoy perfectamente. ¿cómo van las cosas por allí?
            -          Bueno, van.
_____ se sentó a mi lado con las piernas cruzadas y sonriendo, escuchando mi conversación. Se me escapó una leve risa al verla tan alegre.
            -          Un momento mamá, que no puedo concentrarme.
Le sonreí y me volví al pasillo.
            -          Ya estoy – dije mirando a  ______ de reojo
            -          Harry, estás con una mujer ¿verdad?
Me paré un momento asimilando la situación. Sonreí.
            -          Sí – contesté - ¿Cómo lo sabes?
            -          Hay cosas… que no se explican, simplemente… se sienten. – rió
Me alivió escucharla reír. Hacía mucho tiempo que no lo hacía.
            -          Y te gusta
            -          No lo sé.
            -          No era una pregunta, hijo. – reímos ambos
Nos quedamos un par de segundos en silencio. En nuestra familia solíamos aprender más de los demás estando callados, que diciéndonos lo que pensábamos.
            -          ¿Qué te dijeron de mí los guardias, mamá?
            -          Nada.
            -          ¿Y por qué lloraste?
            -          Cuando sea el momento, lo sabrás, Harry. Hasta entonces; disfruta.
            -          No quiero que llores por mí.
            -          Ni yo que dejes de disfrutar por mí. – suspiró – Así que disfruta con esa chica, Harry. Hazla feliz y que ella te haga a ti.
            -          Es difícil si ella no quiere nada.
            -          Ninguna mujer es tan imposible como para no enamorarla. – calló un segundo – Te quiero hijo. Tengo que colgar.
            -          Te quiero mamá.
Colgó y yo seguidamente también. Guardé el teléfono en el bolsillo trasero. Revolví mi cabello para despejar mis ideas y volví al salón. Seguí allí, en la misma posición que antes. Me senté a su lado y me sonrió.
            -          Hola – dije
            -          Hola – sonrió - ¿era tu madre?
            -          Sí. Quería hablarme de sus cosas. Ya sabes. - disimulé
Agachó la cabeza a modo de que lo entendía. La cogí de las manos y sonrió.
            -          Antes me preguntaste que qué quería hacer hoy – me dijo – Y ya lo sé.
            -          ¿Qué quieres hacer?
            -          Ir al centro comercial – sonrió pícara
            -          No te voy a comprar nada, ______ - mentí
            -          Eso espero. – contestó seria - ¿Vamos o no?
            -          Claro
Se levantó del sofá y la imité. Cogí mi cartera mientras ella me esperaba en la puerta.
            -          Adam, nos vamos.
Me sonrió. Le parecía bien.
Salimos de allí y la monté en mi coche. Fuimos hasta el centro comercial más cercano. Durante el camino pensé en todo lo que me había dicho mi madre. Tenía que hacerla feliz. Debía hacerlo. Lo conseguiría. Salimos del coche y la cogí de la mano para empezar a caminar. Estaba incómoda. Lo sabía. Me paré en seco un momento.
            -          ¿Por qué te paras? – preguntó
            -          ¿Quieres saber a qué huele mi nariz?
Estalló a reír. Era un payaso. Un inútil. Un imbécil. Sería todo lo hiciera falta para verla así. Con esa sonrisa.
            -          No me mientas, Styles. Tú lo que quieres es darme un beso.
            -          ¿Yo? ¿Querer darte un beso? – reí -  No, va. Huélela.
Se acercó a mí con una ceja a medio levantar. Sonreía. Y cuando estaba a medio centímetro de mi nariz la cogí por la cintura. Y al notar mis brazos, instintivamente intentó soltarse. Reía.
            -          Lo sabía – seguía riendo
La pegué más a mí y le di un beso. Se dejó hacer y llevó sus manos a mi nuca. Noté sus dientes al ver que sonreía. Dejé que se separase de mí y volví a darle la mano. Entramos en una cafetería y se sentó en la mesa más cercana a la ventana. Pedimos. Yo café italiano con leche y ella CocaCola Zero.
            -          ¿Qué piensas hacer con las fotos de la caja de zapatos? – pregunté por fin
Al escuchar mi pregunta, se atragantó. Tosió en una servilleta de papel y se quedó mirándome raro.
            -          ¿A qué viene esto, Harry?
            -          No se responde una pregunta con otra pregunta.
Resopló y rió. Parece que le causaba gracia que me comportase así.
            -          Supongo que las  guardaré y si puedo seguiré poniendo más fotos – sonrió entre dientes
            -          ¿Solo con fotos mías?
            -          Harry. Yo no sé qué quieres tú.
            -          Creo que es bastante obvio, _____.
            -          No. No lo es.
Se cruzó de brazos y se quedó mirando el borde de la mesa. Silencio. No sé por qué tenía esta manía de comportarse así continuamente.
            -          No tenías razón. – empecé a hablar- No tenías nada de razón. Los besos no dan la razón para enamorarse. No es verdad. Tampoco hay que sentirse bien con el otro para enamorarse. Ni hay que portarse bien. Tampoco hay que soportarse ni contárselo mutuamente todo. No hace falta ser diferentes, ni tampoco iguales. Ni opuestos, ni atrayentes. Ni tirar copas al suelo para que se rompan, ni sentir celos hacia otros. No hace falta nada de todo lo que me dijiste. No necesité los besos, ______. Sólo necesité mirarte en el fondo de los ojos, y darme cuenta, de que mucho antes de haberte conocido, ya había estado enamorado de ti. Has sido ese alguien que ha arrasado todos mis “yo nunca…” y mis “yo qué va…”. Te has pasado por el forro todos mis principios, mis sentimientos, mis formas de ser, de sentir y todos mis valores. Has arrasado con todo lo que has tenido a tu paso. – respiré- ¿Pero sabes qué? Creo que no ha habido nunca nadie capaz de hacerlo, nadie a quien se lo permitiese. Nunca ha habido nadie que llegase y mejorase esa palabra que llaman perfección.
Alzó la mirada hacia a mí. Se quedó en silencio. Supongo que buscando las palabras para todo lo que le acababa de decir. Yo tampoco sabía muy bien por qué de haberlo dicho. Nunca había hablado tan enserio con una tía, y menos con una tía como ella. Esto es un continuo cambio de situaciones. Cada día me sorprendo a mí mismo. Y lo peor es que gracias a ella.
Se llevó las manos a la cabeza y seguidamente las metió entre el pelo. Se hizo una coleta y me miró seria. No decía nada y me dolía esa frialdad. Prefería que hubiera saltado a comerme a besos, o hincharme a bofetadas. Algo. Algo más que el silencio. Empezaron a temblarme las manos. Ella las miró y se percató de lo que provocaba si no me contestaba.
            -          Nunca sé que decir en estos momentos, Harry. 
            -          Lo que sientes.
            -          Ninguno de los dos está preparado para saberlo.
Tragué saliva e intenté tranquilizarme. Suspiré y tomé aire de nuevo.
            -          De momento guardaré la caja, hasta que la vea. – me dijo
            -          ¿A quién?
            -          Tatiana. La chica con la que hice la apuesta.
            -          ¿Y por qué no la llamas?
            -          Está en México, Harry.
Callé y lo pensé un momento. Lejos. Muy lejos. Lo suficiente como para que esa caja pase el resto de su vida cerca. Ella me miró y sonrió. Me hizo sentir mejor. No sé qué brujería tiene.
El mundo no necesita físicos que demuestren la ley de la gravedad. No necesita tecnológicos que te expliquen la fuerza de los imanes. No se necesitan historiadores para saber quién fue el primer presidente. Ni tampoco se necesita a la literatura para enfrentarse a las cosas con ataraxia. La vida no se mide en las veces que tocas el suelo, si no en la que sientes como si volases. No importa lo que pienses, si no lo que haces. El mundo necesita gente que  los días de aburrimiento se los pase dibujando corazones en las muñecas con un boli bic. Necesita un montón de sonrisas de verdad. Necesita a esa gente que un martes trece, pasa por debajo de una escalera,  se les cruza un gato negro, abren un paraguas dentro de casa y se les rompe un cristal; pero aún seguirán pensando que es un gran día para empezar a hacer las cosas bien. De esas personas masoquistas que se rascan una herida hasta el punto de que escuezan, porque una vez oyeron que todo lo que escuece, cura. Pero lo que de verdad necesita el mundo es gente cómo tú y cómo yo; con ganas de arriesgarlo todo y sin ponerse límites para conseguir lo que quieren.