divendres, 30 de novembre del 2012

Capítulo 3


La noche había estado tranquila. Nada ni nadie me había perturbado. Estuve repasando todo lo que había hecho durante el día. Estoy seguro de que ______ será como todas las demás. Indefensas pero a la vez se creen con poder de destruirte. Nunca lo hacen. Porque para destruir algo, debes haberlo creado; y si nunca has creado amor, no puedes pretender romperlo.
Bajé las escaleras, buscando los dos euros que necesitaba para comprar el pan. Abrí la puerta de la portería y caminé hasta el final de la calle. Ella, ______, caminaba en dirección contraria a mí. Crucé la mirada con ella y se puso rápidamente los cascos y sacó su teléfono. Pasó por delante de mí y no me miró. No sonrió. No me saludó. Hizo como si yo no estuviese allí. Me giré y me quedé mirándole la espalda. Menuda cría. Odio que me ignoren. Quiero atención, y más después de todo lo que pasó. No soporto a las niñatas como ella.
Llegué a la panadería, compré el pan y volví a coger el camino a casa rabiado. ¡Qué maleducada! ¡¿Por qué no me saluda?! ¿Tanto asco le doy?
Me la encontré sentada en un banco, jugando con su móvil y sonriéndole de vez en cuando a la pantalla. Me senté a su lado para que se diese cuenta de que yo estaba allí. Me miró de arriba abajo y echó una cara de asco. Volvió a su móvil.
              -          ¿Qué haces aquí? – dijo seca
              -          Hola, eh
              -          Hola
              -          ¿Por qué no me has saludado antes?
              -          ¿Debería?
              -          Hombre, pues si tienes educación, sí.
Se giró a verme e hizo una mueca en la cara, como si creyese saberlo todo sobre mí.
              -          ¿Tú vuelves a hablar con las chicas después de conseguir lo que quieres?
Mierda. ¿Cómo lo sabe? ¿Me lee la mente o a hablado con Adam? Esta chica me da miedo. Me dediqué a no contestarle. Sonrió.
              -          Lo que yo creía. No me acuses por mis actos si tú haces lo mismo.
              -          ¿Quién eres? ¿De qué me conoces?
Soltó una amplia carcajada. Me encantaba verla reír y provocó que yo también sonriese.
              -          Dudo que eso sea lo importante ahora – dijo sonriendo de nuevo
              -          Me lo pasé muy bien ayer, ______.
Su sonrisa se esfumó de nuevo. Algo de lo que había dicho, no le gustaba.
              -          No se va a volver a repetir, Harry.
              -          ¿Por qué no? Es sexo.
              -          ¿Seguro?
Se humedeció los labios, provocando que mi mirada se desviase a ellos. Poco a poco fui acercándome a ella. Notando como nuestros cuerpos se iban acercando. Buscaba sus labios, sus besos. Se apartó de mí, echándome para atrás.
              -          Te estás ganando una hostia. – dijo convencida
              -          ¿Qué tienen los besos que nunca los das?
              -          ¿Los besos? – me dijo y asentí con la cabeza - Los besos son el comienzo de todo. – Suspiró buscando las palabras correctas. – Gracias a los besos…. Bueno, se podría decir que con ellos puedes enamorarte de alguien sin necesidad de tener sexo. En cambio, si tienes sexo con alguien sin besos, no puedes enamorarte.
Me paré a pensarlo. Tiene razón. Nunca podré enamorarme de alguien con el cual no sé si saltan chispas cuando nos besamos. Pero estoy seguro que no hace falta besarse para  enamorarse. Yo lo hago continuamente y no me pasa nada.
              -          Creo que tomas demasiadas precauciones. No disfrutas igual, _______.
              -          Ya me han hecho mucho daño. No voy a dejar que me lo hagan otra vez.
La cogí de las manos y la miré a los ojos. Perdiéndome en sus ojos marrones.
              -          Yo nunca te haría daño.
¿Qué? ¿Enserio he dicho eso? ¡Yo no soy de esos tipos ñoñas! Yo no soy el que va detrás de las chicas, ¡ellas vienen a mí! Y cuando ya he conseguido lo que quería, desaparezco. ¿Por qué le he dicho semejante estupidez?
Me miró raro. Algo extrañada por mi reacción. Se separó de mí y echó una carcajada. Empezó a reír descontroladamente, y yo, sin poder evitarlo, me enganché a su risa.
              -          No te crees ni tú lo que acabas de decir, Styles.
No contesté. Quizás no es que no me creyese las palabras, si no que no me creía que yo hubiera sido capaz de decirlo.
Llegué a casa y dejé la barra encima de la mesa. Adam se me quedó mirando a los ojos muy serio, como si buscase algo en ellos. Se acercó un poco más a mí. Pestañeó dos veces y negó con la cabeza.
              -          Has hablado con ella. – afirmó
              -          ¿Y tú que sabes?
              -          Me miras diferente y hueles a ella.
Le miré mal. Parece que me controlasen. Y no soporto que lo hagan. Vale, quizás tenía una sonrisa en la cara, más de lo normal. Pero no entendía el porqué de estar así. No soportaba a esa chica, pero a la vez me tenía intrigado y quería saber más de ella. Un rato me puede sacar de mis casillas, y al otro hacerme sacar tonterías de la boca. Esto no acabará bien, pero quiero saber qué pasará hasta entonces.
              -          No me controles, Adam.
              -          Solo te aviso. Acabará por volverte loco.
Suspiré y le miré a los ojos. No entendía a qué venía todo esto.
              -          ¿Qué tiene? – pregunté
              -          No lo sé. Y tampoco lo quiero saber, pero veo que a ti sí
              -          A mí me dan igual todas
              -          Ya – ironizó – Seguro
Acabé por resoplarle y alejarme de allí. Hasta la cocina y escuché como susurraba.
              -          Acabarás volviéndote loco, Harry…

La noche ya había llegado. Miré el reloj, las diez y media. Sería un buen momento para salir a la calle. Echaba de menos mi casa. Tener que empujar a mis amigos para que se lanzasen o tener que buscar a una chica a la cuál tirar a la piscina. Digan lo que digan, les pone que hagamos eso. Y a nosotros también nos poner hacerlo. Es como demostrar tu hombría, demostrar que tú eres el hombre. Por eso, si quieres tener el respeto de un hombre, nunca debes arrebatarle su hombría.
Me puse la cazadora y saqué las llaves de casa. Me despedí de Adam con una colleja y desaparecí por la calle. Me metí por varias calles oscuras, hasta ver como un montón de bares tenían sus puertas abiertas. La noche está aquí, pensé. No había fiesta, pero era lo máximo que podía alcanzar si iba a pié.
Pasé por delante de varios. Las luces de neón me alelaban la vista. Te incitan a entrar sin ganas. Seguí caminando hasta el final de la calle, pero entonces, me la encontré sentada en la terraza de un local. Estaba escribiendo algo a toda velocidad. Tenía una simple botella de agua sobre la mesa. Se la veía enfadada. Yo la miraba desde lejos; ver sin poder ser visto. Entré en el local y me senté en la mesa de enfrente. No se había dado cuenta de que había llegado; habría que gritárselo. Llamé al camarero y vino hacia mí.
              -          ¿Qué pedirá el caballero?
-          A mí póngame una cocacola, pero ¿a esta chica podría ponerle de mi parte una piña colada? – dije señalándola
              -          Claro, señor. Ahora mismo.
Sonrió y se alejó de mí. Me quedé impaciente hasta que trajo mi cocacola y se fue a su mesa. Parece que el tiempo iba el doble de despacio que antes. Como si se tratase de un acontecimiento. El camarero se acercó a ella. Le dejó la piña colada sobre la mesa y sonrió. Ella se puso más histérica de lo que ya estaba. Entonces el hombre me señalo a mí y desapareció. Y sin embargo, yo que tenía la esperanza de que me sonriera, me saludase o un simple gesto con el que me diera las gracias; ella no lo hizo. Se quedó mirándome con cara de asco. Cogió el vaso, se lo quedó mirando, me miró a mí, desafiándome. Recogió la hoja y el papel, se alzó de la silla y tiró el vaso contra el suelo. Haciendo que se rompiera en mil pedazos. Mis ojos se agrandaron y la miré mal. Recogió su bolso y se fue del local haciendo sonar fuerte sus tacones negros. Maldita cría. Es insufrible. ¿Cómo se puede ser tan mal educada? ¿Nunca le han enseñado modales? Estoy harto. Me tiene harto. Estoy cansado de niñatas que no saben lo que quieren. Harto de tanta tontería. Con teorías del enamoramiento, como si pretendiese que eso fuera real. El amor no existe, solo te hace ver tus límites. Y esta chica, me está sacando de mis casillas, pero os puedo asegurar que no es amor, si no todo lo contrario. 

Capítulo 2



Sentado en el sofá de terciopelo y con la atenta mirada del perro del vecino, supe que ese día iba a pasar algo. Sé que las mujeres suelen decir que ellas tienen un sexto sentido. No se lo niego, puede que lo tengan; es más, lo tienen. Saben que hacer, que decir y donde hacerlo, con la forma perfecta para que nos sintamos como ellas quieren. Pero yo también tengo ese don. Supongo que es gracias a haberme criado bajo la estricta forma que tenía mi madre para ser un hombre. Quizás por eso hoy todas me prefieran a mí.
Bajé las escaleras de dos en dos. Hacía muchísima calor. Solo tenía ganas de bañarme en esa inmensa piscina y refrescarme. Abrí la pequeña valla, tiré la toalla al suelo y me lancé de cabeza. Noté como toda agua recubría mi cuerpo. Mis pequeños rizos desaparecían y caía el pelo sobre mi frente. La gente solía decirme que era como Tarzan de niño. Me apoyé en la pared, dejando caer mi pelo por una de esas racholas azules. Divisé a una chica tumbada boca abajo, sonriéndole continuamente a  su móvil y moviendo rápidamente todos sus dedos para escribir en ese pequeño teclado. Llevaba un pequeño moño en la cabeza que dejaban caer pequeños mechones sobre su rostro. Era la chica de la playa. ¿Cómo me había dicho que se llamaba? Algo de Scott.
Salí de la piscina y me aproximé a ella. Me paré en frente haciéndole sombra, se sintió aludida y se dio la vuelta.
-          ¿Te importa? – dijo señalándome – Me tapas el sol
-          ¿Qué tal está tu prima?
Me miró raro. Estaba analizando mi cara, como si no se acordase de mí. Se levantó sus gafas de sol y acabó por saber quién era. ¿Cómo olvidarse de mí?
-          ¿De qué nos conocemos?
-          Ayer en la playa
Pestañeó dos veces hasta que volvió a articular palabra.
-          Ah, ya me acuerdo de ti. Mi prima está mejor, ya está en casa.
Me acerqué a ella y me senté a su lado. La sonreí con una de esas sonrisas que solo sé sacar yo.
-          ¿Tienes algo qué hacer esta noche? – susurré a su oído
Volvió a mirarme de arriba abajo y soltó una leve carcajada.
-          Tú quieres follar, ¿verdad?
-          ¿Qué? – la había oído perfectamente, pero no podía creerme que lo había dicho
-          Sabes de lo que hablo, no hace falta que lo repita
-          No… Yo solo quería…
-          Claro, claro – me interrumpió y dijo irónica
Guardó el móvil en su bolso y volvió a mirarme.
-          Mi casa está libre – dijo – Si quieres subimos y fin del asunto. No tengo ganas de esperar a la noche.
¿Qué? ¿Esto es real? ¿Así? ¿Tan fácil? Me encanta esta chica. Pero quizás es una trampa. Aunque Adam ya se la había follado, así que eso me daba ánimos. Me limité a sonreír.
Se levantó del suelo, recogió su toalla y colgó su bolso en el hombro. Me miró extrañada.
-          ¿Vienes o no?
Dicen que cada mujer es un mundo, pero yo siempre había sido de controlarlas a la perfección. Cómo si prefirieran que yo controlase toda la situación. Les gusta pensar que este, yo, soy el príncipe y que yo las trataré como una princesa. Yo las trato como se debe tratar a las mujeres; como un perfecto caballero. Si ellas piensan algo más, es su problema.
Sin poder creérmelo, me alcé del suelo y comencé a seguirla como un perrito faldero. ¿En serio iba a pasar lo que cree que va a pasar? ¿Tan putón es esta chica como para que sea tan fácil? Había conocido a chicas muy fáciles, pero aun y así había que comportarse como un hombre; llevarlas al cine, quizás a cenar y luego directos a la cama. Pero esta chica no. Por cierto, ni siquiera me ha preguntado cómo me llamo.
-          ¿Cómo te llamas? – dije haciéndome el loco mientras entrabamos en el ascensor
-          ______, pero total, dudo que mañana te acuerdes, así que llámame cielo o alguna cosa de estas así cariñosas que suelen usar los chicos como tú.
¿Los chicos como yo? ¿Cómo sabe que nunca recuerdo los nombres de las demás? ¿Por qué los tíos como yo? ¿Quién es esta chica?
-          ¿Los chicos como yo?
Soltó una leve risa mientras buscaba las llaves en el bolso.
-          Los chicos que las tienen todas a sus pies. Algo así… ¿Cómo lo llamáis? – dijo mientras hacía que pensaba - Ah, “comiendo de mi mano” o algo por el estilo.
Esta chica es más extraña de lo que me creía. Puede decirse que le tengo algo de miedo.
-          ¿Y tú como sabes todas esas cosas?
Se le dibujó una sonrisa de oreja a oreja, algo pícara.
-          Porqué yo también lo hago. Aquí los putones no sois solo vosotros.
Salió del ascensor, introdujo la llave en la cerradura y abrió la puerta. Pasé detrás de ella y cerré la puerta. Siguió caminando por un largo pasillo y tiró el bolso al sofá.
-          ¿Dónde quieres? – me preguntó de lo más normal y empezando a quitarse la camiseta
-          Donde tú quieras
Volvió a reír y empezó a balancear la cabeza de un lado para otro.
-          ¿Aún no te ha quedado claro el tipo de chica que soy?
Le sonreí. Me parecía buena idea de hacerlo tan simple. Pero estaba perdido en este mundo. No sabía cómo actuar. Ni siquiera tenía claro de si tenía que besarla primero o bajarme los pantalones.
-          Nunca me había topado con alguien como tú, ______.
-          Oooh, que bonito – dijo ella mientras se acercaba a la cocina y  cogía dos cervezas - ¿Quieres que vaya un poco más despacio?
Se acercó a mí y me acarició la mejilla. Podía ver sus ojos marrones como intentaban quedarse con cada forma de mi cara. Mis ojos de desviaron a sus labios y tuve la tentación de besarla. Pero se dio cuenta y se apartó de mí. Su mirada había cambiado completamente.
Se acercó al sofá y dejó caer todo su peso sobre él. Seguí sus pasos y me senté a su lado.
-          Por cierto, yo no sé cómo te llamas - dijo
-          ¿Te acordarás? – dije bromeando
-          Quién sabe
Sonrió y volvió a clavar su mirada en mí. Se mojó sus labios de una forma muy provocativa. Empecé a encontrar el camino que tenía que coger.
Me aproximé un poco más a ella y seguidamente a su oreja.
-          Me llamo… Harry – susurré
Sonrió y noté como su piel se erizaba. Me aproximé a sus labios, poco a poco notaba como nuestros cuerpos se iba juntando más. Pero cuando estuve a dos milímetros de conseguir un beso, se acercó a mi oreja.
-          Nada de besos
Me alejé para mirarla a los ojos. Cómo que nada de besos.
-          ¿Por qué? ¿Qué tienen de malo?
Resopló y me miró algo cabreada.
-          ¿Te cuento mi vida o follamos?
-          Vale, vale, ya me callo.
 Alcé mi mirada de sus labios hasta sus ojos. Se acercó hasta mi cuello y empezó a darle pequeños besos. El ambiente empezaba a calentarse. Subió de mi cuello hasta mi oreja y la mordió. Todo mi cuerpo se estremeció, hasta dejar los ojos en blanco. Volvió a pegar sus labios en mi lóbulo y susurró:
-          Vamos a la cama
La cogí del trasero y la pegué a mí por la cintura. Se agarró a mi cuello, mientras seguía con los besos. Me puse de pie y caminé hasta la puerta donde se veía una cama. La tumbé y me puse encima. Le acaricié el dorso semidesnudo que tenía ante mí. Me sacó la camiseta con rapidez e hizo que me pusiera debajo de sus muslos. Se sentó en mis caderas, mientras daba leves besos hasta acabar en la V que partía mi cuerpo. Llevó sus manos a mi cinturón y lo desabrochó sigilosamente. Le quité la goma que sujetaba todo su pelo y la tiré por la habitación. Metí la mano en mi bolsillo y saqué de mi cartera el condón de seguridad. Me miró extrañada y puso sus manos en mi pecho.
-          Ni se te ocurra usar eso. A saber cuánto tiempo tiene eso ahí – dijo con la respiración entre cortada – Abre el cajón de la mesita y saca uno.
Sonreí y abrí en cajón. Me puse uno, mientras daba besos en el cuello y por toda mi espalda. Estaba haciéndose insoportable esperar tanto tiempo. La agarré de la cintura y la tiré debajo de mí. Me acerqué a sus labios con la intención de besarlos, pero me chopé con su mejilla. Me acordé de la frase “Nada de besos”. Menuda tontería. Parece que ella estaba cabreada. Me lancé a su cuello y se tranquilizó. Acabé de desvestirla y sin poder evitarlo se puso encima de mí. No me gustaba que quisieran dominar la situación, pero por hoy, haré una excepción. La agarré de la cintura y le di varios besos en el pecho. Y sin poderse resistir, entró dentro de mí. Notaba como mi respiración se encajaba a la perfección a la mía. Sus ojos se ponían en blanco mientras clavaba sus uñas en mi espalda. Metí mis dedos en su largo pelo y la pegué a mí. Quería sentirla. Bajé mis manos a su cintura, acariciando toda su espalda, mientras me daba besos por todo mi dorso. Me agarré a su trasero y algo se desprendió de mí. Ella volvió a clavar sus uñas en mí, mientras echaba su cuello hacia atrás. Suspiró. Volvió a abrir los ojos y yo con ella.
Se despegó de mí y se tiró encima del lado derecho del colchón. Estaba completamente relajado, quería quedarme así durante horas, sin hacer nada, oliendo a lavanda y mirando el techo, medio empelotas.
______ se levantó de la cama, cogió sus braguitas y el resto de ropa interior, las colocó en su sito y salió de la habitación. Se paró en la puerta, apoyando la parte izquierda de su cuerpo en el marco de la puerta. Se quedó mirándome.
-          ¿Te ha gustado? – pregunté
-          Es gracioso que todos preguntéis lo mismo siempre que habéis acabado de hacerlo – rió por lo bajo y se volvió a sentar en la cama
-          ¿Y eso se lo dices a los que lo han hecho bien o mal?
Puso cara de pensativa y se giró para mirarme a los ojos.
-          Nunca lo sabrás
Reímos ambos. Había estado bien, muy bien. Genial, si no fuese porque faltaban los besos. Esos besos que hacen que te sangren las encías de la atracción que tienen.
Ella se giró hacia la mesita de noche y rebuscó algo.
-          Sonríe – dijo
-          ¿Para qué?
-          ¡Sonríe o saldrás mal!
Esta tía está loca. Sonreí de oreja a oreja como un niño pequeño. Ella sacó rápidamente una cámara antigua y el flash salió disparado a mi cara. Ella también sonrió al otro lado de la cámara y empezó a salir un papelito de debajo. Lo arrancó y empezó a agitarlo.
-          ¿Y esto? – Reí
Desvió su mirada de mí y sacó una caja de debajo de la cama. Volvió a mirarme, se sentó en la cama y me sonrió. Imité sus pasos.
-          ¿Vas a contarme qué es todo esto?
-          Dudo que quieras saberlo
-          Va, seguro que me sorprendes
Abrió la caja y sacó un fajo de fotos iguales a las mías pero con otros hombres.
-          Todos estos, son los tíos con los que me he acostado.
Miré esa caja, estaba llena de fotos. ¡¿Pero cuántos tíos hay aquí!?
-          A los tíos nos gusta pensar que somos los únicos que os conseguimos.
-          Tú lo has dicho, ‘os gusta pensar que’, al igual que a nosotras ‘nos gusta pensar que’ vosotros después de follarnos, os quedaréis con nosotras. Pero ya ves, solo unas cuantas nos damos cuenta. – dijo mientras guardaba mi foto en la caja - ¡Es más! Tú me has preguntado y yo te respondo.
Sonreí y _____ se levantó de la cama. Fue a la cocina, cogió un cacaolat y se sentó en el sofá. Encendió la televisión. Y yo, al verme solo en esa habitación, sin tener otra presencia a la que agarrarme; también me levanté y fui con ella.
-          ¿Por qué lo haces? – pregunté al fin
-          ¿El qué? – dijo confusa
-          Eso de tener tantos líos y hacerles fotos a todos
Rió por lo bajo y le echó un trago al vaso. Miró a la tele y seguidamente a mis ojos. Mi mirada se fue a sus labios. Joder, que ganas de besarla tenía.
-          Por una apuesta
-          ¿De qué?
-          De quién liga más. – suspiró y después sacó una sonrisa - Mi mejor amiga y yo, una noche loca. Una de esas noches que juras que ya nadie va a volver a reírse de ti.
-          ¿Reírse de ti?
Resopló. Me acerqué un poco a ella y me apartó con su mano derecha.
-          Ya te he contado muchas cosas, Harry. No quieras saber más.
-          ¿Por qué? ¿Te han hecho daño?
-          ¿Y a ti? ¿Por qué te gusta ligar con chicas, Harry? ¿Por qué solo quieres follártelas? ¿Te han hecho daño? – dijo irónica
Me guiñó un ojo y me dejó con la duda. ¿Eso qué significaba? ¿Por qué no se cabrea o me da una respuesta simple? ¡¿Por qué joder?!
Me miró divertida y alzó sus pies para apoyarlos en la mesa.
-          No hace falta que te quedes. Ahí está la puerta. No te preocupes, no soy de las chicas que van detrás de ti durante un año y medio.
Sonreí algo extrañado y me alcé del sofá. Notaba como quería que me fuese, y por mí, bien. Me despedí de ella desde la puerta y cerré.

Abrí la puerta del apartamento de Adam. Me vino un olor a frambuesa, algo que no me gustaba. Solo podía ser de Margaret. Esta chica no aceptaba que entre ella y yo no había nada.
Llegué al comedor y allí estaba ella, sentada delante de Adam mirándome con ojos suplicantes.
-          ¿Qué haces tú aquí?
-          Tenía ganas de verte, tontín – se levantó y me dio un beso en los labios. La aparté de mí
-          Margaret, no puedes venir a verme cada vez que te dé la gana. Ya no somos nada.
-          Pero… Pero tú me dijiste que me querías…
¡Qué pesadilla de mujer! ¡Es insoportable! He estado con ella un día. Un maldito día. Y como me arrepiento de haberlo hecho. Y simplemente se lo dije, porque me acorraló. Menuda ilusa.
-          Tienes que irte, Margaret – dijo Adam salvándome el culo
-          Sí – añadí
Bajó la mirada al suelo y salió por la puerta.
Adam desvió sus ojos a los míos, con intención de hacerme sentir mal.
-          No me mires así. No tengo la culpa de que la chica no entienda como soy realmente.
-          Algún día te estallará todo esto en la cara.
Solté una risa irónica y me senté en el sofá. Adam me siguió y encendió su portátil.
-          Te he visto entrar en casa de ______ - dijo mientras me miraba a los ojos - ¿Ya habéis…?
-          Sí, aunque ha sido algo raro.
Soltó una carcajada y desvió la vista al ordenador.
-          ¿Lo dices por los besos o por la foto? –suspiró -  Te dije que no era buena idea, Harry.
-          Por ambas, ¿pero porqué no es buena idea? ¡me la he follado y punto!
-          Te equivocas, primo. Tú no te la has follado, ella te ha follado a ti.
Esa última frase hizo un eco en mi cabeza. En realidad tenía razón. Yo estaba perdido solo de verla, no sabía cómo tenía que actuar con una chica como ella.
-          Sea lo que sea, me lo pasé bien. Y quedará en eso. Ya sabes que no suelo hablar con ninguna después de eso.
-          Más te vale. Si no, te volverás loco.
Se levantó del sofá y fue al balcón. Se quedó mirando a la piscina, viendo como los niños se tiraban de cabeza, como si los problemas no existiesen. Como si el dolor más grande fuese caer de plancha en la piscina.
Me acerqué a él y me apoyé en la barandilla.
-          ¿Qué te hizo?
-          ¿A mí? – preguntó – A mí no me hizo nada, porque supe escabullirme a tiempo. – me miró a los ojos y se puso serio – Vigila con lo que haces Harry. No es una de las tías con las que habitualmente te lías. Es un putón verbenero. Rebuscada y egocéntrica. Hará que no te la puedas quitar de la cabeza.
-          No lo creo, Adam. No te preocupes.
Suspiró y me miró con miedo.
-          Suerte.