dijous, 18 d’abril del 2013

Capítulo 19


Pov’s____________ (Tu punto de vista)
Hola Tatiana,
Aún tengo tu imagen impresa en mi cabeza. Hacía mucho tiempo que no hablábamos tan así; yo aquí escribiéndote y tú allí leyéndome. Sé que ha pasado mucho tiempo. Y me hubiera encantado llamarte y pedirte consejo. Decirte que, algo (o alguien) me estaba cambiando. Te pediría que me devolvieran a mi antiguo yo. Con el corazón y el culo como piedra. Dónde solo buscaba un tío que me follara; y no a un tío que se preocupa de que al mear no manche mi váter. ¿Recuerdas cuando brindábamos en la cubierta de aquél barco por un “ojalá”, por un “quizás” o por un “no creo que suceda”?. Dónde me explicaste tantas cosas. Y yo tantas mías. Como la hermana mayor que nunca tuve. Aunque solo nos hayamos visto una vez. Siempre me he sentido sola. Menos cuando apareciste tú. Y cuando apareció él. Irónica la forma de llamarlo; “él”. Él que quizás no sea de esos romanticones que te comen el coño con nata y fresas. Pero ya sabes que yo tampoco soy de esas. Aunque tampoco estoy segura. Ya te he dicho que he cambiado tanto. Pero ahora él no está. Y me duele tanto. Me duele tanto que mataría por volver a ser mi antigua yo. Por volver a ser tan como tú. Espero que algún día me perdones por haber roto una promesa. Perdóname por haber quemado las doscientas cincuenta y seis fotos de mi caja de zapatos. Menos la última. En la cual salía él. Pero quiero que sepas que no me arrepiento, ni me arrepentiré.
Siempre estaré para ti,
__________.

Apoyo la cabeza en el cristal frío del tren. Va dando pequeños brincos cada diez segundos. Pienso en mí, y en la locura que estoy cometiendo ahora mismo. A punto de pasar por debajo del atlántico para ir en busca de un hombre que no sé donde está, ni cómo está, ni si quiera si aún está en este puto planeta. Pero supongo que eso de razonar nunca se me ha dado muy bien. Miro el reloj y marca las doce y cuarto de la noche. Tengo un hombre delante de mí, sigue despierto, aunque no se ha percatado de mi presencia. Está muy ocupado leyendo en su fantástico Ipad. Me muevo y me ve. Sonríe. A ninguno de los dos nos vendría mal algo de conversación.
Se saca los cascos y me dice:
         -          ¿La he despertado?
         -          No, no. No se preocupe. – silencio - ¿Y usted, no puede dormir?
         -          Por favor, no me trate de usted, tenemos la misma edad. – vuelve a sonreír
Me fijo en sus ojos azules, con mirada desolada. Aún con algo de esperanza.  Supongo que al igual que la mía.
         -          ¿A dónde te diriges? – le pregunto
         -          Londres. Por trabajo. ¿Tú?
         -          Cheshire. Por amor. – le aseguro - ¿De qué trabajas?
         -          Periodista.
Me quedo en silencio. No creo que sea muy bueno trabajar de eso y estar aquí. Apenas hay información de los problemas de Gran Bretaña. Y por algo será.
         -          Te aconsejo que la gente no lo sepa. Podrías meterte en líos.
Me sonríe con los ojos.
         -          Gracias. – suspira - Te aconsejo que si quieres una vida tranquila, vayas a América y te olvides de ese chico. No saldrá de aquí hasta que se acabe la guerra.
         -          La tranquilidad no es lo mío. – sonreí – Nunca lo ha sido.
         -          Entonces – me da esperanza con la mirada – nunca te rindas.
Me abraza sin tocarme y observo cómo se mueve el paisaje (o más bien luces). Al cabo de media hora, el bus se detiene. Llegamos a un pueblo con complejo de rancho. Un pueblucho que cualquiera sería capaz de olvidar. Cojo mi chupa de cuero y me la pongo en ambas mangas. Dejo mi bolso y mi mochila encima del asiento. No tengo nada que me puedan robar. Todo mi dinero lo llevo en mi teta izquierda. Para variar.
Bajo del autobús y camino hacia un bar, al cual se dirige todo el mundo. – Voy a ser algo sociable – pensé. Pero en cuanto vi como había más humo que oxigeno, la idea desapareció de mi cabeza. Me acerqué a la barra, dejando sobre mis muslos la chaqueta y colocando ambos codos sobre la mesa. No pensaba dar buena impresión. Es más, tenía la intención de embriagarme, que se me pasara el camino rápido y contarle, al pobre desgraciado que me sirviera una copa, todos mis problemas.
         -          ¿Qué le pongo a la señorita? – me preguntó. Aún no sabía que yo podía ser el peor de sus problemas esta noche.
         -          Un vaso de ron.
         -          ¿Con qué se lo mezclo? – sonríe
         -          Con nada. – aseguro – Puedo con ello.
Alza una ceja y se aleja de mí. Y en un tiempo mucho más largo de lo deseado, me trajo mi ron. Le doy un trago como si de agua se tratase y noto como todo mi cuello arde. Me gustaría hacer ese suspiro para evitar el ardor. Pero prefiero sufrir. Siento que me lo merezco. Y es entonces cuando se me acerca el más capullo de todo el bar. Se sienta a mi lado; como si yo tuviera algún interés. Acerca su brazo al mío más de lo necesario y le pide una copa al camarero. Alzo la mirada al techo. No quiero hablar. Me tiraría un eructo con tal de que éste se alejara. O un pedo. O ambos. Pero ante el miedo de que se me una al sonido, prefiero quedarme con cara de mala hostia y mirar al techo.
         -          Hola preciosa. – Me susurra traspasándose el límite. Me aparto un poco, dejándole claras las distancias.
         -          Hola.
Le doy otro trago al vaso. Sé que me está mirando. Y cada vez suma más puntos para llevarse un guantazo. Yo no soy de esas pánfilas de los libros que se creen alagadas cuando un hombre la mira. Prefiero las cosas claras.
         -          Nunca te había visto por aquí.
         -          Será porque no soy de aquí. – le sonrío con falsedad y vuelvo a mi vaso.
         -          ¿Quieres? – me dice acercándome su cigarro a mí.
         -          No, gracias. No fumo.
         -          Estar rodeada de humo o fumar; es prácticamente lo mismo.
         -          En ese caso no fumo de cigarros desconocidos.
         -          No tengo ninguna enfermedad, eh. – me sonríe
         -          Ni yo ganas de partirte la cara. Así que haz el favor de alejar eso de mí.
Me sigue mirando en silencio. Hasta que me cabreo y le miro a los ojos con ira.
         -          Veo que no quieres hablar. – me dice el muy imbécil
         -          Veo que ves bien.
Se levanta de la silla y se va. Doy gracias a Dios y a la virgen por tener esos dos minutos de soledad sin que nadie me moleste. Hasta que vuelve a llenarse la silla. Miro y es mismo hombre del tren. 
         -          ¿Te vas a quedar ahí sentada embriagándote con la música que está sonando? – me cuestiona
         -          Sí. No se me da bien bailar.
         -          Venga ya. A todas las mujeres se os da bien. – y sonríe.
Decido apartar mi mirada del vaso, para encontrarme con la suya de ojos azules. Parpadeo de nuevo para no embobarme y sonrío.
Os seré sincera, si no hubiera conocido a Harry, me pondría a zorrear. A comerle la boca y lo que no es la boca también. Y después irme sin ninguna preocupación. Pero ni esos ojos azules, ni la camisa a cuadros, ni el pelo engominado, ni esos labios rosados, podían compararse con él. Prefiero los bolsillos vacíos y las bambas llenas de arena. Los condones de su cartera y mis manos en sus rizos. Apestar a su sudor, antes que cualquier otra colonia. Arrancarme las pestañas para que me pida deseos y dejar que cree la vía láctea por mi espalda. Que se queje de mis pies fríos o se burle de mi apestoso francés. Que se quede tirándome cartas bajo una puerta y con el pelo mojado. Que se dedique a hacerme cosquillas sin tan siquiera tocarme. Prefiero al chico de ojos verdes, que por fin aprendió a besar con los ojos cerrados. Al chico que me prometió únicamente follarme, y el que ahora espero encontrar cada mañana al despertar.
Así que ponme otra copa, porque no tengo intención de recordarte mañana. Y tú tomate otra, porque no te sentará bien recordarme mañana.

dijous, 4 d’abril del 2013

Capítulo 18


Siempre han dicho que de ilusiones se vive. Que mientras queden sueños por cumplir la muerte puede esperar. Que no hay nada más fuerte que la esperanza. Que si quieres, puedes. Y supongo que eso es lo que hoy me mantiene vivo. La esperanza de que en algún momento volveré a verla. Ya sea real o irreal, pero la veré. Esa plácida tranquilidad que me da, aún con el mundo derrumbándose a mi lado. La energía que me transmite. La fuerza que tiene. Esto vale más que cualquier granada, bala o guerra mundial.
Noto de nuevo la luz en mi ojo derecho. Enfoco la vista y aparto la linterna de mi cara. Tara sonríe. Estamos solos en la enfermería. – Mierda, he vuelto a desmayarme – pienso. Me froto los ojos y la miro. Debajo de la bata blanca lleva unos tejanos oscuros ceñidos. Y una camiseta roja de pico. Las mismas uñas rojas que siempre y la linterna detrás de la oreja. Se ha pintado suavemente la raya del ojo inferior y algo de brillo de labios. Pero estoy demasiado desorientado como para darle importancia. Me da un golpe en la rodilla y ésta salta.
           -          Bien, parece que sigues teniendo reacción. – sonríe
Y cuando sonríe sale el sol. El grifo deja de gotear y la música de ambiente empieza a sonar. Y el problema no es que no me guste, si no que empiezo a plantearme si es real o solo mi imaginación.
           -          ¿Qué pasó para que te desmayaras, Harry?
Lo recuerdo y me miro la pierna. Me han cortado el pantalón y tengo el muslo inmóvil por el yeso.
           -          Me pegaron un tiro. - dije
           -          Liam no me dijo eso. – me retó – Decía que viste a alguien. Alguien que no estaba.
Contesto con un largo silencio hasta que me pone la mano en mi pierna libre para que la mire a los ojos. 
sos ojos miel que buscan una respuesta sin necesidad de palabras.
           -          Está bien – empecé – La vi a ella de nuevo.
           -          ¿Quién es ella?
           -          Mi novia. – aseguré
           -          ¿Te pudiste despedir de ella antes de entrar en el ejército?
           -          Sí.
Se quedó pensando. Yo cerré los ojos esperando que no hubiera más preguntas. Pero la suerte no se iba a poner de mi parte.
           -          ¿Cuándo la ves, te habla?
           -          Esta última vez sí lo hizo. Es la misma chica de la que estoy enamorado.
           -          ¿Y aparece de repente?
Suspiro y estiro el cuello hacia arriba. Esto es una tortura. Odio hablar de ella. Odio hablar de lo que veo o no veo. Odio que me quieran arrebatar lo que es mío.
           -          Styles, tienes que intentar no ir a buscarla.
Y entonces me arde la sangre. No puedo hacerlo. Y ella lo sabe. Lo dice como si fuera fácil, como si todos pudiéramos pasar de lo que más amamos. Cómo si ella no se hubiera enamorado nunca.
           -          Sabe que no puedo. – le digo
           -          Claro que se puede.
           -          ¿Cree que no bebería un alcoholico si lo deja dentro de un bar lleno de botellas? ¿Si una cleptómana se podría quedar quieta en una tienda sola? ¿Si un psicópata podría estar relajado con una pistola en la mano? – ella me alzó una deja - ¿Cree que un enamorado podría dejar a lo que más quiere que le hagan daño?
Se hizo el silencio. Tragué saliva pensando que era el final de la conversación.  Pero no lo fue.
           -          No te he dicho que lo hagas, si no que lo intentes. – me dijo – Ahora no vas a poder salir de la enfermería en mucho tiempo. – me maldije a mi mismo – Debes encontrar la paz en ti, en darte lo que te mereces. – Silencio – Mi abuela decía que la única forma de solucionar el problema, era tratándolo.
           -          ¿Y cómo se trata con algo que está en tu cabeza?
           -          Plantándole cara y no poniendo escusas.
Procuré quedarme en silencio. No quería seguir con esta conversación de idiotas sin llegar a ninguna parte. Estaba claro que ella nunca había pasado por lo que yo. No tenía derecho a juzgar la forma de proteger a las personas que tengo. Ella solo se dedicó a llevarme a la habitación de la enfermería, donde había una cama y un baño. Y para mi sorpresa más limpios que los del cuartel. Me senté en la cama y ella se fue. Me dejé caer, a la espera de que me volviera a desmayar y no despertar. Pero no pude. Y me quedé mirando el techo. El techo grisáceo y mugriento.

Noté como se sumergía el calor sobre mi pecho. Alguien me acariciaba. Abrí los ojos poco a poco y la vi. Con su pelo cayendo sobre los hombros. Con su sonrisa de anuncio y los ojos color cafés más bonitos que veré en toda mi vida. Con su olor particular a lavanda y suavidad en el vientre, pero sequedad en las manos. Tan frágil y tan fuerte al mismo tiempo. Me coloqué a la altura de sus ojos, preguntándome si era real o irreal. Me acerqué a sus labios y ella dejó caer su aliento sobre mí. Entonces recordé que no me importaba de qué forma la veía. Sólo quería verla. Y entonces la cogí de la cintura y la besé. Noté de nuevo sus labios rozando los míos. La forma de acariciar el cuello de mi camiseta. El compás de su lengua que siempre me dejaba acompañar y la forma en que mi pecho se descontrolaba. Volví a pegarla a mí, a la espera de que pudiera darme algo más de amor. Algo a lo que agarrarme. Algo con lo que calmara mi locura. Pero se apartó de mí y se sentó a mi lado. Mirando a una pared sin nada y con los pies colgando.
           -          Sé que quieres hablar, Harry. – me dijo
Y que quisiera hacerse la listilla, me causaba más dudas de si era solo una alucinación.
           -          Yo sólo quiero estar contigo, _______. Me da igual de qué forma.
           -          No es verdad. Quieres estar con ella. Ella en la realidad. – suspiró y volvió a mirarme – Yo sólo soy producto de tu imaginación.
Me froté los ojos y me tapé la cabeza con las manos. Notaba como ella me acariciaba la espalda. Era reconfortante, pero no cómo si de verdad estuviera allí.
           -          ¿Y por qué no desapareces y ya está?
           -          Yo no puedo hacer eso, Harry. Sólo lo puedes hacer tú. Tú mandas sobre tu cabeza.
           -          No estoy tan seguro de eso.
Me cogió de la barbilla y besó mi mejilla.
           -          Quizás no desaparezca Harry, pero si no me prestas atención, acabaré haciéndolo.
           -          No puedo, _______. – le digo – Podría no buscarte, no hablarle a nadie de ti, no escuchar tu voz, y pasar días sin olerte. Pero no me pidas que huya si me persigues.
           -          Soy tu pasado. A todos nos persigue nuestro pasado.
           -          Me niego a que seas únicamente mi pasado.
           -          Está bien. – empieza a enfadarse – Pero por ahora no puedo ser tu presente. Así que haz el favor de mantenerte con vida de la forma que sea, porque entonces sí que no seremos nada.
Noté como volvía a marearme. La vista se me nublaba y cogía forma de túnel. Las orejas empezaban a emitir pitidos. Pero me prohibí a mí y a todo mi subconsciente desmayarme otra vez. No volvería a desmayarme. Así que cerré los ojos. Pero al abrirlos ella ya había vuelto a desvanecerse. 

dilluns, 1 d’abril del 2013

Capítulo 17


Le rogué a mi cabeza que se callara de una vez por todas. No podía dejar de pensar en ella y en cómo estaría. Supongo que, en cierto modo, lo hacía a propósito, para que no me olvidara de ella. Yo también lo hice dándole el amuleto.
Revolví mi cabeza con pelo de mierda y me puse la gorra. Hoy era uno de esos días fríos, donde no servía de nada darle cuerda a los relojes rotos. Donde los ayeres ya nunca serán mañana.
Me lamenté a mi mismo por ser tan imbécil por seguir hablando en mi cabeza. Cogí mi desayuno y me senté en la mesa. Louis y Zayn ya estaban allí. Pero un día más, no tuvimos la intención de entablar conversación. No hay nada que preguntarle al destino.
La bombilla roja de encima de la puerta se encendió y empezó a sonar una alarma. Algo que me volvió a recordar al sonido que hace el miedo. De la puerta salió el coronel y todos nos pusimos en pie. – ¡Firmes!- me dije a mi mismo. Respiré hondo y el coronel empezó a hablar.
        -          Hemos recibido alarmas de las fronteras. Polonia está acercándose hacia nosotros y no pensamos permitírselo. – se le volvió la mirada oscura- Veinte de ustedes vendrán conmigo y el Sargento Bacob. Espero que no nos defrauden. Ni a nosotros ni a nuestro país.
Todos nos quedamos inmóviles y en silencio. Esperábamos una respuesta de quién se iba a jugar la vida. Y como mi suerte siempre está hasta el cuello, el que se la iba a jugar iba a ser yo.
        -          Tomlinson, Malik, Horan, Payne -pronunció más nombres- y Styles; vayan inmediatamente al cuartel general.
Nos miramos entre nosotros, suspiramos y salimos de la multitud. Todos nos miraban de esa forma tan común. Como si nos dieran el pésame antes de muertos. Con la compasión en la mirada y la furia en mi garganta.
Llegué el último al cuartel. Me entretuve en atarme los cordones como escusa, para disfrutar de mis últimos minutos de vida. Allí estaba Tomlinson y Malik. A sus derechas al que decían que era rubio cuando tenía pelo y al otro que pretendía hacerme competencia en mi altura. Salió el Sargento y el Coronel. Nos pusimos firmes y tembló el silencio.
        -          Ahora os subiréis a esas furgonetas – empezó hablando el sargento – y daréis el honor que nunca habéis dado por vuestro país. Ahí dentro tenéis todas las armas y recargas. Colocároslas durante el camino y esperad a la orden de salir. – acabó de hablar- Descansen.
Separé los pies y caminé hacia la furgoneta. Abrí la puerta y dejé que entraran todos.
        -          Styles – me susurró con fuerza el Coronel en el oído – haga el favor de dejar de quitarnos tiempo o le mantendré toda la puta noche corriendo.
        -          Sí, Coronel.
Entré y cerré la puerta. Me coloqué el fusil de asalto y una pistola de recambio. El chaleco antibalas y el casco. Me abroché de nuevo las botas y me puse los guantes negros. Esperé a que la furgoneta dejara de rodar y al cabo de dos minutos, se abrió la puerta.
        -          Nada de matar a civiles. – ordenó el Coronel – Venimos en son de paz, pero en el momento que estalle una bala... – se quedó en silencio- ¿Entendido?
        -          Entendido, Coronel. – gritamos todos.
Salimos de allí y empezamos a caminar por la tierra. Era un pueblo pequeño. Lleno de ventanas mal cerradas y más de una rota. Con los niños jugando a las canicas en los porches de sus casas. Paredes con humedades y el cielo grisáceo. Cuando los habitantes nos vieron aparecer rápidamente metieron a toda la familia en casa. Cogiendo a los niños de las orejas y sin dejar de llorar.
De golpe sentí un tirón en el pantalón. Miré hacia abajo y me topé con la vista de un niño rubio y de ojos verdes.
        -          ¿Has visto a mi papá? – me preguntó con un poco de esperanza en sus ojos. - Mamá y yo le echamos mucho de menos.
Se me heló la sangre. Miré a Zayn, y él se encogió de hombros. Me agaché para estar a la altura de sus ojos y le dije algo por lo que luchar.
        -          Ayer vi a tu papá. – mentí - Me dijo que te quería mucho y que volvería tan pronto como pudiera. – vi brillar una luz en sus ojos – Y que ahora eres tú el hombre de la casa y debes cuidar de mamá.
Apareció una mujer detrás del niño y me sonrió con la mirada dándome algo de ánimo del cuál ni siquiera ella tenía. Cogió al niño de la mano y echó a caminar en dirección opuesta. Pero el niño antes me susurró,
        -          Mucha suerte.
Me alcé del suelo con un poco más de alma y coloqué otra vez el arma en su sitio. Caminé hacia la parte trasera de una casa y observé su alrededor. Estaba llena de vallas y las ventanas tapiadas con madera.
Yo no quería matar a nadie. No sé cómo sería capaz de dormir si lo hacía. Pero supongo que a todo te acostumbras y acabaría haciéndolo. Y sabía que ese día era hoy.
Escuché el sonido de una granada explotar y mi compañero Niall, me hizo tirarme al suelo.
        -          Sígueme. – me ordenó.
Y así hice. Nos arrastramos por el suelo hasta estar ambos detrás de un coche rojo.
        -          No es seguro estar aquí. Si nos tiran cualquier bala saldremos volando por los aires. – le dije
        -          No tengo esperanzas en sobrevivir. – susurró
        -          Pero yo si tengo huevos a que salgas vivo. Así que coge tu maldito trasero y vayamos detrás de la casa. Tú al bando derecho y yo al izquierdo.
Una vez hecho, observé el horizonte. Una furgoneta cargada de hombres con ametralladoras se acercaba a nosotros.
        -          Niall, saca tu franco. Espera otro asalto al fuego y dispara al conductor.
        -          Veo más oportuno disparar al motor para que reviente.
        -          No creo que funcione.
        -          Funcionará. – me aseguró con los ojos
No estaba del todo seguro de que fuera capaz de hacerlo. Pero tampoco había muchas más opciones. Me coloqué entre dos contenedores buscando tener el cuerpo a salvo y la vista amplia. Una bala del oponente reventó la ventana de una casa, de donde salieron gritos ahogados. Miré a Niall y ya había colocado la vista en la mirilla. Entonces apretó el gatillo y el coche empezó a sacar humo. Varios de los ocupantes salieron corriendo y entonces estalló el coche. Tres de estos salieron en llamas. Acaricié a Niall con la mirada, diciéndole que era suficiente. Vi como los contrarios se iban acercando cada vez más a nosotros. Pero aún estaban demasiado lejos como para poder disparar. Los seguí con la mirilla y cuando los tuve lo suficiente cerca le disparé a uno. En la cabeza. Saltó el fuego de todos mis compañeros. Volví a la carga y observé como Niall tenía un punto rojo en su cabeza.
        -          ¡Agáchate! – le grité
Volví en busca de aquel imbécil. Me levanté del suelo y corrí hacia detrás de una caseta. Vi como el mismo hombre estaba de espaldas a mí. Me dije a mi mismo que era él o yo. Me hice la sangre de fuego y saqué el cuchillo. Vi cómo él apuntaba a Louis sin que se diera cuenta. Me dije a mi mismo que debía hacerlo. Me acerqué con sigilo, le agarré las manos y le corté el cuello. El hombre cayó al suelo y me juré a mi mismo que no le miraría a los ojos. Cogí su arma y me la colgué en el hombro. Miré a mis espaldas cuando escuché un ruido. Volvían a temblarme los pies. Y entonces di gracias a Dios cuando vi que era Liam. Le pedí que me cubriera mientras miraba por la ventana a ver si veía a alguno. Entonces vi un hombre con gorra negra apuntando a alguien. Miré a ese alguien y todo mi cuerpo quedó inmóvil. Era ella. Otra vez _______. Estaba en medio del campo, escondida entre las columnas del porche. Abrí los ojos y aparté a Liam de mi camino. Me cogió del brazo.
        -          ¿Dónde te crees que vas? – me dijo
        -          Hay un civil allí abajo.
Miró al campo y me soltó el brazo.
        -          Ahí abajo no hay nadie, Harry.
Le di la espalda sin intención de escucharle. Bajé las escaleras corriendo y me acerqué al lado de aquella casa. La veía. Estaba aterrada y se topó con mis ojos. Decía que la ayudara. Grité para mis adentros y me llené de valor. Corrí hacia el porche y me tiré sobre ella. La aparté de la vista y la abracé.
        -          Tengo que sacarte de aquí – le dije
        -          Tenemos que salir de aquí – me susurró
Me acarició la piel y se erizó. Me recordé a mi mismo que no era tiempo para mariconadas. Y entonces noté un dolor irremediable en mi muslo. Grité y solo quedaba aire entre mis brazos. Había vuelto a esfumarse. Me encontré con los ojos de Liam. Me empujó contra la pared y desvió sus ojos a la mirilla. Disparó a un franco que estaba en una ventana y volvió a dirigirse a mí. Sacó un trapo del bolsillo y me hizo un torniquete. Yo estaba inmóvil. Herido y con la piel para hacer croquetas. Con el corazón encogido después de haber vuelto a tener una alucinación. Una alucinación sobre ella. Con un tumor en la mente porque sabía que tendría que volver a la enfermería.
Liam me cogió en brazos y me sacó de allí. Me dejó en la furgoneta y cerré los parpados.