dilluns, 16 de setembre del 2013

Epílogo.

POV’s ___________ (Tu punto de vista)
Arranco el coche y dejo que la calefacción entre en mí. Churros con chocolate, tradición en reyes magos desde que nació Leire. Ahora cada vez que giro la llave y se enciende el motor, me acuerdo de él. Cuando enciendo la radio y suena alguna de las canciones que me cantaba de jóvenes. Y quién iba a pensar que todo iba a acabar de esta forma. Yo, ahora mismo, en un coche que huele a pino y con el asiento trasero lleno de recuerdos de juguetes rotos. Cuántas veces se habrán peleado Kevin y Leire por la moto acuática y el iron man.
Siempre que miro al cielo, recuerdo todo lo que pasó. A veces, me paro a escondidas, en el jardín de casa, con un cigarro en la mano y pienso cómo sería todo si no hubiera pasado lo que pasó.
Yo supe desde el primer momento que Harry cerró los ojos, que él no pretendía sobrevivir a esa caída. Se quedó mirándome hasta que mi paracaídas se abrió. Luego volvió a cerrar los ojos y tiró de su cuerda. Aunque este no se abrió. Pero, gracias a Dios, a Jesucristo, la virgen o quizás el Karma, me hizo ver la otra cuerda de seguridad para tirar. Le señalé a gritos donde tenía que volver a tirar. Finalmente me hizo caso y tiró de la cuerda. Y salió la tela desde atrás y dejó a Harry volando.
Nunca en mi jodida vida he pasado tanto miedo. Y ver como su paracaídas se abría, fue como una salvación. Como si todo ese tiempo hubiera estado aguantando la respiración, y de golpe volviera a entrar aire a mis pulmones. Aterrizamos en un prado de cabras. Harry llevaba todo el camino desviándose de Alemania. Y nos había dejado justo encima de España. Dónde los campesinos de allí, nos alquilaron una caseta e hicimos de nuestro piso franco hasta que acabó la guerra.
Ahora, voy de camino a casa. Es navidad. Tenemos una gran casa con jardín y garaje. Kevin es el mayor, acaba de cumplir los diecisiete. Leire cumplirá en unos meses los catorce. Harry, su padre, ya está con las charlas de nada de juntarte con chicos. O gritándome a mí qué haces comprándole sujetadores a la niña, si todavía es muy pequeña. Cuando todos sabemos que el crío sigue siendo él. Por muchos años que pasen yo sigo enamorada de esos dos hoyuelos que salen cada vez que sonríe.
Entro en casa y todavía seguían dormidos. Dejo la bolsa con churros sobre la encimera y dejo el abrigo sobre el perchero. Empiezo a preparar mi leche y noto como me abrazan por detrás. Me giro y veo a Harry sonriendo. Le beso en los labios y me giro hacia él.
          -          ¿Siguen durmiendo?
          -          Sí. Te dejo hacer los honores.
          -          Prefiero ver como corren por las escaleras.
Reímos. Vi a Harry como subía escaleras arriba y empezaba a picar a las puertas de sus habitaciones.
          -          ¡VUESTRA MADRE HA TRAÍDO CHURROS!
Se escucharon gruñidos en ambas puertas.
          -          Papá, no tenemos cuatro años. Podemos esperar a que sea una hora normal a desayunar.
          -          Son las ocho. Y que yo sepa os levantáis normalmente a las siete. ASÍ QUE TODO EL MUNDO ARRIBA.
Escuché como ambas puertas crujían al abrirse y Harry bajaba con una gran sonrisa en la cara. Se había salido con la suya. Después bajaba Kevin, con una cara de odio que mataría a cualquier demonio. Y Leire se hacía la remolona, apoyándose en la pared mientras bajaba. Entraron en la cocina y Kevin se sentó en el taburete.
          -          Para que luego con quejéis de el general Roman ése. Vosotros sí que sois unos….
Vi como Harry le daba una colleja.
          -          Esa boca.
          -          ¡Pero si no he dicho nada!
          -          ¡Más te vale!
Reí y me metí en la conversación.
          -          No os sentéis, que hoy desayunamos en el comedor.
Escuché los bufidos detrás de mí y abrí la puerta. Nos sentamos a comer los churros y el chocolate caliente. Cuando acabé de recoger la cocina y el papel de regalo esparcido por el suelo, sonó el timbre. Fui a abrir la puerta y tuve que alzar la vista para saber quién era. Adam, el primo de Harry. Me sonrió de oreja a oreja y le abracé. No lo había vuelto a ver desde que nos fuimos de España. Lo invité a pasar, pero detrás de él, había una chica. Cuando dio un paso hacia adelante, supe perfectamente quién era.
          -          ¡¿Tatiana?!
          -          ¡¿________?!
Efectivamente Adam y Tatiana se habían conocido después de la guerra. Él fue de ayudante a una de las enfermerías a donar sangre. Y se encontraron. Y contaron un montón de cosas más, a las cuales no les di importancia. Admiraba a Adam y Tatiana. Por muchas cosas que ella hubiera hecho, seguía teniendo un vínculo con ella. Y por mucho que quisieran, no se iba a romper. Harry la miraba como la chica que era, la mujer de su primo. Pero no le brillaban los ojos. No le brillaban los ojos como cuando me miraba a mí. Y ahí supe que Harry siempre había estado enamorado de mí. Que nunca había dejado de amarme.
Yo nunca le contaría a Harry lo de Derek. Aunque hiciera menos de un año que me lo encontrara en el las ramblas. Yo iba cogida del brazo de Harry y él le daba la mano a una niña pequeña. Ambos nos miramos. Y ambos sabíamos quiénes éramos. Pero ninguno iba a dar ningún paso. No volvería a ponerlo todo en peligro de nuevo. Y me di cuenta, que me alegro de no haberme marchado con él el día del autobús. Porque él no hubiera podido darme todo lo que Harry me da ahora.

Ahora me doy cuenta de todas las cosas que me ha enseñado Harry. Él es mi héroe. Y los héroes nunca mueren.

Capítulo 33. Final.

Me paso el día entre zancadas y abdominales. Gritos y collejas. Styles, baja de la nube. Styles, ponte a correr. Styles, veinte zancadillas más. Y lo peor de todo es saber que ella también lo está sufriendo. Y la cosa irá a peor. Ayer recibí una carta de Gemma. Decía que las cosas seguían empeorando. Mamá está bien, pero que me echa de menos. Que se está haciendo mayor y que la oye gritar mi nombre en el baño. Pero siempre le dice que estoy bien. Sea donde sea pero estoy cuidando de ellas. Dice que no cree que no la ayude mucho diciéndole eso. Pero que ya sé, yo era el protector y el de las palabras bonitas. Aún tiene esperanza de que me llegue esta carta. Y que no la perderá hasta que un militar pique a la puerta con la gorra en la mano. Y espera que ese militar sea yo, diciendo que vuelvo a casa. También comenta que muchos de los soldados de otros territorios habían sido lanzados a Alemania. Y que pronto lo haría yo. Y que todos los que van allí, nunca vuelven.
Antes de entrar en el cuerpo, yo odiaba a todos los militares. Pero mírame ahora, soy uno de ellos. Y daría mi vida por cualquiera de ellos. Supongo que es así como funciona el ejército. Actuamos por honor y amor. Pero no hacia a la patria, si no a nuestros compañeros y al resto de la población. Mama y Gemma pueden dormir relativamente tranquilas. Gracias a mí, a ellas no les cae una bomba encima de la cabeza. Gracias a mí están a salvo. Pero he perdido la batalla con _____ aquí. No puedo mantenerla a salvo todo el tiempo. Y lo intento. Pero no.
Si fuera por mí, pediría que me mandaran a la guerra y me quedaría de voluntario en el centro de Francia. Pero si fuera por ella, saltaría la valla electrificada y correría con su mano enlazada. Muy lejos. Solos. Tal lejos que no volvamos a ver a nadie. Ella y yo. Tenerla a salvo. Volver a ser felices.
La veo bajar por las escaleras de su cuartel y me sonríe. Le entrego la bolsa con armas y planta un beso en mi mejilla. Es evidente que quiere mantener las cosas en secreto. Y me parece mal. Odio a todos estos desgraciados que se acercan a ella como si tuvieran algo que ofrecerle. Como si valieran algo a su lado. 
Me gusta hacer misiones con ella cerca. Poder tenerle el ojo encima. Protegerla. Porque es jodidamente imposible concentrarme sin saber que ella está bien. Subimos a la furgoneta  y otros 5 más. Las tropas de Alemania estaban contra nosotros de nuevo. No tiene sentido todos lo que estamos aquí. Pagando las culpas de los que están allí arriba. Como si matarnos entre nosotros arreglara la mierda de sus cabezas.
        -          Subirán por parejas en los aviones de asalto. -Dijo el coronel por el walkie. - Volarán hasta Alemania por los límites de Francia. No quiero errores.
Apagaron el sonido y nos miramos entre nosotros. 
        -          Scott Lee, tú con Harry
Sonreí al general Roman y _____ se puso a mi lado. Caminamos hasta el avión 4. Allí fui a buscar la gasolina de reserva y la munición. Cuando subí dentro, ella comprobaba los niveles de aceite. Al percibirme se giró y me sonrió. Se arregló la coleta y se sentó en el asiento de copiloto. 
Me senté de piloto y esperamos órdenes en silencio. No era necesario decir nada. No era un silencio incómodo. Y dicen que cuando encuentras a alguien con quien compartir el silencio y no sea incomodo, has encontrado el amor. Rocé su mano y ella acarició la mía. Entrelacé nuestros dedos y el walkie sonó.
        -          ¿Styles, Lee? ¿Estáis en el avión cuatro?
        -          Sí, señor. ¿Cuáles son las órdenes?
        -          Después de que el avión tres despegue, hágalo usted también. Ponga el GPS con dirección Alemania. Debe estar a una distancia de cincuenta pies de los otros aviones o seremos detectados. Cuando estemos entrando en frontera enemiga recibirán nuevas órdenes.
        -          Gracias, general.
Cuando el avión tres despegó, esperé a que me dieran la señal y lo imité. Después media hora de viaje me quedé mirando el horizonte, vigilando que el resto de aviones estuviera lo suficiente lejos como para no alistarnos. 
        -          ¿Recuerdas la última vez que volamos juntos? - Me preguntó 
        -          No puedo dejar de recordarlo.
Sonrió. 
        -          ¿Alguna vez has pensado que si pudieras dejarlo todo y huir conmigo, lo harías?
        -          Todos los días.
        -          ¿Y porque no huimos ahora? 
Se quedó en silencio ante mi pregunta. 
        -          No podemos dejar al resto aquí. No podemos hacerle eso a Niall, Liam, Zayn o Louis. 
        -          No les debemos nada, ______. Y créeme que se alegrarán de saber que alguien ha podido salir de todo esto. 
Se quedó mirando al suelo y después suspiró sin saber qué hacer.
        -          Vámonos.  – insistí
Me puse en pie. Dejé encendido el piloto automático y busqué los paracaídas. No permitía un no por respuesta. Lo arriesgaba todo yendo a Alemania en estas épocas. El cielo estaría lleno de los de su ejército. Unos cuantos aviones no podrían acabar con todos ellos. Ellos acabarían con nosotros.
Mientras ella metía en una mochila la comida de reserva, yo seguí buscando los paracaídas. Estaban colocados en ambos lados de la puerta. Los cogí y me quedé comprobando que el de ella funcionara. Comprobé luego el mío y me lo coloqué. Fui a ella y ayudé a ponérselo. Rozando primero sus brazos y luego sus piernas desde la punta de los pies, hasta el final de su muslo. Amaba esas piernas. Até con firmeza todos los cinturones y luego besé sus labios.
        -          Te quiero, ______. No sabes cuánto.
        -          ¿Y si no funciona, Harry? ¿Y si no llegamos a la orilla? ¿Y si nos morimos congelados en el océano?
        -          Por lo menos lo habremos intentado. – agarré su mano – En Alemania nos hubieran matado igual. Mi hermana me mandó una carta donde decía que todos los que iban a allí, nunca volvían.
Noté como sus ojos se humedecían y volví a besarla. Apreté su mano y con la otra abrí la puerta. Noté como me miraba a los ojos. La miré. Diciéndolo todo. Asentí con la cabeza a modo de pregunta y ella asintió también. Flexioné mis piernas y salté hacia adelante. Cerré los ojos y noté como todo el aire consumía mi cuerpo. Abrí los ojos y estábamos cayendo. Solo veía cielo y a ella llorar. Me estaba mirando. Nuestros dedos se soltaban e intenté hacer todo lo posible por no perderla. No podíamos perder tiempo buscándonos en el agua. Pero no pude evitarlo y nuestras manos se separaron. Ella seguía con los ojos rojos y le dije con la mirada que todo iba a estar bien. Ella hizo un corazón con sus manos y cerré los ojos.
Y entonces sabes que éste es el final. Que el apellido de sus hijos no será el tuyo. Que ella no dirá tu nombre cuando le pregunten por su marido. Que la música solo llevará tu recuerdo. Que dejará de buscarte en los semáforos rojos. Que no habrá más textos tuyos con su nombre entre líneas. Que sus ojos no me tendrán reflejándome. Que tendrá el corazón vacío y las estanterías llenas. Que por lo que un día soñamos con un “quizás” un “quien sabe” o un “ojalá” ya nunca podrá hacerse realidad. Que le rezará a un Dios al cual no cree y las paredes harán eco de sus gritos. Pidiendo perdón por algo que ella no tiene la culpa. Que gastará más dinero en libros que en comida. Que olerá a libro antiguo, malboro y a mis camisetas anchas. Que beberá café solo con la escusa de echarle ron.
Y sabes que éste es el final, cuando sabes que le has dado el único paracaídas que funcionaba. Y tú, héroe que se quedará en el cementerio, morirás esperando que pueda volver a ser feliz. Maldito desgraciado que le has dado la vida, pero le quitas las ganas de vivir. Aunque sabes que podrá volver a ser feliz. Porque sabes que ella recordará que tú querías que lo hiciera. Que buscará un nuevo tipo que no serás tú. Que tú pasarás a ser el pasado. Que ninguno de sus hijos sabrá de tu existencia. Que ella te olvidará. Que se casará en la boda que tú habías soñado. Que volverá a ser ella, aunque no sea contigo. Y que tú acabarás de morir cuando ella te olvide.

A ti, amor, que dentro de unos minutos tocaré el agua y sentiré como si traspasara el cemento. A ti, amor, que no soy capaz de abrir los ojos y pedirte perdón por todo lo que he hecho. Gracias por hacer que cada parte de mi cuerpo lleve tu nombre. Gracias por hacerme el hombre más feliz del mundo. Gracias por devolverme la vida. Los viejos recuerdos se van metiendo en mi oreja y llegan hasta mi mente. Donde te veo con un bañador negro, diciéndome con la mirada que soy un capullo. Acariciándote el muslo por primera vez. Cuando hice aquella apuesta contigo. Cuando soñé contigo. Cuando despertaste en mi pecho por primera vez. Cuando lloraste en mi hombro. Cuando entrabas sin permiso en mi casa y me hinchabas las narices. Cuando Adam me hablaba de ti. Cuando todo el mundo me hablaba de ti. Cuando yo le hablaba a todo el mundo de ti. Cuando mi mundo fuiste tú. Cuando me despedí de ti. Cuando te di la libélula. Cuando aparecías en mi mente. Cuando pensaron estaba loco por ti. Cuando yo me di cuenta de que era cierto. Cuando volviste a buscarme. Cuando volé contigo. Cuando ahora me hago el héroe, dándote la vida. Con la esperanza de que la aproveches un poco más que yo. Porque mi vida empezó cuando te conocí. Y ahora mi vida se acaba cuando me despido de ti. Y quiero que sepas que no me arrepiento de nada de lo que he hecho contigo. Que te quiero tal y como eres. Que te amo hasta la punta de las pestañas. Que soy tuyo. Completamente tuyo. Y siento no haber sido exactamente como tú querías. Pero he intentado hacerte feliz. Y mientras hayas sido una cuarta parte de lo que tú me has hecho a mí, estoy satisfecho. Porque no sabes lo mucho que me has llenado. Te amo tanto, mi libélula. Porque eres un ángel disfrazado. Y me has salvado de mi mismo. Y eras todas las razones de mi sonrisa. Gracias por dejarme verme reflejado en tus ojos. Gracias por tu amor. Aunque no haya sido la típica historia de amor que todos quieren vivir. Pero ha sido nuestra historia. Y quiero dejarla impresa. Aún y solo sea en tu corazón.

Nunca te olvidaré,


Harry Edward Styles. 


diumenge, 15 de setembre del 2013

Capítulo 32

Despertar con ella entre mis brazos era increíble. Y me encantaría poder repetir esa sensación cada día. Pero ya hacía semanas de esa noche. Y el general no estaba dispuesto a dejarme repetirlo. Y me hacía pasarme las noches saltando vallas o corriendo alrededor del cuartel.
Bajé las escaleras con la bolsa de la ropa sucia a la espalda. Niall venía conmigo durante el camino. A estas horas siempre hablaba del dinero que había ganado jugando al poker y de las muchísimas cosas que hará cuando salga de la guerra.
Llegamos al cuartel de lavandería y delante de una lavadora, echando suavizante a la ropa, estaba ella. 
          -          Mira quién está allí – me dijo
          -          Dame tu ropa. Ya te la pongo a lavar yo.
Él sonrió y después guiño un ojo para despedirse. Me colgué también su saco a la espalda y caminé hacia la lavadora de su lado. Puse las bolsas encima y la miré. Ella ya me estaba observando. Sonreía. Qué bonita es. Sonreí y llevé mis ojos a la lavadora. Mientras iba metiendo la ropa en el agujero, ella me hablaba.
          -          Hola, eh. 
          -          Buenos días. 
Seguí poniendo la ropa sin prestarle mucha atención. Intencionadamente. Me encantaba verla desesperada por qué le hiciera caso. Ver que también me necesitaba. Aunque no tanto como yo a ella. 
          -          Me gustaría que te hicieras el difícil de otra forma. Ya sabes, dejando de contestar a mis mensajes, llegando tarde a las citas, no pagar mi entrada del cine, no prestándome tus sudaderas... Pero parece que aquí te tienes que complicar para intentar esconder que yo te vuelvo loco.
Volví a ver cómo se reía. De mí. Reí también. Me puse detrás de ella y se giró para verme. Me pegué a dos centímetros de su boca. La miré y me lamí los labios. Ella imitó mis pasos.
          -          Parece que tú tampoco puedes esconder lo que provoco en ti.
Dejó de mirarme el labio inferior y sonrió.
          -          Entonces, por fin estamos de acuerdo en algo, pero no sé porqué te empeñas en dejarnos con las ganas a ambos.
Me reí y puse un mechón de su pelo tras la oreja. Observé sus ojos y me pegué a ella. Dejé caer mi respiración sobre su boca. Noté como sonreía. Miró hacia arriba y elevó una ceja. Llevé mis manos a su cintura y agarré su trasero. Acabé de acercarme y apreté sus suaves labios contra los míos. Olía a lavanda. Daba igual el tiempo que pasara fuera de casa que ella siempre seguiría oliendo igual. Entré mi lengua sobre su boca y ella me dejó jugar. Sin separase de mí fue bajando a mi cuello. Beso tras beso. Sin poder evitarlo cerré los ojos y los pelos de mi nuca se erizaron. Volví a agarrarme a su culo y la subí a mi cadera. La dejé apoyada sobre la lavadora en marcha. Notaba como sus piernas rozaban maliciosamente la costura de mi pantalón. Metí mis manos entre su camiseta y acaricié la costura de su sujetador. Noté como su piel se erizaba y llevaba sus manos a mi cuello y volvía a besarme. La pegué mucho más a mí. Notaba como su pecho se pegaba al mío y sus ojos se mantenían cerrados cada vez que la acariciaba. Acercándome todo lo que podía fui bajando hasta su cuello dando besos en cada centímetro de mi piel. Me paré en su cuello, muy cerca de su oreja y volví a marcar un beso. Lamí el trozo de piel y noté como contrajo todos sus músculos.
          -          Te quiero. – me dijo
          -          Se supone que eso se dice al final de hacerlo.
Rió. Y abrió los ojos, topándose con los míos.
          -          Pero yo ya estoy segura de que lo hago antes de hacerlo.
Volví a besarla. Y yo también la quería. Y quería demostrárselo. Ella llevó sus manos dentro de mi camiseta y me la quitó. Rozó mi espalda y besó mi nuca. Impidiendo que se apartara de mis labios, le quité la camiseta y bajé sus pantalones. Ella desabrochó mi cinturón y dejó que cayera mi pantalón con él. Ella volvió a besarme en la oreja y yo me encargué del resto. Llevé mi mano a su nalga. Ella me puso el condón mientras yo seguía acariciando su dorso. Toqué su clítoris y luego entré en ella. Vi como apretaba sus párpados y metía sus manos entre mi pelo. Lo agarró y me pegó a su boca. La besaba sin cansarme. Como una jodida droga. Y me dejé recordar mis viejos momentos con ella. Su cuerpo tan perfecto. Tan suave. Tan bella. Me deslizaba entre su cuerpo y seguía siendo jodidamente hermosa con la piel mojada en sudor. Seguí moviéndome y clavó sus uñas en mi espalda. Noté como todo mi cuerpo se contraía y se relajaba de golpe. Ella llevó la cabeza hacia arriba y yo sorbí en su cuello. Dejando una marca que duraría tiempo en irse. Volví a besarla y acaricié su cintura. Luego llevé mis manos a sus pechos y finalmente acabé en su ombligo. Los pelos de mi nuca se erizaron y mis músculos y los suyos se contrajeron. Algo se desprendió y noté como arañaba mi espalda y mordía mi labio inferior. Nos quedamos así un segundo más de lo habitual. No quería separarme de ella. Pero besé sus labios y me aparté. La ayudé a bajar y volví a colocar su mechón de pelo tras la oreja.
          -          Eres perfecta.
Sonrió y volvió a besarme. Después se separó de mí y se vistió. La imité y ayudé a encontrar su ropa interior de entre los muebles. Ella llevaba la sonrisa gravada en los ojos. Era preciosa. Nada ni nadie podría superarla.
Cuando estaba dispuesta a irse, me dio un beso en los labios y se dio la vuelta. No dejé que diera otro paso más y la agarré de la mano. La pegué a mí y volví a besarla. Pero esta vez aún más despacio. Marcando cada movimiento que hacía en su boca. Notando incluso como se movía el aire en el aleteo de las pestañas.
Me alejé y nos echamos una de esas miradas para no olvidar. Donde te quitan unos segundos de vida y parece que queramos morirnos mañana. Y a poder ser, que me mate tu sonrisa. Porque morir gusta, y más cuando me matas tú.

Y volví a besarte. Porque muy en el fondo. Tanto tú, como yo. Sabíamos que sería el final.

dijous, 5 de setembre del 2013

Capítulo 31

Si no hubiera pasado. Si tú y yo no estuviéramos aquí. Ojalá un tú y yo cogidos de la mano por la calle. Ojalá yo rozándote la rodilla mientras conduzco. Ojalá presentándome a tus padres. Comiendo algodón de azúcar. Irnos sin pagar. Hacerlo en un probador. Comerte a besos en cuanto las puertas del ascensor se cierren. Que haya tormenta y me digas que te dan miedo los relámpagos. Llevarte de viaje. Ir a bailar. Volver a casa en mis brazos. Pasar la noche acariciándote el pelo. Obligarte a dejar el cepillo de dientes en el baño. Que te dé miedo el compromiso. Cabrearnos. Reconciliación. Y polvo de después. Comprar la casa. Está bien, tendrá balcón. Nada de piscinas que da humedad y se te bufa el pelo. Ir a buscar el periódico cada domingo. Que te enamores de mi cada día. Decirte que tu sonrisa me enamora. Que sonrías todos los días de nuestras vidas. Porque cariño, desde que estás tú, no hay nada que sea mío, sin que también te lo dé a ti.
Después de dos meses entre toda esta mierda parece que me he acostumbrado a ver a _______ por aquí. Aún y así siempre estoy haciendo trapicheos para que no la manden a las batallas duras. Y ahora mismo ese era mi objetivo al estar hablando con Roman.
         -          Venga tío, ¿qué te cuesta? – le dije
         -          Siempre que _______ viene, el resto se pone mucho más protector y se hacen los machitos. Dejan de irse por las ramas.
         -          ¡Pues llévame a mí y deja que me encargue de repartir hostias al que se duerma!
Se quedó en silencio, apoyando su mano derecha en la barbilla. Luego sonrió.
         -          La quieres, eh. – seguí en silencio - Está bien. Pero deberás substituirme en la guardia de esta noche.
Suspiré.
         -          Llevo ya dos noches sin dormir por culpa de todas vuestras guardias.
         -          Entonces déjala ir.
         -          Cállate. Iré a tu estúpida guardia.
Me levanté del asiento y desaparecí de su cuartel. Bajé las escaleras pataleando las piedras del camino. Escuchando a mi propia respiración caer. Empezaba a obsesionarme con ella de nuevo. Igual que me obsesioné en el verano por sus besos. Igual que me estoy obsesionando ahora por que no le pase nada. No me importa si deja de hacerme caso. Si me evita. Si se arrepintiera. Si me odiara por protegerla. Si prefiriera a otros antes que a mí. No me importa si empezara a gustarle el café. Si bebiera whisky para mi olvido. Si se escondiera para que no la mire. No importa que ya no me dirigiera la palabra por ser el más hijo de puta por traerla hasta aquí. Nada de todo eso me importaría. Nada me asustaría. Tengo suerte de que la gente no pregunte por los miedos. Simplemente aparecen un día, en el aeropuerto, en la calle, en tu propio cuarto, en ti. Cuando te subes a un avión, cuando te sacan una navaja, cuando aparece la oscuridad, cuando aparece la inseguridad. Pero nada de eso me da miedo. Mi miedo es mi vida. Y mi vida, amor, eres tú. Y todo mi miedo se reduce a tu perdida. Porque si te pierdo, pierdo mi vida.
Llego a las duchas y me quito la ropa. El resto ya se está dentro. Cojo el jabón y me pongo bajo el chorro de agua. Louis está a mi derecha y está dispuesto a sus bromas de siempre.
         -          Amor, ¿me coges el jabón del suelo? – dice guiñándome un ojo
         -          Cariño, ayer ya me dejaste molido. Y sabes que me da vergüenza en público. – contesté
         -          ¡Buscar una habitación! – gritó Zayn desde el fondo
Oí carcajadas y seguí lavándome.
         -          He encontrado una chica. – susurró Louis. Alcé una ceja y sonreí – Se llama Delia. La conocí el sábado pasado en la taberna. Está buenísima.
         -          ¿Y ya te la has follado? – se unió Niall
         -          Imbécil, – le golpeó – te repito que solo hace una semana que la conocí. No es una de estas tías que os folláis a la primera.
         -          A la que yo me follaba es a ________.
Me giré de inmediato a ver de quién era la voz de ese desgraciado. Y evidente era de Greg.
         -          ¿Te molesta que hablemos de ella? – me dijo. Tensé mi mandíbula. – Parece que le gusta jugar contigo. Porque te tiene a pan y agua, ¿eh? – seguía – Menuda zorra. Si yo fuera tú ya la habría atado a la cama.
Apreté mis puños y noté como mis muelas crujían. Caminé hacia él y alzó una de las comisuras de su boca. No sabe donde se está metiendo.
         -          Tú sí que sabes lo que es estar a pan y agua. Debe ser muy duro que hasta a tu mano derecha se le escurra por estar flácida.
         -          Pregúntale a tu zorra si estaba flácida cuando se la metí por detrás.
Y no me aguanté más. Todos mis nudillos se clavaron sobre su cara. Luego otro golpe contra su hombro derecho y cuando cayó al suelo con sus manos en la cara, una patada en la entrepierna. Le escupí y me salí de la ducha. Me vestí mojado y salí de allí. Dejé las cosas en mi taquilla y me fui a hacer guardia. Seguía cabreado. Quién se creía para hablar así de ella. Me apoyé sobre la reja y puse el arma en el suelo. Después de dos horas de pié, cuando uno de los de primer rango desapareció de mi vista, me senté en el suelo. Cuando llegaron las dos de la madrugada, escuché como alguien se acercaba desde atrás. Me giré y vi que era ella. Sonríe. Y sonrío. Consigue hacer que me tiemblen hasta las pestañas.
         -          ¿Otra noche de guardia? – dijo y se sentó a mi lado. Asentí. – No soy tonta, Harry. Sé perfectamente que haces guardia para que no vaya a las misiones.
         -          ¿Quién te lo ha dicho?
         -          No hace falta que me lo diga nadie. No es normal que me haya pasado dos semanas solamente en las clases teóricas. – suspiró – No necesito que me protejas.
         -          No puedo evitarlo. Si estás aquí es por culpa mía.
         -          No. Si estoy aquí es cosa mía. Y no eres al único que le preocupa que le pase algo. No duermes, joder. Y luego te vas a la guerra. Y vuelves a la noche. Y así cada día. Pero no qué pasa si no vuelves, Harry. Qué hago yo entonces.
No quería plantearme su parte de la historia. No podía imaginármela sintiendo dolor por mi perdida. No puedo imaginarme perdiéndola.
         -          No puedo perderte, ________.
Agachó la mirada sabiendo que esta conversación no tenía fondo. Se acercó a mí y dejó que la abrazara. Miró hacia arriba y me dio un beso en la mejilla.
         -          Ves a dormir, Harry. Ya vigilo yo por ti.
         -          No pienso irme. Y menos teniéndote en mis brazos.
         -          Pues entonces duerme aquí.
Y este era uno de los momentos que diría te quiero. Pero no lo dices por no asustarla. Pero sabes que la quieres.
         -          Gracias por hacer que todo esto valga la pena. - susurré