dimarts, 11 de desembre del 2012

Capítulo 5


Entre abrí los ojos hasta poder darme cuenta de que volvía a estar despierto. Me había pasado a noche intentando seguir ese sueño, pero fue en vano. Después me comí la cabeza con Gemma y mamá. Cómo estarán. Qué estará pasando. Cuándo podré volver allí. Cuánto podrán soportar. Qué les estarán haciendo. Y todas las preguntas sin respuestas. Lo único que sé es que no quiero acabar estando para todos y no para mi mismo.
Me levanté de la cama y me fui directo a la ducha. Un día más, no quería hablar con Adam. Cerré la puerta detrás de un portazo y empecé a desvestirme. Seguía con la misma ropa de ayer. Aún tenía arena por el cuerpo. Las uñas estaban repletas de ella y entre los dedos aún quedaba huella de que había estado allí. Tenía arena en todo mi cuerpo, menos donde quería tener; en mis calzoncillos. Nada. Quizás si no hubiera sido un sueño, la hubiera tenido. Pero no. No quiero darle más vueltas.
Entré en la ducha al son de It Will Rain y en menos de tres minutos ya había acabado. Me enrollé en una toalla y salí hasta mi habitación para vestirme. Salí de ella y bajé sin desayunar al recinto. Y gracias a mi desgracia, me la encontré. Me había visto y la había visto; no lo podíamos negar. Me acerqué a ella y me senté a su lado. Sonreí y ella negó con la cabeza. Confirmado; está loca.
            -          ¿Qué pasa?
Resopló y me miró de nuevo. Alzó las cejas y se dispuso para hablar.
            -          ¿Siempre me tiene que pasar algo?
            -          Hombre, no es normal que ayer te despidas dándome las gracias y hoy ni me saludes.
Se quedó en silencio y veía como empezaba a cabrearse. Y sin saber porqué, me hacía gracia que lo hiciese. Parece que no me soportase. Cómo yo a ella.
            -          Pues acostúmbrate, soy así.
            -          Quizás te cambio
Soltó una carcajada y se quedó con la sonrisa en la cara.
            -          Y dime, Styles, ¿Cuántas veces de las que una tía te ha dicho eso, te han cambiado?
            -          Nadie me lo ha dicho, ______.
            -          Pero lo piensan. Todas lo pensamos. – volvió con su sonrisa – Todas creemos que podemos cambiaros. Que podéis pasar de ser perros en celo, a príncipes azules. La gente no cambia. Nacemos y morimos siendo nosotros. Que lo quieras tapar, es otra cosa, pero tú, seguirás siendo tú. Digan lo que digan.
Y una vez más, odio que tenga razón. Nadie me cambiará. Ni nadie será capaz de cambiarla.
            -          Quizás somos diferentes cuan- dije antes de que me cortase
            -          No lo intentes, Harry. Sabes que tengo razón.
            -          Ya.
Se levantó del césped y me dio la mano para que yo la imitase.
            -          Ven, vamos a mi casa. Te invito a café.
Salimos del recinto y entramos en el portal que se despidió de mí anoche. Subimos las plantas en el ascensor en completo silencio. Entramos en su casa. Recorrimos el pasillo largo, en el cual ella se había paseado sin camiseta, antes de quitármela a mí. Y nos sentamos en la mesa de la cocina. Sacó una taza de café, lo echó y me puso leche. Lo colocó delante de mí y ella se cogió un zumo.
            -          ¿No te gusta el café? – pregunté
            -          No.
            -          ¿Y por qué tienes en casa?
            -          A los tíos que me follo les suele gustar. – Alzó las cejas a modo de indirecta y sonrió – Yo odio el café. No soporto ni su olor ni su sabor.
            -          ¿Y es esa una de las más razones para no besarnos?
            -          Puede.
            -          Puede. - repetí
Me quedé mirándola en silencio. No creo que fuera necesario decir nada. Mi mente se centraba únicamente en que quería besarla, o irme a Londres. Y ninguna de las dos era posible. Ella bajó la mirada. Volvía a estar enfadada y yo también. No soporto que no me den lo que quiero. Y quería un beso y me estaba restregando que no me lo iba a dar. Ya llevaba mucho tiempo esperando. Lo quería ahora.
            -          ¿Qué te pasa? - me preguntó sacándome de mis pensamientos
            -          Nada.
            -          Ya, claro.
            -          No tengo que darte explicaciones de lo que hago o pienso.
            -          Vale, pues entonces no me pidas nada.
            -          ¿Qué te he pedido?
Resopló y volvió a mirarme.
            -          Hostia Harry pareces tonto.
            -          Vale, besos. ¿Pero me los has dado? No. Así que ya está.
Resopló y se levantó de la silla. Fue a la puerta y la abrió.
            -          Fuera. - me dijo dominante
            -          ¿Por qué?
            -          Esta es mi casa y no quiero verte. Fuera.
            -          ¿Enserio? ¿Sólo por no decírtelo? - Me puse a la defensiva - Pues ahora no me pienso ir.
            -          Vete. No te lo digo más veces. 
            -          No estoy para tonterías, tengo bastantes problemas como para soportar tus niñerías.
            -          Pues vete.
            -          Es que aunque me vaya de esta casa, el problema sigue estando, ____! Es que no te das cuenta!
            -          ¡PUES DIME DONDE ESTÁ EL PROBLEMA! ¡QUE YO TAMBIÉN TENGO Y NO ME QUEJO!
Resople y me levanté de la silla. Cogí la chaqueta y me acerqué a la puerta. Se paró delante de mí.
            -          ¿Ahora vas a huir? Si empiezas una cosa, acabala – me dijo
            -          Eres tú siempre la que deja las cosas a medias. Así que no tienes derecho a decirme nada. 
Porque no sabes nada de mí, ni de lo que pienso.
            -          Tampoco necesito hacerlo, Styles. Ya te dije que no quiero hombres en mi vida.
            -          ¿Y qué soy yo?
            -          ¿Y qué soy yo en tu vida, Harry?
Silencio. Tuve que repetir dos veces esa frase para asimilarla. No lo sé. No sé qué es en mi vida. ¿Nada, algo, poco? ¿Amor, odio? ¿Presente, futuro? Sí, sí sé qué es.
            -          Miedo. -Solté al fin – Eres el miedo de mi vida.
Volvió a quedarse en silencio. Pestañeó un par de veces y se apartó de mi camino. Volvió a ponerse al lado de la puerta.
            -          Fuera. Quiero estar sola.
            -          ¿No es lo que querías escuchar?
            -          No, no te quiero escuchar a ti.
Salí de su casa y cerró con un portazo. Bajé las escaleras de dos en dos, con intención de tropezarme y comerme la pared.
Vuelvo a casa y saludo a Adam. Cojo una madalena, aún siendo la una del mediodía, y la zambullo en mi boca de un bocado. Mastico intentando que no se salga de la boca y la trago. Sequía. Me ha desgarrado la garganta, pero aún y así me alivia. Prefiero que una maldita madalena me desgarre, antes de que lo haga esa niñata. Lleno un vaso de leche y me siento en el sofá, mirando a la televisión que está apagada. Me pongo pensativo una vez más. Dicen que no es más feliz el que más tiene, si no el que menos necesita. Y por eso me he dado cuenta de que necesito demasiadas cosas para ser feliz. Principalmente necesito no sentirme solo, y eso a veces, es más complicado que cualquier otra cosa. Aunque dicen que las personas más solitarias, son las más fuertes. En ese caso prefiero ser débil.
Me obligo a mi mismo a beberme el vaso y coger la toalla para bajar a la playa. Luchar un rato contra las olas hará que me tranquilice. Abro la puerta y se  cierra sola, acompañada de un chirrido. A saber cuando la arreglan. Este verano se suponía que iba a ser diferente. Iba a ligar más que nunca, ir de fiesta todas las noches y dormir hasta el medio día. Pero no, no ha servido de nada venir a un apartamento con Adam. No. Tenía que estar aquí la maldita de _____. ¿Quién soporta a esta mujer? No se aclara con lo que quiere. Anoche me contó su vida y media y luego casi nos besamos, pero no. Ella y su estúpida manía de ‘no lo hago porque si no me enamoro’. ¿Qué es eso de enamorarse? Sólo un invento del Corte Inglés.
Tiro la toalla al suelo, me escampo entre la multitud y consigo entrar en el agua. Me pongo un límite; la bolla roja. Empiezo a nadar hasta poder tocarla. Me doy la vuelta y llego hasta mi toalla. Me seco con ella el pelo y miro hacia el cielo. Estoy mejor. Me ha tranquilizado. Remuevo la cabeza hasta ponerme el pelo en su sitio. Me quedo de pié observando a la multitud. Hasta que veo una pequeña figura de mujer tumbada en la arena. Me aproximo hasta ella, _____. Quiero quedarme y a la vez irme. ¿Por qué? Esto es imposible. Estoy loco. Al igual que ella.
-          ¿Qué haces aquí? – me dice dejándome sin escapatoria
-       Bajar a la playa, como todos, supongo – respiro ondo - ¿Y tú qué haces? ¿Estás sola?
-          ¿Con quién pretendes que venga?
-          Pues con tus amigas o algo.
Ella ríe irónica y vuelve a cerrar los ojos. Se coloca en dirección del sol. Me doy por vencido y me tumbo a su lado. Está espectacularmente inquietante en la playa. ¿Por qué tiene que ser tan irresistible?
-          No tengo amigos. Nunca he sido capaz de mantener una relación amistosa con un hombre ni con una mujer. Los tíos solo me quieren para una cosa y las tías se piensan que voy a robarles los ligues – suspira y ríe a la vez – Bueno, eso alguna vez sí que lo he hecho. Pero no eran mis amigas de verdad; así que les follen a todas.
Ambos reímos. Miro hacia el horizonte y me coloco mis gafas de sol.
-          Si te sirve de consuelo yo tampoco soy capaz de tener una amistad con una mujer. –Suspiro - Es como que los impulsos se apoderan de mí.
-          ¡Exacto! Pero las mujeres sabemos controlarnos, cosa que vosotros no.
-          ¡Claro! ¡Vosotras no tenéis una cosa ahí abajo que manda por encima de vuestra cabeza! – reímos y me da un golpe en el brazo
-          La testosterona, que os corre por las venas dando latigazos.
-          Será eso.
Me sonríe como una niña pequeña y saca una botella de su bolso. Me doy la vuelta y me quedo mirando la toalla.
-          Estás blanco. Bueno, más bien blancucho. – dice ella entre dientes
-          ¿Blancucho? Perdona señorita café con leche.
-          Mi moreno es dorado. – dijo algo irritada pero contenta a la vez. Me encanta hacerla rabiar.
-          ¿Dorado? – Eché a reír – Lo qué tú digas.
Volví a poner mi cabeza sobre la toalla y dejando que el sol se apoderase de mí. Empecé a notar pequeñas gotas frías sobre mi espalda. Miré a _____ y tenía en la mano un bote de crema. Me lo estaba echando por toda la espalda.
-          Te vas a quemar, rulitos – dijo poniéndome dos pegotes de crema sobre los pómulos
-          ¡¿Pero quién te ha dado permiso para ponerme crema?! – añadí poniéndome de pié e intentando ver mi espalda. Estaba llena de puntitos blancos que chorreaban hacia el suelo. Esto no iba a acabar así.
Me acerqué a poco a poco, mientras ella sonreía e intentaba alejarse de mí.
-          No, Harry. No.
-          Tú has empezado y sabes que no voy a dejarte dejar las cosas a medias.
Se puso de pie y empezó a correr con el bote de crema en las manos.
-          ¡Sabes qué me encanta dejarte a medias! – dijo corriendo y yo la seguí también
-          ¡Ven aquí! ¿No eras tan valiente? ¡Va!
-          ¡Si hombre!– dijo entre gritos.
-          ¡Ya te tengo!
La cogí de la cintura, la alcé del suelo y la dejé colgando boca abajo sobre mi espalda. No pesa nada. Pataleaba en el aire, intentando soltarse de mí. Qué ricura. Esto no iba a acabar así.
-          ¡No, Harry! ¡Bájame! – Gritaba y reía a la vez
-          Calla.
Daba golpes con sus pequeños puños sobre mi espalda para que la soltase. Qué ilusa. No había dolor que me impidiese hacerla rabiar y vengarme.
Me metí en la playa, con ______ aún en mis brazos. Empezamos a sentir como el agua rozaba nuestros cuerpos. Me agaché al suelo, haciendo que ella quedase empapada. La cogí con firmeza de la cintura y empecé a mojarla. Mientras ella, inútilmente, intentaba defenderse con sus pequeñas manitas.
-          ¡Te juro que volveré a dejarte con tantas ganas que tendrás que arrancarte la piel a cachos! – gritaba
-          ¡Eso ya lo veremos!
Volví a echarle agua y ella a llevarse las manos a la cara.
-          Hasta que no me pidas perdón no volverás a verme la cara
-          ¿Qué? – reí
-          Lo que oyes
Me di por vencido y dejé de echarle agua. La senté sobre mis rodillas y la cogí de la cintura. Me acerqué a su oreja y sonreí.
-          Va, perdóname – susurré
Escuché una pequeña risilla que provenía de su boca. Y sin poder evitarlo, noté un golpe de agua sobre mí. Maldita sea.
-          ¡Nunca! – rió y volvió a echarme agua
Me quedé en silencio, mirándola. Ella me miró raro y dejó de tirarme agua.
-          Esto podría haber sido un momento bonito – susurré – Pero tú eres más de cargártelos.
-          Ya sabes que conmigo nunca podrás tener momentos bonitos – sonrió. Aunque en el fondo me dolía saber que nunca los podríamos tener
Volvimos a quedarnos en silencio un par de minutos. Ella seguía sobre mis rodillas y yo la cogía de su pequeña cintura. Se acabó de acercar a mí y apoyó su cabeza en mi pecho. La abracé con los brazos, dándole todo el calor de mi cuerpo. Me encantaba tenerla así.
¿¡Qué!? Harry, ¿tú te estás oyendo? Es una simple chica. Tú eres Harry Styles. El chico inalcanzable. El que todas se creen que pueden cambiarte, pero ninguna lo consigue. ¡Tú no eres así! Tú nunca te comportas así con las chicas. Tú no eres el príncipe azul de nadie, ni recoges zapatitos de cristal ni comes perdices. No sé qué mierda está pasando, pero no quiero que este momento se acabe.
-          ¿En qué soñabas anoche cuando te desperté? – dijo haciéndome volver a la realidad
Suspiré y sonreí al recordarlo.
-          En que nos besábamos – la miré dubitativo - ¿por qué no me dejas hacerlo?
 Silencio. No decía nada. Solo notaba su respiración y a la sístole como luchaba contra la diástole.
-          ¿Sabes qué pasa, Harry?
-          ¿Qué?
-          Que cuando besas a alguien y te gusta, no puedes dejar de hacerlo. Nunca encuentras el final para dejar de hacerlo. Es como un vicio, del que siempre tienes mono y no hay ninguna terapia para salir.
Me irritaba que siempre tuviese razón. ¿Por qué no me podría decirme ‘bésame’ y ya está? Siempre dándole vueltas a todo. Haciendo fácil lo difícil y difícil lo fácil.
-          Es más – se acercó a mi boca – me encanta verte tan desesperado por hacerlo
-          No estoy desesperado
-          ¿No? – se apartó de mí y me miró a los ojos - ¿Entonces por qué lo sueñas?
-          Cállate – dije y ella rió
Se quedó con una mano apoyada en mi nuca y mirándome a los ojos. Hacía que me perdiese en ese mar marrón negro café. Adoraba tenerla tan relativamente cerca. Poco a poco fue deslizando su otra mano por mi cabeza y empezó a peinarme el pelo. Me gustaba. Nunca dejaba que nadie me tocase el pelo, pero sin saber muy bien por qué,  a ella sí.
-          Tengo frío – dijo ella
-          Acércate a mí y te abrazo
-          También podemos salir
-          No quiero. – dije seco
La pegué a mí y ella se apoyó de nuevo en mi pecho. ¡QUIERO BESARLA! Quiero besarla como nunca lo he deseado en nadie. ¡Lo necesito! ¡Es una jodida necesidad!
Nos quedamos unos minutos así, hasta que ella se separó de mí y bajó de mis rodillas. Me quedé mirándola raro.
-          Me voy fuera
-          ¿Ya? – añadí
-          Sí, Harry – sonrió
Fue acercándose hacia la orilla, dejando a ver sus preciosas curvas. Que poco a poco hacían caer pequeñas gotitas de agua por todo su cuerpo. Me estremecí al pensarlo y me metí de golpe entero en el agua. Tenía que quitarme semejantes tonterías de la cabeza.
Salí del agua y me fui acercando hasta donde teníamos las cosas. Vi a _____ sentada en su toalla hablando con un chaval rubito y con una tableta de mierda que creía ser mejor que nadie por tenerla. Él estaba sentado, en mi toalla para ser exactos. Hablaba haciendo gestos con las manos y hacía sonreír a _____. Lo odiaba por ello. Notaba como las pulsaciones dentro de mí aumentaban poco a poco.
-          Fuera de aquí capullo – exigí
-          ¿Y tú quien eres? – dijo mirándome por encima de las gafas de sol
-          El tío que te va a partir la cara como no te vayas de aquí ya. – dije remarcando la última palabra
-          Uh, que miedo – dijo irónico
Ella nos miraba a los dos. Tenía una cara seria para ambos, únicamente estaba en silencio. Y ya sabéis lo que dicen, cuando una mujer está en silencio, es que lo que está pensando no es nada bueno.
-          ¡Qué te vayas! – grité
El chico se alzó  el suelo y miró a _____.
-          Bueno, si quieres algo, llámame.
Ella hizo una leve sonrisa y él se esfumó. Me quedé mirándola serio.
-          ¿Qué? – dijo
-          ¿Qué de qué? – dije seco
Resopló, se puso sus gafas y se tumbó. Hice lo mismo. Nos quedamos sin decirnos nada durante unos quince minutos, hasta que me senté y miré hacia el mar. Odiaba el silencio.
-          ______…
-          Calla
-          ¿Estás enfadada?
-          No.
-          ¿Y qué te pasa?
-          Que te calles, Harry.
Suspiré y me levanté. Me voy a bañar. Es insoportable. No hay quién la aguante.
Me metí en el agua y me remojé un par de veces. Volví a la toalla y me tumbé boca abajo. No me dijo nada, parecía que sabía que no soportaba estar en silencio, y por eso lo hacía.
-          ¿Qué vas a hacer con ese chico? – le pregunté bien
-          Lo llamaré
-          ¿Y…?
-          Y me lo follaré. Tengo que ganar una apuesta, ¿recuerdas?
Sonreí levemente y giré mi cabeza para no mirarla. Odiaba todo esto. La odiaba. Era irritante. No soportaba verla ser así, tan… tan… tan putón.  Como si los sentimientos de por medio no importasen. Como si yo no estuviese aquí. ¿Se cree que soy una de sus mejores amigas con las que puede hablar de sus ligues? ¡Claro qué no! ¡Yo no soy el oso amoroso de nadie!
Pensemos. Según ella, somos completamente iguales. Si a mí me jode verla actuar así, a ella también le tiene que doler que yo lo haga. ¡Ya está! . Se va a enterar de quién es Harry Styles.

Capítulo 4


Mi única intención era pasarme el día entero dentro de la cama, recordando cada detalle del día anterior. Esperando volver a dormirme y no cagarla más en todo lo que quedaba de día. Pero aún seguía siendo viernes, aunque importe bien poco estando de vacaciones. Era una de esas tardes de la cual el cielo era naranja acabando en rojizo. Rojo. Alguna vez me habían dicho que el rojo era la fuerza de todo, pero sin embargo, yo no tenía fuerza para seguir haciendo el tonto. Quería que apareciese alguien y se tumbase conmigo en la cama, a poder ser una mujer, claro. Pasarme el rato abrazándola y susurrarle cosas inaudibles al oído. Pero para mi sorpresa se abrió la puerta de mi habitación. Joder. Adam.
            -          Levántate ya coño, que son las siete de la tarde. Ya va  siendo hora de que hagas algo.
            -          No quiero levantarme
            -          Harry, ha llamado tu hermana.
Al pensar en Gemma, me incorporé de la cama. Me puse serio, al igual que lo estaba él. Espero que no sean malas noticias.
            -          ¿Qué quería?
            -          No lo sé. Sólo me ha dicho que la llames.
Me extrañó eso por su parte. No suele ser así. Sin pensarlo me levanté de la cama mientras Adam salía de la habitación. Cerré la puerta y marqué su número. Un, dos, tres pitidos hasta que da señal.
            -          ¿Harry?
            -          Dime, ¿qué pasa?
Suspira al otro lado. Puedo saber que se está mordiendo las uñas.
            -          Harry…Las cosas aquí no mejoran.
            -          ¿A qué te refieres?
            -          A la calle; todo está peor. Quizás en España todo esté tranquilo, pero aquí las calles no son seguras. Ayer estaban colocando aduanas en la entrada del pueblo. – silencio – Cada día mamá está más histérica.
Tragué aire impregnándome de él. Pestañeé dos veces más y me preparé para hablar. Me quería ir de aquí. Quería volver a casa y protegerlas. Esto no estaba bien. No podía quedarme aquí sin hacer nada.
            -          Mañana por la mañana estoy allí. Id a buscarme al aeropuerto.
            -          Harry, no hay vuelos. Está todo cancelado. Nadie puede entrar ni salir de aquí. Y no creo que tarde mucho en llegaros la noticia.
            -          Gemma, no puedo quedarme aquí sin hacer nada.
            -          Tampoco podemos hacer nada para que cruces todo un océano. No te lamentes. No tienes la culpa.
            -          Sí, sí la tengo. Yo fui el que quería pasar el verano con Adam. No tenía que haberlo hecho.
Silencio de nuevo. Ninguno quería decir nada. Ambos sabíamos lo que pensaba el otro. No servía de nada hablar.
            -          ¿Puedes pasarme a mamá, Gemma?
            -          Sí, claro. Un momento.
Se alejó del teléfono y se la escuchaba andar. Andar con esas zapatillas de topos azules y rosas, esas de que tanto me quejaba, porque siempre estaban por los suelos desperdigadas.
            -          Hola cariño – se escuchó con su dulce voz
            -          ¿Cómo estás?
            -          Bien, ¿por qué? – Me dijo tranquilizándome. Pero ambos sabíamos que me mentía. No estaba bien, únicamente quería que no me preocupase. Siempre ha sido así mamá. Siempre seré si hijito por encima de todo. La quiero, más qué a ninguna mujer de este planeta. Aún.
            -          Mamá, no estás bien. – se hizo el silencio – En cuanto pueda iré allí y me quedaré para siempre. No volveré a dejaros solas. Solo tenéis que… ser fuertes.
            -          No Harry, no. No quiero que vengas a este sitio. Bastante me duele tener a tu hermana aquí.
            -          A mí me duele más que yo estoy aquí y no puedo hacer nada por evitarlo. Por eso en cuanto haya un maldito vuelo, iré hasta allí.
            -          No. No, Harry Edward Styles.
            -          Voy a ir mamá.
            -          ¿Sabes cómo me levanto cada mañana? Gritando y sudando. Llena de pesadillas y empapada en sudor. Gemma también, aunque no me lo quiera decir. La gente de aquí está histérica, y yo también. No quiero que vengas, Harry. Todas mis pesadillas están basadas en que me arrebatan a tu hermana, por estar aquí. No podría soportar que también puedan hacerte desaparecer. – escuchaba como su voz se volvía ronca por culpa de las lágrimas
            -          Y yo ahora no podré dormir sabiendo que estáis así, mamá.
Suspiró y se quedó un segundo en silencio.
            -          Cariño, te prometo que voy a ser fuerte. Pero prométeme que no vas a venir, por lo menos hasta dentro de un tiempo.
No contesté. La dejé escuchando únicamente mi respiración durante unos minutos. No sabía qué hacer. Siento un increíble vacío dentro. Impotencia me corroe la sangre. No puedo hacer nada por evitarlo. Iré. Iré allí, en cuanto tenga la posibilidad. Sé que mamá no querrá irse, y Gemma, muchísimo menos; así que tendré que ir yo. Aunque quizás sea bueno hacerle caso por una vez a mi madre y esperar. Esperar a que sea el momento oportuno, o quizás… demasiado tarde para evitar una locura.
            -          Te lo prometo, mamá.
            -          Te quiero hijo.
            -          Yo también.
Colgó. Me quedé un instante escuchando el pitido. Odiaba estos pitidos. Todo aquello que avisa. Avisos de que hay un cambio. No soporto los despertadores, pero tampoco las campanadas de año nuevo. Cambios. Cambios. Todo ocurre cuando menos te lo esperas, y sin embargo, a los cambios, una vez empiezan, no puedes hacer nada por evitarlos. Quizás éste cambio acaba de empezar, o simplemente mi vida es un constante cambio. Nómadas de vida.
Salgo de la habitación y Adam se me queda mirando buscando una respuesta. No pienso dársela. No quiero volver a hablar de esto hasta que no esté con ellas. Camino la calle abajo, buscando algo de refugio en mi cigarro recién encendido. Coloco mis cascos dentro de las orejas y dejo sonar la música. Summer paradise, simple plan. Adoro esta canción. Cómo si todo fuese tan simple. Verano. La gente que dice que es para enamorarse, pero yo no estoy para tanta tontería, y mucho menos, en este momento. Sólo me apetece patear a alguien.
Y para mi suerte noto un golpe en mi hombro; me quitan el cigarro de la mano y hecha a correr. Qué mala suerte la suya. Esta vez sí que no me voy a quedar con las ganas de partir caras. Echo a correr detrás suyo. No corre muy rápido así que en nada le alcanzare; se va a cagar. Lleva una sudadera verde que le tapa la cabeza y pantalón largo. Corro cada vez más rápido. Necesito soltar adrenalina. Necesito desfogarme. Demasiada tensión dentro, y ahora, el mamón este, se va a enterar de toda la rabia que tengo dentro. En menos de diez metros he conseguido atraparle. Le cojo de los hombros y lo giró hacia mí. Mierda. Es una tía. Es ella. Para ser exactos, _______.
            -          ¿Qué? ¿Qué mierda haces ______?
            -          ¡Hola harry!
Se echa a reír y se queda sonriendo. Está borracha perdida. Sin pensárselo dos veces le da una calada al maldito cigarrito y se sienta en medio de la calle.
            -          Tengo calor. La próxima vez te pido el cigarro. No quiero volver a correr.
Me llevo las manos a la cara, con ganas de gritar. No sé si pegarle al suelo o irme de allí. Entonces noto como alguien intenta bajarme las manos de la cara. Obedezco y la veo. Con una jodida sonrisa. Ya está. Me cago en la hostia. No hay vuelta atrás. Me ha vuelto loco. Locura provocada por esa jodida sonrisa. Ni el mismísimo Darwin, ni Einstein, ni Picasso, podrían negarme que ha hecho que toda mi rabia desaparezca.
Y sin saber porqué; sonrío.
            -          ¿Qué has bebido, ____?
            -          Lo que me ha dado la gente.
            -          ¿Y dónde está esa gente?
            -          Vomitando por ahí, pero yo paso de quejicas. Yo me quedo contigo que sé que me cuidas - sonríe y cruza las piernas como una niña pequeña
            -          Que morro que tienes – y una curva aparece en la cara de ambos.
Me da un golpe en el hombro y se tumba en el suelo.
            -          Creo que a partir de ahora voy a empezar a cobrar por follar
            -          A eso se llama ser puta.
            -          Bueno, ahora era una zorra, ¿no? Pues para eso que me paguen.
Suelto una carcajada y me tumbo a su lado.
            -          ¿Por qué te comportas así?
            -          ¿Así cómo?
            -          Como una puta
            -          Joder que directo - reímos - ¿Alguna vez has oído eso de “si hay alguna zorra es porqué algún hombre le hizo ser así”? Pues eso.
            -          ¿Quién te hizo eso?
            -          Muchos hombres. Al principio para todos eres su princesa y luego no vales una mierda. Hasta que me cansé.
            -          ¿Pero tú quieres a algún tío?
Se rasca la frente y sonríe.
            -          Sí. Podría decirse que sí.
Silencio. La verdad es que no sé qué habrá hecho ese tío para hacer que tal tía como ésta, se pueda ablandar. Qué miedo.
Ríe y hace como que nada ha pasado. Miro por última vez sus largas piernas, mientras las acaricia. Cuando acaba se gira hacia mí. Sonríe. Se acerca, provocando que mi respiración se agite y mis pulsaciones pierdan la noción. Se aproxima a mí hasta quedar a dos centímetros de mi boca.
            -          ¿Sabes qué?
            -          ¿Qué?
Sonríe.¡Si no me besa ya me va a volver loco! ¡Por favor!  Como adoro esa sonrisa. Huele a lavanda. Definitivamente necesito que sea mía.
            -          ¿Seguro que quieres saberlo?
            -          Sí – dije tragando saliva y volviendo a sonreír con ella.
            -          Cuando te veo, me entran ganas de comerte esa sonrisa a bocados.
En ese momento mi corazón empezó a latir como si esas palabras valiesen más que cualquier gemido. Más que cualquier orgasmo. Más que cualquier “te quiero”. Más que cualquiera de las siete maravillas del mundo. Ella era la octava.
            -          ¿Y qué te impide hacerlo? – pregunté ansioso
Suspiró y se separó de mí. ¿¡Enserio!? ¿Iba a dejarme así?
            -          ¿Alguna vez has oído hablar de los polos opuestos?
¿Qué? No puede ser. Se va a poner a filofesear ahora, en vez de darme un puto beso. Joder.
Me quedé en silencio, sin poder articular palabra, inmóvil.
            -          Pues, tú y yo no somos opuestos. Nunca llegaremos a atraernos.
            -          ¿Por qué?
            -          ¿Te interesa saberlo? – preguntó dudosa. Parece que a ella no le interese.
            -          Hombre, no me gusta que me dejen a medias. Y ya lo has hecho antes. Ahora no quiero que vuelvas a hacerlo.
Tomó aire y me miró a los ojos. No parecía borracha, pero ambos sabíamos que sí que lo estaba. Si no, no me estaría diciendo nada de eso.
            -          Somos completamente iguales.  Tanto a ti como a mí nos gusta ir de flor en flor. Conseguir lo que queremos y después pasar del otro. Tener como prioridad, ante todo, follar. No nos gusta enamorarnos y nunca hemos hecho el amor con alguien.
Esas palabras se clavaron dentro de mí. Tenía razón. Éramos dos completos hijos de puta. Íbamos a lo nuestro y sin complicaciones de que nadie nos dijese lo contrario. Quizás nunca ha sido buena idea conocer a esta chica.
            -          Así que… - dijo haciéndome volver de mis pensamientos – Por mucho que queramos, nos repelemos. Siempre estaríamos discutiendo.
            -          ¡No tiene por qué! Quizás cómo somos iguales, siempre estemos de acuerdo en todo.
Volvió a resoplar y me abrazó. Entre lacé mis manos por detrás de su espalda.
            -          No entiendes nada, Harry.
Besé su mejilla y la miré a los ojos.
            -          ¿Tú te soportas a ti mismo? – preguntó
            -          Últimamente, no.
            -          Pues yo nunca me soporto. Así que imagínate con otro igual que yo.
Comenzó a andar hacia la playa, la seguí. Al adentrarse en la pasarela de madera se quitó sus pequeñas sandalias y entró en la arena, dejando que cada granito rozase sus preciosos pies. Siguió caminando hasta estar cerca de la orilla. Se sentó, miró el cielo y seguidamente se tumbó con las manos en la barriga. Imité su posición y puse mis manos en mi nuca. Nos quedamos en silencio. Cerré los ojos por un momento y los volví a abrir para ver las estrellas. Me recoloqué para sentarme en la arena y ella me siguió.
Nos quedamos un par de minutos en silencio y sonreí.
            -          Déjame besarte
            -          No. – dijo firme
            -          ¿Cómo sabes que no quieres nada conmigo si  no me has probado?
            -          He probado otras cosas tuyas que no son tu boca, Harry.
            -          ¡Qué cerda eres!
            -          Me gusta quitarte el puesto de chico.
Reí y me pegué más a ella. Se la notaba intranquila. No sabía ni ella misma qué quería realmente. Y si os digo la verdad, yo tampoco lo sabía.
            -          ¿Qué pasa si te robo un beso?
            -          Sht, aquí la única ladrona soy yo.
Me acabé de pegar a ella, quedando a dos milímetros de su boca.
            -          Puedo ser tu ladrón. Tu ladrón de besos.
            -          ¡Pero qué ñoño!
Intentó separarse de mí, pero la agarré por la cintura y acabé por volver a pegarla a mí. Por su parte, dejó de poner resistencia y dejarse hacer. Poco a poco, ella llevó sus manos a mi nuca y me miró a los ojos. Silencio. Miles de cosas rodeaban mi cabeza. Todo había estado tan claro hacía un tiempo. Antes de cruzarme con ella. Y ahora todo cambia. ¿Seguro qué va a dejarme besarla? Tomé aire y mis pulsaciones empezaron a dispararse, haciendo que cada segundo que pasase más cerca de ella, fuese mucho más largo. Despacito fui acercándome a ella, hasta que conseguí rozar sus labios. Ella entre abrió los suyos y se dejó llevar. Yo también abrí los míos y dejé que mi lengua se dejase llevar y se quedase a medio milímetro de rozar la suya.
Empecé a notar como algo me mojaba el pie y me daba un escalofrío por todo el cuerpo. Empezaba a agitarme por los hombros. Abrí los ojos.
            -          Harry, – dijo muy despacio - nos hemos quedado dormidos y está subiendo la marea. Va, levántate.
            -          ¡No, no, no, no! ¡Joder! ¿Por qué? ¡¿Por qué ha tenido que ser solo un maldito sueño?! – Me llevé las manos a la cabeza
Sonrió y me ayudó a levantarme. Caminamos hasta el final de la playa y llegamos al apartamento. Parecía que ya se le había pasado completamente toda la borrachera.
La acompañé hasta su portal.
            -          Gracias – dijo sin mirarme a los ojos
            -          ¿Por qué?
Volvió a bajar la mirada y se acercó a abrir la puerta. Se quedó un par de segundos inmóvil, haciendo que pensaba. Se acercó a mí, volviendo a quedar a dos milímetros de mí. Ahora sí que no podía estar soñando. Llevó su mirada hacia mí y la mantuvo durante medio segundo. Luego, cambió totalmente su forma de mirarme. Se volvió a separar de mí y pestañeó un par de veces. Abrió la puerta.
            -          Adiós Harry
Y entró dentro del edificio.
Yo simplemente me quedé ahí parado. Intentando disimular que nada de eso me había afectado. Estaba seguro de que los dos era consciente de lo que hubiese pasado. Pero no, no pasó. Y ahora estoy aquí, volviéndome segundo a segundo; más loco.
Maldita locura. Maldita sonrisa. Maldita ella.