dimarts, 11 de desembre del 2012

Capítulo 4


Mi única intención era pasarme el día entero dentro de la cama, recordando cada detalle del día anterior. Esperando volver a dormirme y no cagarla más en todo lo que quedaba de día. Pero aún seguía siendo viernes, aunque importe bien poco estando de vacaciones. Era una de esas tardes de la cual el cielo era naranja acabando en rojizo. Rojo. Alguna vez me habían dicho que el rojo era la fuerza de todo, pero sin embargo, yo no tenía fuerza para seguir haciendo el tonto. Quería que apareciese alguien y se tumbase conmigo en la cama, a poder ser una mujer, claro. Pasarme el rato abrazándola y susurrarle cosas inaudibles al oído. Pero para mi sorpresa se abrió la puerta de mi habitación. Joder. Adam.
            -          Levántate ya coño, que son las siete de la tarde. Ya va  siendo hora de que hagas algo.
            -          No quiero levantarme
            -          Harry, ha llamado tu hermana.
Al pensar en Gemma, me incorporé de la cama. Me puse serio, al igual que lo estaba él. Espero que no sean malas noticias.
            -          ¿Qué quería?
            -          No lo sé. Sólo me ha dicho que la llames.
Me extrañó eso por su parte. No suele ser así. Sin pensarlo me levanté de la cama mientras Adam salía de la habitación. Cerré la puerta y marqué su número. Un, dos, tres pitidos hasta que da señal.
            -          ¿Harry?
            -          Dime, ¿qué pasa?
Suspira al otro lado. Puedo saber que se está mordiendo las uñas.
            -          Harry…Las cosas aquí no mejoran.
            -          ¿A qué te refieres?
            -          A la calle; todo está peor. Quizás en España todo esté tranquilo, pero aquí las calles no son seguras. Ayer estaban colocando aduanas en la entrada del pueblo. – silencio – Cada día mamá está más histérica.
Tragué aire impregnándome de él. Pestañeé dos veces más y me preparé para hablar. Me quería ir de aquí. Quería volver a casa y protegerlas. Esto no estaba bien. No podía quedarme aquí sin hacer nada.
            -          Mañana por la mañana estoy allí. Id a buscarme al aeropuerto.
            -          Harry, no hay vuelos. Está todo cancelado. Nadie puede entrar ni salir de aquí. Y no creo que tarde mucho en llegaros la noticia.
            -          Gemma, no puedo quedarme aquí sin hacer nada.
            -          Tampoco podemos hacer nada para que cruces todo un océano. No te lamentes. No tienes la culpa.
            -          Sí, sí la tengo. Yo fui el que quería pasar el verano con Adam. No tenía que haberlo hecho.
Silencio de nuevo. Ninguno quería decir nada. Ambos sabíamos lo que pensaba el otro. No servía de nada hablar.
            -          ¿Puedes pasarme a mamá, Gemma?
            -          Sí, claro. Un momento.
Se alejó del teléfono y se la escuchaba andar. Andar con esas zapatillas de topos azules y rosas, esas de que tanto me quejaba, porque siempre estaban por los suelos desperdigadas.
            -          Hola cariño – se escuchó con su dulce voz
            -          ¿Cómo estás?
            -          Bien, ¿por qué? – Me dijo tranquilizándome. Pero ambos sabíamos que me mentía. No estaba bien, únicamente quería que no me preocupase. Siempre ha sido así mamá. Siempre seré si hijito por encima de todo. La quiero, más qué a ninguna mujer de este planeta. Aún.
            -          Mamá, no estás bien. – se hizo el silencio – En cuanto pueda iré allí y me quedaré para siempre. No volveré a dejaros solas. Solo tenéis que… ser fuertes.
            -          No Harry, no. No quiero que vengas a este sitio. Bastante me duele tener a tu hermana aquí.
            -          A mí me duele más que yo estoy aquí y no puedo hacer nada por evitarlo. Por eso en cuanto haya un maldito vuelo, iré hasta allí.
            -          No. No, Harry Edward Styles.
            -          Voy a ir mamá.
            -          ¿Sabes cómo me levanto cada mañana? Gritando y sudando. Llena de pesadillas y empapada en sudor. Gemma también, aunque no me lo quiera decir. La gente de aquí está histérica, y yo también. No quiero que vengas, Harry. Todas mis pesadillas están basadas en que me arrebatan a tu hermana, por estar aquí. No podría soportar que también puedan hacerte desaparecer. – escuchaba como su voz se volvía ronca por culpa de las lágrimas
            -          Y yo ahora no podré dormir sabiendo que estáis así, mamá.
Suspiró y se quedó un segundo en silencio.
            -          Cariño, te prometo que voy a ser fuerte. Pero prométeme que no vas a venir, por lo menos hasta dentro de un tiempo.
No contesté. La dejé escuchando únicamente mi respiración durante unos minutos. No sabía qué hacer. Siento un increíble vacío dentro. Impotencia me corroe la sangre. No puedo hacer nada por evitarlo. Iré. Iré allí, en cuanto tenga la posibilidad. Sé que mamá no querrá irse, y Gemma, muchísimo menos; así que tendré que ir yo. Aunque quizás sea bueno hacerle caso por una vez a mi madre y esperar. Esperar a que sea el momento oportuno, o quizás… demasiado tarde para evitar una locura.
            -          Te lo prometo, mamá.
            -          Te quiero hijo.
            -          Yo también.
Colgó. Me quedé un instante escuchando el pitido. Odiaba estos pitidos. Todo aquello que avisa. Avisos de que hay un cambio. No soporto los despertadores, pero tampoco las campanadas de año nuevo. Cambios. Cambios. Todo ocurre cuando menos te lo esperas, y sin embargo, a los cambios, una vez empiezan, no puedes hacer nada por evitarlos. Quizás éste cambio acaba de empezar, o simplemente mi vida es un constante cambio. Nómadas de vida.
Salgo de la habitación y Adam se me queda mirando buscando una respuesta. No pienso dársela. No quiero volver a hablar de esto hasta que no esté con ellas. Camino la calle abajo, buscando algo de refugio en mi cigarro recién encendido. Coloco mis cascos dentro de las orejas y dejo sonar la música. Summer paradise, simple plan. Adoro esta canción. Cómo si todo fuese tan simple. Verano. La gente que dice que es para enamorarse, pero yo no estoy para tanta tontería, y mucho menos, en este momento. Sólo me apetece patear a alguien.
Y para mi suerte noto un golpe en mi hombro; me quitan el cigarro de la mano y hecha a correr. Qué mala suerte la suya. Esta vez sí que no me voy a quedar con las ganas de partir caras. Echo a correr detrás suyo. No corre muy rápido así que en nada le alcanzare; se va a cagar. Lleva una sudadera verde que le tapa la cabeza y pantalón largo. Corro cada vez más rápido. Necesito soltar adrenalina. Necesito desfogarme. Demasiada tensión dentro, y ahora, el mamón este, se va a enterar de toda la rabia que tengo dentro. En menos de diez metros he conseguido atraparle. Le cojo de los hombros y lo giró hacia mí. Mierda. Es una tía. Es ella. Para ser exactos, _______.
            -          ¿Qué? ¿Qué mierda haces ______?
            -          ¡Hola harry!
Se echa a reír y se queda sonriendo. Está borracha perdida. Sin pensárselo dos veces le da una calada al maldito cigarrito y se sienta en medio de la calle.
            -          Tengo calor. La próxima vez te pido el cigarro. No quiero volver a correr.
Me llevo las manos a la cara, con ganas de gritar. No sé si pegarle al suelo o irme de allí. Entonces noto como alguien intenta bajarme las manos de la cara. Obedezco y la veo. Con una jodida sonrisa. Ya está. Me cago en la hostia. No hay vuelta atrás. Me ha vuelto loco. Locura provocada por esa jodida sonrisa. Ni el mismísimo Darwin, ni Einstein, ni Picasso, podrían negarme que ha hecho que toda mi rabia desaparezca.
Y sin saber porqué; sonrío.
            -          ¿Qué has bebido, ____?
            -          Lo que me ha dado la gente.
            -          ¿Y dónde está esa gente?
            -          Vomitando por ahí, pero yo paso de quejicas. Yo me quedo contigo que sé que me cuidas - sonríe y cruza las piernas como una niña pequeña
            -          Que morro que tienes – y una curva aparece en la cara de ambos.
Me da un golpe en el hombro y se tumba en el suelo.
            -          Creo que a partir de ahora voy a empezar a cobrar por follar
            -          A eso se llama ser puta.
            -          Bueno, ahora era una zorra, ¿no? Pues para eso que me paguen.
Suelto una carcajada y me tumbo a su lado.
            -          ¿Por qué te comportas así?
            -          ¿Así cómo?
            -          Como una puta
            -          Joder que directo - reímos - ¿Alguna vez has oído eso de “si hay alguna zorra es porqué algún hombre le hizo ser así”? Pues eso.
            -          ¿Quién te hizo eso?
            -          Muchos hombres. Al principio para todos eres su princesa y luego no vales una mierda. Hasta que me cansé.
            -          ¿Pero tú quieres a algún tío?
Se rasca la frente y sonríe.
            -          Sí. Podría decirse que sí.
Silencio. La verdad es que no sé qué habrá hecho ese tío para hacer que tal tía como ésta, se pueda ablandar. Qué miedo.
Ríe y hace como que nada ha pasado. Miro por última vez sus largas piernas, mientras las acaricia. Cuando acaba se gira hacia mí. Sonríe. Se acerca, provocando que mi respiración se agite y mis pulsaciones pierdan la noción. Se aproxima a mí hasta quedar a dos centímetros de mi boca.
            -          ¿Sabes qué?
            -          ¿Qué?
Sonríe.¡Si no me besa ya me va a volver loco! ¡Por favor!  Como adoro esa sonrisa. Huele a lavanda. Definitivamente necesito que sea mía.
            -          ¿Seguro que quieres saberlo?
            -          Sí – dije tragando saliva y volviendo a sonreír con ella.
            -          Cuando te veo, me entran ganas de comerte esa sonrisa a bocados.
En ese momento mi corazón empezó a latir como si esas palabras valiesen más que cualquier gemido. Más que cualquier orgasmo. Más que cualquier “te quiero”. Más que cualquiera de las siete maravillas del mundo. Ella era la octava.
            -          ¿Y qué te impide hacerlo? – pregunté ansioso
Suspiró y se separó de mí. ¿¡Enserio!? ¿Iba a dejarme así?
            -          ¿Alguna vez has oído hablar de los polos opuestos?
¿Qué? No puede ser. Se va a poner a filofesear ahora, en vez de darme un puto beso. Joder.
Me quedé en silencio, sin poder articular palabra, inmóvil.
            -          Pues, tú y yo no somos opuestos. Nunca llegaremos a atraernos.
            -          ¿Por qué?
            -          ¿Te interesa saberlo? – preguntó dudosa. Parece que a ella no le interese.
            -          Hombre, no me gusta que me dejen a medias. Y ya lo has hecho antes. Ahora no quiero que vuelvas a hacerlo.
Tomó aire y me miró a los ojos. No parecía borracha, pero ambos sabíamos que sí que lo estaba. Si no, no me estaría diciendo nada de eso.
            -          Somos completamente iguales.  Tanto a ti como a mí nos gusta ir de flor en flor. Conseguir lo que queremos y después pasar del otro. Tener como prioridad, ante todo, follar. No nos gusta enamorarnos y nunca hemos hecho el amor con alguien.
Esas palabras se clavaron dentro de mí. Tenía razón. Éramos dos completos hijos de puta. Íbamos a lo nuestro y sin complicaciones de que nadie nos dijese lo contrario. Quizás nunca ha sido buena idea conocer a esta chica.
            -          Así que… - dijo haciéndome volver de mis pensamientos – Por mucho que queramos, nos repelemos. Siempre estaríamos discutiendo.
            -          ¡No tiene por qué! Quizás cómo somos iguales, siempre estemos de acuerdo en todo.
Volvió a resoplar y me abrazó. Entre lacé mis manos por detrás de su espalda.
            -          No entiendes nada, Harry.
Besé su mejilla y la miré a los ojos.
            -          ¿Tú te soportas a ti mismo? – preguntó
            -          Últimamente, no.
            -          Pues yo nunca me soporto. Así que imagínate con otro igual que yo.
Comenzó a andar hacia la playa, la seguí. Al adentrarse en la pasarela de madera se quitó sus pequeñas sandalias y entró en la arena, dejando que cada granito rozase sus preciosos pies. Siguió caminando hasta estar cerca de la orilla. Se sentó, miró el cielo y seguidamente se tumbó con las manos en la barriga. Imité su posición y puse mis manos en mi nuca. Nos quedamos en silencio. Cerré los ojos por un momento y los volví a abrir para ver las estrellas. Me recoloqué para sentarme en la arena y ella me siguió.
Nos quedamos un par de minutos en silencio y sonreí.
            -          Déjame besarte
            -          No. – dijo firme
            -          ¿Cómo sabes que no quieres nada conmigo si  no me has probado?
            -          He probado otras cosas tuyas que no son tu boca, Harry.
            -          ¡Qué cerda eres!
            -          Me gusta quitarte el puesto de chico.
Reí y me pegué más a ella. Se la notaba intranquila. No sabía ni ella misma qué quería realmente. Y si os digo la verdad, yo tampoco lo sabía.
            -          ¿Qué pasa si te robo un beso?
            -          Sht, aquí la única ladrona soy yo.
Me acabé de pegar a ella, quedando a dos milímetros de su boca.
            -          Puedo ser tu ladrón. Tu ladrón de besos.
            -          ¡Pero qué ñoño!
Intentó separarse de mí, pero la agarré por la cintura y acabé por volver a pegarla a mí. Por su parte, dejó de poner resistencia y dejarse hacer. Poco a poco, ella llevó sus manos a mi nuca y me miró a los ojos. Silencio. Miles de cosas rodeaban mi cabeza. Todo había estado tan claro hacía un tiempo. Antes de cruzarme con ella. Y ahora todo cambia. ¿Seguro qué va a dejarme besarla? Tomé aire y mis pulsaciones empezaron a dispararse, haciendo que cada segundo que pasase más cerca de ella, fuese mucho más largo. Despacito fui acercándome a ella, hasta que conseguí rozar sus labios. Ella entre abrió los suyos y se dejó llevar. Yo también abrí los míos y dejé que mi lengua se dejase llevar y se quedase a medio milímetro de rozar la suya.
Empecé a notar como algo me mojaba el pie y me daba un escalofrío por todo el cuerpo. Empezaba a agitarme por los hombros. Abrí los ojos.
            -          Harry, – dijo muy despacio - nos hemos quedado dormidos y está subiendo la marea. Va, levántate.
            -          ¡No, no, no, no! ¡Joder! ¿Por qué? ¡¿Por qué ha tenido que ser solo un maldito sueño?! – Me llevé las manos a la cabeza
Sonrió y me ayudó a levantarme. Caminamos hasta el final de la playa y llegamos al apartamento. Parecía que ya se le había pasado completamente toda la borrachera.
La acompañé hasta su portal.
            -          Gracias – dijo sin mirarme a los ojos
            -          ¿Por qué?
Volvió a bajar la mirada y se acercó a abrir la puerta. Se quedó un par de segundos inmóvil, haciendo que pensaba. Se acercó a mí, volviendo a quedar a dos milímetros de mí. Ahora sí que no podía estar soñando. Llevó su mirada hacia mí y la mantuvo durante medio segundo. Luego, cambió totalmente su forma de mirarme. Se volvió a separar de mí y pestañeó un par de veces. Abrió la puerta.
            -          Adiós Harry
Y entró dentro del edificio.
Yo simplemente me quedé ahí parado. Intentando disimular que nada de eso me había afectado. Estaba seguro de que los dos era consciente de lo que hubiese pasado. Pero no, no pasó. Y ahora estoy aquí, volviéndome segundo a segundo; más loco.
Maldita locura. Maldita sonrisa. Maldita ella. 

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