Sentado en el sofá de terciopelo y con
la atenta mirada del perro del vecino, supe que ese día iba a pasar algo. Sé
que las mujeres suelen decir que ellas tienen un sexto sentido. No se lo niego,
puede que lo tengan; es más, lo tienen. Saben que hacer, que decir y donde
hacerlo, con la forma perfecta para que nos sintamos como ellas quieren. Pero
yo también tengo ese don. Supongo que es gracias a haberme criado bajo la
estricta forma que tenía mi madre para ser un hombre. Quizás por eso hoy todas
me prefieran a mí.
Bajé las escaleras de dos en dos. Hacía
muchísima calor. Solo tenía ganas de bañarme en esa inmensa piscina y
refrescarme. Abrí la pequeña valla, tiré la toalla al suelo y me lancé de
cabeza. Noté como toda agua recubría mi cuerpo. Mis pequeños rizos desaparecían
y caía el pelo sobre mi frente. La gente solía decirme que era como Tarzan de
niño. Me apoyé en la pared, dejando caer mi pelo por una de esas racholas
azules. Divisé a una chica tumbada boca abajo, sonriéndole continuamente
a su móvil y moviendo rápidamente todos sus dedos para escribir en
ese pequeño teclado. Llevaba un pequeño moño en la cabeza que dejaban caer
pequeños mechones sobre su rostro. Era la chica de la playa. ¿Cómo me había
dicho que se llamaba? Algo de Scott.
Salí de la piscina y me aproximé a ella.
Me paré en frente haciéndole sombra, se sintió aludida y se dio la vuelta.
- ¿Te
importa? – dijo señalándome – Me tapas el sol
- ¿Qué tal
está tu prima?
Me miró raro. Estaba analizando mi cara,
como si no se acordase de mí. Se levantó sus gafas de sol y acabó por saber
quién era. ¿Cómo olvidarse de mí?
- ¿De qué nos
conocemos?
- Ayer en la
playa
Pestañeó dos veces hasta que volvió a
articular palabra.
- Ah, ya me
acuerdo de ti. Mi prima está mejor, ya está en casa.
Me acerqué a ella y me senté a su lado.
La sonreí con una de esas sonrisas que solo sé sacar yo.
- ¿Tienes
algo qué hacer esta noche? – susurré a su oído
Volvió a mirarme de arriba abajo y soltó
una leve carcajada.
- Tú quieres
follar, ¿verdad?
- ¿Qué? – la
había oído perfectamente, pero no podía creerme que lo había dicho
- Sabes de lo
que hablo, no hace falta que lo repita
- No… Yo solo
quería…
- Claro,
claro – me interrumpió y dijo irónica
Guardó el móvil en su bolso y volvió a
mirarme.
- Mi casa
está libre – dijo – Si quieres subimos y fin del asunto. No tengo ganas de
esperar a la noche.
¿Qué? ¿Esto es real? ¿Así? ¿Tan fácil?
Me encanta esta chica. Pero quizás es una trampa. Aunque Adam ya se la había
follado, así que eso me daba ánimos. Me limité a sonreír.
Se levantó del suelo, recogió su toalla
y colgó su bolso en el hombro. Me miró extrañada.
- ¿Vienes o
no?
Dicen que cada mujer es un mundo, pero
yo siempre había sido de controlarlas a la perfección. Cómo si prefirieran que
yo controlase toda la situación. Les gusta pensar que este, yo, soy el príncipe
y que yo las trataré como una princesa. Yo las trato como se debe tratar a las
mujeres; como un perfecto caballero. Si ellas piensan algo más, es su problema.
Sin poder creérmelo, me alcé del suelo y
comencé a seguirla como un perrito faldero. ¿En serio iba a pasar lo que cree
que va a pasar? ¿Tan putón es esta chica como para que sea tan fácil? Había
conocido a chicas muy fáciles, pero aun y así había que comportarse como un hombre;
llevarlas al cine, quizás a cenar y luego directos a la cama. Pero esta chica
no. Por cierto, ni siquiera me ha preguntado cómo me llamo.
- ¿Cómo te
llamas? – dije haciéndome el loco mientras entrabamos en el ascensor
- ______,
pero total, dudo que mañana te acuerdes, así que llámame cielo o alguna cosa de
estas así cariñosas que suelen usar los chicos como tú.
¿Los chicos como yo? ¿Cómo sabe que nunca
recuerdo los nombres de las demás? ¿Por qué los tíos como yo? ¿Quién es esta
chica?
- ¿Los chicos
como yo?
Soltó una leve risa mientras buscaba las
llaves en el bolso.
- Los chicos
que las tienen todas a sus pies. Algo así… ¿Cómo lo llamáis? – dijo mientras
hacía que pensaba - Ah, “comiendo de mi mano” o algo por el estilo.
Esta chica es más extraña de lo que me
creía. Puede decirse que le tengo algo de miedo.
- ¿Y tú como
sabes todas esas cosas?
Se le dibujó una sonrisa de oreja a
oreja, algo pícara.
- Porqué yo
también lo hago. Aquí los putones no sois solo vosotros.
Salió del ascensor, introdujo la llave
en la cerradura y abrió la puerta. Pasé detrás de ella y cerré la puerta.
Siguió caminando por un largo pasillo y tiró el bolso al sofá.
- ¿Dónde
quieres? – me preguntó de lo más normal y empezando a quitarse la camiseta
- Donde tú
quieras
Volvió a reír y empezó a balancear la
cabeza de un lado para otro.
- ¿Aún no te
ha quedado claro el tipo de chica que soy?
Le sonreí. Me parecía buena idea de
hacerlo tan simple. Pero estaba perdido en este mundo. No sabía cómo actuar. Ni
siquiera tenía claro de si tenía que besarla primero o bajarme los pantalones.
- Nunca me
había topado con alguien como tú, ______.
- Oooh, que
bonito – dijo ella mientras se acercaba a la cocina y cogía dos
cervezas - ¿Quieres que vaya un poco más despacio?
Se acercó a mí y me acarició la mejilla.
Podía ver sus ojos marrones como intentaban quedarse con cada forma de mi cara.
Mis ojos de desviaron a sus labios y tuve la tentación de besarla. Pero se dio
cuenta y se apartó de mí. Su mirada había cambiado completamente.
Se acercó al sofá y dejó caer todo su
peso sobre él. Seguí sus pasos y me senté a su lado.
- Por cierto,
yo no sé cómo te llamas - dijo
- ¿Te
acordarás? – dije bromeando
- Quién sabe
Sonrió y volvió a clavar su mirada en
mí. Se mojó sus labios de una forma muy provocativa. Empecé a encontrar el
camino que tenía que coger.
Me aproximé un poco más a ella y
seguidamente a su oreja.
- Me llamo… Harry
– susurré
Sonrió y noté como su piel se erizaba.
Me aproximé a sus labios, poco a poco notaba como nuestros cuerpos se iba juntando
más. Pero cuando estuve a dos milímetros de conseguir un beso, se acercó a mi
oreja.
- Nada de
besos
Me alejé para mirarla a los ojos. Cómo
que nada de besos.
- ¿Por qué?
¿Qué tienen de malo?
Resopló y me miró algo cabreada.
- ¿Te cuento
mi vida o follamos?
- Vale, vale,
ya me callo.
Alcé mi mirada de sus labios hasta
sus ojos. Se acercó hasta mi cuello y empezó a darle pequeños besos. El
ambiente empezaba a calentarse. Subió de mi cuello hasta mi oreja y la mordió.
Todo mi cuerpo se estremeció, hasta dejar los ojos en blanco. Volvió a pegar
sus labios en mi lóbulo y susurró:
-
Vamos a la
cama
La cogí del trasero y la pegué a mí por
la cintura. Se agarró a mi cuello, mientras seguía con los besos. Me puse de pie
y caminé hasta la puerta donde se veía una cama. La tumbé y me puse encima. Le
acaricié el dorso semidesnudo que tenía ante mí. Me sacó la camiseta con
rapidez e hizo que me pusiera debajo de sus muslos. Se sentó en mis caderas,
mientras daba leves besos hasta acabar en la V que partía mi cuerpo. Llevó sus
manos a mi cinturón y lo desabrochó sigilosamente. Le quité la goma que
sujetaba todo su pelo y la tiré por la habitación. Metí la mano en mi bolsillo
y saqué de mi cartera el condón de seguridad. Me miró extrañada y puso sus
manos en mi pecho.
-
Ni se te
ocurra usar eso. A saber cuánto tiempo tiene eso ahí – dijo con la respiración
entre cortada – Abre el cajón de la mesita y saca uno.
Sonreí y abrí en cajón. Me puse uno,
mientras daba besos en el cuello y por toda mi espalda. Estaba haciéndose
insoportable esperar tanto tiempo. La agarré de la cintura y la tiré debajo de
mí. Me acerqué a sus labios con la intención de besarlos, pero me chopé con su
mejilla. Me acordé de la frase “Nada de besos”. Menuda tontería. Parece que
ella estaba cabreada. Me lancé a su cuello y se tranquilizó. Acabé de
desvestirla y sin poder evitarlo se puso encima de mí. No me gustaba que
quisieran dominar la situación, pero por hoy, haré una excepción. La agarré de
la cintura y le di varios besos en el pecho. Y sin poderse resistir, entró
dentro de mí. Notaba como mi respiración se encajaba a la perfección a la mía.
Sus ojos se ponían en blanco mientras clavaba sus uñas en mi espalda. Metí mis
dedos en su largo pelo y la pegué a mí. Quería sentirla. Bajé mis manos a su
cintura, acariciando toda su espalda, mientras me daba besos por todo mi dorso.
Me agarré a su trasero y algo se desprendió de mí. Ella volvió a clavar sus
uñas en mí, mientras echaba su cuello hacia atrás. Suspiró. Volvió a abrir los
ojos y yo con ella.
Se despegó de mí y se tiró encima del
lado derecho del colchón. Estaba completamente relajado, quería quedarme así
durante horas, sin hacer nada, oliendo a lavanda y mirando el techo, medio
empelotas.
______ se levantó de la cama, cogió sus
braguitas y el resto de ropa interior, las colocó en su sito y salió de la
habitación. Se paró en la puerta, apoyando la parte izquierda de su cuerpo en
el marco de la puerta. Se quedó mirándome.
- ¿Te ha
gustado? – pregunté
- Es gracioso
que todos preguntéis lo mismo siempre que habéis acabado de hacerlo – rió por
lo bajo y se volvió a sentar en la cama
- ¿Y eso se
lo dices a los que lo han hecho bien o mal?
Puso cara de pensativa y se giró para
mirarme a los ojos.
- Nunca lo
sabrás
Reímos ambos. Había estado bien, muy
bien. Genial, si no fuese porque faltaban los besos. Esos besos que hacen que
te sangren las encías de la atracción que tienen.
Ella se giró hacia la mesita de noche y
rebuscó algo.
- Sonríe –
dijo
- ¿Para qué?
- ¡Sonríe o
saldrás mal!
Esta tía está loca. Sonreí de oreja a
oreja como un niño pequeño. Ella sacó rápidamente una cámara antigua y el flash
salió disparado a mi cara. Ella también sonrió al otro lado de la cámara y
empezó a salir un papelito de debajo. Lo arrancó y empezó a agitarlo.
- ¿Y esto? – Reí
Desvió su mirada de mí y sacó una caja
de debajo de la cama. Volvió a mirarme, se sentó en la cama y me sonrió. Imité
sus pasos.
- ¿Vas a
contarme qué es todo esto?
- Dudo que
quieras saberlo
- Va, seguro
que me sorprendes
Abrió la caja y sacó un fajo de fotos
iguales a las mías pero con otros hombres.
- Todos
estos, son los tíos con los que me he acostado.
Miré esa caja, estaba llena de fotos.
¡¿Pero cuántos tíos hay aquí!?
- A los tíos
nos gusta pensar que somos los únicos que os conseguimos.
- Tú lo has
dicho, ‘os gusta pensar que’, al igual que a nosotras ‘nos gusta pensar que’
vosotros después de follarnos, os quedaréis con nosotras. Pero ya ves, solo
unas cuantas nos damos cuenta. – dijo mientras guardaba mi foto en la caja -
¡Es más! Tú me has preguntado y yo te respondo.
Sonreí y _____ se levantó de la cama.
Fue a la cocina, cogió un cacaolat y se sentó en el sofá. Encendió la
televisión. Y yo, al verme solo en esa habitación, sin tener otra presencia a
la que agarrarme; también me levanté y fui con ella.
- ¿Por qué lo
haces? – pregunté al fin
- ¿El qué? –
dijo confusa
- Eso de
tener tantos líos y hacerles fotos a todos
Rió por lo bajo y le echó un trago al
vaso. Miró a la tele y seguidamente a mis ojos. Mi mirada se fue a sus labios.
Joder, que ganas de besarla tenía.
- Por una
apuesta
- ¿De qué?
- De quién
liga más. – suspiró y después sacó una sonrisa - Mi mejor amiga y yo, una noche
loca. Una de esas noches que juras que ya nadie va a volver a reírse de ti.
- ¿Reírse de
ti?
Resopló. Me acerqué un poco a ella y me
apartó con su mano derecha.
- Ya te he
contado muchas cosas, Harry. No quieras saber más.
- ¿Por qué?
¿Te han hecho daño?
- ¿Y a ti? ¿Por
qué te gusta ligar con chicas, Harry? ¿Por qué solo quieres follártelas? ¿Te
han hecho daño? – dijo irónica
Me guiñó un ojo y me dejó con la duda.
¿Eso qué significaba? ¿Por qué no se cabrea o me da una respuesta simple? ¡¿Por
qué joder?!
Me miró divertida y alzó sus pies para
apoyarlos en la mesa.
- No hace
falta que te quedes. Ahí está la puerta. No te preocupes, no soy de las chicas
que van detrás de ti durante un año y medio.
Sonreí algo extrañado y me alcé del
sofá. Notaba como quería que me fuese, y por mí, bien. Me despedí de ella desde
la puerta y cerré.
Abrí la puerta del apartamento de Adam.
Me vino un olor a frambuesa, algo que no me gustaba. Solo podía ser de
Margaret. Esta chica no aceptaba que entre ella y yo no había nada.
Llegué al comedor y allí estaba ella,
sentada delante de Adam mirándome con ojos suplicantes.
- ¿Qué haces
tú aquí?
- Tenía ganas
de verte, tontín – se levantó y me dio un beso en los labios. La aparté de mí
- Margaret,
no puedes venir a verme cada vez que te dé la gana. Ya no somos nada.
- Pero… Pero
tú me dijiste que me querías…
¡Qué pesadilla de mujer! ¡Es
insoportable! He estado con ella un día. Un maldito día. Y como me arrepiento
de haberlo hecho. Y simplemente se lo dije, porque me acorraló. Menuda ilusa.
- Tienes que
irte, Margaret – dijo Adam salvándome el culo
- Sí – añadí
Bajó la mirada al suelo y salió por la
puerta.
Adam desvió sus ojos a los míos, con
intención de hacerme sentir mal.
- No me mires
así. No tengo la culpa de que la chica no entienda como soy realmente.
- Algún día
te estallará todo esto en la cara.
Solté una risa irónica y me senté en el
sofá. Adam me siguió y encendió su portátil.
- Te he visto
entrar en casa de ______ - dijo mientras me miraba a los ojos - ¿Ya habéis…?
- Sí, aunque
ha sido algo raro.
Soltó una carcajada y desvió la vista al
ordenador.
- ¿Lo dices
por los besos o por la foto? –suspiró - Te dije que no era buena idea, Harry.
- Por ambas,
¿pero porqué no es buena idea? ¡me la he follado y punto!
- Te
equivocas, primo. Tú no te la has follado, ella te ha follado a ti.
Esa última frase hizo un eco en mi
cabeza. En realidad tenía razón. Yo estaba perdido solo de verla, no sabía cómo
tenía que actuar con una chica como ella.
- Sea lo que
sea, me lo pasé bien. Y quedará en eso. Ya sabes que no suelo hablar con
ninguna después de eso.
- Más te
vale. Si no, te volverás loco.
Se levantó del sofá y fue al balcón. Se
quedó mirando a la piscina, viendo como los niños se tiraban de cabeza, como si
los problemas no existiesen. Como si el dolor más grande fuese caer de plancha
en la piscina.
Me acerqué a él y me apoyé en la
barandilla.
-
¿Qué te hizo?
-
¿A mí? – preguntó – A mí no me hizo nada, porque
supe escabullirme a tiempo. – me miró a los ojos y se puso serio – Vigila con
lo que haces Harry. No es una de las tías con las que habitualmente te lías. Es
un putón verbenero. Rebuscada y egocéntrica. Hará que no te la puedas quitar de
la cabeza.
-
No lo creo, Adam. No te preocupes.
Suspiró y me miró con miedo.
-
Suerte.

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