dimarts, 11 de desembre del 2012

Capítulo 11


Abro un ojo y la cama está vacía. Rezo para que te hayas ido de casa. Me levanto de la cama y me visto con la primera ropa que veo. Mañana me voy y cada minuto que pasa tengo menos ganas de vivir. Mi ojo izquierdo gotea y salgo de la habitación como si nada. Voy a la cocina y para mi mala suerte, aún no te has ido. Miro a Adam mal humorado y lo saco de allí.
              -          ¿Qué te pasa, tío? – me pregunta, como si esto fuera normal
              -          ¿Por qué aún no se han ido?
              -          Échalas tú si tienes huevos.
Alcé las cejas. Sí, era una prueba. Él no tenía cojones a demostrar no ser un cobarde y echarlas de casa. Y yo soy un estúpido y un crío por ser tan manipulable. Maldito Adam que sabe que no me resisto a nada después de esa frase.
Me acerqué a los dos monumentos de perfección y escupí para mis adentros. Las miré de arriba abajo. Qué asco me daban.
Tú, la de pelo negro y ojos verdes, te habías creído muy mala por robarme una de mis camisas que sólo hubiera permitido que se pusiera ella. Pero nunca lo hizo, ni lo va hacer. Qué novedad. Te creíste lo suficiente buena por no haberte mordido las uñas en tu puta vida, e ir sonriendo por tu pintauñas bien pintado. Pretendiste llegar aquí, con tu cara pornosa de cualquier anuncio de colonias y suponer que tú y tus pestañas alargadas por el rizador podrían substituir a su rímel corrido por haber llorado por las esquinas. Fantaseaste que tus labios llenos de carmín iban a remplazar los suyos rotos por las manías de morderse los pellejos. Creíste que me ibas a conseguir o que simplemente sentiría algo más que asco por ti. No acertaste. Quizás esto sea obra de ella y te haya pedido que vengas aquí a restregarme en mi cara lo imbécil que he llegado a ser.
              -          Chicas, – conseguí decir para callar a mis pensamientos – tenéis que iros.
              -          ¿Por qué? – preguntaste tú, a la que más odiaba
              -          ¿Quieres que te diga la verdad o que te mienta? – alcé las cejas. No estaba para polladas.
              -          La verdad. – me desafiaste.
              -          Ya hemos tenido de vosotras lo que queríamos. – se me quebró la voz al recordarla - Ahora ya no necesitamos nada. Así que adiós.
              -          ¿No piensas decir nada más?
              -          ¿Qué quieres que te diga? – burlé – Qué simplemente he querido olvidar a algo, o a alguien, pretendiendo substituirlo con alguno de vuestros placeres. Quieres que te diga que todos habían pensado que me podrían cambiar, y que la única que no lo intentó, lo hizo y me dejó tirado. Quieres que te diga que sencillamente lo único que siento es desprecio hacia a mí mismo. Qué no sé qué mierda estoy haciendo con mi vida intentando creer que alguien iba a ser como ella. Qué soy un completo idiota por meterme donde no me llaman. Qué acabo de perder a algo que nunca pensé que tendría. Qué mañana me voy y no la volveré a ver. Qué no tengo cojones a decirle que la quiero. Qué he sido un puto estúpido por enamorarme de unos labios que nunca más voy a volver a besar. Qué. ¿Quieres que te diga eso? Pues ahí lo tienes. Ahora si me hacéis el favor, iros de esta maldita casa que nunca voy a volver a ver. Y si no os importa cerrar la puerta de un portazo, para que me pueda imaginar de alguna forma su voz en grito. Dejándome sólo con mi mente y mis recuerdos. ¿Os importa?
Un silencio incómodo apareció. Este era uno de los pocos silencios que me gustaban. Significaba que había ganado. Que no habría más preguntas. Que tendría lo que quería sin reproches. Obligué a la chica que se quedase con mi camisa y se la llevara muy lejos, donde no pudiera saber que su olor a lavanda había desaparecido. Salieron de casa tal y como vinieron, y por lo visto, me hicieron el favor de dar un portazo. Pero no había rabia. Simplemente decepción. Tanta decepción como ______ y yo sentíamos.
Fui a mi habitación,  saqué la maleta de debajo de la cama y empecé a guardar ropa sin ánimo de doblarlo. Nada se merecía mi atención como para ser doblado. Nada valía si ella ya no se lo iba a volver a poner la misma mañana al despertar a su lado.
Bajé las escaleras sin mirar atrás. Cada vez se me hacía más difícil andar sin tropezar. Cogí la maleta con más fuerza y salí a la calle. Me acerqué al coche y abrí el maletero. Allí iba mi guitarra y la bolsa negra que había traído al llegar aquí. Rayas azules y con alguna humedad provocada por la botella de agua mal cerrada. Volvía a Londres. Dejé la maleta y cerré el maletero. No quería seguir recordando. Pero para extras, estaba ella. Estaba allí, al otro lado del coche, mirándome con la mirada baja. Volvió a aparecer el silencio durante un par de minutos, hasta que le aparté la mirada; no podía con tanta tensión. Me apoyé en el coche y miré abajo. Noté como venía hacia mí, con pasos leves, con miedo. Y yo, inmóvil, sin saber qué decir, ni qué sentir a parte de temblor en las manos.
              -          Harry… - dijo casi inaudible - ¿podemos hablar?
Alcé la vista y vi sus ojos cafés. Tenía la mirada perdida. Sin saber a dónde llevarla. No era la misma de antes, estaba insegura de todo. Yo también. Me moría de ganas de abrazarla y de decirla que la quería, que todo iba a estar bien. Pero sin embargo no tenía valor para hacerlo.
              -          Claro – fue lo único que pude soltar por la boca
Me apoyé en el coche y ella también. Podía olerla. Respiré hondo impregnándome de en si. Sabía que iba a ser una de las últimas veces que la olería.
              -          Ya me he enterado… - empezó a hablar – de que mañana te vas a Londres…
              -          ¿Te lo ha dicho Adam?
              -          Le exigí a que me lo contara.
Volvió a bajar la mirada. Noté como se le caía una lágrima y se la secaba rápido con la esperanza de que no pudiera notarlo. Sin embargo yo ya me había roto por dentro.
              -          ¿Volverás? – me preguntó al fin
              -          ¿Quieres que vuelva? – la miré a los ojos, buscando un poco de esperanza.
Me bajó la mirada de nuevo. Las manos empezaban a temblarle.
              -          ¿Esto es una despedida, verdad? - susurró
              -          Sí, lo es.
Suspiró y yo tragué aire. Esto estaba siendo más duro de lo que me había imaginado.
              -          ¿A qué hora te vas mañana?
              -          A las siete salimos de aquí
Nos quedamos en silencio un par de minutos. – Bésame – pensé. Se alzó del coche y yo la imité. Nos quedamos el uno delante del otro, sin hacer nada. No sabía si darle un abrazo, si besarla en los labios, o darle dos besos. No sabía si hundirme y llorar, o ser fuerte y sonreír.
              -          ______... Lo siento…
              -          No cambia nada, Harry…
              -          Lo sé.
Se llevó las manos a la cara, sin dejarme mirarla por un par de segundos. Luego las bajó y se quedó mirándome. Tenía los ojos húmedos.
              -          ¿Puedo besarte por última vez? – pregunté
              -          No me lo hagas más difícil, Harry. Por favor.
Me lo tomaré como un no. Demasiada tensión. Un momento demasiado incómodo. Y yo, y mi estupidez máxima me hizo acercarme a ella y la abrazarla. Sin embargo ella no reaccionó. Se quedó inmóvil. Estoy seguro de que estaba haciendo un mundo para no llorar en ese momento. Exactamente como yo. Respiré en su pelo y lo olí por última vez.
Se separó de mí y me miró con esos ojos cafés.
              -          Adiós Harry. Te deseo toda la suerte del mundo.
              -          Adiós, ________.
Me dio la espalda y desapareció del lugar.
              -          Te quiero – susurré sin dejar que nadie me escuchara. 

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