Todo se desmoronaba. La chica que quiero, no quiere verme.
Mi familia se está perdiendo. Y yo, tengo que volver a Londres, y no
precisamente a verlos. Las cosas cambian demasiado de un momento para otro.
Supongo que había llegado demasiado alto, y ahora me tocaba caer en picado.
Tragué aire y me rasqué los ojos. No podía volver a llorar.
No delante de Adam.
-
¿Y todo esto para qué? – me preguntó - ¿Qué
quieren de nosotros?
-
No lo sé. Pero sé de alguien que sí lo sabe.
-
¿Quién?
-
Ahora vengo.
Me fui del comedor y me metí en mi habitación. Revolví mi
pelo, aclarándome las ideas. Preguntas concretas. Respuestas exactas. Mamá.
Mamá tenía que saberlo. Saqué el móvil de mi bolsillo y marqué su número de
carrerilla. Cinco pitidos y contestó.
-
¿Harry?
-
Mamá. Ya sé a qué te referías.
La oí tragar saliva y respirar hondo.
-
Ya te ha llegado, ¿verdad?
-
Sí. ¿Por qué? ¿Por qué a mí? ¿Qué quieren de
nosotros? ¿Qué planean?
-
Harry…
-
Dime la verdad, mamá.
-
Las cosas aquí…. No están bien, ya lo sabes. La
crisis ha llegado muy lejos. Aquí y por todo el mundo. Todo esto es un tema
tabú en cada país. Por eso no sale en ningún periódico, ni nadie dice nada a
nadie.
-
¿Pero qué quieren?
-
Van a formar un ejército. Todos los hombres
entre dieciséis y treinta años se juntan a las afueras de Cheshire y los
militares enseñan a cómo ser un soldado. Te enseñan a quedarte sin escrúpulos.
A matar al contrario con tal de defender a tu país. A cómo montar armas con los
ojos cerrados. A nadar con una piedra en
tu espalda. A ser una máquina sin límites. Sin sentimientos. – calló un segundo
– Tu primo hace dos semanas que ya va. Lo vimos ayer y está irreconocible. No
quería ni darnos dos besos. Éramos completos desconocidos para él.
-
¿Pero qué va a pasar cuando esté el ejército
formado?
-
Habrá una Tercera Guerra Mundial, Harry.
Y es ahí, cuando sabes que no hay marcha atrás. Tienes que
afrontar lo que te toca. Sin peros, sin reproches, sin lloriqueos. Cómo un
hombre.
-
Saldremos de esta mamá.
-
Te iré a buscar al aeropuerto.
-
Llegaré el viernes. A la una del mediodía esteré
allí. Díselo a Gemma.
-
Lo haré.
-
Te quiero mamá.
-
Te quiero hijo.
Colgué primero. Una lágrima se salió de mi ojo izquierdo.
Respiré hondo y salí de la habitación. Tenía que hablar con Adam.
Al contárselo se quedó igual que lo hice yo. Después le
relaté lo que pasó con _______. Se quedó en silencio. Supongo que se moría de
ganas de decirme un “te lo dije”, pero se aguantó.
Nos dejamos caer sobre el sofá y la cabeza se fue en busca
de techo. Adam sacó dos cigarros. Uno para él, otro para mí. Ninguno de los dos
fumábamos, pero digamos que este es un momento en el que nos lo podíamos
permitir. Sacó el mechero y al encenderlo tragué todo el humo. Me sentaba bien.
-
El viernes hay que irse. – susurré – Y estamos a
miércoles.
-
Deberíamos hacer algo hasta entonces. Y no estar
aquí haciendo los gilipollas.
-
Ya.
-
Ya.
-
¿Y qué propones?
-
A mí me vendría bien sexo. Y a ti también.
-
No sé Adam… No tengo cuerpo para follar…
Resopló y se puso de pie.
-
¿Y qué pretendes? ¿Estarte todo el día sentado
en el sofá hasta que llegue el viernes? ¿Sin disfrutar de la poca libertad que
te queda? Harry, ella no va a volver por mucho que tú llores.
Y entonces esa
última frase se quedó clavada. No me quería y no podía hacer nada por
cambiarlo. Pasaba de mí, tanto como yo había pasado de tantas chicas. Recordé
esa frase que me dijo Adam el día que mandé a tomar aire a Margaret “Algún día
te estallará todo esto en la cara.” Y sí. Estaba en lo correcto.
Me levanté del mugriento sofá y busqué en mi agenda de
teléfonos. Pero Adam me puso la mano enfrente de la pantalla.
-
No quiero chicas que ya te hayas follado. – me
dijo – Aunque tú si folles con las que yo lo he hecho.
-
Hijo de puta – reímos
Otra vez de vuelta a ________. No podía salir de mi cabeza.
Esto se había acabado y no quería aceptarlo. Supongo que nunca lo haría. Pero
supongo que haré lo que siempre me han inculcado; hacer felices a las mujeres.
Y si a ella le hacía feliz que me fuese tan lejos como para que ella pudiera
olvidarme; lo haría. Nunca he creído en las casualidades, así que supondré que
si tengo que irme, no es por tontería.
Adam se empeñó en ir al centro. Fuimos en su coche y nos
quedamos en la terraza de un bar; cómo si estuviéramos escogiendo premio ante
la exposición. No me parecía buena idea, pero tampoco me serviría de nada estar
en casa.
-
¿Las del banco no te parecen que están buenas? –
me preguntó dando un codazo
-
Bah. Coge tú la que quieras Adam. Yo no quiero
estar con ninguna.
-
Eres un payaso.
-
Y tú un imbécil.
Me sonrió irónico y se levantó de la silla. Se acercó a las
chicas y empezó a hablarles. Una morena y otra rubia. Shorts, camiseta blanca y
chancletas. De pelo rojo y la otra negro. Las típicas niñas de ciudad que
vienen unos días a la playa. Adam les señaló hacia mí. Él saludó y yo le aparté
la mirada. Me puse las gafas de sol y saqué mi móvil. Miraba fotos. Todas las
fotos de este verano. Había una foto de ella; paré. Hice un zoom en su mirada.
Aún me acuerdo cuando me decía que no le hiciese fotos. Tiene una preciosa
sonrisa. La séptima maravilla del mundo.
-
Harry – alcé la mirada y allí estaba Adam con
las dos chicas – Te presento; ella es María y ella Paula – hizo un gesto como
que esta última era para mí.
La chica ésta, la tal Paula, se sentó a mi derecha. Tuve que
quitarme las gafas y sacar una sonrisa. Era la del pelo negro. Un punto menos a
su favor por no parecerse a _______. Un punto más para sentirme despreciable.
Y con todo tu entusiasmo empezaste a hablarme. Moviendo tu
pelo negro y tus ojos verdosos. No sé quién te crees para sentarse a mi lado y
pretender substituir a _______. Me la suda si tus padres se habían comprado una
casa aquí. Me importa tres cominos que el agua de la playa estuviera fría o si
la tira del bañador se te había perdido. Me la sopla todo de ti. Parecía que me
querías hacer sentir mal; ahí delante de mí, hablándome e intentando imitar la
forma en la que arrugaba la nariz al reír. Nadie me ha pedido permiso para
mover la peca de ella a tu oreja derecha. Te creías mejor por no gesticular
todas las cosas cómo hacía ella, o no darle importancia a cosas que no tenía.
Que vengas aquí, enseñándome todo tu canalillo, no iba a hacer que dejase de
pensar en ella. Y encima Adam pretendía que fuéramos a casa. Lo que me faltaba.
Parece que está claro a lo que venías y a lo que venía yo.
Bueno, lo último lo tendrías tú más claro, porque yo estaba completamente
perdido. El sol ya ha caído y al entrar a la habitación me empujas contra nuestro colchón, no el
tuyo, y te tiras sobre mí. Cierro los
ojos y vuelvo a abrirlos para jugar con tu cuello, en busca de aquél lunar
justo en la clavícula izquierda; pero no está. Me alejo de tu miserable cuello
y te me lanzas a los labios. No me gustan, demasiado carnosos. No son frágiles,
como los suyos. Besas con demasiada ansia, cuando yo no tengo ambición por ti.
Busco en tu mirada un color café, pero me asusto al ver un maldito moco verde
que tienes como iris. Creo que debí apagar la luz, pero ya es tarde para eso.
Voy en busca de esas marcadas caderas, que tanto se queja siempre; pero
encuentro una diminuta cintura de avispa que da un par de giros hasta los
muslos. Llegaste aquí y te pensaste que podrías substituirla por tu cuerpo perfecto
de stripper de Las Vegas. Meto mis dedos sobre tu pelo, con la esperanza de
quedarme enredado en su ondulación; pero no soporto este pelo tuyo lacio y
escurridizo. Como si vinieras aquí de ángel caído del cielo que viene a
salvarme. Me tiendo sobre la cama, dejando que tú hagas todo el trabajo. No me
gusta como tú, la ojo mocosa de pelo lacio, se desenvuelve sobre mi cuerpo.
Amontonas perfección por todos lados. No me haces ningún gesto de cariño como
ella lo hacía; no me gritas ningún joder,
ni susurras mi nombre, ni siquiera eres capaz de clavarme una miserable
uña. Algo de mí se desprende y entra en
ti. Tu boca gime y yo me separo de inmediato de tu maldito perfecto cuerpo. Me
dejo caer en el otro lado de la cama; donde ella hubiese estado si no fuese tan
así, cómo es ella. Maldigo que tú, la de pelo negro, le hayas cambiado el olor
a toda mi habitación; pero la almohada sigue oliendo al lavanda de su pelo. Me
maldigo a mi mismo por haber traído a esa perfección a nuestra habitación. Te
das la vuelta, dándome la espalda, con la esperanza de que te abrace o te haga
un mínimo de acercamiento. No lo pienso hacer. No bostezabas, ni siquiera
roncabas. Tu nariz no hacía ningún ruido. Como los ángeles. Repugnante. Rezaba
para que en algún momento me dejases sin sabana, te tirases un pedo o me
pusieras sus pies fríos en mis gemelos, en busca de algo avaricia. Pero no lo
hiciste. Eso me hizo odiarte aún más; y a mí también.
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