Tengo dieciocho años. Más de seis mil quinientos setenta
días vividos. Y sin embargo, nunca había sentido lo que he experimentado en
menos de veinticuatro horas. No sé cómo explicarlo. Ni cómo expresarlo. Ni como
transmitir. Quizás por eso dicen que solo se puede sentir. Sentir con algo que
no se puede ni explicar, ni ver. Y yo, iluso de la vida, que solo quería
besarla y acostarme con ella, ahora solo me moría de ganas de despertarme a su
lado y quedarme viéndola dormir.
-
Harry – decía mientras agitaba levemente mi
cuerpo – Va, despierta.
Entre abrí los ojos y la vi a ella, preciosa. Llevaba su
camiseta algo mal colocada y el pelo revuelto. Me gustaba verla así, tan
natural, tan ella.
-
¿Por qué no te quedas aquí, conmigo,
abrazándome?
-
Porque está pasando el tractor alisando la
arena, Harry. Y tú aún estás medio desnudo.
Di un par de vueltas y me puse en pie. Me puse mi ropa y
revolví mi pelo. Me acerqué a ella y la pegué a mí.
-
¿Qué quieres hacer hoy?
-
Harry
-
¿Qué pasa? – dije sin entender nada - ¿He hecho
algo mal?
Se quedó en silencio y bajó la mirada. No entendía nada. Me sentí mal conmigo mismo, como si fuera el culpable de todo. Volvió a mirarme y subió una leve sonrisa, pero era completamente falsa. Salimos de la playa y entramos en el paseo. La cogí de la muñeca y la pegué a mí.
-
¿Qué te pasa, pequeña?
No me miraba. Se quedó muda. Empezó a mover la cabeza de un
lado para otro. Como si intentase convencerse a si misma de alguna cosa. Se
apartó de mí, se llevó las manos a la cara y volvió a mirarme.
-
No, Harry, no. No me lo hagas más difícil, por
favor. – susurró
Instintivamente, la cogí de las manos y la miré a los ojos.
Temblaba y no sabía por qué. No había pasado nada. No sé porqué tenía ese miedo
en su mirada.
-
Está bien – le dije – No te presiono.
Sonrió y la abracé. Apoyó su cabeza en mi pecho y la pegué
más a mí. Olí su pelo. Lavanda. Tendré que esperar. Esperar, algo que nunca se
me ha dado bien.
La dejé en su casa y volví con Adam. Entré por la puerta y
me lo encontré cantando en la cocina.
-
¡Hombre, si ha aparecido! – me gritó - ¿Dónde
has estado?
Sonreí. Sonreí con una sonrisa de tonto. Maldita sea. Adam
me miró mal y bajó la mirada. Al verme así, ya sabía dónde, cuándo, cómo, qué y
lo más importante, con quién había estado.
Me senté en el sofá y saqué de al lado del sofá el portátil
de Adam. Lo encendí y puse su contraseña. Me puse los cascos al volumen máximo
y abrí el explorador. “Holmes Chapel”. Ultimas noticias. Periódicos.
Telediarios. Nada. Ni una sola noticia de lo que pasa. ¿Cómo algo así puede
estar tapado? Necesito hablar con Gemma. Saqué mi móvil del bolsillo trasero y
busqué su número. Llamar. Tres pitidos y lo coge aturdida.
-
¿Quién?
-
Gemma, soy yo. ¿Qué está pasando?
Silencio. Noté su respiración entre cortada.
-
Nada, Harry. Está todo bien, tranquilo.
-
No me mientas.
-
No lo hago
-
Gemma, creo que nos conocemos lo suficiente como
para saber cuándo mentimos. Va. Escúpelo.
-
Mamá no quiere que te…-
-
Me da igual lo que diga mamá. Dímelo.
Suspiró y volvió a respirar hondo.
-
Han quitado la red. Tenemos luz escasa y la poca
agua que tenemos embotellada.
-
¿Qué más?
-
Hay siempre guardias paseándose por el pueblo.
Ayer llamaron preguntando por ti. Mamá estalló a llorar al instante.
-
¿Por qué? ¿Qué os dijeron de mí?
-
Sólo preguntaron por ti; y dijimos que no
estabas y se fueron. Mamá se puso a llorar, pero no es capaz de decirme por
qué.
Resoplé y las manos empezaban a temblarme.
-
¿Cómo que no ha salido nada en la prensa?
-
No lo sé, Harry. No sé qué quieren de nosotros.
-
¿Y los vuelos siguen cancelados?
-
Todos y cada uno de ellos.
-
Voy a ir allí Gemma. En cuanto tenga
oportunidad.
-
Ya lo sé.
Tragué saliva y volví a respirar.
-
¿Te paso a mamá?
-
Sí, por favor.
Y mientras esperaba, sonó el timbre de la puerta. Adam fue
hacia la puerta y desapareció de mi vista.
-
Hola hijo, ¿Cómo estás?
Y entonces, la vi. Con sus ojos cafés sonriéndome desde la
puerta. Tenía sus dedos entre lazados y pegados a su barriga. Sonreí como un
tonto.
-
¿Harry? ¿Estás bien? – hizo volver a mi realidad
-
Ai, hola mamá. Sí, sí, yo estoy perfectamente.
¿cómo van las cosas por allí?
-
Bueno, van.
_____ se sentó a mi lado con las piernas cruzadas y
sonriendo, escuchando mi conversación. Se me escapó una leve risa al verla tan
alegre.
-
Un momento mamá, que no puedo concentrarme.
Le sonreí y me volví al pasillo.
-
Ya estoy – dije mirando a ______ de reojo
-
Harry, estás con una mujer ¿verdad?
Me paré un momento asimilando la situación. Sonreí.
-
Sí – contesté - ¿Cómo lo sabes?
-
Hay cosas… que no se explican, simplemente… se
sienten. – rió
Me alivió escucharla reír. Hacía mucho tiempo que no lo
hacía.
-
Y te gusta
-
No lo sé.
-
No era una pregunta, hijo. – reímos ambos
Nos quedamos un par de segundos en silencio. En nuestra
familia solíamos aprender más de los demás estando callados, que diciéndonos lo
que pensábamos.
-
¿Qué te dijeron de mí los guardias, mamá?
-
Nada.
-
¿Y por qué lloraste?
-
Cuando sea el momento, lo sabrás, Harry. Hasta
entonces; disfruta.
-
No quiero que llores por mí.
-
Ni yo que dejes de disfrutar por mí. – suspiró –
Así que disfruta con esa chica, Harry. Hazla feliz y que ella te haga a ti.
-
Es difícil si ella no quiere nada.
-
Ninguna mujer es tan imposible como para no
enamorarla. – calló un segundo – Te quiero hijo. Tengo que colgar.
-
Te quiero mamá.
Colgó y yo seguidamente también. Guardé el teléfono en el bolsillo
trasero. Revolví mi cabello para despejar mis ideas y volví al salón. Seguí
allí, en la misma posición que antes. Me senté a su lado y me sonrió.
-
Hola – dije
-
Hola – sonrió - ¿era tu madre?
-
Sí. Quería hablarme de sus cosas. Ya sabes. -
disimulé
Agachó la cabeza a modo de que lo entendía. La cogí de las
manos y sonrió.
-
Antes me preguntaste que qué quería hacer hoy –
me dijo – Y ya lo sé.
-
¿Qué quieres hacer?
-
Ir al centro comercial – sonrió pícara
-
No te voy a comprar nada, ______ - mentí
-
Eso espero. – contestó seria - ¿Vamos o no?
-
Claro
Se levantó del sofá y la imité. Cogí mi cartera mientras
ella me esperaba en la puerta.
-
Adam, nos vamos.
Me sonrió. Le parecía bien.
Salimos de allí y la monté en mi coche. Fuimos hasta el
centro comercial más cercano. Durante el camino pensé en todo lo que me había
dicho mi madre. Tenía que hacerla feliz. Debía hacerlo. Lo conseguiría. Salimos
del coche y la cogí de la mano para empezar a caminar. Estaba incómoda. Lo
sabía. Me paré en seco un momento.
-
¿Por qué te paras? – preguntó
-
¿Quieres saber a qué huele mi nariz?
Estalló a reír. Era un payaso. Un inútil. Un imbécil. Sería
todo lo hiciera falta para verla así. Con esa sonrisa.
-
No me mientas, Styles. Tú lo que quieres es
darme un beso.
-
¿Yo? ¿Querer darte un beso? – reí - No, va. Huélela.
Se acercó a mí con una ceja a medio levantar. Sonreía. Y
cuando estaba a medio centímetro de mi nariz la cogí por la cintura. Y al notar
mis brazos, instintivamente intentó soltarse. Reía.
-
Lo sabía – seguía riendo
La pegué más a mí y le di un beso. Se dejó hacer y llevó sus
manos a mi nuca. Noté sus dientes al ver que sonreía. Dejé que se separase de
mí y volví a darle la mano. Entramos en una cafetería y se sentó en la mesa más
cercana a la ventana. Pedimos. Yo café italiano con leche y ella CocaCola Zero.
-
¿Qué piensas hacer con las fotos de la caja de
zapatos? – pregunté por fin
Al escuchar mi pregunta, se atragantó. Tosió en una
servilleta de papel y se quedó mirándome raro.
-
¿A qué viene esto, Harry?
-
No se responde una pregunta con otra pregunta.
Resopló y rió. Parece que le causaba gracia que me
comportase así.
-
Supongo que las
guardaré y si puedo seguiré poniendo más fotos – sonrió entre dientes
-
¿Solo con fotos mías?
-
Harry. Yo no sé qué quieres tú.
-
Creo que es bastante obvio, _____.
-
No. No lo es.
Se cruzó de brazos y se quedó mirando el borde de la mesa.
Silencio. No sé por qué tenía esta manía de comportarse así continuamente.
-
No tenías razón. – empecé a hablar- No tenías
nada de razón. Los besos no dan la razón para enamorarse. No es verdad. Tampoco
hay que sentirse bien con el otro para enamorarse. Ni hay que portarse bien.
Tampoco hay que soportarse ni contárselo mutuamente todo. No hace falta ser
diferentes, ni tampoco iguales. Ni opuestos, ni atrayentes. Ni tirar copas al
suelo para que se rompan, ni sentir celos hacia otros. No hace falta nada de
todo lo que me dijiste. No necesité los besos, ______. Sólo necesité mirarte en
el fondo de los ojos, y darme cuenta, de que mucho antes de haberte conocido,
ya había estado enamorado de ti. Has sido ese alguien que ha arrasado todos mis
“yo nunca…” y mis “yo qué va…”. Te has pasado por el forro todos mis
principios, mis sentimientos, mis formas de ser, de sentir y todos mis valores.
Has arrasado con todo lo que has tenido a tu paso. – respiré- ¿Pero sabes qué?
Creo que no ha habido nunca nadie capaz de hacerlo, nadie a quien se lo
permitiese. Nunca ha habido nadie que llegase y mejorase esa palabra que llaman
perfección.
Alzó la mirada hacia a mí. Se quedó en silencio. Supongo que
buscando las palabras para todo lo que le acababa de decir. Yo tampoco sabía
muy bien por qué de haberlo dicho. Nunca había hablado tan enserio con una tía,
y menos con una tía como ella. Esto es un continuo cambio de situaciones. Cada
día me sorprendo a mí mismo. Y lo peor es que gracias a ella.
Se llevó las manos a la cabeza y seguidamente las metió
entre el pelo. Se hizo una coleta y me miró seria. No decía nada y me dolía esa
frialdad. Prefería que hubiera saltado a comerme a besos, o hincharme a
bofetadas. Algo. Algo más que el silencio. Empezaron a temblarme las manos.
Ella las miró y se percató de lo que provocaba si no me contestaba.
-
Nunca sé que decir en estos momentos,
Harry.
-
Lo que sientes.
-
Ninguno de los dos está preparado para saberlo.
Tragué saliva e intenté tranquilizarme. Suspiré y tomé aire
de nuevo.
-
De momento guardaré la caja, hasta que la vea. –
me dijo
-
¿A quién?
-
Tatiana. La chica con la que hice la apuesta.
-
¿Y por qué no la llamas?
-
Está en México, Harry.
Callé y lo pensé un momento. Lejos. Muy lejos. Lo suficiente
como para que esa caja pase el resto de su vida cerca. Ella me miró y sonrió.
Me hizo sentir mejor. No sé qué brujería tiene.
El mundo no necesita físicos que demuestren la ley de la
gravedad. No necesita tecnológicos que te expliquen la fuerza de los imanes. No
se necesitan historiadores para saber quién fue el primer presidente. Ni
tampoco se necesita a la literatura para enfrentarse a las cosas con ataraxia.
La vida no se mide en las veces que tocas el suelo, si no en la que sientes
como si volases. No importa lo que pienses, si no lo que haces. El mundo
necesita gente que los días de
aburrimiento se los pase dibujando corazones en las muñecas con un boli bic.
Necesita un montón de sonrisas de verdad. Necesita a esa gente que un martes
trece, pasa por debajo de una escalera,
se les cruza un gato negro, abren un paraguas dentro de casa y se les
rompe un cristal; pero aún seguirán pensando que es un gran día para empezar a
hacer las cosas bien. De esas personas masoquistas que se rascan una herida
hasta el punto de que escuezan, porque una vez oyeron que todo lo que escuece,
cura. Pero lo que de verdad necesita el mundo es gente cómo tú y cómo yo; con
ganas de arriesgarlo todo y sin ponerse límites para conseguir lo que quieren.
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