Abrí los ojos y pude verla como descansaba sobre mí. Miré el reloj de la mesita; 5:25h. No iba a poder dormirme. La volví a mirar. Descansaba como un bebé. Tenía ambas manos apoyadas sobre mí. Tenía frío. Arrugaba la nariz cada vez que la intentaba abrazar y la relajaba al ver que no la soltaba. Acaricié su sedoso pelo y la besé en la frente. La cogí en brazos y la tumbé en la cama. La tapé con la manta y le acaricié la mejilla. No se lo digáis, pero parecía una princesa.
Salí de la habitación y cerré la puerta con cuidado. Fui a la cocina y me llené un vaso de leche. Abrí todos los armarios en busca de café, pero solo me topé con el colacao. “No me gusta el café. Es más, lo odio.” Recordaba cómo sería su voz al repetirlo. Hoy bebería colacao. Abrí un cajón para coger una cuchara y me topé con un montón de notas. Las saqué y empecé a mirar.
“No sé qué pinto aquí. No sé quién ha venido y me lo ha mandado. Este chico no es para mí. Lo sé. Ningún hombre es para mí. A mí no me pasan cosas bonitas…”
“Cada vez que sonríe, pienso que lo hace para reírse de mí. No puedo con él. Tengo que ser fuerte…”
“Sí, me muero por besarle. Pero tengo miedo de que ese beso signifique más para mí, que para él…”
“Y entonces aparecerá otra, y yo me volveré invisible para ti…”
“No son celos; es miedo a que te guste otra colonia, otra sonrisa, otros besos…”
“He vuelto a soñar con él. Lo peor es que él también ha soñado conmigo…”
“Sabrás que es él; no cuándo cuando se adapte perfectamente a la descripción que dabas de tu hombre perfecto, si no cuándo descubras que tu descripción de hombre perfecto se ha modificado para describirlo a él…”
“A veces, quizás con demasiada frecuencia, me pregunto si alguien me echaría en falta si no volviese a aparecer. Si me fuese de aquí. Si alguien le importaría si me fue lejos, muy lejos, dónde el horizonte no alcanza. Me pregunto si alguien me escribiría durante años. Me esperaría durante décadas. Si alguien iría a mi encuentro con una sonrisa de oreja a oreja por volver a verme. Repitiéndome lo mucho que me ha echado de menos. Contándome todo lo que vamos a hacer para recuperar el tiempo perdido. A veces me lo suelo preguntar. Pero no creo que nadie lo hiciese…”
“Everyone leaves...”
Y entonces se abrió la puerta de la cocina. Aparecía con un moño a medio hacer y mirando al suelo. Seguidamente llevó la mirada a mí y luego a lo que estaba leyendo. Su mirada cambió completamente. Reflejaba odio.
- ¿Los has estado leyendo? – preguntó seria
- _____... Yo….
- Respóndeme.
- Algunos… Pensé que no importaba si los leía…
Se acercó a mí y me los quitó de las manos. Alzó su dedo índice y lo alargó hasta la puerta.
- Fuera.
- ¿Qué?
- Que te vayas, Harry.
- ¿Por leer unos estúpidos papeles?
Y entonces ahí sí que la había cagado. Tensó la mandíbula y tragó saliva.
- ______... Perdón, no quería decir e-
- Fuera.
Agaché la mirada y salí por la puerta. Ella la cerró detrás de mí. Me apoyé sobre la madera barnizada. Me quedé mirando el techo durante un par de segundos, y entonces la oí llorar. Me quedé en silencio y pude escuchar como andaba de un lado para otro y tiraba algo de porcelana al suelo, seguido de un chillido. Ahí supe que el único que se estaba volviendo loco por culpa del otro, no era sólo yo. Esto era demasiado insoportable. Demasiado parecidos y demasiado diferentes. La quería. Estaba seguro. Volvió a gimotear y era un llanto tras otro. Mis manos me temblaban. No podía hacer nada. Éramos ella y yo, separados por una puta puerta. Saqué de mi bolsillo una hoja y empecé a escribir. “Lo siento.” Y la pasé por debajo de la puerta. Esperé un minuto, dos, cinco, diez y quince; entonces salió otra hoja por el mismo sitio que yo la había enviado. “Vete, Harry. No puedo seguir con esto. Vete lo suficiente lejos como para que pueda olvidarte.” Y entonces se derramó una lágrima. Suspiré y volví a inhalar el aire. Escribí. “¿Qué pasará ahora con nosotros?”. Lancé y tardó un par de minutos en aparecer de vuelta. “Nunca hubo un nosotros.”
Susurré su nombre tres veces, hasta darme cuenta de que tenía la cara empapada de agua salada. Volví a respirar y supe que era el momento para volver a casa.
Fui lo suficiente fuerte como para subir en ascensor y secarme las lagrimas mientras subía. Me miré en el espejo de allí. Pestañeé un par de veces intentando que no se me hinchasen más los ojos. Revolví mi pelo y salí de ese artilugio. Metí la llave en la cerradura y la hice girar. Ahí me acordé de esa frase que mi hermana siempre decía cuando algún capullo le hacía daño; “los hombres son como las llaves, y nosotras como los candados. Unidos se complementan, pero una llave sin nada que pueda abrir, es una completa mierda; en cambio un candado el cual nadie pueda abrirlo, es de lo más seguro.” Suspiré. Abrí la puerta y la cerré tras de mí. Adam estaba despierto. Las siete. Me miraba con drama. Malas noticias.
- Tenemos un problema, tío.
- ¿Otro más? – susurré para mis adentros
Le miré y luego desvié mi vista a sus manos. Tenía una carta certificada por el gobierno de Gran Bretaña. En estos momentos no podía ser nada bueno.
- ¿La has leído? – pregunté
- La mía sí. Pero dudo que la tuya sea diferente.
- ¿De qué se trata?
- Léelo tú mismo.
Me pasó una carta sin abrir. Sobre blanco y sello de mi país. Pasé los dedos por la parte superior para poder abrirla; la mano me temblaba. La abrí y saqué la hoja doblada en tres. “Harry Edward Styles, en voz de todo el Gobierno Británico…”. Tuve que leérmela un par de veces para saber que todo eso era real. No era una maldita broma. Miré a Adam y él me miró a mí.
- ¿Qué quiere decir todo esto, Adam?
- Que se han acabado las vacaciones. – silencio – Hay que volver a Londres.
Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada