Entonces lo entendí. Sabía más que nadie de todas esas
chorradas que la gente siempre hablaba. Sabía de eso que llaman amor. Quizás
nunca había sido tan consciente como ahora de todo lo que había pasado. Nada de
lo que habíamos hecho había estado bien. Empezó rápido y así acabó. El odio
puede convertirse en amor, y el amor puede llegar a convertirse en odio. Hay
gente que ríe a carcajadas y otras que les hacen reír mientras lloran. Hay
gente que cambia vidas y vidas que cambian gente. Hay momentos que te alegran
el día o días que preferirías olvidar por momentos. Hay adultos que creen en
los sueños y personas que reparten ilusión. Hay gente que brota lágrimas y
gente que brota entre las lágrimas. Hay gente que es capaz de salvarte de ti
mismo. Hay siete mil millones de personas en todo este puto planeta, y sin
embargo yo sigo sin creerme que sólo haya una capaz de hacerme sentir eso que
llamaba chorradas. Amor, eres tú. Nunca he sido capaz de llamarte de ninguna
forma cariñosa. Supongo porque no tenía huevos a aceptarlo o simplemente tú no
querías que te nombrase así. Pero ahora podría pasarme todas las horas de mi
vida llamándote. Llamándote ______, amor, cariño, mi vida, princesa, mi musa,
chica de las fotos o sonrisa de porcelana. Como tú quieras. Diciéndote lo guapa
que estás cuando crees que no te miro o cómo son tus pestañas en el reflejo de la luz. Podría comprarte a
todos los chinos que venden flores y bajarte la luna. Que desde que te conocí
mis pies no tocaron el suelo. Y que desde que me despedí de ti, me he comido el
suelo. Porque a veces hay que aceptar que ciertas personas solo pueden estar en
tu corazón, y no en tu vida.
Las rejas se abren y mi maletón y yo entramos. El suelo de
arena, preparado para romperte los pantalones y dejarte las rodillas como un
niño pequeño. Pero nada de esto era un juego. No había marcha atrás. Había
dejado ya a mamá y a Gemma en la reja anterior. Ahora estaba yo aquí, sólo. Sin
saber qué hacer ni a dónde ir. Con un hombre, sin pelo y con gorra que no
paraba de mirarme mal. Me dijo que me pusiera a esperar con el pelotón. Caminé
hasta allí y notaba como estaba siendo observado por todos esos hombres. Había
varios con rastas, otros tenían pinta de hombres croissant y otros eran
simplemente unos debiluchos.
-
¡Pónganse firmes! – gritó un hombre, que según sus
estrellas, era nuestro superior
Todos dejamos el maletón a nuestro lado y nos pusimos en
línea recta. Espalda firme y brazos a ambos lados. Mirada al frente.
- Esto no es un campamento para niñas repipis que
juegan con tacitas de té. ¡Aquí están para honrar a su patria! ¿Entendido? –
respiró y volvió a mirarnos – A partir de ahora cada vez que diga “entendido”
vosotros gritaréis “sí, señor”. ¡¿Entendido?!
-
¡Sí, señor!
Silencio. Empezó a pasearse por delante de todos nosotros;
observándonos con superioridad y estupidez. Le miraba a los ojos continuamente,
hasta que me topé con su mirada.
-
¡¿Quién te has creído para mirarme directamente
a los ojos?! – me gritó. Llevé mi vista al frente - ¡Ninguno de vosotros tiene
el derecho de mirarme! ¡Hay que mirar a las personas de reojo! ¡Ver sin poder
ser vistos! – resopló - ¡No sé a quién pretenden engañar diciendo que son unos
hombres!
No tenía ningunas ganas de seguir aquí. Sabía que desde el
primer momento que había pisado esta arena, no podía volver a ser el mismo
Harry Styles con el que me fui de España. Aquí tenía que ser el mismo chulo
playa que siempre. O me comían. O pisas, o te pisan. Tú decides.
-
Eh, tú – me dijo - ¿De dónde eres?
-
Holmes Chapel, señor.
-
¿Holmes Chapel? No tienes piel de vivir aquí.
¡¿Qué eres?! ¡¿un metrosexual que vive de los rayos uva?!
-
No, señor. He estado de vacaciones en España.
-
¡Me importa bien poco qué hacías mientras desobedecías
a tu patria e ibas criticando a tu país!
Nos quedamos en silencio. La verdad es que me hubiera
gustado seguir gritándole y acabar diciéndole toda la mierda que me parecía
esto, pero cerré la boca, para no tener que pasarnos la noche entera corriendo.
Me llevaron hasta una caseta llena de ropa. Había varios
tipos con ametralladoras colgadas y observándome con asco por entrar allí. Cogí
la ropa que quedaba de mi talla y unas botas de dos tallas más grandes. Me
acompañaron hasta el cuartel. Pintura con paredes. Humedades con techos. Mugre
con colchones.
Entré por la puerta con todas las manos ocupadas y dejé las
cosas sobre una cama vacía. Sólo había siete personas en todo el cuartel, y
podrían caber otras diez. Fui al taquillero del final y busqué la 102; mi
supuesta taquilla. Guardé mis cosas y la cerré rápido. Volví a la cama y empecé
a cambiarme la ropa. Pantalones de militar y camisa blanca. Bueno, un blanco
tirando a marrón. Miré mi reloj; las doce y media. Cogí la chaqueta de militar
y la gorra y salí del cuartel. Seguí a un grupo de gente que iba hasta otra
caseta y allí me puse a hacer cola. Le di en el hombro a un chico para que se
girase a verme.
-
Perdona, ¿qué hay qué hacer? - pregunté
Me miró de arriba abajo y se quedó mirándome el pelo.
-
Nos rapan. - rió
Y entonces ahí es cuando supe que esos meses iban a ser los
peores de toda mi vida. Me iban a quitar el pelo. El pelo del que mi madre
estaba enamorada y que tanto había querido que mantuviese.
-
¿Al cero?
-
Al cero.
-
¿Y si te opones?
-
Al cuartelillo y te lo cortarán cuando duermas.
O te lo arrancarán a bocados. Tú decides.
Tragué saliva. Yo no estaba hecho para este mundo. Supongo que
me habré creído como aquél dios griego el cuál perdía fuerza si no tenía el
pelo. Pero a quién voy a engañar; yo ya no tengo fuerza. La perdí toda al
despedirme de ella.
No.
No pienso volver a hablar de ella en el tiempo que estoy
aquí. Y voy a salir de aquí. No pienso morir aquí. Vuelvo a ser el Harry Styles
que todo el mundo conocía.
Me puse recto y volví a avanzar en la cola. Media hora hasta
que llegué al marco de la puerta. Había dos hombres cortando el pelo. Todos los
tipos como yo se sentaban en las sillas de madera y les rapaban hasta que la calva reluciese.
Tres personas y me tocará a mí. Recé para que ese tiempo se me hiciera eterno;
pero no lo fue. El barbudo me llamó y me senté en la silla. Tenía un espejo
delante y otro detrás. Me puso un plástico azul por encima del torso y encendió
el maldito aparato. Un zumbido que se pasaría la noche entera en mi cabeza. Y
entonces lo acercó a mi cabeza. Cerré los ojos mientras notaba que algo me
recoría. Entonces abrí los ojos. Y no vi ni rastro de mis rizos.

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