POV’s ________ (Tu punto de vista)
Me desperté sollozando. Tenía la respiración descontrolada y
los ojos aún mojados. Otra vez había vuelto a soñar con él. Miré a la mesita de
noche y todavía seguía ahí el amuleto que me regaló. Suspiré y me caí sobre la
cama. Él me faltaba a mi lado. Ahora sería el momento de hacernos los
pastelosos. Escuchar como dice mi nombre y me rodea con su brazo. Pero no me
permiten tener tanta suerte.
Me lamento por esos cinco minutos donde la cama está fría.
Trago saliva y espero que estés bien. Vuelve a caerme una lágrima. Estoy harta.
No puedo seguir lamentándome y sin hacer nada. Cambiaré. Cambiaré con tal de
romper esta maldita melancolía. Diría que me buscaría a un cualquiera, daría el
braguetazo del siglo y que volvería a ser feliz. Pero no puedo estar con una
sonrisa en la cara sabiendo que quizás estés muerto.
Me obligué a mí misma volver a levantarme de la cama. Ahora
ya no estaba en la casa de la playa. Había vuelto al pueblo. No podía seguir
paseándome por esas calles sin ver su cara hasta en las farolas.
Con los calcetines altos por los tobillos y la camiseta por
los mulsos, me calenté un vaso de leche. Cuando él se fue pensé en empezar a
beber café, para poder aún sentirle cerca, pero me di cuenta de que eso me
enfurecía aún más. Saqué la taza del microondas y me senté en el escritorio,
con la luz haciéndome sombra y un papel amarillento. El bolígrafo me pedía a
gritos que empezara a escribir. Pegué un sorbo a la leche y me hice un moño.
Empecé a escribirle. Escribir algo que quisiera que él leyese. La razón
contraria por lo que le dejé marchar.
“Hola Harry. Realmente no tengo la esperanza
de que te llegue esta carta. Ni tampoco de que tú recuerdes quién soy. Te
escribo con la esperanza de mis jodidos miedos desaparezcan de mi puta cabeza.
Perdón por las malas palabras, pero se me hace tan difícil (aún más) controlar
mis impulsos si tú no estás.
Estoy sentada delante
de la ventana, desesperada por volver a verte. Y créeme, volveré a hacerlo. Aunque
me cueste la vida. Agarro con la mano izquierda el amuleto con forma de libélula,
que tú me diste antes de marcharte. Sigo
pensando que ese amuleto eres tú en plata. Tú eres la libélula que necesita
este mundo. Este mundo en el cuál para mí sólo eres tú. La libélula rápida,
escurridiza, insonora y protectora. Sé que siempre has querido protegerme. Pero
no te diste cuenta que el que estaba en peligro eras tú. Yo soy la trampa.
No sé cómo seguirán
las búsquedas de guerra por tu país, pero aquí la cosa siempre va a peor. Y no debes
preocuparte por mí, yo estoy bien. O eso me enseñó mi madre a decir a la gente
cuando me preguntase. Aún con lágrimas en los ojos y las muñecas llenas de
sangre, decir que estás bien, es fundamental. Defectos míos, ya sabes.
Encontré un reloj tuyo
por mi casa. Lo tengo parado en la hora que te fuiste. Siempre lo llevo en el
bolsillo trasero de mi pantalón. Dónde a ti te gustaba llevar las manos. Ahora
he dejado de pintarme las uñas. Realmente no tengo ganas de ver colores donde
solo hay tristezas. Ya la música en mi casa sólo se apaga para dormir. Y a
veces ni eso, porque me quedo sollozando a la canción que regreses.
Pero no te he escrito
para hablarte de mí. Ni del montón de peso que he perdido desde que te fuiste.
Créeme, no te gustaría verme. Ni que ahora he dejado de pintarme las pestañas,
porque ya no tengo ganas de salir volando. Y ya sabes, tú y yo nunca tuvimos
una banda sonora que nos idealizase. Ni ningún objeto por recordar. Tampoco
teníamos la intención de ir agarrados de la mano. Tú preferías llevarme a
caballito y torcerme huesos. Y te lo agradezco. Ahora soy de esos locos de hace
diez siglos, donde decían tener un dolor que engendraba placer.
Amarte, no fue nada
fácil. Nuestro amor era como saltar a la vía cuando la campana suena. Como adelantar
a la policía por la derecha, o comer Oreo sin tener un cepillo cerca. Fue algo lerdo,
irrespetuoso y lleno de culpas y remordimientos retrasados. Ni tú ni yo hemos
sido de eso que llaman una pareja normal. Pero te sigo queriendo, ¿sabes? Sé
que tampoco hace tanto que te marchaste, pero sin embargo yo ya te echo en
falta.
Cada noche le rezo a
todos los dioses que wikipedia conoce, y les pido que por favor no te pase
nada. Porque yo necesito verte una vez más. Solo una más. Sé que estás vivo. Ya
que no hay bala, ni mísil, ni bomba atómica que pueda con tu tozudez y la mía
juntas.
Sabes que no me gusta
que me sustituyan. Así que recuerda que la mayor guerra de tu vida, soy yo.”
Guardé el bolígrafo y
me levanté de la silla. Cogí la taza y la estrellé contra el suelo. Se me
escapó un pequeño sollozo. Esto era demasiado duro. Había luchado tanto por ser
una persona dura, fría y distante. La cual fuese lo suficiente independiente
como para no necesitar nada de nadie. Tantos años luchando, para que ahora volviera
a estar como al principio. O peor. No puedo volver a esa locura. No puedo
quedarme parada sin hacer nada. No mientras esté viva.
Suspiré intentando tranquilizarme. Cogí la escoba y recogí
todo lo que acababa de liar. Pensé en fumarme un cigarro, de esos que tengo en
la mesita de noche. Luego recordé que odiaba el tabaco. Y que si tenía ese
paquete era por algún borracho de este país que se lo había olvidado en casa. Fui
a la mesita de noche, los saqué y los tiré por la ventana. Me molestaba todo
aquello de la habitación. Todo. Todo me recordaba a la persona que ya no era.
Había cambiado demasiado. Yo ya no era la misma. No podía actuar como tal.
Me acerqué a la pared, con la navaja de bolsillo a la altura
de los hombros. Me paré delante de ella. Suspiré. No ganaría nada rajando las
paredes. Esta locura no me hacía ningún bien. Lo peor es que era consciente de
hasta qué punto podía llegar mi demencia. Si no aparecía antes la esquizofrenia.
Intenté borrarme las imágenes de la cabeza y me metí en la
ducha. Iba a vender esta casa. Y en cuanto saliera de esta ducha húmeda, me
iría de aquí.
Y así lo hice. Recogí mis cosas y colgué un cartel de “se
vende”, en las barandillas del balcón. Me colgué el amuleto del cuello y di uno
de mis habituales portazos. Así que volvió el eco.
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