dijous, 18 d’abril del 2013

Capítulo 19


Pov’s____________ (Tu punto de vista)
Hola Tatiana,
Aún tengo tu imagen impresa en mi cabeza. Hacía mucho tiempo que no hablábamos tan así; yo aquí escribiéndote y tú allí leyéndome. Sé que ha pasado mucho tiempo. Y me hubiera encantado llamarte y pedirte consejo. Decirte que, algo (o alguien) me estaba cambiando. Te pediría que me devolvieran a mi antiguo yo. Con el corazón y el culo como piedra. Dónde solo buscaba un tío que me follara; y no a un tío que se preocupa de que al mear no manche mi váter. ¿Recuerdas cuando brindábamos en la cubierta de aquél barco por un “ojalá”, por un “quizás” o por un “no creo que suceda”?. Dónde me explicaste tantas cosas. Y yo tantas mías. Como la hermana mayor que nunca tuve. Aunque solo nos hayamos visto una vez. Siempre me he sentido sola. Menos cuando apareciste tú. Y cuando apareció él. Irónica la forma de llamarlo; “él”. Él que quizás no sea de esos romanticones que te comen el coño con nata y fresas. Pero ya sabes que yo tampoco soy de esas. Aunque tampoco estoy segura. Ya te he dicho que he cambiado tanto. Pero ahora él no está. Y me duele tanto. Me duele tanto que mataría por volver a ser mi antigua yo. Por volver a ser tan como tú. Espero que algún día me perdones por haber roto una promesa. Perdóname por haber quemado las doscientas cincuenta y seis fotos de mi caja de zapatos. Menos la última. En la cual salía él. Pero quiero que sepas que no me arrepiento, ni me arrepentiré.
Siempre estaré para ti,
__________.

Apoyo la cabeza en el cristal frío del tren. Va dando pequeños brincos cada diez segundos. Pienso en mí, y en la locura que estoy cometiendo ahora mismo. A punto de pasar por debajo del atlántico para ir en busca de un hombre que no sé donde está, ni cómo está, ni si quiera si aún está en este puto planeta. Pero supongo que eso de razonar nunca se me ha dado muy bien. Miro el reloj y marca las doce y cuarto de la noche. Tengo un hombre delante de mí, sigue despierto, aunque no se ha percatado de mi presencia. Está muy ocupado leyendo en su fantástico Ipad. Me muevo y me ve. Sonríe. A ninguno de los dos nos vendría mal algo de conversación.
Se saca los cascos y me dice:
         -          ¿La he despertado?
         -          No, no. No se preocupe. – silencio - ¿Y usted, no puede dormir?
         -          Por favor, no me trate de usted, tenemos la misma edad. – vuelve a sonreír
Me fijo en sus ojos azules, con mirada desolada. Aún con algo de esperanza.  Supongo que al igual que la mía.
         -          ¿A dónde te diriges? – le pregunto
         -          Londres. Por trabajo. ¿Tú?
         -          Cheshire. Por amor. – le aseguro - ¿De qué trabajas?
         -          Periodista.
Me quedo en silencio. No creo que sea muy bueno trabajar de eso y estar aquí. Apenas hay información de los problemas de Gran Bretaña. Y por algo será.
         -          Te aconsejo que la gente no lo sepa. Podrías meterte en líos.
Me sonríe con los ojos.
         -          Gracias. – suspira - Te aconsejo que si quieres una vida tranquila, vayas a América y te olvides de ese chico. No saldrá de aquí hasta que se acabe la guerra.
         -          La tranquilidad no es lo mío. – sonreí – Nunca lo ha sido.
         -          Entonces – me da esperanza con la mirada – nunca te rindas.
Me abraza sin tocarme y observo cómo se mueve el paisaje (o más bien luces). Al cabo de media hora, el bus se detiene. Llegamos a un pueblo con complejo de rancho. Un pueblucho que cualquiera sería capaz de olvidar. Cojo mi chupa de cuero y me la pongo en ambas mangas. Dejo mi bolso y mi mochila encima del asiento. No tengo nada que me puedan robar. Todo mi dinero lo llevo en mi teta izquierda. Para variar.
Bajo del autobús y camino hacia un bar, al cual se dirige todo el mundo. – Voy a ser algo sociable – pensé. Pero en cuanto vi como había más humo que oxigeno, la idea desapareció de mi cabeza. Me acerqué a la barra, dejando sobre mis muslos la chaqueta y colocando ambos codos sobre la mesa. No pensaba dar buena impresión. Es más, tenía la intención de embriagarme, que se me pasara el camino rápido y contarle, al pobre desgraciado que me sirviera una copa, todos mis problemas.
         -          ¿Qué le pongo a la señorita? – me preguntó. Aún no sabía que yo podía ser el peor de sus problemas esta noche.
         -          Un vaso de ron.
         -          ¿Con qué se lo mezclo? – sonríe
         -          Con nada. – aseguro – Puedo con ello.
Alza una ceja y se aleja de mí. Y en un tiempo mucho más largo de lo deseado, me trajo mi ron. Le doy un trago como si de agua se tratase y noto como todo mi cuello arde. Me gustaría hacer ese suspiro para evitar el ardor. Pero prefiero sufrir. Siento que me lo merezco. Y es entonces cuando se me acerca el más capullo de todo el bar. Se sienta a mi lado; como si yo tuviera algún interés. Acerca su brazo al mío más de lo necesario y le pide una copa al camarero. Alzo la mirada al techo. No quiero hablar. Me tiraría un eructo con tal de que éste se alejara. O un pedo. O ambos. Pero ante el miedo de que se me una al sonido, prefiero quedarme con cara de mala hostia y mirar al techo.
         -          Hola preciosa. – Me susurra traspasándose el límite. Me aparto un poco, dejándole claras las distancias.
         -          Hola.
Le doy otro trago al vaso. Sé que me está mirando. Y cada vez suma más puntos para llevarse un guantazo. Yo no soy de esas pánfilas de los libros que se creen alagadas cuando un hombre la mira. Prefiero las cosas claras.
         -          Nunca te había visto por aquí.
         -          Será porque no soy de aquí. – le sonrío con falsedad y vuelvo a mi vaso.
         -          ¿Quieres? – me dice acercándome su cigarro a mí.
         -          No, gracias. No fumo.
         -          Estar rodeada de humo o fumar; es prácticamente lo mismo.
         -          En ese caso no fumo de cigarros desconocidos.
         -          No tengo ninguna enfermedad, eh. – me sonríe
         -          Ni yo ganas de partirte la cara. Así que haz el favor de alejar eso de mí.
Me sigue mirando en silencio. Hasta que me cabreo y le miro a los ojos con ira.
         -          Veo que no quieres hablar. – me dice el muy imbécil
         -          Veo que ves bien.
Se levanta de la silla y se va. Doy gracias a Dios y a la virgen por tener esos dos minutos de soledad sin que nadie me moleste. Hasta que vuelve a llenarse la silla. Miro y es mismo hombre del tren. 
         -          ¿Te vas a quedar ahí sentada embriagándote con la música que está sonando? – me cuestiona
         -          Sí. No se me da bien bailar.
         -          Venga ya. A todas las mujeres se os da bien. – y sonríe.
Decido apartar mi mirada del vaso, para encontrarme con la suya de ojos azules. Parpadeo de nuevo para no embobarme y sonrío.
Os seré sincera, si no hubiera conocido a Harry, me pondría a zorrear. A comerle la boca y lo que no es la boca también. Y después irme sin ninguna preocupación. Pero ni esos ojos azules, ni la camisa a cuadros, ni el pelo engominado, ni esos labios rosados, podían compararse con él. Prefiero los bolsillos vacíos y las bambas llenas de arena. Los condones de su cartera y mis manos en sus rizos. Apestar a su sudor, antes que cualquier otra colonia. Arrancarme las pestañas para que me pida deseos y dejar que cree la vía láctea por mi espalda. Que se queje de mis pies fríos o se burle de mi apestoso francés. Que se quede tirándome cartas bajo una puerta y con el pelo mojado. Que se dedique a hacerme cosquillas sin tan siquiera tocarme. Prefiero al chico de ojos verdes, que por fin aprendió a besar con los ojos cerrados. Al chico que me prometió únicamente follarme, y el que ahora espero encontrar cada mañana al despertar.
Así que ponme otra copa, porque no tengo intención de recordarte mañana. Y tú tomate otra, porque no te sentará bien recordarme mañana.

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