Siempre han dicho que de ilusiones se vive. Que mientras
queden sueños por cumplir la muerte puede esperar. Que no hay nada más fuerte
que la esperanza. Que si quieres, puedes. Y supongo que eso es lo que hoy me
mantiene vivo. La esperanza de que en algún momento volveré a verla. Ya sea
real o irreal, pero la veré. Esa plácida tranquilidad que me da, aún con el
mundo derrumbándose a mi lado. La energía que me transmite. La fuerza que
tiene. Esto vale más que cualquier granada, bala o guerra mundial.
Noto de nuevo la luz en mi ojo derecho. Enfoco la vista y
aparto la linterna de mi cara. Tara sonríe. Estamos solos en la enfermería. –
Mierda, he vuelto a desmayarme – pienso. Me froto los ojos y la miro. Debajo de
la bata blanca lleva unos tejanos oscuros ceñidos. Y una camiseta roja de pico.
Las mismas uñas rojas que siempre y la linterna detrás de la oreja. Se ha
pintado suavemente la raya del ojo inferior y algo de brillo de labios. Pero
estoy demasiado desorientado como para darle importancia. Me da un golpe en la
rodilla y ésta salta.
-
Bien, parece que sigues teniendo reacción. –
sonríe
Y cuando sonríe sale el sol. El grifo deja de gotear y la
música de ambiente empieza a sonar. Y el problema no es que no me guste, si no
que empiezo a plantearme si es real o solo mi imaginación.
-
¿Qué pasó para que te desmayaras, Harry?
Lo recuerdo y me miro la pierna. Me han cortado el pantalón
y tengo el muslo inmóvil por el yeso.
-
Me pegaron un tiro. - dije
-
Liam no me dijo eso. – me retó – Decía que viste
a alguien. Alguien que no estaba.
Contesto con un largo silencio hasta que me pone la mano en
mi pierna libre para que la mire a los ojos.
sos ojos miel que buscan una
respuesta sin necesidad de palabras.
-
Está bien – empecé – La vi a ella de nuevo.
-
¿Quién es ella?
-
Mi novia. – aseguré
-
¿Te pudiste despedir de ella antes de entrar en
el ejército?
-
Sí.
Se quedó pensando. Yo cerré los ojos esperando que no
hubiera más preguntas. Pero la suerte no se iba a poner de mi parte.
-
¿Cuándo la ves, te habla?
-
Esta última vez sí lo hizo. Es la misma chica de
la que estoy enamorado.
-
¿Y aparece de repente?
Suspiro y estiro el cuello hacia arriba. Esto es una
tortura. Odio hablar de ella. Odio hablar de lo que veo o no veo. Odio que me
quieran arrebatar lo que es mío.
-
Styles, tienes que intentar no ir a buscarla.
Y entonces me arde la sangre. No puedo hacerlo. Y ella lo
sabe. Lo dice como si fuera fácil, como si todos pudiéramos pasar de lo que más
amamos. Cómo si ella no se hubiera enamorado nunca.
-
Sabe que no puedo. – le digo
-
Claro que se puede.
-
¿Cree que no bebería un alcoholico si lo deja
dentro de un bar lleno de botellas? ¿Si una cleptómana se podría quedar quieta
en una tienda sola? ¿Si un psicópata podría estar relajado con una pistola en
la mano? – ella me alzó una deja - ¿Cree que un enamorado podría dejar a lo que
más quiere que le hagan daño?
Se hizo el silencio. Tragué saliva pensando que era el final
de la conversación. Pero no lo fue.
-
No te he dicho que lo hagas, si no que lo
intentes. – me dijo – Ahora no vas a poder salir de la enfermería en mucho
tiempo. – me maldije a mi mismo – Debes encontrar la paz en ti, en darte lo que
te mereces. – Silencio – Mi abuela decía que la única forma de solucionar el
problema, era tratándolo.
-
¿Y cómo se trata con algo que está en tu cabeza?
-
Plantándole cara y no poniendo escusas.
Procuré quedarme en silencio. No quería seguir con esta
conversación de idiotas sin llegar a ninguna parte. Estaba claro que ella nunca
había pasado por lo que yo. No tenía derecho a juzgar la forma de proteger a
las personas que tengo. Ella solo se dedicó a llevarme a la habitación de la
enfermería, donde había una cama y un baño. Y para mi sorpresa más limpios que
los del cuartel. Me senté en la cama y ella se fue. Me dejé caer, a la espera
de que me volviera a desmayar y no despertar. Pero no pude. Y me quedé mirando
el techo. El techo grisáceo y mugriento.
Noté como se sumergía el calor sobre mi pecho. Alguien me
acariciaba. Abrí los ojos poco a poco y la vi. Con su pelo cayendo sobre los
hombros. Con su sonrisa de anuncio y los ojos color cafés más bonitos que veré
en toda mi vida. Con su olor particular a lavanda y suavidad en el vientre,
pero sequedad en las manos. Tan frágil y tan fuerte al mismo tiempo. Me coloqué
a la altura de sus ojos, preguntándome si era real o irreal. Me acerqué a sus
labios y ella dejó caer su aliento sobre mí. Entonces recordé que no me
importaba de qué forma la veía. Sólo quería verla. Y entonces la cogí de la
cintura y la besé. Noté de nuevo sus labios rozando los míos. La forma de
acariciar el cuello de mi camiseta. El compás de su lengua que siempre me
dejaba acompañar y la forma en que mi pecho se descontrolaba. Volví a pegarla a
mí, a la espera de que pudiera darme algo más de amor. Algo a lo que agarrarme.
Algo con lo que calmara mi locura. Pero se apartó de mí y se sentó a mi lado.
Mirando a una pared sin nada y con los pies colgando.
-
Sé que quieres hablar, Harry. – me dijo
Y que quisiera hacerse la listilla, me causaba más dudas de
si era solo una alucinación.
-
Yo sólo quiero estar contigo, _______. Me da
igual de qué forma.
-
No es verdad. Quieres estar con ella. Ella en la
realidad. – suspiró y volvió a mirarme – Yo sólo soy producto de tu
imaginación.
Me froté los ojos y me tapé la cabeza con las manos. Notaba
como ella me acariciaba la espalda. Era reconfortante, pero no cómo si de
verdad estuviera allí.
-
¿Y por qué no desapareces y ya está?
-
Yo no puedo hacer eso, Harry. Sólo lo puedes
hacer tú. Tú mandas sobre tu cabeza.
-
No estoy tan seguro de eso.
Me cogió de la barbilla y besó mi mejilla.
-
Quizás no desaparezca Harry, pero si no me
prestas atención, acabaré haciéndolo.
-
No puedo, _______. – le digo – Podría no
buscarte, no hablarle a nadie de ti, no escuchar tu voz, y pasar días sin
olerte. Pero no me pidas que huya si me persigues.
-
Soy tu pasado. A todos nos persigue nuestro
pasado.
-
Me niego a que seas únicamente mi pasado.
-
Está bien. – empieza a enfadarse – Pero por
ahora no puedo ser tu presente. Así que haz el favor de mantenerte con vida de
la forma que sea, porque entonces sí que no seremos nada.
Noté como volvía a marearme. La vista se me nublaba y cogía
forma de túnel. Las orejas empezaban a emitir pitidos. Pero me prohibí a mí y a
todo mi subconsciente desmayarme otra vez. No volvería a desmayarme. Así que
cerré los ojos. Pero al abrirlos ella ya había vuelto a desvanecerse.
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