diumenge, 15 de setembre del 2013

Capítulo 32

Despertar con ella entre mis brazos era increíble. Y me encantaría poder repetir esa sensación cada día. Pero ya hacía semanas de esa noche. Y el general no estaba dispuesto a dejarme repetirlo. Y me hacía pasarme las noches saltando vallas o corriendo alrededor del cuartel.
Bajé las escaleras con la bolsa de la ropa sucia a la espalda. Niall venía conmigo durante el camino. A estas horas siempre hablaba del dinero que había ganado jugando al poker y de las muchísimas cosas que hará cuando salga de la guerra.
Llegamos al cuartel de lavandería y delante de una lavadora, echando suavizante a la ropa, estaba ella. 
          -          Mira quién está allí – me dijo
          -          Dame tu ropa. Ya te la pongo a lavar yo.
Él sonrió y después guiño un ojo para despedirse. Me colgué también su saco a la espalda y caminé hacia la lavadora de su lado. Puse las bolsas encima y la miré. Ella ya me estaba observando. Sonreía. Qué bonita es. Sonreí y llevé mis ojos a la lavadora. Mientras iba metiendo la ropa en el agujero, ella me hablaba.
          -          Hola, eh. 
          -          Buenos días. 
Seguí poniendo la ropa sin prestarle mucha atención. Intencionadamente. Me encantaba verla desesperada por qué le hiciera caso. Ver que también me necesitaba. Aunque no tanto como yo a ella. 
          -          Me gustaría que te hicieras el difícil de otra forma. Ya sabes, dejando de contestar a mis mensajes, llegando tarde a las citas, no pagar mi entrada del cine, no prestándome tus sudaderas... Pero parece que aquí te tienes que complicar para intentar esconder que yo te vuelvo loco.
Volví a ver cómo se reía. De mí. Reí también. Me puse detrás de ella y se giró para verme. Me pegué a dos centímetros de su boca. La miré y me lamí los labios. Ella imitó mis pasos.
          -          Parece que tú tampoco puedes esconder lo que provoco en ti.
Dejó de mirarme el labio inferior y sonrió.
          -          Entonces, por fin estamos de acuerdo en algo, pero no sé porqué te empeñas en dejarnos con las ganas a ambos.
Me reí y puse un mechón de su pelo tras la oreja. Observé sus ojos y me pegué a ella. Dejé caer mi respiración sobre su boca. Noté como sonreía. Miró hacia arriba y elevó una ceja. Llevé mis manos a su cintura y agarré su trasero. Acabé de acercarme y apreté sus suaves labios contra los míos. Olía a lavanda. Daba igual el tiempo que pasara fuera de casa que ella siempre seguiría oliendo igual. Entré mi lengua sobre su boca y ella me dejó jugar. Sin separase de mí fue bajando a mi cuello. Beso tras beso. Sin poder evitarlo cerré los ojos y los pelos de mi nuca se erizaron. Volví a agarrarme a su culo y la subí a mi cadera. La dejé apoyada sobre la lavadora en marcha. Notaba como sus piernas rozaban maliciosamente la costura de mi pantalón. Metí mis manos entre su camiseta y acaricié la costura de su sujetador. Noté como su piel se erizaba y llevaba sus manos a mi cuello y volvía a besarme. La pegué mucho más a mí. Notaba como su pecho se pegaba al mío y sus ojos se mantenían cerrados cada vez que la acariciaba. Acercándome todo lo que podía fui bajando hasta su cuello dando besos en cada centímetro de mi piel. Me paré en su cuello, muy cerca de su oreja y volví a marcar un beso. Lamí el trozo de piel y noté como contrajo todos sus músculos.
          -          Te quiero. – me dijo
          -          Se supone que eso se dice al final de hacerlo.
Rió. Y abrió los ojos, topándose con los míos.
          -          Pero yo ya estoy segura de que lo hago antes de hacerlo.
Volví a besarla. Y yo también la quería. Y quería demostrárselo. Ella llevó sus manos dentro de mi camiseta y me la quitó. Rozó mi espalda y besó mi nuca. Impidiendo que se apartara de mis labios, le quité la camiseta y bajé sus pantalones. Ella desabrochó mi cinturón y dejó que cayera mi pantalón con él. Ella volvió a besarme en la oreja y yo me encargué del resto. Llevé mi mano a su nalga. Ella me puso el condón mientras yo seguía acariciando su dorso. Toqué su clítoris y luego entré en ella. Vi como apretaba sus párpados y metía sus manos entre mi pelo. Lo agarró y me pegó a su boca. La besaba sin cansarme. Como una jodida droga. Y me dejé recordar mis viejos momentos con ella. Su cuerpo tan perfecto. Tan suave. Tan bella. Me deslizaba entre su cuerpo y seguía siendo jodidamente hermosa con la piel mojada en sudor. Seguí moviéndome y clavó sus uñas en mi espalda. Noté como todo mi cuerpo se contraía y se relajaba de golpe. Ella llevó la cabeza hacia arriba y yo sorbí en su cuello. Dejando una marca que duraría tiempo en irse. Volví a besarla y acaricié su cintura. Luego llevé mis manos a sus pechos y finalmente acabé en su ombligo. Los pelos de mi nuca se erizaron y mis músculos y los suyos se contrajeron. Algo se desprendió y noté como arañaba mi espalda y mordía mi labio inferior. Nos quedamos así un segundo más de lo habitual. No quería separarme de ella. Pero besé sus labios y me aparté. La ayudé a bajar y volví a colocar su mechón de pelo tras la oreja.
          -          Eres perfecta.
Sonrió y volvió a besarme. Después se separó de mí y se vistió. La imité y ayudé a encontrar su ropa interior de entre los muebles. Ella llevaba la sonrisa gravada en los ojos. Era preciosa. Nada ni nadie podría superarla.
Cuando estaba dispuesta a irse, me dio un beso en los labios y se dio la vuelta. No dejé que diera otro paso más y la agarré de la mano. La pegué a mí y volví a besarla. Pero esta vez aún más despacio. Marcando cada movimiento que hacía en su boca. Notando incluso como se movía el aire en el aleteo de las pestañas.
Me alejé y nos echamos una de esas miradas para no olvidar. Donde te quitan unos segundos de vida y parece que queramos morirnos mañana. Y a poder ser, que me mate tu sonrisa. Porque morir gusta, y más cuando me matas tú.

Y volví a besarte. Porque muy en el fondo. Tanto tú, como yo. Sabíamos que sería el final.

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