Despertar con ella entre mis brazos era increíble. Y me encantaría
poder repetir esa sensación cada día. Pero ya hacía semanas de esa noche. Y el
general no estaba dispuesto a dejarme repetirlo. Y me hacía pasarme las noches
saltando vallas o corriendo alrededor del cuartel.
Bajé las escaleras con la bolsa de la ropa sucia a la
espalda. Niall venía conmigo durante el camino. A estas horas siempre hablaba
del dinero que había ganado jugando al poker y de las muchísimas cosas que hará
cuando salga de la guerra.
Llegamos al cuartel de lavandería y delante de una lavadora, echando suavizante a la ropa, estaba ella.
Llegamos al cuartel de lavandería y delante de una lavadora, echando suavizante a la ropa, estaba ella.
-
Mira quién está allí – me dijo
-
Dame tu ropa. Ya te la pongo a lavar yo.
Él sonrió y después guiño un ojo para despedirse. Me colgué
también su saco a la espalda y caminé hacia la lavadora de su lado. Puse las
bolsas encima y la miré. Ella ya me estaba observando. Sonreía. Qué bonita es.
Sonreí y llevé mis ojos a la lavadora. Mientras iba metiendo la ropa en el
agujero, ella me hablaba.
-
Hola, eh.
-
Buenos días.
Seguí poniendo la ropa sin prestarle mucha atención. Intencionadamente.
Me encantaba verla desesperada por qué le hiciera caso. Ver que también me
necesitaba. Aunque no tanto como yo a ella.
-
Me gustaría que te hicieras el difícil de otra
forma. Ya sabes, dejando de contestar a mis mensajes, llegando tarde a las
citas, no pagar mi entrada del cine, no prestándome tus sudaderas... Pero
parece que aquí te tienes que complicar para intentar esconder que yo te vuelvo
loco.
Volví a ver cómo se reía. De mí. Reí también. Me puse detrás
de ella y se giró para verme. Me pegué a dos centímetros de su boca. La miré y
me lamí los labios. Ella imitó mis pasos.
-
Parece que tú tampoco puedes esconder lo que
provoco en ti.
Dejó de mirarme el labio inferior y sonrió.
-
Entonces, por fin estamos de acuerdo en algo,
pero no sé porqué te empeñas en dejarnos con las ganas a ambos.
Me reí y puse un mechón de su pelo tras la oreja. Observé
sus ojos y me pegué a ella. Dejé caer mi respiración sobre su boca. Noté como
sonreía. Miró hacia arriba y elevó una ceja. Llevé mis manos a su cintura y
agarré su trasero. Acabé de acercarme y apreté sus suaves labios contra los
míos. Olía a lavanda. Daba igual el tiempo que pasara fuera de casa que ella
siempre seguiría oliendo igual. Entré mi lengua sobre su boca y ella me dejó
jugar. Sin separase de mí fue bajando a mi cuello. Beso tras beso. Sin poder
evitarlo cerré los ojos y los pelos de mi nuca se erizaron. Volví a agarrarme a
su culo y la subí a mi cadera. La dejé apoyada sobre la lavadora en marcha.
Notaba como sus piernas rozaban maliciosamente la costura de mi pantalón. Metí
mis manos entre su camiseta y acaricié la costura de su sujetador. Noté como su
piel se erizaba y llevaba sus manos a mi cuello y volvía a besarme. La pegué
mucho más a mí. Notaba como su pecho se pegaba al mío y sus ojos se mantenían
cerrados cada vez que la acariciaba. Acercándome todo lo que podía fui bajando
hasta su cuello dando besos en cada centímetro de mi piel. Me paré en su cuello,
muy cerca de su oreja y volví a marcar un beso. Lamí el trozo de piel y noté
como contrajo todos sus músculos.
-
Te quiero. – me dijo
-
Se supone que eso se dice al final de hacerlo.
Rió. Y abrió los ojos, topándose con los míos.
-
Pero yo ya estoy segura de que lo hago antes de
hacerlo.
Volví a besarla. Y yo también la quería. Y quería demostrárselo.
Ella llevó sus manos dentro de mi camiseta y me la quitó. Rozó mi espalda y
besó mi nuca. Impidiendo que se apartara de mis labios, le quité la camiseta y
bajé sus pantalones. Ella desabrochó mi cinturón y dejó que cayera mi pantalón
con él. Ella volvió a besarme en la oreja y yo me encargué del resto. Llevé mi
mano a su nalga. Ella me puso el condón mientras yo seguía acariciando su
dorso. Toqué su clítoris y luego entré en ella. Vi como apretaba sus párpados y
metía sus manos entre mi pelo. Lo agarró y me pegó a su boca. La besaba sin
cansarme. Como una jodida droga. Y me dejé recordar mis viejos momentos con
ella. Su cuerpo tan perfecto. Tan suave. Tan bella. Me deslizaba entre su
cuerpo y seguía siendo jodidamente hermosa con la piel mojada en sudor. Seguí moviéndome
y clavó sus uñas en mi espalda. Noté como todo mi cuerpo se contraía y se
relajaba de golpe. Ella llevó la cabeza hacia arriba y yo sorbí en su cuello.
Dejando una marca que duraría tiempo en irse. Volví a besarla y acaricié su
cintura. Luego llevé mis manos a sus pechos y finalmente acabé en su ombligo.
Los pelos de mi nuca se erizaron y mis músculos y los suyos se contrajeron.
Algo se desprendió y noté como arañaba mi espalda y mordía mi labio inferior.
Nos quedamos así un segundo más de lo habitual. No quería separarme de ella.
Pero besé sus labios y me aparté. La ayudé a bajar y volví a colocar su mechón
de pelo tras la oreja.
-
Eres perfecta.
Sonrió y volvió a besarme. Después se separó de mí y se
vistió. La imité y ayudé a encontrar su ropa interior de entre los muebles.
Ella llevaba la sonrisa gravada en los ojos. Era preciosa. Nada ni nadie podría
superarla.
Cuando estaba dispuesta a irse, me dio un beso en los labios
y se dio la vuelta. No dejé que diera otro paso más y la agarré de la mano. La
pegué a mí y volví a besarla. Pero esta vez aún más despacio. Marcando cada
movimiento que hacía en su boca. Notando incluso como se movía el aire en el
aleteo de las pestañas.
Me alejé y nos echamos una de esas miradas para no olvidar.
Donde te quitan unos segundos de vida y parece que queramos morirnos mañana. Y
a poder ser, que me mate tu sonrisa. Porque morir gusta, y más cuando me matas
tú.
Y volví a besarte. Porque muy en el fondo. Tanto tú, como
yo. Sabíamos que sería el final.
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