dimarts, 11 de desembre del 2012

Capítulo 8


Cuando era pequeño miraba a otras parejas besándose. Veía como todas y cada una de ellas se quería y se decían cosas al oído para echarse a carcajear. Siempre que las veía mi madre me decía “ese podrías ser tú dentro de unos años”. Y sí. O no. No sé qué soy, ni qué estoy haciendo. Quizás hay madres que nos señalan a ella y a mí para decirles a sus hijos lo mismo que me dijeron a mí. O quizás simplemente se da al canto que no sabemos lo qué está pasando. Creo que nunca lo sabremos. Sólo sé que quiero estar con ella.
Y aquí estoy ahora, en el cine más caro de toda España, porque la niña a la que no he parado de mirar ni un segundo, quería ver esta película. He podido observar cada parte de su rostro. Está preciosa a oscuras y con los reflejos de la luz azul. De vez en cuando se gira a mirarme y me dice algo con respecto a que la deje de intimidar. Bah. No sabe lo que se pierde al no poder mirarse desde fuera. Ella es perfecta. ¿Y yo? Un jodido ñoño que no sabe qué está diciendo. Maldita locura.
Acaba la peli y se encienden las luces. Se gira y sonríe. Desde el primer momento todos sabíamos que con esa sonrisa no podríamos ser solo amigos.
            -          ¿Te ha gustado? – pregunté
            -          Sí. ¿Y a ti? ¿Te he gustado? – río
            -          Mucho
Y otra vez la sonrisa de tonto. Nos levantamos y salimos de esa larga sala. La llevo a un parque cercano y nos sentamos en un banco. Ya es de noche. Le paso el brazo por detrás.
            -          ¿Qué te pasa, Harry?
            -          ¿A mí? Nada
            -          No me mientas. Llevas todo el día raro.
            -          Enserio, no me pasa nada. – sonreí
Negó con la cabeza y desvió la mirada al suelo. Por una vez parece que no tenía más ganas de discutir. Bien. Ahora era el momento de hacerla reír, antes de que se cabrease. Me levanté del banco y se quedó mirándome.
            -          ¿Dónde vas? – me preguntó
            -          ¿Quieres subir a caballito? – dije con una sonrisa de oreja a oreja
Ella soltó una carcajada y volvió a mirarme. Sí. Lo estaba diciendo enserio.
            -          Va, súbete.
            -          Eres tonto.
            -          El tonto que te paga las entradas para la peli que quieres ver, ¿no?
            -          Algo así.
            -          Algo así.
La cogí de la mano y la hice subirse al banco. Me puse delante de ella y le ofrecí mi espalda. Oí una risilla tan propia de ella. Sonreí. Noté como deslizaba sus manos por mis hombros y se apoyaba en mí. Puse sus muslos entre mis brazos y pegué un brinco para que se alzase. Volvió a reír. Me encantaba verla así. Ella la única capaz de hacerme sonreír cuando están acabando con todo lo que quiero.
Empecé a caminar, intentando centrarme solo en ella. No se merecía verme mal. No tenía intención de contárselo. Seguí dando pequeños pasos, pero entonces se escuchó un petardo. Me asusté y tropecé con una piedra. Mierda. El suelo en mis morros. Me separé del asfalto y fui a mirarla a ella. Estaba detrás de mí y mirando al suelo. Parece que se había perdido.
            -          Perdón, perdón, _________. ¿Estás bien?
            -          Sí, sí, estoy bien.- sonrió – Eres un inútil – echó a reír.
Reí con ella y me alcé del suelo y ayudé a ponerla en pie. Empecé a caminar y ella se quedó parada. Tenía cara de dolor.  Me acerqué a ella y la cogí por las manos.
            -          ¿Dónde te duele?
No respondía. La cogí con ambas manos, levemente, por la mandíbula.
            -          ¿Dónde te duele, _______?
            -          En el tobillo.
Me agaché y me paré a mirarlo. Supongo que aquí se demuestra que no soy ningún médico, porque todo me parecía normal. Pero no lo era. Y todo era culpa mía. Ella sentía dolor por mi culpa. Por ser un inútil y ella pagaba las consecuencias.
            -          Lo siento, lo siento, lo siento – me acerqué a ella y la abracé
            -          Harry – intentó calmarme – No pasa nada. No es la primera vez que me tuerzo el tobillo.
Me miró a los ojos y sonrió. Me dio un leve beso en los labios, aunque no me lo merecía.
            -          Déjame llevarte a casa. – susurré
            -          Esperaba que lo hicieras. – río – Llévame en brazos, Harry.
            -          ¿Y si me caigo otra vez? – me preocupé
            -          Pues te levantas. Cómo todo.
La cogí con cuidado y la llevé en brazos hasta el coche. La senté delante y le cerré la puerta. Y mientras iba hacia la mía, tuve que despejarme la cabeza un par de veces sacudiendo mi cabello. Entré en el coche y me sonrío. Increíble. Encendí el coche y empezó a andar. Conducía despacio, con la intención de no cometer más errores por hoy. Llegamos a su portal y me pidió que subiera. Soy incapaz de decirle que no.
            -          ¿Quieres ver la tele? – me preguntó
            -          Tienes que dormir – sugerí
Alzó la ceja y sonrió. Me cogió de la mano y caminó lentamente hasta la cama. Se tumbó en ella y yo me quedé sentado a su lado en el suelo.
            -          Métete en la cama, Styles.
            -          No me lo merezco
            -          Harry, no te culpes más
            -          Tengo la culpa, _______.
            -          No. Y cállate ya.
Agaché la mirada y le cogí la mano. Ella se puso a acariciarla y a hacer leves círculos sobre la palma.
            -          Cuéntame que te pasa- me pidió
            -          No creo qu-
            -          Me da igual lo que creas. Cuéntamelo. Me jode más verte mal y no saber por qué.
            -          No sé, _______.
Suspiró y le besé la mano. Olía a lavanda. Puso un dedo sobre mi pelo y empezó a darle vueltas a un rizo.
            -          Bueno… Pues, la vida en Londres no está bien, por así decirlo.
            -          ¿Tú eras de allí, no?
            -          Sí. Y mi madre y mi hermana están allí. – silencio – Las cosas se están poniendo feas. Han puesto por todo el país varias fronteras. Nadie puede entrar ni salir. Tienen poca agua y escasa luz. Mi madre esta volviéndose loca por minutos. – volví a suspirar - Me encantaría coger un avión y volar hasta allí.
Otro leve silencio. Me miró en el fondo de los ojos y me dijo con el pestañeo que lo sentía. No se necesitan más palabras.
            -          ¿Me das un beso, ______? – empezaron a ponérseme los ojos vidriosos 
Se levantó de la cama y se agachó hasta ponerse a mi altura. Se sentó delante de mí y deslizó sus manos hasta mi nuca. Llevé mis manos hasta su cintura y se pegó a mí. Me dio un beso en los labios. Lo necesitaba. Abría y cerraba lentamente su boca junto a la mía. Todo esto era demasiado para mí. Sólo necesitaba amor.
Acabó de besarme y me miró a los ojos.
            -          Sube a la cama, anda.
            -          Quédate durmiendo aquí, conmigo, entre mis brazos.
Se paró a pensarlo medio segundo y seguidamente aceptó. Se puso el pelo a un lado y se metió entre mis piernas. Apoyó su cabeza sobre mi pecho y yo la olí. La quería. La abracé y apoyé mi cabeza con la intención de no poder hacerle daño. Respiré. Todo saldría bien.

Capítulo 7


Tengo dieciocho años. Más de seis mil quinientos setenta días vividos. Y sin embargo, nunca había sentido lo que he experimentado en menos de veinticuatro horas. No sé cómo explicarlo. Ni cómo expresarlo. Ni como transmitir. Quizás por eso dicen que solo se puede sentir. Sentir con algo que no se puede ni explicar, ni ver. Y yo, iluso de la vida, que solo quería besarla y acostarme con ella, ahora solo me moría de ganas de despertarme a su lado y quedarme viéndola dormir.
            -          Harry – decía mientras agitaba levemente mi cuerpo – Va, despierta.
Entre abrí los ojos y la vi a ella, preciosa. Llevaba su camiseta algo mal colocada y el pelo revuelto. Me gustaba verla así, tan natural, tan ella.
            -          ¿Por qué no te quedas aquí, conmigo, abrazándome?
            -          Porque está pasando el tractor alisando la arena, Harry. Y tú aún estás medio desnudo.
Di un par de vueltas y me puse en pie. Me puse mi ropa y revolví mi pelo. Me acerqué a ella y la pegué a mí.
            -          ¿Qué quieres hacer hoy?
            -          Harry
            -          ¿Qué pasa? – dije sin entender nada - ¿He hecho algo mal?

Se quedó en silencio y bajó la mirada. No entendía nada. Me sentí mal conmigo mismo, como si fuera el culpable de todo. Volvió a mirarme y subió una leve sonrisa, pero era completamente falsa. Salimos de la playa y entramos en el paseo. La cogí de la muñeca y la pegué a mí.
            -          ¿Qué te pasa, pequeña?
No me miraba. Se quedó muda. Empezó a mover la cabeza de un lado para otro. Como si intentase convencerse a si misma de alguna cosa. Se apartó de mí, se llevó las manos a la cara y volvió a mirarme.
            -          No, Harry, no. No me lo hagas más difícil, por favor. – susurró
Instintivamente, la cogí de las manos y la miré a los ojos. Temblaba y no sabía por qué. No había pasado nada. No sé porqué tenía ese miedo en su mirada.
            -          Está bien – le dije – No te presiono.
Sonrió y la abracé. Apoyó su cabeza en mi pecho y la pegué más a mí. Olí su pelo. Lavanda. Tendré que esperar. Esperar, algo que nunca se me ha dado bien.
La dejé en su casa y volví con Adam. Entré por la puerta y me lo encontré cantando en la cocina.
            -          ¡Hombre, si ha aparecido! – me gritó - ¿Dónde has estado?
Sonreí. Sonreí con una sonrisa de tonto. Maldita sea. Adam me miró mal y bajó la mirada. Al verme así, ya sabía dónde, cuándo, cómo, qué y lo más importante, con quién había estado.
Me senté en el sofá y saqué de al lado del sofá el portátil de Adam. Lo encendí y puse su contraseña. Me puse los cascos al volumen máximo y abrí el explorador. “Holmes Chapel”. Ultimas noticias. Periódicos. Telediarios. Nada. Ni una sola noticia de lo que pasa. ¿Cómo algo así puede estar tapado? Necesito hablar con Gemma. Saqué mi móvil del bolsillo trasero y busqué su número. Llamar. Tres pitidos y lo coge aturdida.
            -          ¿Quién?
            -          Gemma, soy yo. ¿Qué está pasando?
Silencio. Noté su respiración entre cortada.
            -          Nada, Harry. Está todo bien, tranquilo.
            -          No me mientas.
            -          No lo hago
            -          Gemma, creo que nos conocemos lo suficiente como para saber cuándo mentimos. Va. Escúpelo.
            -          Mamá no quiere que te…-
            -          Me da igual lo que diga mamá. Dímelo.
Suspiró y volvió a respirar hondo.
            -          Han quitado la red. Tenemos luz escasa y la poca agua que tenemos embotellada.
            -          ¿Qué más?
            -          Hay siempre guardias paseándose por el pueblo. Ayer llamaron preguntando por ti. Mamá estalló a llorar al instante.
            -          ¿Por qué? ¿Qué os dijeron  de mí?
            -          Sólo preguntaron por ti; y dijimos que no estabas y se fueron. Mamá se puso a llorar, pero no es capaz de decirme por qué.
Resoplé y las manos empezaban a temblarme.
            -          ¿Cómo que no ha salido nada en la prensa?
            -          No lo sé, Harry. No sé qué quieren de nosotros.
            -          ¿Y los vuelos siguen cancelados?
            -          Todos y cada uno de ellos.
            -          Voy a ir allí Gemma. En cuanto tenga oportunidad.
            -          Ya lo sé.
Tragué saliva y volví a respirar.
            -          ¿Te paso a mamá?
            -          Sí, por favor.
Y mientras esperaba, sonó el timbre de la puerta. Adam fue hacia la puerta y desapareció de mi vista.
            -          Hola hijo, ¿Cómo estás?
Y entonces, la vi. Con sus ojos cafés sonriéndome desde la puerta. Tenía sus dedos entre lazados y pegados a su barriga. Sonreí como un tonto.
            -          ¿Harry? ¿Estás bien?  – hizo volver a mi realidad
            -          Ai, hola mamá. Sí, sí, yo estoy perfectamente. ¿cómo van las cosas por allí?
            -          Bueno, van.
_____ se sentó a mi lado con las piernas cruzadas y sonriendo, escuchando mi conversación. Se me escapó una leve risa al verla tan alegre.
            -          Un momento mamá, que no puedo concentrarme.
Le sonreí y me volví al pasillo.
            -          Ya estoy – dije mirando a  ______ de reojo
            -          Harry, estás con una mujer ¿verdad?
Me paré un momento asimilando la situación. Sonreí.
            -          Sí – contesté - ¿Cómo lo sabes?
            -          Hay cosas… que no se explican, simplemente… se sienten. – rió
Me alivió escucharla reír. Hacía mucho tiempo que no lo hacía.
            -          Y te gusta
            -          No lo sé.
            -          No era una pregunta, hijo. – reímos ambos
Nos quedamos un par de segundos en silencio. En nuestra familia solíamos aprender más de los demás estando callados, que diciéndonos lo que pensábamos.
            -          ¿Qué te dijeron de mí los guardias, mamá?
            -          Nada.
            -          ¿Y por qué lloraste?
            -          Cuando sea el momento, lo sabrás, Harry. Hasta entonces; disfruta.
            -          No quiero que llores por mí.
            -          Ni yo que dejes de disfrutar por mí. – suspiró – Así que disfruta con esa chica, Harry. Hazla feliz y que ella te haga a ti.
            -          Es difícil si ella no quiere nada.
            -          Ninguna mujer es tan imposible como para no enamorarla. – calló un segundo – Te quiero hijo. Tengo que colgar.
            -          Te quiero mamá.
Colgó y yo seguidamente también. Guardé el teléfono en el bolsillo trasero. Revolví mi cabello para despejar mis ideas y volví al salón. Seguí allí, en la misma posición que antes. Me senté a su lado y me sonrió.
            -          Hola – dije
            -          Hola – sonrió - ¿era tu madre?
            -          Sí. Quería hablarme de sus cosas. Ya sabes. - disimulé
Agachó la cabeza a modo de que lo entendía. La cogí de las manos y sonrió.
            -          Antes me preguntaste que qué quería hacer hoy – me dijo – Y ya lo sé.
            -          ¿Qué quieres hacer?
            -          Ir al centro comercial – sonrió pícara
            -          No te voy a comprar nada, ______ - mentí
            -          Eso espero. – contestó seria - ¿Vamos o no?
            -          Claro
Se levantó del sofá y la imité. Cogí mi cartera mientras ella me esperaba en la puerta.
            -          Adam, nos vamos.
Me sonrió. Le parecía bien.
Salimos de allí y la monté en mi coche. Fuimos hasta el centro comercial más cercano. Durante el camino pensé en todo lo que me había dicho mi madre. Tenía que hacerla feliz. Debía hacerlo. Lo conseguiría. Salimos del coche y la cogí de la mano para empezar a caminar. Estaba incómoda. Lo sabía. Me paré en seco un momento.
            -          ¿Por qué te paras? – preguntó
            -          ¿Quieres saber a qué huele mi nariz?
Estalló a reír. Era un payaso. Un inútil. Un imbécil. Sería todo lo hiciera falta para verla así. Con esa sonrisa.
            -          No me mientas, Styles. Tú lo que quieres es darme un beso.
            -          ¿Yo? ¿Querer darte un beso? – reí -  No, va. Huélela.
Se acercó a mí con una ceja a medio levantar. Sonreía. Y cuando estaba a medio centímetro de mi nariz la cogí por la cintura. Y al notar mis brazos, instintivamente intentó soltarse. Reía.
            -          Lo sabía – seguía riendo
La pegué más a mí y le di un beso. Se dejó hacer y llevó sus manos a mi nuca. Noté sus dientes al ver que sonreía. Dejé que se separase de mí y volví a darle la mano. Entramos en una cafetería y se sentó en la mesa más cercana a la ventana. Pedimos. Yo café italiano con leche y ella CocaCola Zero.
            -          ¿Qué piensas hacer con las fotos de la caja de zapatos? – pregunté por fin
Al escuchar mi pregunta, se atragantó. Tosió en una servilleta de papel y se quedó mirándome raro.
            -          ¿A qué viene esto, Harry?
            -          No se responde una pregunta con otra pregunta.
Resopló y rió. Parece que le causaba gracia que me comportase así.
            -          Supongo que las  guardaré y si puedo seguiré poniendo más fotos – sonrió entre dientes
            -          ¿Solo con fotos mías?
            -          Harry. Yo no sé qué quieres tú.
            -          Creo que es bastante obvio, _____.
            -          No. No lo es.
Se cruzó de brazos y se quedó mirando el borde de la mesa. Silencio. No sé por qué tenía esta manía de comportarse así continuamente.
            -          No tenías razón. – empecé a hablar- No tenías nada de razón. Los besos no dan la razón para enamorarse. No es verdad. Tampoco hay que sentirse bien con el otro para enamorarse. Ni hay que portarse bien. Tampoco hay que soportarse ni contárselo mutuamente todo. No hace falta ser diferentes, ni tampoco iguales. Ni opuestos, ni atrayentes. Ni tirar copas al suelo para que se rompan, ni sentir celos hacia otros. No hace falta nada de todo lo que me dijiste. No necesité los besos, ______. Sólo necesité mirarte en el fondo de los ojos, y darme cuenta, de que mucho antes de haberte conocido, ya había estado enamorado de ti. Has sido ese alguien que ha arrasado todos mis “yo nunca…” y mis “yo qué va…”. Te has pasado por el forro todos mis principios, mis sentimientos, mis formas de ser, de sentir y todos mis valores. Has arrasado con todo lo que has tenido a tu paso. – respiré- ¿Pero sabes qué? Creo que no ha habido nunca nadie capaz de hacerlo, nadie a quien se lo permitiese. Nunca ha habido nadie que llegase y mejorase esa palabra que llaman perfección.
Alzó la mirada hacia a mí. Se quedó en silencio. Supongo que buscando las palabras para todo lo que le acababa de decir. Yo tampoco sabía muy bien por qué de haberlo dicho. Nunca había hablado tan enserio con una tía, y menos con una tía como ella. Esto es un continuo cambio de situaciones. Cada día me sorprendo a mí mismo. Y lo peor es que gracias a ella.
Se llevó las manos a la cabeza y seguidamente las metió entre el pelo. Se hizo una coleta y me miró seria. No decía nada y me dolía esa frialdad. Prefería que hubiera saltado a comerme a besos, o hincharme a bofetadas. Algo. Algo más que el silencio. Empezaron a temblarme las manos. Ella las miró y se percató de lo que provocaba si no me contestaba.
            -          Nunca sé que decir en estos momentos, Harry. 
            -          Lo que sientes.
            -          Ninguno de los dos está preparado para saberlo.
Tragué saliva e intenté tranquilizarme. Suspiré y tomé aire de nuevo.
            -          De momento guardaré la caja, hasta que la vea. – me dijo
            -          ¿A quién?
            -          Tatiana. La chica con la que hice la apuesta.
            -          ¿Y por qué no la llamas?
            -          Está en México, Harry.
Callé y lo pensé un momento. Lejos. Muy lejos. Lo suficiente como para que esa caja pase el resto de su vida cerca. Ella me miró y sonrió. Me hizo sentir mejor. No sé qué brujería tiene.
El mundo no necesita físicos que demuestren la ley de la gravedad. No necesita tecnológicos que te expliquen la fuerza de los imanes. No se necesitan historiadores para saber quién fue el primer presidente. Ni tampoco se necesita a la literatura para enfrentarse a las cosas con ataraxia. La vida no se mide en las veces que tocas el suelo, si no en la que sientes como si volases. No importa lo que pienses, si no lo que haces. El mundo necesita gente que  los días de aburrimiento se los pase dibujando corazones en las muñecas con un boli bic. Necesita un montón de sonrisas de verdad. Necesita a esa gente que un martes trece, pasa por debajo de una escalera,  se les cruza un gato negro, abren un paraguas dentro de casa y se les rompe un cristal; pero aún seguirán pensando que es un gran día para empezar a hacer las cosas bien. De esas personas masoquistas que se rascan una herida hasta el punto de que escuezan, porque una vez oyeron que todo lo que escuece, cura. Pero lo que de verdad necesita el mundo es gente cómo tú y cómo yo; con ganas de arriesgarlo todo y sin ponerse límites para conseguir lo que quieren. 

Capítulo 6


Me reincorporé  y me senté en la toalla. Esto no iba a quedar así. Iba a lamentarse por todo. Iba a sentir celos. Celos cuando se supone que no hay amor.
Para mi suerte pasó una chica por nuestro lado, bastante guapa y con cuerpazo. Pelo rubio y bañador rosa.
-          Hola preciosa – le dije y saqué una de mis mejores sonrisas. La chica me miró y también sonrió.
______ se me quedó mirando extrañada y luego posé mi mirada en ella. Hice un gesto de confusión.
-          ¿Qué pasa?
-          Sé lo que haces, Styles. Y lo siento pero no.
-          ¿No qué?
Río entre dientes y se quedó alzando una ceja.
-          ¿Sabes que a las tías no nos gusta que nos griten cosas como si fuésemos unos objetos de exposición?
-          ¿Qué te apuestas a que si ahora voy allí y le pido su número, me lo da?
-          Claro que te lo va a dar – dijo segura – Pero porque estás bueno, no por lo que le has dicho antes.
Me salió una sonrisa de oreja a oreja. Ella se percató de lo que dijo y empezó a menear la cabeza de un lado para otro.
-          Es decir… Qué te parece que estoy bueno – me llevé la mano a mi mentón, haciéndome el interesante
-          ¡No! – Ironizó – Si te parece follé contigo porque me pareciste un chico muy sensible e intelectual
-          Eres una cerda
-          Pero te pone – me guiñó un ojo
Como odiaba que hiciese eso. Como odiaba tener que darle la razón.
Sonreí como tonto y ella hizo lo mismo. Empezó a deslizar sus manos hacia su pelo y amarrarlo todo junto con una única goma negra. Un moño desecho, de esos que si se los hiciese otra persona no sería lo mismo o pensaría que es una poligonera, pero en ella no. A ella le queda perfecto.
-          Quiero apostar contigo – dijo
-          ¿Qué quieres apostar?
-          No sé, cualquier cosa
-          Veamos – me hice el pensativo, aunque tenía muy claro lo que quería apostar – A ver quién liga más durante lo que queda de día
-          ¡Sabía que ibas a decir eso! – rió – Venga, vale.
-          Si gano yo, te beso
-          ¿Y si gano yo?
-          Me besas.
-          ¡Tonto! No. Si gano yo te olvidas completamente de mí.
-          ¿Enserio quieres que me olvide de ti? – pregunté serio
 Resopló, miró al cielo y volvió a colocar su mirada en mí.
-          ¿Aceptas o no?
-          Acepto – sonreí
-          Parece que te gusta perder, rulitos.
-          Eso ya lo veremos. ¿Cómo sé que es verdad la cantidad que me digas?
-          Porque yo no miento.
-          Ya… - ironicé
-          Pero a ti te mentiría.
-          ¿Y eso?
-          Me encanta ver tu cara de duda. Saber si realmente estoy diciendo la verdad o no.
-          Mentira, yo no hago eso.
Reímos y se puso en pie. Cogió su bolso y sacó su móvil.
-          Con las tías que ligues, que te den su número y yo haré lo mismo.
-          Me parece bien. A las nueve aquí.
-          ¡No llegues tarde!
-          ¡Qué no!
Se acabó de poner las zapatillas y se fue. Parce que la apuesta había empezado y no tenía ni idea de con quién se estaba metiendo. Yo soy Harry Styles, el ligón. Ningún cuerpo con brazos y piernas de mujer podría resistirse.
Me acerqué chica tras chica. Grupo tras grupo. Entre biquinis o triquinis. Altas o bajas, feas o guapas. Quería ganar esta apuesta. Debía ganarla. Era de las pocas cosas que había deseado con tanta fuerza. Algo tan simple como una apuesta se había apoderado de mi mente. De todos los demás problemas. Ahora solo había un duelo; ella o yo. Ganar o perder. Y no iba a permitir que fuese la segunda opción. Por un momento agradecí que me hubiera puesto crema en la espalda después de toda la tarde bajo el sol. Todo ese tiempo sin ella me dio para pensar. La verdad es que no sabía la razón por la cual hacía todo  esto. Quería besarla, solo eso, ¿no? Aún tengo esa duda. ¿Existirá eso de la musa? ¿El amor? ¿Las mariposas ficticias? ¿O el maldito Cupido? Pocas veces había parado a pensar si había respuesta a ello. Nunca me había importado. Simples estupideces de los infelices, pensé. Y sin embargo, ahora todo mi tiempo se centraba en ella. En invadir toda mi mente con su jodida sonrisa. Con esa irritante risa que me vuelve loco. Estoy perdido por sus lóbulos y su ombligo. Busco arrugas en sus ojos cafés. Me pasaría la vida mirando todas las rayas que hacen sus labios o la cara que pone al intentar tocarse la nariz con la lengua. Podría vivir a base de sus cambios de humor repentinos y de la forma de pasar de mí cuando le apetece. Existiría simplemente con el hecho de saber que está ahí, por muy lejos que sea. Podría bajar al mismísimo infierno y meter al diablo en una de sus peores pesadillas; si ella me lo pidiese. Y sin embargo, por mucho que me lo niegue a mi mismo, día tras día; sé que es verdad.
Miré mi reloj. Suficiente. Comencé a caminar hacia la playa. Después de estar todo el día dando vueltas buscando chicas, había conseguido un total de setenta y tres teléfonos. Había sido legal y no me había inventado ninguno; espero que ella tampoco. Seguí caminando hasta ver a una chica tumbada en la arena. Miraba al cielo y tenía sus manos apoyadas en su barriga. Era ella, _____. Sonreí al verla y acabé finalmente sentándome a su lado.
             -          Hola – dije – Faltan cinco minutos para las diez
             -          Ya, es que estaba cansada de andar
             -          Es el precio que hay que pagar por ligar tanto
             -          Ya, ya – reímos. Se sentó en frente de mí - ¿Cuántos tienes?
             -          ¿Cuántos tienes tú?
             -          ¡Dilo tú primero!
             -          ¿Por qué? ¿No te fías? Los tengo apuntados todos, si quieres los cuentas
             -          Va, los dos a la vez.
             -          ¿Enserio?
             -          O los dices tú primero
             -          Va los dos. A la de tres, ¿eh?
             -         
Sonreí y ella me siguió el rollo. Estaba preciosa por la noche. Se la veía cansada, de haber estado todo el día caminando, pero era adorable. OH. Como odiaba que al verla me volviese tan cursi. Es insoportable.
             -          Una, dos, tres – dijimos a la vez – sesenta y tres
Nos quedamos en silencio durante medio segundo intentando asimilar que habíamos dicho lo mismo. No puede ser verdad. _______ se alzó del suelo, hice lo mismo y empecé a caminar, ella me siguió.
             -          Eres imposible – dije con rabia – No te soporto
             -          ¿¡Qué!? ¿Tú no me soportas a mí? ¡Si eres tú el que está todo el día encima de mí buscándome!
             -          ¡Eres tú la que se ha apoderado de mi cabeza! ¡Con tus hazañas de no querer darme lo que quiero, joder! ¡No puedo contigo!
             -          ¡¿Y yo sí?! ¡Estoy hasta las narices de que me busques continuamente, Harry! ¡Sé lo que haces! ¡Intentas tratarme como una princesa y después te irás! ¡Y no me da la gana! ¡Ya follaste conmigo, ¿qué más quieres?!
             -          ¡Quiero besarte! ¡Besarte con todas mis fuerzas! ¡Demostrarme a mí y a ti que no te enamoras con los besos!
             -          ¿Sabes en qué no nos parecemos? ¡En que eres un maldito pesado!
             -          ¡Y tú una jodida arrogante!
Se paró delante de mí, con la mirada llena de rabia. Ambos teníamos mucha tensión dentro; o nos dábamos de hostias o…
             -          ¡Nadie te pidió que quisieras algo conmigo, Styles!
Me armé de valor y me acerqué a ella antes de que pudiese apartarse. La agarré con ambas manos, y me lancé a sus labios. Presioné los suyos con los míos, haciendo que todo mi cuerpo entrase en calor. Intentó separarse, pero la detuve. Poco a poco empezó a dejarse llevar. Abrió poco a poco su boca y la mía también lo hizo. Fuimos dando pequeños movimientos. La besaba con presión. Necesitaba desfogarme. Acabar con su maldita boca. Noté como una sonrisa salía de su boca. Llevó sus brazos a mi nuca y yo los míos a su trasero. La apoyé contra una pared y apoyé mi cabeza contra la suya. Necesitaba más. Mucho más de ella. La necesitaba mía. Hice una pequeña fuerza para que subiera a mis caderas. Se alzó a mí, sin dejar de besarme, colocando sus piernas alrededor de mí. Acabé de pegarla contra mi cuerpo desde su cintura. Sus besos iban haciendo un contraste de sentimientos, algo nunca experimentado. Empecé a caminar con ella encima, hasta dejarla arrinconada sobre otra pared. Mordí su labio inferior, notando como su piel se erizaba. Me encantaba. Su lengua jugaba con la mía haciendo un leve zigzag. Pero antes de haberme dado por satisfecho, se separó de mí.
             -          Bájame.
             -          ¡¿Qué?! ¿Estás loca?
             -          Que me bajes.
             -          Tú no me vas a dejar con las ganas.
Volví a pegarla a mí y corrí hacia sus labios. Notaba su respiración entre cortada. Nuestros labios se abrían y cerraban cada vez más lento y con más fuerza. Le besé el cuello y seguidamente subí a su oreja. Necesitaba más. No podía parar. No quería separarme de ella nunca. La quería mía.
             -          Harry… - dijo agitada
             -          No, por favor. Ahora no me cortes. Déjame hacerlo y te juro que haré lo que quieras. Por favor, _____.
             -          ¿Dónde? – volví a lanzarme a sus labios
             -          En la playa – dije sin dejar de besarla
Empecé a andar y en menos de medio minuto ya había llegado a la orilla. La coloqué suavemente en la arena y me puse sobre ella. Besé su cuello, mientras ella me mordía la oreja. ¡Por favor! ¡No podía esperar más! Volví a besarla y ella me pegaba su cuerpo desde mi cuello. Sin poder darme cuenta, se colocó encima de mí y me desabrochó el cinturón. Seguidamente empezó a darme pequeños besos por todo mi pecho y yo daba pequeñas caricias por su espalda. Le quité su camiseta y ella a mí mis pantalones. Y por poco le arranco yo sus pequeños shorts de una mirada. Volví a colocarme yo encima, volví a abalanzarme sobre su boca. Como me gustaba besarla, no había nada mejor. Me fijaba en cada pestañeo, cada peca, cada caricia y todo lo que provocaba en mí. Llevé mis manos entre su pelo y volví a besarla. Poco a poco nuestros cuerpos fueron entrando en calor y sin poder evitarlo me introducí en ella. Noté como todo su cuerpo se tensaba de golpe y me cogía la mano. La apretaba fuerte, dejando toda su tensión. Fui bajando hasta su cintura para acariciarla y a continuación besé su lóbulo derecho. Su cabeza se estremeció hacia atrás y apretó mi mano de nuevo. Luego ella puso su mano sobrante en mi pelo y lo agarró con fuerza. Notaba como su respiración se iba entre cortando cada segundo. Mojé mis labios y volví a pegarlos a los suyos. Me mordió y se posó en mi cuello, dando pequeños besos. Al notarla bajo mí, puse mi mano bajo su hombro y la pegué a mí. Volví a besarla, con un conjunto de zigzag y un cúmulo de hormonas recorriendo todo mi cuerpo. Esta noche iba a ser mía. Toda mía. Nada podría impedírmelo. Y antes de acabar coloqué mi boca sobre su oreja, dejando que mi respiración cayese sobre ella. _____ posó ambas manos sobre mi espalda. Todo mi cuerpo se tensó y al segundo después dejé que se desprendiese una parte de mí. Me quedé encima de ella, sin separarme, notando como sus manos estaban apretando mi espalda. Y poco a poco ella también iba relajándose. Abrió los ojos y sacó una preciosa sonrisa. La besé y me separé de ella. Nos quedamos ambos mirando hacia el cielo, observando todas aquellas espectaculares estrellas, que en la ciudad sería imposible de ver.
Esta vez ella no se levantó, si no que se pegó a mí y colocó su oreja en mi pecho. Acaricié su pelo y sonreí. Nada podría hacerme más feliz. Y fue ahí, cuando me di cuenta que ya nada podría quitarme las ganas de ella. Tenía ganas de que todas sus sonrisas fuesen provocadas por mí. Tenía ganas de que rompiese todas esas fotos de aquella caja de zapatos y que enmarcase todas las nuestras. Quería hacerla feliz, tan feliz como si la felicidad se inyectase en vena, hasta que los ojos se quedasen en cuencas, muertos de éxtasis.