POV's ______ (Tu punto de vista)
Tatiana estaba aquí. No podía
creérmelo aún. Ahora sí sabía que iba a sobrevivir. Tenía todo lo que quería
dentro del campamento. No iba a dejar que nada me impidiera ser feliz. Volver a
sentirme quién yo era. Ahora mi mirada ya no estaba vacía. Sólo tenía que ver a
Harry. Que me sonría y me abrace. Saber que él está bien. Que todo mi
sufrimiento ha valido la pena. Que quererle no ha estado en vano.
Seguí caminando por la tierra
seca y coloqué el asa de la mochila en mi hombro. Me paré delante de una
caseta, tenía un letrero azul. Pero no podía descifrar lo escrito por la
suciedad. Me hice bien la coleta y subí las escaleras. Toqué la puerta y me
gritaron desde dentro. Entré y un hombre me miraba desde su silla. Podría tener
unos cuarenta años largos. Eso, o la guerra lo habían hecho envejecer. Tenía
todo el cuerpo musculado, y con sus ojos marrones me intimidó hasta el más
grande recuerdo. Analizaba cada movimiento. Cómo si yo fuera una amenaza. Me
hizo sentarme en la silla delante de él y cruzó sus brazos.
-
Buenos días. – dije – Quería alistarme en el
ejército.
-
Mire señorita, con todos mis respetos, no
aceptamos a chicas en estos momentos. Como ya sabrá, estamos delante de una
guerra y no podemos permitirnos debilidades.
Noté como el músculo de mi
mandíbula se tensaba. Todos sabíamos que esto iba a pasar.
-
Lo siento, pero no le admito llamarme débil. Soy
una ciudadana más de mi querido país. – mentí – No me han hecho ninguna prueba
física, ni mental, como para acusarme de que no valgo para ello.
-
¿Está bromeando? ¡¿Cómo va a llevar armas de
veinte quilos con esos brazos diminutos?! ¡¿Cómo piensa usted lanzar granadas a
más de cuarenta metros?! ¡Esto no es un trabajo de manualidades! ¡No puedo
poner a todo mi ejército en peligro porque usted quiera venir de heroína! – se
levantó de la silla – ¡Siempre las mujeres hacen lo mismo! ¡Usted solo ha
venido aquí para llevarse todos los méritos! ¡Únicamente quiere que la
entrenemos, y cuando ganemos la guerra usted se llevará todos los méritos, por
ser una mujer, la primera mujer que va a la guerra!
-
¡Eso no es cierto, general! ¡No soy la primera
mujer que va a la guerra! ¡Tengo los mismos derechos que todos los que están
aquí! – grité - ¿Cómo puede pensar usted que voy a quedarme tranquila en mi
casa mientras sé que van a tirar bombas sobre mi cabeza? ¿Puede usted pensar
que me voy a quedar de brazos cruzados mientras hay gente apuñalándose en las
calles por conseguir comida? ¿Cree usted que me reconforta ver a toda mi
familia en peligro? ¡Pero esto no se trata de mí, ni de los míos, ni de
ustedes! ¡Se trata de todos nosotros! ¡Quiero que toda esta porquería acabe de
una vez! ¡La gente se despide de sus hijos porque van a ir a la guerra, sin
saber si será la última vez que los vea! ¡La gente de hoy en día se ha educado
para competir en solitario, únicamente quieren llegar a su meta solos! ¡Y para
ganar no tienes estar solo, general! ¡Y todo esto lo explican ustedes aquí! ¡Se
trata de compañerismo! ¡No quiero lloriquear por un sueldo que me ahoga, ni por
que las cosas no salgan como yo quiero! ¡No formo parte de la sociedad que
están montando! ¡Si hay guerras es a causa de ello! ¡No me consiento ser una
más que vive en la ignorancia y se conforma con vivir sufriendo! ¡Si voy a
morir, quiero que sea luchando! ¡Y discúlpeme si por ser una mujer debería
acceder a sentarme y llorar! ¡No soy débil, general!– suspiré – La gente se
llena con la esperanza que algún día nos volverán a ver. Pero yo estoy cansada
de esperar a ver qué pasa. No he venido al mundo a esperar que los demás hagan
algo por mí. Quiero ganarme mi vida. – hubo un silencio – Usted tampoco está
aquí por diversión, mi general. Usted siente amor, pasión y honor por su
patria. Estoy segura de que allí fuera hay alguien a quién protege. Déjeme a mí
proteger a los míos. A mí ya me han robado todos mis sueños, pero no pienso
permitir que se los quiten también a mis futuros hijos.
Hizo un gran suspiro y volvió a
sentarse en la silla. Entrecruzó sus dedos y volvió a mirarme.
-
Nunca nadie ha tenido el valor de decirme que no
estoy haciendo bien mi trabajo. Y usted lo está haciendo ahora mismo por no
incluir mujeres en el ejército. – tragué saliva.- Y me alegro de que haya
tenido el valor de recordarme por todo lo que mi ejército lucha día a día.
Supongo que muchos de ellos luchan porque lo deben hacer. Pero usted demuestra
que no está aquí por simple aburrimiento. – Sacó unos papeles de su cajón – Le
haremos las pruebas físicas después del mediodía. A las tres en punto. Puede
dejar todas sus cosas en el cuartel de mujeres. Cuartel 15. – me pasó los
papeles y un bolígrafo – Relléneme estos papeles y déjeme ver su carnet de
identidad.
Respiré hondo y saqué de mi
mochila el carnet. Se lo entregué y dirigí mi vista a los papeles. No quería
que viera las mentiras en mis ojos. Pareció satisfecho y me devolvió el carnet.
Le sonreí sin sacar a ver mis dientes y lo guardé. Seguí escribiendo, él se
levantó del asiento y empezó a hablar con alguien por teléfono.
Terminé los papeles y se los dejé
en la mesa. Me despedí de él con una sonrisa y cerré la puerta de su cuartel.
Noté que había estado aguantando la respiración todo el tiempo. Dejé que toda
la tensión cayera y bajé las escaleras. Tenía que encontrar a Harry. Y la forma
más directa de encontrarle era Tatiana. Ella debía conocerle. Debía conocer a
todos los del campamento.
Busqué el cuartel 15 y entré
dentro. Todo estaba oscuro. Pequeños rayos de sol entraban por las persianas de
madera. Dejé mis bolsas en el suelo y abrí las persianas. Dejé entrar el aire
para ventilar el olor a humedad y ratas. Puse mis cosas sobre la cama y
entonces me di cuenta de que iba a vivir rodeada de mierda. Bebí agua y la
escondí por la cama. Salí del cuartel, en busca de algún rastro de Harry. Pero
apenas había hombres en el campamento. Debían estar de misión. Y cerré los ojos
pensando en lo peor. Harry, por favor, mantente vivo.
Llegué a la enfermería y me encontré
sentada en una silla a Tatiana. Corrí hacia ella y la abracé. Me prometí a mi
misma que no iba a llorar. Ahora tenía que ser fuerte. Besó mi frente y se
acercó a un armario.
-
Tengo algo para ti. – me dijo mientras sacaba
ropas de militar. – Un uniforme de tu talla. Deberías estar agradecida por
ello. Todos los demás te hubieran dado ropas de hombre.
-
Gracias – sonreí
Se acercó y me dio la ropa. Me
cambié mientras ella se iba a su habitación. Cuando terminé de atarme las botas
militares, ella salió con la caja de zapatos. Mierda. Era LA caja de zapatos.
NUESTRA caja. Nuestro reto.
-
Tatiana… - susurré
-
No me llames así. Ahora he hecho que me llamen
Tara. – llevó sus ojos a la caja – Dime, ¿tienes la tuya?
-
No. – dije casi inaudible- La quemé cuando me
despedí de él.
-
¿Por qué?
-
No quiero recordar a ningún hombre más, Tara.
Sólo quiero que sea él.
Hubo un silencio. Luego sonrió y
volvió a guardar la caja.
-
¿Estás segura de que él está aquí?
-
Sí. Lo sé.
-
Entonces seguro que lo conoceré. ¿Cuál es su
nombre?
-
Harry.
Noté como su mandíbula se
contraía y tragaba saliva con dificultad. Algo no estaba bien.
-
¿Y su apellido? – me dijo marcando cada palabra.
Apoyé mi peso sobre las dos
piernas y me rasqué la nuca.
-
Será mejor que me vaya. – no quería saber lo que
ella me tenía que decir. – Tengo que buscar algo de comer y hacer las pruebas
físicas.
-
Pero, ______...
Sonreí con nerviosismo.
-
No podemos referirnos al mismo Harry. Hay muchos
Harrys aquí. Seguro. – mi voz temblaba.
No quería imaginarme lo que
Tatiana podría decirme. Harry. Harry no podía haber muerto. Él tenía que estar
vivo. Salí de la enfermería casi corriendo. Fui en busca del baño y me apoyé
sobre el retrete. Las arcadas empezaron. Esto no era lo que yo había planeado.
Nada de esto era lo que yo quería. Harry debería estar aquí. Desde el primer
pie que puse aquí dentro, él ya debería haberme visto. Saqué todo lo que tenía
dentro y me limpié la cara. Me quedé apoyada sobre la pica y mientras miraba mi
rostro en el espejo. Pequeños mechones caían sobre mi cara. Iba a quedarme sin
pelo. Todos lo sabíamos. Si quería estar en el ejército, debería ser una más.
Pero a mí no me iba eso de las normas.
Mojé todo mi pelo e hice una
coleta alta. Me llené el pelo de horquillas y agua. La puerta del baño se abrió
y un chico moreno entró. Se quedó mirándome con los ojos bien abiertos. Yo no
iba a dejar que ninguno de ellos me intimidara.
-
¿Qué te pasa? – grité - ¿Nunca has visto a una
tía?
Salí del baño dando un golpe con
mis pies. Ya lo dijo Derek, nada de lo de aquí iba a ser fácil. No sin Harry.
Sólo quería encontrarlo. Estaba vivo.
Bajé las escaleras en busca del
comedor. Después de media hora pude dar con él. Entré y noté como miles de ojos
se posaban sobre mí. La noticia de que una mujer estaba en el ejército había
sido transmitida con mucha más rapidez de lo que pensaba. Busqué los ojos
verdes de Harry por el comedor, pero no había rastro de él. Un nudo en mi
garganta apareció. Tenía miedo de qué era lo que Tara iba a contarme. Pestañeé
y cogí una bandeja. Las cocineras me miraron con incredulidad y posaron la comida
sobre la bandeja. Comer hierba debía tener mejor pinta que esto. Me senté en
una mesa vacía y empecé a comer. Sólo comería hidratos de carbono. Nada de
grasas. Necesitaba tener a todo mi organismo preparado para las pruebas del
general. Pero entonces noté como alguien se sentaba a mi lado y puse mi mayor cara
de asco. Alcé una ceja y me choqué con unos ojos grises. Me sonreía con
picardía. Intentando intimidarme.
-
¿Qué? – espeté
-
¿Qué hace una chica tan guapa como tú en un
sitio como este? – dijo pegándose a mí. Mi garganta se contrajo. No estaba para
gilipolleces ni para gilipollas.
-
Mira. – sonreí lo más falsamente que pude – No
sé a qué tipo de tías te follas tú, pero ten muy claro que yo no voy a ser una
de ellas.
Me separé de él y agarré con
fuerza mis cubiertos. Él volvió a pegarse a mí y noté su aliento caer sobre mi
cuello. Ojalá Harry estuviera aquí. Ojalá Harry le partiera la cara ahora
mismo. Volví a llevar mis ojos al gilipollas de mi derecha y me puse en pie.
-
¡Me importa una mierda que todos los de aquí
seáis pollas con patas y que penséis que yo soy vuestro blanco! – se hizo un
silencio en la sala. Todos me estaban escuchando. – Ni se os ocurra poner una
mano encima de mí. Porque os juro que una mujer con mala hostia da más miedo
que el propio general. – apreté mis dientes con fuerza y le miré – Una polla no
os hace más poderosos.
Unté mi mano en el puré y lo
arrastré en su cara. Noté como su mandíbula se apretaba. Se puso de pie,
sacándome un par de cabezas. No me intimidaba. Se limpió la cara con la manga. Vi
como todos nos miraban. Era mi momento para que me respetaran.
-
Machito, – marqué cada letra – te hacías llamar,
¿no? Soy tu peor pesadilla. – me subí en el banco, quedando a su altura – Todas
las mujeres somos vuestra peor pesadilla. ¿Crees que puedes arreglarlo dándome
una hostia? – sus puños se apretaban cada vez más con mis palabras – Si me
pegas ahora quedarás como el maltratador. “Pega a las mujeres.” –hice una pausa
- ¿O tu honor va a permanecer si me dejas ir después de haber quedado por
encima de ti? Tú. El hombre. El que ha sido vencido por una chica. – sonreí
mostrando todos mis dientes. – No debiste acercarte a mí. Ninguno de vosotros
deberías plantar un ojo encima de mí. Tenéis todas las de perder.
Noté como toda la sala estaba en
silencio. Me bajé del banco y tiré mi comida en la basura. Di un portazo con la
puerta y escuché como dentro se hacían los gritos. Me importa una mierda todo
lo que puedan decir de mí. Ninguno ha tenido el valor de enfrentarse. Ninguno
tiene mejores definiciones que yo. Ninguno tiene el valor de hacerme callar.
Ahora sí estaba preparada para la guerra. Estoy cansada de tenerlo todo fácil.
Quiero que alguien me plante una buena hostia y me haga darme cuenta de mis
errores.
Miré el reloj y ya se acercaba la
hora de mi prueba física. Caminé hasta el lugar. Pateando las piedras.
Mirando al cielo. Esperando ver a Harry.
Olerlo. Sentirlo. O cualquier cosa que me hiciera despertar todos mis sentidos.
Me senté en la escalera a esperar y noté unos pasos cerca de mí. Levanté la
vista y era Tatiana. Sonreí. No podía creerme que estuviera allí.
-
Todos los Harrys de este campamento están vivos.
– me sonrió
Mi mirada se llenó de alegría.
Harry estaba vivo. Pero aún y así sabía que algo no estaba bien. Pero no me
importaba, porque yo iba a hacer que ello cambiara. Era momento de volver a
vivir. Podría volver a respirar tranquila. De notar los labios de Harry. Su
sonrisa. Su olor.
Abracé a Tatiana.
-
Gracias. – susurré
-
Suerte. – me dijo
Me giré y el general estaba
esperando. El comandante a su lado. Respiré hondo y me llené de valentía. Lo
conseguiría. Había acabado ser la débil. Dejar que todos me superen. Esto no se
trata solamente de Harry. Se trata sobre mí. De superarme. Estoy cansada de
nunca hacer nada nuevo. De no sorprenderme a mí misma. De no confiar. Y para
ello estaba aquí.
Me acompañaron hasta el campo
militar. Allí vi como estaban creadas todas las pruebas. Analicé el ambiente.
Calor. Aire hacia el norte. Coloqué bien mi gorra, esperando que no se me
escapara ningún pelo y llené mis manos de arena para no resbalar.
-
Estoy preparada. – dije
-
Ponte en el reactor uno y cuando suene la
campana empiezas. Tienes exactamente media hora para hacer el recorrido. Ha
sido ajustado a tu altura y condiciones naturales. Suerte.
Noté cierta burla en los ojos del
comandante. Caminé hasta el reactor uno y me apoyé en mi rodilla derecha. Lista.
Pestañeé una última vez y la campana sonó. Mis pies empezaron a correr. Escalar montaña. Debía coger una
velocidad mínima de ocho para poder agarrar la primera piedra y escalar. Corrí
tanto como pude y pegué un salto. Me agarré con mi mano izquierda y me impulsé
de nuevo hacia arriba apoyando mis pies sobre la pared. Notaba como sus ojos me
observaban intimidantes. Levanté mi mano derecha y la metí en el agujero. Mis
pies quedaron colgando. Pensaba que se me estaban agotando las fuerzas, pero
entonces puse mi pie sobre la piedra y con todo mi empeño me agarré a la
tarima. Di gracias a Dios por haberme embadurnado de arena y así no resbalar
ahora. Di un segundo empujón y estabilicé mi cuerpo sobre el suelo. Me puse en
pie y me dejé caer. Rodillas flexionadas o me lesionaría. Noté como el suelo
llegaba a mí y todo mi peso cargaba mi columna.
Volví a correr hasta el siguiente
reactor. Redes. Cerré bien mi boca y
me tiré al suelo. Todo esto suponía que no debía ser alistada. Me deslicé por
el barro, manchando bien mis rodillas y dejándome la piel de mis codos. Pero
entonces noté como mi pelo me impedía seguir. Se había quedado atascado en la
red. Mierda. Intenté desenredarlo de un tirón, pero no funcionó. Saqué mi
navaja y corté el mechón enredado. Ya me arrepentiría después. Salí de allí lo
más rápido que pude y corrí de nuevo. Notaba como ya el sudor caía sobre mi
cara.
Subí el árbol plantado. Un pie
tras otro. A la tercera rama, esta se rompió y perdí el equilibrio. Me quedé
colgando por estar amarrada a las ramas. Volví a colocar mis pies y seguí
subiendo. Miré el suelo y vi como todo se tambaleaba. Alturas. No mi gran aliado. Tragué saliva y miré mi camino. No lleves
la vista al suelo, me repetía. Caminé por las ramas marcadas hasta llegar al
siguiente reactor.
Visualicé una tirolina. Debía
coger velocidad. En las últimas rampas pegué nuevos saltos y me deslicé por la
plataforma. Agarré la tirolina y recé para que mis dedos no resbalaran. Pero la
fuerza en mis brazos no era la suficiente y caí al agua. Me mojé entera. Esto
iba a hacer el doble de difícil acabar el recorrido. Corrí hasta la pared de la
plataforma y me impulsé hacia arriba y coger la tirolina. Subí mis piernas lo
más alto que pude para darme velocidad. Noté como mi cuerpo llegaba a la
siguiente plataforma. Mis fuerzas se estaban agotando, pero no me permitía
pensarlo. Iba a exprimirme.
Corrí de nuevo y deslicé mis pies
por las ruedas de camión alineadas en una recta. Levantando bien las rodillas
para no tropezar. La vista era mi mejor aliado. Seguí corriendo y vi que la
última prueba era en una piscina. Al final de ella había una verja. Tenía que
abrirla. Y para ella necesitaría una llave. La llave debe estar dentro de la
piscina. Me concentré en pensar una forma de verlas rápidamente. Sabía que no
me quedaban mucho más de cinco minutos. Las llaves tienen una densidad superior
a la del agua. Debía rastrear la piscina desde abajo. Era la última prueba. Y
lo iba a conseguir. Me lancé al agua intentando no hacer mucha corriente y abrí
los ojos dentro. No noté ninguna forma llamativa. Nadé hacia el fondo y di una
vuelta de 360 grados. Y entonces vi algo que brillaba. Nadé rápidamente hacia
ella y lo cogí. Salí rápidamente a la superficie para observarlo. La llave.
Nadé tan deprisa como pude hasta salir de la piscina. Coloqué la llave en la
cerradura y la giré. Tiré del pomo, pero seguía bloqueada. Esto era el colmo.
Di dos pasos hacia atrás y lancé con toda mi fuerza mi pie sobre el pomo. Éste
cayó y la puerta se abrió. Impulsada por una fuerza que desconocía tener, toqué
la campana. Dos segundos después de caer al suelo una alarma sonó. Había
entrado en el tiempo.
Estaba dentro del ejército.