divendres, 19 de juliol del 2013

Capítulo 30

La piscina estaba enfrente de mí. Tenía tres metros de profundidad. El entrenamiento consentía en lanzarnos desde la capsula, colocada en una rampa de dos metros. Esta era recubierta de metal y asientos rojos. No mucho más pequeño que la mitad de un coche. Cerrada herméticamente para que no entrara el agua. La capsula bajaría por la rampa y quedaríamos hundidos en el fondo de la piscina.
Llegó mi turno. Todos me miraban expectantes. Subí las escaleras y llegué a la tarima de madrea. Subí la puerta de metal, entré en la capsula y cerré detrás de mí. Tiré de la palanca para sellarlo contra el agua. El general me dio un asentimiento con la cabeza y yo le imité. Vi como todo a mi alrededor se movía y la capsula caía en el agua. Tocó el fondo de la piscina y supe que era el momento de intentar salir. Tenía exactamente un minuto antes de que la cápsula petara y empezara a entrar agua. Y tenía otro minuto más antes de ahogarme.
Golpeé la puerta, pero ya no se podía desbloquear. Intenté romper el cristal y me di cuenta de que era plástico. El plástico no se rompe, imbécil. Busqué alguna llave para poder abrir la puerta desde dentro. La guantera vacía, el suelo vacío y notaba como empezaba a ponerme nervioso. Mis manos temblaban en busca de alguna salida. Piensa, Harry. Una gota de agua cayó en mi nariz. Miré el techo y había una pequeña ventanilla. Lo suficiente grande como para meterme. Di golpes sobre el techo con el puño, pero ni se inmutó. Coloqué mi espalda sobre el asiento y puse mis pies sobre el techo. Di una patada y toda el agua cayó sobre mí. Tosí en el susto y en menos de dos segundos la cápsula estaría llena de agua. Cerré mi boca y guardé aire en mis pulmones. Subí al techo y me impulsé para salir. Nadé hacia la superficie. Veía las sombras desde dentro. Seguí nadando, hasta poder llegar fuera. Escuché los aplausos y volví a coger el aire. Salí de la piscina y me dejé caer en el suelo. Estaba agotado. Luchar contra la muerte es algo muy duro. Me tiraron una toalla y yo me tapé con ella. Veía como volvían a subir la cápsula y cerraban la ventanilla.
               -          ________ Scott Lee, tu turno.
Hice un grito ahogado y me puse en pie. Ella iba a enfrentarse a eso. No podía dejar que le pasara nada.
Me giré para verla y estaba subiendo las escaleras. Sabía que estaba evitando mi mirada. Se metió en la capsula y cerró la puerta tras de sí. Si en menos de un minuto no salía fuera, me lanzaría al agua a por ella.  La capsula bajó la rampa y mi corazón perdió el norte. Mis manos temblaban y crucé los brazos intentando esconderlo. La capsula ya estaba en el fondo. Medio minuto. Desde fuera se veían burbujas salir. Había empezado a entrarle el agua. Se iba a ahogar. No podía permitirlo. Me quité la toalla y me acerqué a la piscina.
               -          Ni se te ocurra tirarte, Styles. – me dijo el general
               -          Va a ahogarse, señor.
               -          Usted ha tardado minuto y medio y aquí está.
Apreté mis puños y cerré los ojos. Hice un paso atrás y noté como alguien me miraba. Me giré y era Niall. Puso una mano sobre mi hombro.
               -          Algo me dice que no has conocido a esta chica en el ejército. – me susurró para que nadie lo oyera
Volví mi mirada a la piscina. No podía contestarle. No podía expresar mis debilidades. Porque ella era mi debilidad.
Seguí esperando fuera de la piscina. Un minuto. Ahora había dejado de salir burbujas. Mi respiración estaba siendo irregular. Si le pasa algo, todo mi mundo se apaga.
Si la perdía volvería a experimentar lo que siente una hoja en blanco, un vaso sin bebida o un bolígrafo sin tinta. Una bombilla sin electricidad, un libro sin letras, una canción sin música o una película sin sentimientos. Un mapa sin países o una piscina sin agua. Algo inútil, roto, inservible. Experimentar la inutilidad. De ser algo que podría ser mucho, pero sin embargo no es nada. Algo que podría flotar, pero se hunde. Algo que podría brillar, pero se queda en la oscuridad. Algo que podría cantar, pero se queda en silencio. Algo que podría soñar, aprender, aportar o saber, pero se siente vacío. Con la apariencia de estar vivo por fuera y sin embargo, estar muerto por dentro.
El general se giró a mirarme. Asintió con la cabeza. Podía tirarme al agua. Cogí la bombona de oxigeno  y la puse en mi espalda.
Di un paso hacia adelante y me tiré al agua. Abrí los ojos y lo vi todo borroso. Bajé hasta la capsula y la vi apoyada en la puerta por la que había entrado. Había conseguido abrirla. Sabía que me estaba mirando. Dudo que pudiera reconocerme, pero sabía que era yo. Nadé hacia ella y cogí su mano. Estaba muy débil, no podía nadar. Cogí el tubo de oxígeno y lo puse en su boca. La agarré por la cintura y tiré de ella hacia arriba. Estaba débil. Y yo no había hecho nada por evitarlo. Y me mataba saberlo. La subí a la superficie y me dirigí hasta la zona de la piscina no profunda. La senté sobre mi rodilla y la miré. Estaba igual que guapa que el día de la playa, después de haber estado jugando con ella, antes de hacer nuestra primera  apuesta, antes de nuestro primer beso. No podía perderla. Volví a colocar el oxigeno en su boca. Noté como sus ojos se abrían y me observaban en profundidad. Había vuelto. Estaba a salvo. Tiré el tubo y la abracé contra mi pecho. Sabía que todos nos estaban mirando, pero me daba igual. Ella estaba a salvo. Se agarró a mi cintura y noté como daba un beso en mi cuello. Toda mi piel se erizó. La amaba.
La cogí en mis brazos y salí de la piscina.
               -          Llévala a su cuartel. – me dijo el general
Asentí con la cabeza y llevé mis manos a su trasero. Sus piernas caían a través de mis brazos y su cabeza estaba escondida en mi nuca. Sus manos rodearon mi cuello. Me hacía cosquillas su respiración. Sabía que estaba llorando. Y me sentía fatal por eso. Quería decirle que la quería. Que la amaba. Pero no podía asustarla de esa forma.
               -          Estoy aquí. No estás sola.
Agarró con más fuerza el cuello de mi camiseta, mientras seguía notando sus lágrimas caer.
Abrí la puerta de su cuartel y me senté en la cama, con ella sobre mí. Seguía sin soltarme. Con sus piernas rodeándome las caderas. Y no me importaba. Estaría aquí todo el tiempo, hasta que me echara.
               -          No te vayas, Harry. Por favor. – susurró en mi cuello
               -          No voy a volver a irme.
Llevé mis manos a su cintura y la pegué a mi pecho. Notaba su respiración. Como su pecho subía y bajaba acorde al mío. Estábamos completamente empapados. Pequeños mechones caían en su cara. Toda la ropa mojada estaba pegada a nuestros cuerpos. Era completamente para mí. Saqué el mechón que me evitarla verla y lo puse detrás de su oreja. Y pensar que ella odia sus orejas, con lo preciosas que son. Podría pasarme el día acariciándolas.
Nos quedamos diez minutos así. Ella llorando en mi nuca, mientras yo la abrazaba por la espalda y tocaba su pelo. Ella se estremecía cada vez que lo hacía. Luego me miró desde abajo y empezó a acercarse. Yo bajé mi cabeza y noté como su boca rozaba la mía. Llevé mis manos por debajo de su camiseta y rocé su cintura. Era tan suave. Tan dulce. Su boca apretó la mía y noté como se abría. Dejé que mi lengua entrara y notara la suya. Era ella. Era ella mi chica. Era ella de la chica que estaba enamorado. Era ella la mujer que quería para el resto de la eternidad. Era ella a la chica que quería solamente para mí. Dejé que nuestras lenguas se mezclaran, mientras ella me cogía del cuello y me pegaba más a mí. Cerré los ojos y noté como se agarraba más con sus piernas a mí. La notaba tan cerca, pero tan lejos a la vez. Subí mis manos por su espalda, hasta rozar su sujetador. Ella se separó rápidamente al notar mis dedos allí.
               -          Te quiero, ______. No haré nada que tú no quieras. – susurré en su oreja - Soy completamente tuyo. Y déjame pedirte que seas solamente mía.

POV’s ___________ (Tu punto de vista)


A mí siempre me había molestado la típica frase de “eres mía”. Yo nunca había sido de nadie. Y tampoco planeaba serlo. Nunca me había preocupada por ello. Por eso muchos me marcaron de desinteresada. Nunca había querido nada de ellos más allá de un polvo. A ellos nunca los creí míos. Ellos podían hacer cualquier cosa, que a mí nunca me había importado. Desconocía los celos, el sufrimiento, la angustia, el echar de menos. No me importaba tener exclusividad. No quería ser de nadie, ni ser la dueña de nadie. Nadie era imprescindible en mi vida. Si quieres te quedas y si no te vas. Pensé que era mi personalidad. Que nací y moriría así. Pero entonces apareciste tú. Preguntándome si yo era tuya. Y no me molestó que lo dijeras. Porque en cierto modo, era verdad. Porque si no hubiera pensado en ti desde que te fuiste, si no hubiera vuelto a recordar tu olor, si no hubiera dejado de inmortalizar tu risa, si no llorara susurrando tu nombre, si las canciones ya no me recordaran a ti, si cuando entrara en un local no buscara tus ojos, si no me hubiera vuelto loca, si hubiera dejado de escribir sobre ti, si mi mirada hubiera perdido la esperanza; podría decirte que no soy tuya. Pero era tuya. Soy tuya. A ti. Entera. Para siempre. Porque tú para mí lo eres todo. Y no puedo imaginarme la vida compartiéndote con alguien. 

dimarts, 16 de juliol del 2013

Capítulo 29

Cinco y media de la mañana. Ella había dicho que sí. Iba a venir conmigo. Iba a enseñarle el amanecer desde la avioneta. No podía soportar la vida sin ella. No podía soportar verla y no decirle nada. No podía soportar saber de qué sabor son sus labios, sin poder saborearlos de nuevo. Podré sobrevivir a una guerra, pero no a una vida sin ella. Porque en estos tiempos, he estado a punto de darme  por muerto tantas veces, que ya he aprendido a renacer. Y ella es la razón por la cual lo hago. Porque morir es eso; darse por vencido. Y yo nunca voy a rendirme por ti.
Había quedado con ella en la sala de máquinas. Y aquí estaba yo. Con las manos dentro de los bolsillos y mirando a todos lados en busca de sus ojos. Quizás no vendría. Quizás se lo había pensado mejor. Quizás se había dado cuenta de que no la merezco. Me había prometido a mi mismo que me apartaría de su vida. Que dejaría que fuera feliz. Pero no puedo despertarme cada mañana, viéndola como levanta armas y botes salvavidas. No puedo dejarla viendo como camina sola hacia el precipicio de su vida. Sé que es fuerte. Pero tengo que protegerla. Porque si a ella algo le pasa, no me lo perdonaría en la vida.
La vi llegar al final de la pista. Solo verla me llené la cara de sonrisas. Estaba preciosa. Había dejado de maquillarse y ahora podía observar completamente su belleza. Iba vestida con una camiseta blanca de tirantes y los pantalones militares. El pelo suelto y las uñas mordidas. Acabó por acercarse a mí y sonrió.
            -          Pensé que no vendrías. – dije
            -          Soy una mujer de palabra.
            -          Entonces, ven.
La cogí de la mano y caminé con ella. En mi estómago volvía a sentir las mariposas que tanto había añorado. La notaba de nuevo conmigo. No me atreví a entrelazar nuestros dedos, pero me satisfacía. Rozarla de nuevo era como el algodón. No me merecía volver a sentir sus dedos encajados con los míos. La acompañé en la oscuridad hasta la avioneta que había preparado. Saqué la sábana que la cubría y me subí en ella. Hice subir a ________ encima de mis piernas. Casualmente había escogido la única avioneta que no tenía asiento trasero. Casualmente. Se apoyó sobre mis piernas y el olor a lavanda me llenó los pulmones. Intentando concentrarme, encendí la avioneta. Recorrió la pista hasta ponerse en posición. Notaba el nerviosismo de _______. Se agarraba fuertemente a la manilla de la puerta y miraba el paisaje. Prendí el acelerador y empezó a correr. Y después de doscientos metros corriendo, la hice subir. Escuché a _______ hacer un grito ahogado y no pude evitar sonreír. Mientras subíamos, la avioneta se tambaleaba y ella me cogió del cuello de mi camiseta. Era ella. Era real. La tenía ahí, encima de mí, pidiéndome que la protegiera.
            -          ¿Quién te enseñó a volar? – preguntó
            -          Mi padre solía llevarme en su avioneta cuando era pequeño. En esos tiempos vivía en la granja. Cuando mis padres se separaron, nos mudamos. Entonces conocí al tío Simon y me enseñó a pilotar.
Vi como sus ojos se encogían. No me importaba que me preguntara sobre mi pasado. No me importaba que me preguntara sobre mi padre. No me importaba decirle todo lo que sabía. Haría todo lo que ella me pidiera.
            -          ¿Y tú? ¿Es la primera vez que vuelas?
            -          Supongo que ir en avión hasta Disney Land, no cuenta.
Sonreímos y negué con la cabeza. Adoraba mirarla como observaba todas las nubes mientras el sol aparecía. Estaba tan guapa cuando hacía que no me veía. No sé quién podría preferir ver el amanecer desde el aire, teniéndola a ella delante. Notó como la miraba y se giró.
            -          ¿Qué miras tanto? – frunció el ceño
            -          Creo que te debo una explicación.
Puso los ojos en blanco y volvió a mirarme.
            -          No me debes nada, Harry.
            -          Pero quiero hacerlo. – suspiré y ella desvió la mirada – Desde el día que te conocí, no ha pasado un solo minuto sin pensar en ti. Cuando me marché de España, me obsesioné contigo. Te veía en todas partes. Te me aparecías en sueños y luego empezaste a aparecer en mi realidad. No sabía diferenciar qué era real o qué era una invención de mi cabeza. Me volviste loco. Pensaron que tenía esquizofrenia y querían hincharme a pastillas. – hice una pausa – No podía permitir que me dejaran echo mierda. No en la guerra. No podía ser débil, ______. Y la única forma de dejar de recordarte era estar con Tara. – vi como sus ojos se hundían al nombrarla – Pero yo nunca la he querido a ella como te quiero a ti. Por eso cuando te vi el otro día, pensé que era mi imaginación y huí. Tenía que salvarme. Tenía que salir de la guerra e irte a buscar. Pero tú ahora estás aquí y eres real. Siento muchísimo todo lo que ha pasado.
Vi como intentaba esconder una lágrima, secándosela rápidamente. La rodeé con mi brazo y la pegué a mi pecho. Besé su frente y dejé que se tranquilizara.
Al cabo de un rato se separó de mí y me miró a los ojos.
            -          ¿Qué miras tú tanto ahora?  - sonreí al repetir su frase
            -          ¿Sabes hacer algún truco con la avioneta?
            -          Claro.
Alzó una de sus cejas. Desafiándome.
            -          ¿No me crees?
            -          No.
Cogí con ambas manos el volante. Aumenté la potencia y la velocidad y di un volantazo. Noté como ella daba un pequeño grito. La avioneta empezó a dar vueltas alrededor de de si misma, quedándonos de vez en cuando debajo de ella. Y entonces escuché la risa de ________. Su risa. Eso que había estado todas las noches comiéndome la cabeza. Ese sonido era el que quería para banda sonora de mi vida. Le sonreí mirándola a los ojos.
            -          Echaba de menos tu risa. – dije al fin
            -          Yo te he echado de menos a ti.
Sin poder evitarlo, mi boca estaba a dos centímetros de la suya. La miré. Es preciosa. Me vuelve loco. Necesitaba besarla. Tocarla. Volver a sentirla. Su respiración empezó a ser irregular y apartó sus ojos cafés de mí. Llevó su mirada al frente y decidí que era hora de bajar al mundo. Agarré con fuerza el volante y aterricé. Escuché desde fuera como alguien maldecía mi nombre. Mierda. Me han pillado.
            -          Voy a aparcar dentro del garaje. – dije mirándola a los ojos – Sal corriendo y escóndete. Dudo que sepa que hay alguien más en la avioneta. Somos muy pocos los que sabemos volar.
Ella asintió con la cabeza. Notaba el nerviosismo en sus manos. Pero también sabía que le encantaba el peligro. Dejé la avioneta y ______ bajó rápidamente. Yo me quedé fuera, vigilando a que nadie la viera. Entonces por el lado opuesto al que ella había desaparecido, apareció el comandante. Mierda.
            -          Espero que tenga una buena explicación para el uso de esta avioneta militar en plena madrugada. – dijo en tono amenazante
Caminó lentamente hacia mí. Yo estaba en posición firme. Con mi mano derecha en la frente y mirando hacia adelante.  
            -          Lo siento, mi comandante. No tengo escusas.
            -          ¿¡Quién más iba con usted!? - gritó
            -          He venido solo, comandante.
            -          ¡No me trago tus sucias mentiras de hombre blanco! ¿Has venido con la enfermera, verdad?
            -          Le juro que la señorita Tara no ha estado aquí, comandante.
Se puso delante de mí y con las manos en su espalda.
            -          Como usted ya sabe, no soportamos a los mentirosos. Si no va a decirme con quién ha estado, usted pagará por ambos. Hoy hará guardia toda la noche delante de la puerta principal.
Se dio la vuelta y desapareció. Relajé el cuerpo y corrí hacia donde había ido ella. La busqué entre las otras avionetas y la encontré detrás de una de  las sábanas. Al verme me sonrió.
            -          ¿Se ha ido?
            -          Sí. Estamos solos ahora.
Notó mis segundas en la frase. Se acercó a mí y dejé caer mi respiración en sus hombros. La añoraba tanto. Quería sus besos. Quería que fuera mía.
            -          Deja de hacer eso. – me dijo
            -          ¿El qué?
            -          Sabes perfectamente lo que estás haciendo. – sonrió – Provocarme.
Relamió sus labios y no pude evitar desviar la mirada hacia ellos.
            -          Eres tú la que me provoca.
Volvió a sonreír. Le encantaba provocarme. Le encanta seducirme. Le encanta manipularme. Hacer que todos mis sentidos se centren en ella.
Di un paso más hacia ella. La miré a los ojos. Hinché mi pecho de su olor y metí un mechón de su pelo tras la oreja. Era preciosa. Llevé mi mano hacia su mentón y lo alcé. Acerqué mis labios y los rocé con los suyos. Estaba a punto de besarla. Ella levó sus manos tras mi cuello. Era el momento.

Entonces escuché como la puerta del garaje se abría. Mierda. Mierda. Mierda. Alguien iba a vernos. Maldecí a todos los Dioses y cerré los ojos. La cogí de la mano y empezamos a correr hacia la puerta trasera. Mi oportunidad de besarla se había ido. 

dijous, 11 de juliol del 2013

Capítulo 28

POV’s________ (Tu punto de vista)

Dormir era lo único que me apetecía las veinticuatro horas del día. Allí era el único lugar donde yo decidía qué era. Porque en la realidad me lo habían arrebatado todo. Estuve buscando esas palabras para poder matarme por dentro y poder volver a nacer. Debí hacerle caso a Derek.
Me levanté del colchón aturdida. Miré el reloj. Las cinco y dos minutos. Una buena hora para ducharme. Bajé las escaleras y me dirigí a las duchas. Estaba sola. Y eso era lo único que quería. Llorar mientras el agua me caía en la cara. Porque ahí los llantos no se escuchan.
Dejé mis ropas sobre los bancos y entré las duchas. Abrí uno de esos tubos con los que se riegan las personas y dejé que el agua helada me consumiera. Como si las flores marchitas pudieran revivir. Metí mis dedos por mi pelo e intenté limpiarme todos mis pensamientos. Aquí nacía una nueva yo. No valía ser débil. No valía llorar. No valía sentir tristeza. No valía que el resto me tuviera compasión.
Pero entonces escuché voces de fuera  de los baños. Mierda. Van a entrar en las duchas. Y en menos de dos segundos, las puertas del baño se abrieron.
            -          ¡Mirad a quién tenemos aquí! – rieron entre ellos
Aclaré mi cuerpo y me enrosqué en la toalla. Y justo en ese momento entraron a las duchas. Vestidos. Habían escuchado como las duchas estaban encendidas y venían a darme miedo. Me choqué con el chico de ojos grises que le planté el puré en la cara. Él me relamió con la mirada. Y sin poder evitarlo toda mi furia estaba apareciendo por mi cuerpo.
            -          ¿Buscabas intimidad, niñita? – me dijo a dos centímetros de mi cara
            -          Niñita le llamas a tu polla. – dije
Sonrió y se rascó la nuca. Entraron varios hombres desnudos a las duchas. Muchos pasaron de mí. Otros preferían observarme lentamente mientras se mojaban. Pero entonces en el otro lado del baño sentí que me miraban. Me giré y me topé con la mirada verde de Harry. Tenía los ojos hinchados y rojos. Me daba igual. Me miraba con compasión. No quería nada de él. Y ahí me di cuenta de como todos mis sentimientos empezaban a efervescer dentro de mí. Mi mandíbula se tensó y me coloqué bien la toalla. Apreté mis puños intentando contenerme. Yo ya no era frágil.
              -          No me gusta que una chica se ría de mí como hiciste tú ayer. Esto no se va a quedar así.
          -      Qué alegría. Porque a mí tampoco me gusta que tíos como tú empiecen a amenazarme mientras me ducho. – sonreí sin enseñar los dientes
Él notaba la burla en mi voz y gruñó.
            -          ¿Cómo te llamas? – me dijo
            -          _______. Y supongo que no lo olvidarás mi nombre en tu vida. ¿Cómo te llamas tú?
            -          Peter.
Con que Peter, eh. Muy bien. Te has metido con la chica equivocada, Peter. Quizás a las tías que te follabas te dejaban tranquilo, pero a mí eso de vencerme no me gusta.
            -          Entonces, Peter, te alistaron en el ejército por salvar a tu país… Qué lástima que no hubiera una talla mínima para los penes. Así no deberías estar en el ejército. – volví a sonreír
Escuché como el resto se reían ante mis palabras. Él también se rió. Pero con una sonrisa que marcaba problemas.
                -          Quizás no te parezca tan pequeña cuando te la meta por el culo. – dijo
            -          Peter, ¿tienes a una mujer delante de ti y sigues pensando en meterla por el culo? – chasqué la lengua – Yo de ti empezaba a replantearme la orientación sexual.
Los demás siguieron riendo, hasta que él se giró a mirarlos y se hizo el silencio.
             -          Mira, bonita. Espero que no vuelvas a ponerte por mi camino, o no me haré cargo de lo que te pueda pasar.
              -          El que no se va a hacer cargo de lo que te pase a ti voy a ser yo – dijo Harry detrás de él
No. No. No. No lo quería ayudándome. No lo quería intentándome salvar. No lo quería ver como un héroe. Tenía que darme repugnancia. No quería tener que levantarme cómo si le debiera algo. Así que me acerqué a Harry y lo empujé. Me miró con ojos de no entender nada.
            -          No quiero que sientas compasión por mí. – le grité - No quiero que nadie me ayude. Puedo arreglármelas solita. He pasado toda mi vida sin ti y puedo seguir haciéndolo. – mentí
Me cogió de la muñeca y me asimiló con la mirada.
            -          Recibir ayuda no significa ser débil.
Me solté de él con un golpe y salí del baño. Cogí mi ropa y corrí hasta mi cuartel. Allí sequé mis lágrimas de impotencia y me vestí. Miré el reloj y sabía que era hora de ir hacia la plaza de la campana. Me até los cordones de mis botas militares y bajé las escaleras. Olía a hierba mojada y hacía brisa de verano. Añoraba el sol de mi país. Me senté en un bordillo a esperar que el sargento apareciera a darnos nuevas órdenes.
Sentí como alguien se acercaba a mí. Giré mi cabeza y era Tatiana. Se sentó a mi lado y me rozó la rodilla. Otra que sentía compasión. ¿Por qué el mundo no podía volverse un poco más hijo de puta?
             -          Lo siento, ______.
             -          Pues no lo sientas, porque yo no lo siento por ti. – dirigió su mirada al frente – Ya sé que tú no sabías que él era a quién yo amaba.
                   -          Me apartaré de él. Te lo juro. – susurró- Si eso es lo que quieres.
               -          ¡No! ¡No se trata de lo que yo quiero! ¡No quiero que me miréis de esa forma! ¡No me debéis nada! ¡Seguir con vuestras vidas! ¡Haz lo que pienses que debas hacer, Tatiana! ¡No me dais oportunidad de aprender si intentáis hacer mi camino! ¡Estoy contenta de estar en el ejército! ¡Aquí es el único sitio dónde van a dejar de tratarme como una niña! ¡No quiero que sigáis protegiéndome! ¡Ni tú, ni Harry! ¡Seguid con vuestras vidas!
Me levanté del suelo y caminé hacia otra parte. No quería verla. Sabía que no tenía la culpa, pero no me hacía sentir mejor. Ahora solo quería explotar mi cuerpo. Llegar a mi límite y superarme. Quería ser fuerte. Yo quería ser la heroína de esta historia.
Me tocaron por la espalda y volví a girarme. Harry. Por favor. Que vayan a molestar a otra. Por favor. Que alguien le quite esos preciosos ojos verdes de la cara.
            -          _______. – se puso serio, pero veía el nerviosismo en sus ojos – Sé que quieres estar sola. Sé que no puedes ni mirarme a la cara. Y lo entiendo. Por eso te digo que si tú me lo pides, dejaré de hablarte. Dejaré de mirarte y de seguirte. Te prometo que si tú me lo pides desapareceré de tu vida y podrás olvidarme.
Me quedé un segundo mirándole a los ojos. Le veía nervioso. Tenso por oír una respuesta que no le gustase. Y el problema es que yo no tenía una respuesta. No quería perderte por el completo. Quería mi tiempo, pero no perderle. Mis sentimientos están hechos una mierda. No podía responder a su pregunta. Yo no estaba preparada para ninguna de las respuestas.
Me aparté de él sin decir una sola palabra. Me puse en fila con el resto de mis compañeros y cuando el sargento gritó, nos pusimos firmes. Según él hoy sería un día de entrenamiento. Fuimos al campo de tiro y uno de los curtidos me dio un fusil de asalto. Caminé hasta mi puesto, número 24. Allí el sargento explicó el cómo, el dónde y el porqué de disparar. Cuando sea atacada. En la cabeza. Porque le debo la vida a mi país. Irónico todo.
Se acabó el entrenamiento y mi pelo chorreaba sudor. Volví a hacerme la coleta y caminamos hasta el comedor. Me hacía sentir superior el que nadie tuviera el valor de hablarme. Notaba de vez en cuando la mirada de Harry analizarme, pero no le di importancia. Llegué al comedor y me volvieron a poner la misma mierda de comida de siempre. Seguro que había alguien haciendo trapicheos de buena comida y material militar limpio. Debería encontrar a ese alguien. Volví a sentarme sola en la mesa, pero al poco tiempo tuvieron que rodearme otros hombres. Tampoco me prestaron atención. Hablaban sobre lo que harían este sábado y de si uno de los del cuartel 3 era un maricón. Entonces uno de ellos me miró, abrió la boca intentándome decir algo, pero la cerró. Me reí ante el miedo que provocaba en los hombres.
          -          Puedes hablarme, eh. – sonreí – No voy a hacerte nada mientras no me amenaces hablando sobre cómo me follarías.
          -          Soy Liam. - me devolvió la sonrisa. – Gran valentía al cerrarle la boca a Peter esta mañana.
-          Gracias.
Pinché una de las croquetas y me la comí con su atenta mirada.
            -          ¿Te puedo hacer una pregunta? – me dijo otro. Yo era el centro de atención.
            -          Qué remedio. – dije sin dejar de comer.
            -          ¿Por qué te apuntaste al ejército? Hay muchas teorías sobre ti. Pero la verdad es que no me creo que sea por tu amor a la patria británica.
No podía confesarles que yo no era británica. No podía decirles que yo había venido por Harry. No podía parecer un blanco fácil.
          -          Mi familia no tenía para comer. Y me dijeron que pagaban bien aquí si venías de voluntaria. Así que aquí estoy.
          -          Pues yo aquí no vendría ni aunque me pagaran. Es un infierno.
          -          Supongo que se hace todo por la gente que amas. – noté como se me humedecían los ojos
         -          ¡No me digas que tú eres una mujer sensiblera, de las que ven películas románticas y quieren visitar París!
Reí ante su comentario.
            -          Aunque tenga poco pecho y me aliste en el ejército, sigo siendo una mujer. – acabé la frase con una sonrisa
Supongo que en el fondo yo seguía siendo simpática. Y tenía debilidad por los hombres que me trataban bien.
En la tarde tuvimos clase de primeros auxilios y después física avanzada. Supongo que eso de la lógica lo llevaba bien. Llegó la hora de cenar y pusieron carne estofada con patatas fritas. No sé a qué se debía poner tanta comida y repleta de grasas, pero seguro que no podía ser bueno. Comí hasta quedarme llena, ya que sería una de las pocas veces que la volvería a probar.
Por hoy se había acabado. Caminé hasta mi cuartel y me tumbé en la cama. Caí redonda al cerrar los ojos.
Me desperté con el comandante echándome agua en la cara.
            -          ¡¿No escuchas las sirenas?! ¡Venga! ¡Vístete y sal fuera con el resto!
            -          ¿Es la guerra?
            -          ¡No hace falta que sea la guerra para que te pida que muevas tu trasero de la cama!
Salió por la puerta y miré el reloj. Las tres. Me cago en todo. Entrenamiento de improvisto. A ver qué gilipollez nos hacen hacer ahora. Me vestí y fui corriendo hasta la plaza. Me puse firme y esperamos a que el resto acabara de llegar. Harry estaba dos filas por delante a mi derecha. Con cara de recién despertado. Como el día en la playa. Como cuando despertaba conmigo.
Sacudí mi cabeza quitándome esa imagen de la cabeza y miré al frente. No escuchaba al sargento. Me importaba una mierda lo que estuviera diciendo. Solamente quería ir a dormir. Imitaría a mis compañeros y cuando acabara me iría a mi cama.
Nos llevaron a la costa. Había cuatro botes salvavidas. El sargento ordenó cogerlos todos y llevarlos hasta la orilla. Joder. A mojarse con este frío. Seguí a Liam en el agua. Al meter el primer pie en el agua me desperté de golpe. Nadamos hasta la última boya y cogimos los botes. Íbamos seis por cada bote. Estaban volcados y había que traerlos arrastrando. Si no fuera porque han prohibido darle la vuelta, ya me hubiera subido y  remado hasta la orilla. Me dejé los músculos nadando. El agua estaba tan fría que pensaba que se me congelaría la sangre. Mi cabeza no podía pensar. Los dientes rechinaban y lo único que me ayudaba era tener a Liam detrás. Supongo que al final no estaba tan mal tener amigos tíos.
Llegamos a la orilla y me dejé caer sobre la arena. Exhausta. El sargento al ver como estábamos todos ordenó de nuevo;
            -          ¡Túmbense en la orilla agarrados unos a los otros!
Otra vez al agua, no. Corrimos hasta la orilla y nos tumbamos. El agua golpeaba mi cabeza cada vez que venía una ola. Con cada intento de coger aire, tragaba agua.
            -          Espero que sean conscientes de porqué están aquí. – habló el comandante pasando cerca de nuestras cabezas – Esto no se trata de ser hombre o mujer. De creer en Dios o de lo mucho que quieras a tu madre. Aquí se trata de compañerismo. De encontrarnos a nosotros mismos. Se trata de aprender a confiar. Yo mismo tengo que confiar en unos mamarrachos como ustedes, que no son capaces ni de soportar el frío del agua. Tengo que confiar en que ustedes harán que no caiga una bomba encima de mi cabeza. Aquí aprendemos a no fallar. Porque si se falla, se muere.
Siguió dando su discurso, pero yo dejé de escucharle. Nos mantuvo otros diez minutos en el agua. Escuchándole hablar sobre gilipolleces de qué es el valor. El valor se trata de lo que eres capaz de hacer, no de lo que quieras a una persona.
Cuando acabó, nos levantamos de allí y fui en busca de una toalla en la orilla. Me arropé con ella y sequé tan rápido como pude mi pelo. No nos llevarían al campamento en coche. Había que volver andando por nosotros solos. “Sentido de la orientación” lo llaman. Menuda gilipollez. Me senté en la arena, al lado de una hoguera que habían hecho. El calor del fuego me sentaba bien. Entonces noté como Harry se sentaba a mi lado. Se había quitado la camiseta y tapaba su torso con la toalla, secándose. Daba a ver todos sus tatuajes. Nunca le había preguntado el porqué de todos ellos. Me preguntaba si habría pensado en hacerse uno en mi honor.
            -          Hola. – me dijo
            -          Hola. – respondí
Estaba tan guapo a la luz del fuego. Con las pestañas pegadas por el agua. Con los labios azulados por el frío. Estaba tan guapo frotando sus manos intentando retener calor. Estaba tan guapo intentando evitar mis ojos.
Me abracé a mis piernas y miré el fuego. No podía decirle a Harry que desapareciera de mi vida. No quería que él lo hiciera. Le necesitaba.
            -          Parece que tienes frío. – me dijo pasándome su toalla
La tomé y me acabé de secar el pelo. Que le den, que pase frío; me dije.
            -          ¿Preguntas o afirmas?
Sonrió ante mi respuesta y no pude evitar hacerlo también.
            -          Te propongo algo… - se acercó un poco a mí – Volver a empezar.
¿Volver a empezar? Puse una cara de no entender y él sonrió tímidamente. Bajó la mirada y luego volvió a mirarme.
            -          Encantado, soy Harry Edward Styles. – me ofreció su mano
            -          Igualmente, – no pude evitar reír. Le estreché su mano con la mía – soy ______ Scott Lee.
            -          ¿Alguna vez has visto el amanecer en Gran Bretaña?
            -          Claro. – fruncí el ceño
            -          ¿Y si te lo enseño yo desde el aire?
Échale cojones, me dije. Quiérele más de lo que ya haces, me repetí.

Y aquí es donde empieza de nuevo nuestra historia. Y no, no empezaría con el “erase una vez”, porque tú no eres una vez. Tú eres todas las veces. 

dimecres, 10 de juliol del 2013

Capítulo 27

Bajé de la furgoneta y el aire rozó mis mejillas. En el aire se notaba una sensación diferente. Se rumoreaba que había llegado una chica al campamento. Ella ahora formaba parte del ejército. Realmente me importaba una mierda quién fuera ella. Pero se ve que le había plantado cara a uno de los reclutas. Y solo por eso ya tenía mi respeto. Por lo hecho con Hank había recibido diferentes gratitudes de otros compañeros. Aunque mis ganas de cualquiera se reducían a ver a Tara. Caminé en su busca. Hoy hacía dos días sin alucinaciones. No podía jurar que la caja de zapatos fuera real, así que preferí borrarlo de mi mente. ______ había empezado a doler únicamente como recuerdo.
Caminé por el campo y fui hacia la plaza de la campana. Allí estaba el Sargento  hablando con alguien. Me acerqué un poco más y pude observar el cuerpo de una mujer. Ella llevaba una coleta alta. Su pelo castaño caía bajo su cuello. Todos mis músculos se tensaron. No era la primera vez que veía esas piernas. Esas piernas nunca las podría olvidar. Habían estado presentes desde el día del bañador negro. Desde el día de la piscina. Desde nuestro primer sexo sin amor. Desde mi primer beso con amor. Desde mi primera vez haciendo el amor. Desde mis primeras lagrimas por una mujer. Desde que empecé a pensar más en ella, que en mí. ________ volvía a estar delante de mí. De espaldas, porque ella siempre está por delante del mundo. Y esta vez era diferente a las otras alucinaciones. Porque en las otras su cuerpo estaba borroso. Y nunca interactuaba con alguien más aparte de mí.
Me quedé pegado al suelo, como si estuviera observando a un ángel. Mi boca se quedó seca y mis orejas pitaban. Pensé que en cualquier momento me desmayaría. Ella se dio cuenta de mi presencia y se dio la vuelta. Mucho más despacio de lo que hubiera deseado. Noté como me miraba y sus ojos se ponían brillantes. Era ella. Y no era una alucinación cualquiera.
Sonreía como siempre había hecho conmigo. Conquistando a la luna por hacerle sombra a el sol. Volverla a ver era como la piel erizada. Las pupilas dilatadas. Los oídos zumbando. La nariz taponada y la boca seca. Con todos los sentidos enamorados de su sonrisa. Porque cuando sonríe el mundo se gira a verla. Volver a verla es sentir tu canción favorita en concierto y a capela. Es llevar gafas graduadas. Es meter la mano en cubo de arroz. Es chupar los dedos llenos de sal. Es comer a cucharadas el Nescuik. Es perder la respiración por la risa. Es el principio de un maratón. Es el sonido de aplausos. Es la corriente de aire en verano. Es la música cuando lloras. Es el zumbido de una ventana golpeada por la lluvia. Es el temblor del suelo bajo fuegos artificiales. Es el sonido de su risa. Es sus pestañas revolotear. Es nuestra canción sonando en la radio. Es sus cosquillas. Es sus puntas onduladas. Es como en la curva que me maté, su sonrisa. Porque volverla a ver, es pedir un préstamo, en el cuál siempre estaré en deuda, porque no pienso acabar de pagarlo.
Me quedé clavado en el suelo. Sin poder articular palabra. Sin poder pensar. Sin darme cuenta de que la enfermedad me estaba comiendo por dentro.
Noté como una mano me tocaba el hombro desde atrás, sacándome de mis pensamientos. Me giré y vi a Tara. Ella también sonreía. Se plantó delante de mí, unos metros delante de ________.
          -          Te quiero presentar a mi mejor amiga, ________ -dijo señalándola
Eso me despistó aún más. ¿De qué conocía Tara a ______?
          -          ¿Es real? – pregunté al fin
Se quedó en silencio, haciéndome dudar.
          -          ¡Claro que es real! – se quedó en silencio, analizándome - ¿Es ella con la que tenías alucinaciones? – preguntó
          -          Sí.
_______ seguía caminando hacia mí. He sido un completo gilipollas. He huido de ella. Mi chica. Dejé de mirar a Tara y corrí hacia ella. Sus ojos estaban llenos de lágrimas. La abracé. La abracé tan fuerte como pude. Era real. Era ella. Había venido a buscarme. Sólo ella había sido capaz de jugárselo todo por estar conmigo. Noté como Tara se separaba de nosotros. Me daba igual. Quería a _______. La amaba. Ella estaba llorando en mi pecho. Acaricié su pelo y apoyé mi nariz. Lavanda. Ella había recorrido miles de quilómetros solo por mí. La pegué a mi cuerpo. Nos quedamos así por unos segundos. Luego se secó las lágrimas y alcé su mirada. Le sonreí, pero sus ojos no estaban satisfechos.
          -          ¿Estás con ella? – me preguntó. - ¿Tara es tu novia? - Me quedé en silencio. Yo tampoco lo sabía - ¿Te has liado con ella? ¿Os habéis acostado, verdad? – no contesté – Por Dios, Harry. Haz el favor de contestarme. Me he pasado muchísimo tiempo rezando para volver a oír tu voz. Sea lo que sea, dilo.
          -          Nos besamos. – susurré más arrepentido que nunca.
Vi como sus ojos empezaban a empaparse de nuevo. Bajó la mirada e intentó soltarse de mis manos. No la dejé. La agarré por detrás y la pegué en mi pecho. No podía haber sido tan estúpido. Ella me seguía queriendo. Seguía pensando en mí. Y yo la quería. La quería muchísimo. Pero una presión me apretaba la garganta, impidiéndome decírselo.
          -          ¿Y tú ahora a quién quiere? – me preguntó, observándome.
“¡A ti!” “¡Te quiero a ti!”,  pero las palabras no salían. Se desprendió de mí y dio un paso atrás.
         -          Lo siento. – me dijo, otra vez con agua en las mejillas. – Perdóname por venir y joderlo todo. Nunca debí volver. Lo siento.
          -          ______...  – conseguí hablar – Yo te quiero a ti.
Seguía llorando. Y mis ojos estaban nublados. No podía verla así. Ella estaba llorando por mí. Le había hecho daño dos veces. Me había alejado de ella y ahora la había defraudado. Se soltó de mí y empezó a correr. Fui detrás y la cogí de la muñeca.
          -          ¿Pero no lo entiendes, Harry? No pienso competir con ella. Ella es mucho más guapa. Y tiene mucho mejor cuerpo. Ella puede hacerte el doble de feliz. Puede hacerte sentir como nunca. Yo no tengo posibilidades. No voy a ver cómo te quitan por segunda vez de mis manos. No voy a ser la otra. No. O estoy o no estoy. – se quedó en silencio - No te preocupes por mí, estaré bien.
          -          ¡_______, yo estoy enamorado de ti, no de ella! – le grité
          -          ¡Si estuvieras enamorado de mí no te hubieras liado con ella, Harry!
No era verdad. Yo sólo quería acabar con la esquizofrenia. Pero ahora me he dado cuenta de que poco a poco me he convertido en un enfermo. En un despreciable. No sé qué hacer con mi vida. No sé tratar a la gente. Siempre lo arruino todo. No merezco a _______. No merezco a Tara. No merezco a Gemma. No merezco a mi madre. No me merezco a nadie. Nadie es tan despreciable como lo soy yo. No puedo seguir haciendo daño a _______. No puedo seguir engañándome. Yo la amo a ella. Y daría mi vida por hacerla feliz. Y  por eso sé que debemos separarnos, porque yo no la puedo hacer feliz.
La agarré por la espalda y la pegué a mí. Ella estaba rígida, pero a continuación me abrazó. Supongo que yo era la única persona aquí en la que se podía respaldar, aunque no pudiera confiar. Lloró de nuevo. Se tapaba la cara. No quería que la mirara. Y me sentía despreciable. Yo había provocado todo esto. No podía permitirme que esto siguiera así. No podía volver a hacerla llorar. Había que acabar. Besé su frente y enredé mis dedos en su pelo.
          -          Supongo que si has venido a buscarme fue porque nunca hicimos una despedida en condiciones. – susurré- No quiero verte llorar. Si te quedas conmigo solo tendrás tristeza. Vuelve a casa, ______.
          -          ¡No puedo volver a casa! ¡Estoy en el ejército! ¡Yo soy esa chica de la que todos hablan!
Volví a besar su frente y me separé de ella. Empecé a caminar en dirección opuesta. Sintiéndome despreciable, desgraciado, insoportable. Sabía que había hecho lo correcto, pero sin embargo no me sentía mejor.
Hace un tiempo hubiera empeñado todo lo que tenía por estar a tu lado. Cualquier segundo contigo era mejor que sin ti. Perder el tiempo contigo era ganarlo. No me importaba el qué, el cuándo, ni el cómo. Sólo éramos tú y yo.
Pero supongo que nuestro fallo fue hacer planes para mañana y no para hoy.
Hace un tiempo te hubiera desnudado sin dejar de mirarte. No era tu piel, ni tus ojos, ni tu vientre, ni tu obligo - agujero de la muerte, dónde quiero que me entierren-. No era tu boca, ni saberme la alineación exacta de tus pechos, ni la constelación de tu espalda. No era tu mirada, la cual crees que está vacía, pero yo veo algo de esperanza y busca de lo imposible. No era nada de tu cuerpo, ni de tu espíritu. Sólo eras tú, llenando todos los espacios vacíos que el mundo había empeñado en cavar. Sólo eras tú, creciendo en mi interior lo que un drogadicto siente por una copa llena de cristal. Eras mi vía a los sueños cumplidos. Eras tú la que llenaba mi mirada.

Hace un tiempo, nuestra almohada estaría llena de tu carmín. Hoy solo rebosan dudas y arrepentimientos. Hoy se nos ha acabado el tiempo que ganamos juntos. Hoy es el día que digo adiós. Hoy eres mis sueños. Hoy es el día que me convierto en sonámbulo. Ése que cree que puede volar y sale a la calle en busca de un rascacielos. Esperando poder llegar a lo más alto. Esperando ver todo lo que ha sido. Ése sonámbulo que no puedes despertar, aunque se vaya a matar. Porque si se tira, vuela. Aunque sólo sea en su sueño. Pero hoy soy como los sonámbulo, porque son los únicos que morirían por sus sueños. 

dimarts, 9 de juliol del 2013

Capítulo 26

POV's ______ (Tu punto  de vista)

Tatiana estaba aquí. No podía creérmelo aún. Ahora sí sabía que iba a sobrevivir. Tenía todo lo que quería dentro del campamento. No iba a dejar que nada me impidiera ser feliz. Volver a sentirme quién yo era. Ahora mi mirada ya no estaba vacía. Sólo tenía que ver a Harry. Que me sonría y me abrace. Saber que él está bien. Que todo mi sufrimiento ha valido la pena. Que quererle no ha estado en vano.
Seguí caminando por la tierra seca y coloqué el asa de la mochila en mi hombro. Me paré delante de una caseta, tenía un letrero azul. Pero no podía descifrar lo escrito por la suciedad. Me hice bien la coleta y subí las escaleras. Toqué la puerta y me gritaron desde dentro. Entré y un hombre me miraba desde su silla. Podría tener unos cuarenta años largos. Eso, o la guerra lo habían hecho envejecer. Tenía todo el cuerpo musculado, y con sus ojos marrones me intimidó hasta el más grande recuerdo. Analizaba cada movimiento. Cómo si yo fuera una amenaza. Me hizo sentarme en la silla delante de él y cruzó sus brazos.
          -          Buenos días. – dije – Quería alistarme en el ejército.
          -          Mire señorita, con todos mis respetos, no aceptamos a chicas en estos momentos. Como ya sabrá, estamos delante de una guerra y no podemos permitirnos debilidades.
Noté como el músculo de mi mandíbula se tensaba. Todos sabíamos que esto iba a pasar.
          -          Lo siento, pero no le admito llamarme débil. Soy una ciudadana más de mi querido país. – mentí – No me han hecho ninguna prueba física, ni mental, como para acusarme de que no valgo para ello.
          -          ¿Está bromeando? ¡¿Cómo va a llevar armas de veinte quilos con esos brazos diminutos?! ¡¿Cómo piensa usted lanzar granadas a más de cuarenta metros?! ¡Esto no es un trabajo de manualidades! ¡No puedo poner a todo mi ejército en peligro porque usted quiera venir de heroína! – se levantó de la silla – ¡Siempre las mujeres hacen lo mismo! ¡Usted solo ha venido aquí para llevarse todos los méritos! ¡Únicamente quiere que la entrenemos, y cuando ganemos la guerra usted se llevará todos los méritos, por ser una mujer, la primera mujer que va a la guerra!
          -          ¡Eso no es cierto, general! ¡No soy la primera mujer que va a la guerra! ¡Tengo los mismos derechos que todos los que están aquí! – grité - ¿Cómo puede pensar usted que voy a quedarme tranquila en mi casa mientras sé que van a tirar bombas sobre mi cabeza? ¿Puede usted pensar que me voy a quedar de brazos cruzados mientras hay gente apuñalándose en las calles por conseguir comida? ¿Cree usted que me reconforta ver a toda mi familia en peligro? ¡Pero esto no se trata de mí, ni de los míos, ni de ustedes! ¡Se trata de todos nosotros! ¡Quiero que toda esta porquería acabe de una vez! ¡La gente se despide de sus hijos porque van a ir a la guerra, sin saber si será la última vez que los vea! ¡La gente de hoy en día se ha educado para competir en solitario, únicamente quieren llegar a su meta solos! ¡Y para ganar no tienes estar solo, general! ¡Y todo esto lo explican ustedes aquí! ¡Se trata de compañerismo! ¡No quiero lloriquear por un sueldo que me ahoga, ni por que las cosas no salgan como yo quiero! ¡No formo parte de la sociedad que están montando! ¡Si hay guerras es a causa de ello! ¡No me consiento ser una más que vive en la ignorancia y se conforma con vivir sufriendo! ¡Si voy a morir, quiero que sea luchando! ¡Y discúlpeme si por ser una mujer debería acceder a sentarme y llorar! ¡No soy débil, general!– suspiré – La gente se llena con la esperanza que algún día nos volverán a ver. Pero yo estoy cansada de esperar a ver qué pasa. No he venido al mundo a esperar que los demás hagan algo por mí. Quiero ganarme mi vida. – hubo un silencio – Usted tampoco está aquí por diversión, mi general. Usted siente amor, pasión y honor por su patria. Estoy segura de que allí fuera hay alguien a quién protege. Déjeme a mí proteger a los míos. A mí ya me han robado todos mis sueños, pero no pienso permitir que se los quiten también a mis futuros hijos.
Hizo un gran suspiro y volvió a sentarse en la silla. Entrecruzó sus dedos y volvió a mirarme.
          -          Nunca nadie ha tenido el valor de decirme que no estoy haciendo bien mi trabajo. Y usted lo está haciendo ahora mismo por no incluir mujeres en el ejército. – tragué saliva.- Y me alegro de que haya tenido el valor de recordarme por todo lo que mi ejército lucha día a día. Supongo que muchos de ellos luchan porque lo deben hacer. Pero usted demuestra que no está aquí por simple aburrimiento. – Sacó unos papeles de su cajón – Le haremos las pruebas físicas después del mediodía. A las tres en punto. Puede dejar todas sus cosas en el cuartel de mujeres. Cuartel 15. – me pasó los papeles y un bolígrafo – Relléneme estos papeles y déjeme ver su carnet de identidad.
Respiré hondo y saqué de mi mochila el carnet. Se lo entregué y dirigí mi vista a los papeles. No quería que viera las mentiras en mis ojos. Pareció satisfecho y me devolvió el carnet. Le sonreí sin sacar a ver mis dientes y lo guardé. Seguí escribiendo, él se levantó del asiento y empezó a hablar con alguien por teléfono.
Terminé los papeles y se los dejé en la mesa. Me despedí de él con una sonrisa y cerré la puerta de su cuartel. Noté que había estado aguantando la respiración todo el tiempo. Dejé que toda la tensión cayera y bajé las escaleras. Tenía que encontrar a Harry. Y la forma más directa de encontrarle era Tatiana. Ella debía conocerle. Debía conocer a todos los del campamento.
Busqué el cuartel 15 y entré dentro. Todo estaba oscuro. Pequeños rayos de sol entraban por las persianas de madera. Dejé mis bolsas en el suelo y abrí las persianas. Dejé entrar el aire para ventilar el olor a humedad y ratas. Puse mis cosas sobre la cama y entonces me di cuenta de que iba a vivir rodeada de mierda. Bebí agua y la escondí por la cama. Salí del cuartel, en busca de algún rastro de Harry. Pero apenas había hombres en el campamento. Debían estar de misión. Y cerré los ojos pensando en lo peor. Harry, por favor, mantente vivo.
Llegué a la enfermería y me encontré sentada en una silla a Tatiana. Corrí hacia ella y la abracé. Me prometí a mi misma que no iba a llorar. Ahora tenía que ser fuerte. Besó mi frente y se acercó a un armario.
          -          Tengo algo para ti. – me dijo mientras sacaba ropas de militar. – Un uniforme de tu talla. Deberías estar agradecida por ello. Todos los demás te hubieran dado ropas de hombre. 
          -          Gracias – sonreí
Se acercó y me dio la ropa. Me cambié mientras ella se iba a su habitación. Cuando terminé de atarme las botas militares, ella salió con la caja de zapatos. Mierda. Era LA caja de zapatos. NUESTRA caja. Nuestro reto.
          -          Tatiana… - susurré
          -          No me llames así. Ahora he hecho que me llamen Tara. – llevó sus ojos a la caja – Dime, ¿tienes la tuya?
          -          No. – dije casi inaudible- La quemé cuando me despedí de él.
          -          ¿Por qué?
          -          No quiero recordar a ningún hombre más, Tara. Sólo quiero que sea él.
Hubo un silencio. Luego sonrió y volvió a guardar la caja.
          -          ¿Estás segura de que él está aquí?
          -          Sí. Lo sé.
          -          Entonces seguro que lo conoceré. ¿Cuál es su nombre?
          -          Harry.
Noté como su mandíbula se contraía y tragaba saliva con dificultad. Algo no estaba bien.
          -          ¿Y su apellido? – me dijo marcando cada palabra.
Apoyé mi peso sobre las dos piernas y me rasqué la nuca.
          -          Será mejor que me vaya. – no quería saber lo que ella me tenía que decir. – Tengo que buscar algo de comer y hacer las pruebas físicas.
          -          Pero, ______...
Sonreí con nerviosismo.
          -          No podemos referirnos al mismo Harry. Hay muchos Harrys aquí. Seguro. – mi voz temblaba.
No quería imaginarme lo que Tatiana podría decirme. Harry. Harry no podía haber muerto. Él tenía que estar vivo. Salí de la enfermería casi corriendo. Fui en busca del baño y me apoyé sobre el retrete. Las arcadas empezaron. Esto no era lo que yo había planeado. Nada de esto era lo que yo quería. Harry debería estar aquí. Desde el primer pie que puse aquí dentro, él ya debería haberme visto. Saqué todo lo que tenía dentro y me limpié la cara. Me quedé apoyada sobre la pica y mientras miraba mi rostro en el espejo. Pequeños mechones caían sobre mi cara. Iba a quedarme sin pelo. Todos lo sabíamos. Si quería estar en el ejército, debería ser una más. Pero a mí no me iba eso de las normas.
Mojé todo mi pelo e hice una coleta alta. Me llené el pelo de horquillas y agua. La puerta del baño se abrió y un chico moreno entró. Se quedó mirándome con los ojos bien abiertos. Yo no iba a dejar que ninguno de ellos me intimidara.
          -          ¿Qué te pasa? – grité - ¿Nunca has visto a una tía?
Salí del baño dando un golpe con mis pies. Ya lo dijo Derek, nada de lo de aquí iba a ser fácil. No sin Harry. Sólo quería encontrarlo. Estaba vivo.
Bajé las escaleras en busca del comedor. Después de media hora pude dar con él. Entré y noté como miles de ojos se posaban sobre mí. La noticia de que una mujer estaba en el ejército había sido transmitida con mucha más rapidez de lo que pensaba. Busqué los ojos verdes de Harry por el comedor, pero no había rastro de él. Un nudo en mi garganta apareció. Tenía miedo de qué era lo que Tara iba a contarme. Pestañeé y cogí una bandeja. Las cocineras me miraron con incredulidad y posaron la comida sobre la bandeja. Comer hierba debía tener mejor pinta que esto. Me senté en una mesa vacía y empecé a comer. Sólo comería hidratos de carbono. Nada de grasas. Necesitaba tener a todo mi organismo preparado para las pruebas del general. Pero entonces noté como alguien se sentaba a mi lado y puse mi mayor cara de asco. Alcé una ceja y me choqué con unos ojos grises. Me sonreía con picardía. Intentando intimidarme.
           -          ¿Qué? – espeté
          -          ¿Qué hace una chica tan guapa como tú en un sitio como este? – dijo pegándose a mí. Mi garganta se contrajo. No estaba para gilipolleces ni para gilipollas.
          -          Mira. – sonreí lo más falsamente que pude – No sé a qué tipo de tías te follas tú, pero ten muy claro que yo no voy a ser una de ellas.
Me separé de él y agarré con fuerza mis cubiertos. Él volvió a pegarse a mí y noté su aliento caer sobre mi cuello. Ojalá Harry estuviera aquí. Ojalá Harry le partiera la cara ahora mismo. Volví a llevar mis ojos al gilipollas de mi derecha y me puse en pie.
          -          ¡Me importa una mierda que todos los de aquí seáis pollas con patas y que penséis que yo soy vuestro blanco! – se hizo un silencio en la sala. Todos me estaban escuchando. – Ni se os ocurra poner una mano encima de mí. Porque os juro que una mujer con mala hostia da más miedo que el propio general. – apreté mis dientes con fuerza y le miré – Una polla no os hace más poderosos.
Unté mi mano en el puré y lo arrastré en su cara. Noté como su mandíbula se apretaba. Se puso de pie, sacándome un par de cabezas. No me intimidaba. Se limpió la cara con la manga. Vi como todos nos miraban. Era mi momento para que me respetaran.
          -          Machito, – marqué cada letra – te hacías llamar, ¿no? Soy tu peor pesadilla. – me subí en el banco, quedando a su altura – Todas las mujeres somos vuestra peor pesadilla. ¿Crees que puedes arreglarlo dándome una hostia? – sus puños se apretaban cada vez más con mis palabras – Si me pegas ahora quedarás como el maltratador. “Pega a las mujeres.” –hice una pausa - ¿O tu honor va a permanecer si me dejas ir después de haber quedado por encima de ti? Tú. El hombre. El que ha sido vencido por una chica. – sonreí mostrando todos mis dientes. – No debiste acercarte a mí. Ninguno de vosotros deberías plantar un ojo encima de mí. Tenéis todas las de perder.
Noté como toda la sala estaba en silencio. Me bajé del banco y tiré mi comida en la basura. Di un portazo con la puerta y escuché como dentro se hacían los gritos. Me importa una mierda todo lo que puedan decir de mí. Ninguno ha tenido el valor de enfrentarse. Ninguno tiene mejores definiciones que yo. Ninguno tiene el valor de hacerme callar. Ahora sí estaba preparada para la guerra. Estoy cansada de tenerlo todo fácil. Quiero que alguien me plante una buena hostia y me haga darme cuenta de mis errores.
Miré el reloj y ya se acercaba la hora de mi prueba física. Caminé hasta el lugar. Pateando las piedras. Mirando  al cielo. Esperando ver a Harry. Olerlo. Sentirlo. O cualquier cosa que me hiciera despertar todos mis sentidos. Me senté en la escalera a esperar y noté unos pasos cerca de mí. Levanté la vista y era Tatiana. Sonreí. No podía creerme que estuviera allí.
          -          Todos los Harrys de este campamento están vivos. – me sonrió
Mi mirada se llenó de alegría. Harry estaba vivo. Pero aún y así sabía que algo no estaba bien. Pero no me importaba, porque yo iba a hacer que ello cambiara. Era momento de volver a vivir. Podría volver a respirar tranquila. De notar los labios de Harry. Su sonrisa. Su olor.
Abracé a Tatiana.
          -          Gracias. – susurré
          -          Suerte. – me dijo
Me giré y el general estaba esperando. El comandante a su lado. Respiré hondo y me llené de valentía. Lo conseguiría. Había acabado ser la débil. Dejar que todos me superen. Esto no se trata solamente de Harry. Se trata sobre mí. De superarme. Estoy cansada de nunca hacer nada nuevo. De no sorprenderme a mí misma. De no confiar. Y para ello estaba aquí.
Me acompañaron hasta el campo militar. Allí vi como estaban creadas todas las pruebas. Analicé el ambiente. Calor. Aire hacia el norte. Coloqué bien mi gorra, esperando que no se me escapara ningún pelo y llené mis manos de arena para no resbalar.
         -          Estoy preparada. – dije
         -          Ponte en el reactor uno y cuando suene la campana empiezas. Tienes exactamente media hora para hacer el recorrido. Ha sido ajustado a tu altura y condiciones naturales. Suerte.
Noté cierta burla en los ojos del comandante. Caminé hasta el reactor uno y me apoyé en mi rodilla derecha. Lista. Pestañeé una última vez y la campana sonó. Mis pies empezaron a correr. Escalar montaña. Debía coger una velocidad mínima de ocho para poder agarrar la primera piedra y escalar. Corrí tanto como pude y pegué un salto. Me agarré con mi mano izquierda y me impulsé de nuevo hacia arriba apoyando mis pies sobre la pared. Notaba como sus ojos me observaban intimidantes. Levanté mi mano derecha y la metí en el agujero. Mis pies quedaron colgando. Pensaba que se me estaban agotando las fuerzas, pero entonces puse mi pie sobre la piedra y con todo mi empeño me agarré a la tarima. Di gracias a Dios por haberme embadurnado de arena y así no resbalar ahora. Di un segundo empujón y estabilicé mi cuerpo sobre el suelo. Me puse en pie y me dejé caer. Rodillas flexionadas o me lesionaría. Noté como el suelo llegaba a mí y todo mi peso cargaba mi columna.
Volví a correr hasta el siguiente reactor. Redes. Cerré bien mi boca y me tiré al suelo. Todo esto suponía que no debía ser alistada. Me deslicé por el barro, manchando bien mis rodillas y dejándome la piel de mis codos. Pero entonces noté como mi pelo me impedía seguir. Se había quedado atascado en la red. Mierda. Intenté desenredarlo de un tirón, pero no funcionó. Saqué mi navaja y corté el mechón enredado. Ya me arrepentiría después. Salí de allí lo más rápido que pude y corrí de nuevo. Notaba como ya el sudor caía sobre mi cara.
Subí el árbol plantado. Un pie tras otro. A la tercera rama, esta se rompió y perdí el equilibrio. Me quedé colgando por estar amarrada a las ramas. Volví a colocar mis pies y seguí subiendo. Miré el suelo y vi como todo se tambaleaba. Alturas. No mi gran aliado. Tragué saliva y miré mi camino. No lleves la vista al suelo, me repetía. Caminé por las ramas marcadas hasta llegar al siguiente reactor.
Visualicé una tirolina. Debía coger velocidad. En las últimas rampas pegué nuevos saltos y me deslicé por la plataforma. Agarré la tirolina y recé para que mis dedos no resbalaran. Pero la fuerza en mis brazos no era la suficiente y caí al agua. Me mojé entera. Esto iba a hacer el doble de difícil acabar el recorrido. Corrí hasta la pared de la plataforma y me impulsé hacia arriba y coger la tirolina. Subí mis piernas lo más alto que pude para darme velocidad. Noté como mi cuerpo llegaba a la siguiente plataforma. Mis fuerzas se estaban agotando, pero no me permitía pensarlo. Iba a exprimirme.
Corrí de nuevo y deslicé mis pies por las ruedas de camión alineadas en una recta. Levantando bien las rodillas para no tropezar. La vista era mi mejor aliado. Seguí corriendo y vi que la última prueba era en una piscina. Al final de ella había una verja. Tenía que abrirla. Y para ella necesitaría una llave. La llave debe estar dentro de la piscina. Me concentré en pensar una forma de verlas rápidamente. Sabía que no me quedaban mucho más de cinco minutos. Las llaves tienen una densidad superior a la del agua. Debía rastrear la piscina desde abajo. Era la última prueba. Y lo iba a conseguir. Me lancé al agua intentando no hacer mucha corriente y abrí los ojos dentro. No noté ninguna forma llamativa. Nadé hacia el fondo y di una vuelta de 360 grados. Y entonces vi algo que brillaba. Nadé rápidamente hacia ella y lo cogí. Salí rápidamente a la superficie para observarlo. La llave. Nadé tan deprisa como pude hasta salir de la piscina. Coloqué la llave en la cerradura y la giré. Tiré del pomo, pero seguía bloqueada. Esto era el colmo. Di dos pasos hacia atrás y lancé con toda mi fuerza mi pie sobre el pomo. Éste cayó y la puerta se abrió. Impulsada por una fuerza que desconocía tener, toqué la campana. Dos segundos después de caer al suelo una alarma sonó. Había entrado en el tiempo.

Estaba dentro del ejército.