dissabte, 23 de febrer del 2013

Capítulo 15


Los deseos suelen pedirse en las tartas de cumpleaños, o las noches que se cambia el año. Aparecen deseos cuando las pestañas se esparcen por tus mejillas. Los deseos dicen que no se pueden decir, pero el dueño de esa lámpara te preguntará tres. Que los deseos pueden ser un puñado de hojas dobladas diez veces dentro de un jarrón, o una palabra a la estrella fugaz. Los deseos pueden cumplirse o desvanecerse. Simpática palabra. Desvanecerse. Al igual que tú. Has sido todo ese mi mayor deseo. Lo que no me deja dormir por las noches. Lo que se ha apoderado de mis recuerdos. Lo que ahora mataría por tener a mi lado. Un infinito deseo. Solo un desvanecer.
El suelo estaba frío y una luz me jodía la vista. Pestañeé un poco y pude enfocar mi retina. La chica se apartó de mí y volvió a poner la maldita luz en el ojo derecho. Y luego en el izquierdo. Conseguí mover mi mano y apartarle la maldita linterna. Tragué saliva intentando recordar lo que había pasado. La que me estaba quemando la retina era la señorita García. Podía ver esos ojos miel mucho más profundos de lo que me había imaginado que eran.
            -          ¿Harry? ¿Estás bien? – me movió la cabeza de un lado a otro para que reaccionara - ¿Me oyes?
Pude toser y me levanté del sitio. El mundo me daba vuelta y los oídos seguían resonándome.
            -          Sí, sí te oigo. Y gritas demasiado para mi gusto. – me llevé las manos a la cabeza. Tenía sangre.
            - ¿Qué me ha pasado?
            -          Te has desmayado. – me dijo
Alcé la vista y pude reconocer la esquina que había travesado _______ antes de desaparecer. Me puse de pie de un salto al recordarlo. Mis ojos estaban abiertos como platos.
            -          ¿Dónde está? ¿Dónde se ha ido? ¿Por qué? –dije gritando
Me acerqué hasta la esquina y la doblé. Ella me seguía desde atrás. Me miró despreocupada. Me tomaba por bobo.
            -          ¿Qué has visto, Harry?
Me planteé un momento si me lo estaba preguntando a mí. Me tuve que preguntar desde mi propio inconsciente si realmente había visto algo, o era solo un producto de mi imaginación.
            -          No lo sé – me senté en el suelo y me llevé las manos a la cabeza
Estaba seguro de que la había visto. Sabía que había salido corriendo. Sabía que era ella. Era su peca. Su forma de doblar los pies al caminar. Eran sus ganas por tenerme controlado.
Me hizo levantarme del suelo. Me llevó hasta la enfermería y se sentó conmigo en la camilla.
            -          Pienso que lo que te acaba de pasar el por culpa de la vacuna, Harry.
            -          ¿A los demás también les ha pasado? – pregunté
            -          No exactamente… Pero no descarto nada. – me susurró. Se quedó un minuto en silencio, supongo que pensando la próxima pregunta. - ¿A quién viste?
Me miraba con esos ojos color miel. Desafiante. Colocó su mano y sus uñas rojas sobre mi rodilla. La acarició. Miré dentro de sus ojos y pude ver su inseguridad, pero a la vez se mostraba segura. - Cómo me recordaba a ella – pensé. Sabía que iba a tener que responder tarde o temprano, pero seguí prohibiéndome a mí mismo decir que estaba enamorado. El amor nos hace débiles. Yo no puedo permitirme ser débil.
            -          ¿No crees que estás haciendo preguntas demasiado íntimas, cuando yo no sé ni tu nombre? – le dije
Se quedó en silencio un momento. Desvió la mirada y tragó aire.
            -          Llámame Tara. – rió – Si no quieres, no me creas, pero te he hecho esa pregunta por recopilar información de la vacuna.
            -          Ya. –ironicé – Claro. Información, Tara.
Ambos sonreímos.  Se alzó hasta la altura de mi cabeza. Empezó a limpiarme la herida. Me escocía, pero me prohibí a mi mismo quejarme. Nada de quejas. No delante de las mujeres. No delante de mujeres que se pareciesen a ella.
Acabó y se apartó de mí. Sonrió.
            -          Ya estás. Ahora ya puedes volver con el pelotón.
Me quedé en silencio. Aún sentado y ella esperando a que me fuera sin decir nada. La miré. Se podría decir que era perfecta en todos los sentidos. Pero algo me fallaba en toda esa perfección. Y sabía lo que era. Pero no estaba preparado para admitarlo. Me miró y se mojó los labios a modo de respuesta.
            -          ¿Puedo preguntarte algo personal? – dije
            -          Depende –rió
            -          ¿Qué edad tienes?
            -          Un año menos que tú.
            -          ¿Tan joven y ya salvando vidas? – me asombré
            -          Tú también estás aquí por salvar vidas, Harry.
Silencio. Tenía razón.
Salí de la camilla y caminé hacia la puerta.
            -          Harry – me giré en seco – Si vuelves a ver algo, o te desmayas, dímelo.
            -          Gracias, lo haré. – sonreí y salí de la enfermería.
Tara. La chica de ojos miel. La chica de pelo oscuro. La chica de las uñas rojas. La chica que me provoca visiones. La chica que a partir de hoy empezará a ser una de mis pesadillas.
Sabía que Tara rebosaba perfección. Perfección en todo lo que había visto y todo lo que me quedaba por ver. No creo que pudiera averiguar ningún trapo sucio. Hay veces que cuando ves a una persona; se te para el corazón, sabiendo que con ella lograrás ser feliz. Que sois posibles. Que abandonaréis el dolor. Todo sería perfecto. Un mundo de guerra, donde yo tuviera que hacer el papel de chico de acero con tal de protegerla. Ella se protegería alrededor de mi brazo y notaría su respiración en mi pecho. Pero siempre hay un pero. Incluso en estas cosas, y el pero aquí es que no era perfecta, porque no era ______. Tara y yo podríamos haber sido felices, si no fuera porque yo ya estaba enamorado de otra que no era ella. Yo dejé de buscar a la chica que quiere sentirse protegida. Yo busco a la chica que seguidamente de decirme su nombre, me susurra que no cree que pueda recordarlo. La que después de follar quería una foto mía. La que yo pensaba que no me iba a volver loco. La que se hacía la dura no saludándome por la calle. La que arrojaría la piña colada justo después de que la pagase. La que prefería apostar, antes que besarme. La que me advirtió que eso me acabaría enamorando. Y yo, iluso entre un mundo de mascaras y etiquetas. Con la indiferencia como escudo y coches que te prometen llevar caballos. Dónde todo huele a vodka de tres euros y con música que solo sirve para bailar. Dónde se envuelve a los muertos con papel brillante y a los vivos entre mierda. Con los que solo aprenden a valorar lo que pierden y no lo que tienen. Aún en la espera de encontrarte caminando descalza. Riéndote sin razones. Mirando, aún con la vista cansada. Viviendo, aún sin mí. 

dimecres, 6 de febrer del 2013

Capítulo 14


Encendí la luz de mi cuartel. Intenté por todos mis medios no mirar a ningún espejo. Los demás chicos estaban como yo, pero era obvio que no les importaba lo que a mí. Miré el reloj de la pared. La pared ya mugrienta con grietas y más de una humedad. El reloj con el minutero roto, marcando siempre las doce y treinta dos. No sabía la hora que era, así que opté por esperar a que me hicieran alguna orden que me lo explicara. Desde que había llegado aquí, aún no había tenido la oportunidad de entablar una conversación con alguien. Nadie de aquí me conocía. Podía ser quién yo quisiera ser. Y por eso mismo opté por volver el chico duro con el que nadie quiere meterse en peleas.
            -          Soldado, es la hora de su almuerzo, ¿qué está esperando a ir? – me ordenó
            -          Disculpe, sargento
Se me quedó mirando, con ganas de decirme algo. No avancé. Llevé la mirada al frente, esperando algo más.
            -          No es que le favorezca mucho el corte de pelo. – me dijo – Pero todo su cabello son células muertas, y todo lo muerto, aquí, se destruye. Recuérdelo.
            -          Claro, sargento.
Empecé a caminar. Dejé de ponerme firme y fui hacia el comedor. Había una inmensa cola que esperaba en la rampa. Me acerqué y me puse detrás de un tal Louis. Veía su nombre en la parte trasera de su chaqueta. Todos tenían el suyo. Me quedé en silencio. Avanzamos y cogí mi bandeja. Me pusieron comida con complejo de cemento. Cogí la cuchara que más limpia parecía y me senté en una mesa vacía. No necesitaba ningún amigo. La soledad me haría fuerte. Pero para no mi tan buena suerte, Louis se sentó a mi lado, junto a un tal Zayn. Nos miramos de reojo y cada uno empezó a comer. Silencio hasta que Louis se rió en voz baja.
            -          ¿De qué te ríes? – le desafié
Me miró sorprendido. Cómo si no tuviera dificultades en buscar problemas.
            -          De tu pelo seguro que no, porque no tienes. – me guiñó un ojo
            -          Yo no necesito pelo para pegarme con nadie. – volví a mi posición
            -          Anda, pues ya tenemos algo en común.
Zayn nos miraba en silencio. Me importaba un comino lo que pensaran ambos de mí. Simplemente quería acabar con todo esto cuanto antes. Quería acabar con el campo de reclutamiento. Si hacía falta dormiría tres horas diarias para acabar antes la carrera.
Un temblor empezó a llegar a mis pies. El agua del vaso empezó a moverse.
            -          ¿Lo notáis? – preguntó Zayn
            -          Sí, ¿qué será?
            -          La guerra. - afirmó Louis
Le miramos mal. Supongo que a ninguno nos agradaba la idea de tener que entrar en esa matanza. Zayn y yo nos miramos y volvimos la mirada al vaso. El temblor se acabó y el murmullo de gente volvió.
            -          Parece que sepas mucho de la guerra- le dije a Louis - ¿Qué sabes?
            -          ¿Por qué se supone que debería contártelo?
            -          Quizás sea yo el que te salve la vida cuando la guerra estalle.
            -          La guerra ya ha estallado. Lo que acabas de ver son  tropas acercándose contra nosotros. Estoy completamente seguro que ha sido Portugal. Una bomba o un estallido para asustarnos. Nuestro juego va contra Portugal. – Me miró de arriba abajo – He oído que te han traído desde España. ¿Te has planteado el por qué de que tuvieran tanto interés en que llegaras aquí?
            -          Pensé que había falta de soldados.
            -          No hay de eso aquí. Ya puedes ver cómo está de lleno el comedor. Y hay otras veinte tropas repartidas por el país. Todos nosotros somos los que lucharemos por los errores que cometieron los de arriba.
Me quedé pensando en ello. Supongo que tenía razón. Pero igualmente, no podíamos hacer nada por evitarlo. O eso nos hacían creer.
Acabamos de comer y fuimos hacia la enfermería. Miré el cielo. Cuatro nubes para hacer bonito. Ni rastro de lo que hablaba Louis. Entré en la sala de espera de la enfermería. Tenían que inyectarme un nuevo fármaco contra las bombas nucleares. O eso decían. Pero la verdad es que no me lo tragaba.
Me llamaron para que pasase dentro. Entré y no había ni un alma. Miré las paredes; blancas, como si quisieran darle algo de luz a este montón de oscuridad. Me reprimí y me senté en la camilla. Y entonces apareció una chica de pelo ondulado y oscuro. Piel morena y ojos miel que me travesaron. Me tomó un segundo para recomponerme. Y mantuve mi mirada.
            -          Buenos días, tú eres… ¿Harry Styles? – me dijo mirando a la lista que sujetaba con la mano izquierda y poniéndose unos guantes de látex
            -          Sí. ¿Cómo se llama usted?
            -          ¡Hombre! – se abrumó – Hacía tiempo que nadie me llamaba de usted. Parece que en este lugar al ser mujer ya dejan de valorarte. – sonrió - Así que sólo te diré mi apellido – me quedé esperando una respuesta  y se rió – García.
            -          ¿Es española?
            -          Mis abuelos lo eran, pero yo nunca he ido a España. – desvió la mirada – Pero he oído que usted sí.
            -          Llegué ayer.
Se alejó de mí y cogió un tubo con líquido azul. Le colocó una aguja nueva y lo golpeó un par de veces con sus uñas rojas. Me miró y sonrió.
            -          Supongo que no le tienes miedo a las agujas. -  me dijo a modo de pregunta
            -          Aquí las agujas son lo que menos me preocupan.
Me remangué la manga y destensé mi brazo derecho. Ella vio mis tantos tatuajes y me miró extrañada.
            -          ¿Tienen algún significado?
            -          Algo que algún día me pasó y no quiero olvidar.
            -          Ah. – cambió de tema – Relájate y toma aire.
Lo hice y noté como la aguja penetraba mi piel. No me dolía, hasta que noté cómo el líquido entraba en mi cuerpo. Empezó a arderme el brazo. La miré con los ojos ensangrentados y sacó la aguja ya vacía, pero el picor seguía.
            -          Es normal que te pique, Styles.
            -          ¿Y qué se supone que hace esta vacuna?
            -          En principio desprende bacterias a las que tendrías que enfrentarte si hubiera- la corté
            -          Ya sé lo que es una vacuna. Me refiero a qué es esta mierda que me habéis metido y qué efectos secundarios puede tener.
            -          La verdad… - se quedó en silencio – Es que yo tampoco lo sé.
Alcé las cejas y miré al suelo. Me colocó una tirita en el brazo y se quedó mirándome.
            -          ¿Seguro que tú y yo nunca nos hemos conocido? – me preguntó
            -           No creo, no me suena su cara.
            -          A mí tampoco, pero hay algo en tu mirada que sí. – revoleteó su cabeza –En fin, ya estás.
Me levanté de la camilla y me acerqué hacia la puerta, pero antes de abrirla y desaparecer, me di la vuelta.
            -          ¿Qué ha sido el temblor de este mediodía?
Se quedó en silencio. Me miró con la mirada caída y se encogió de hombros. Supongo que no lo sabía, o eso me quería hacer creer.
Volví hacia la puerta hasta que me paró.
            -          Styles, vigila con todo lo que pueda pasar ahí afuera. No sé lo que pasará, pero te aseguro que nada bueno. 
            -          Tendré el máximo cuidado, no te preocupes. – sonreí
Salí finalmente de la enfermería. Me seguía picando el brazo y me notaba algo mareado, pero no pensaba darle más importancia de la que tenía. Recordé a esa chica; no sé por qué, pero me parecía de confianza. Quizás sí que era verdad que nos habíamos conocido antes. Quién sabe. Me gustaban sus manos, con esas uñas bien pintadas y largas, nada que ver con las de ______. Supongo que la forma de mover los labios al hablar sí me resultaba familiar. Y que cuando sonreía se tocaba el colmillo izquierdo. Mierda, Harry, para. Céntrate en salir de aquí cuanto antes.
El cielo estaba limpio, sin una nube. De esos días que solo aparecen cuando tienes que quedarte en casa estudiando. Y ahora tampoco es que fuese muy diferente. Iba a revolverme el pelo pero me quedé con las ganas y me quedé con todas las ideas en la cabeza. Escupí al suelo y levanté la mirada. Entonces el pulso se me desestabilizó. Las manos me temblaban y mantenía la mandíbula apretada para que no se fuera volando. Estaba allí, delante de mí. _______ estaba a diez metros de mí. Me quedé sin saliva y caminé hasta ella. Tenía el pie izquierdo apoyado en la pared. Solo veía la parte izquierda de su cara. Con los labios presionados, como siempre que tenía que concentrarse. Con su pelo castaño cayéndole por encima de los hombros, igual que el día que la conocí. Llevaba aquel bikini negro que le quedaba como un guante, pero estaría mucho más preciosa con la ropa en el suelo. Cuando la tuve a dos metros se metió detrás del cuartel. Caminé con el corazón en la boca, y al cruzar la esquina, desapareció. 

dimecres, 2 de gener del 2013

Capítulo 13



Entonces lo entendí. Sabía más que nadie de todas esas chorradas que la gente siempre hablaba. Sabía de eso que llaman amor. Quizás nunca había sido tan consciente como ahora de todo lo que había pasado. Nada de lo que habíamos hecho había estado bien. Empezó rápido y así acabó. El odio puede convertirse en amor, y el amor puede llegar a convertirse en odio. Hay gente que ríe a carcajadas y otras que les hacen reír mientras lloran. Hay gente que cambia vidas y vidas que cambian gente. Hay momentos que te alegran el día o días que preferirías olvidar por momentos. Hay adultos que creen en los sueños y personas que reparten ilusión. Hay gente que brota lágrimas y gente que brota entre las lágrimas. Hay gente que es capaz de salvarte de ti mismo. Hay siete mil millones de personas en todo este puto planeta, y sin embargo yo sigo sin creerme que sólo haya una capaz de hacerme sentir eso que llamaba chorradas. Amor, eres tú. Nunca he sido capaz de llamarte de ninguna forma cariñosa. Supongo porque no tenía huevos a aceptarlo o simplemente tú no querías que te nombrase así. Pero ahora podría pasarme todas las horas de mi vida llamándote. Llamándote ______, amor, cariño, mi vida, princesa, mi musa, chica de las fotos o sonrisa de porcelana. Como tú quieras. Diciéndote lo guapa que estás cuando crees que no te miro o cómo son tus pestañas  en el reflejo de la luz. Podría comprarte a todos los chinos que venden flores y bajarte la luna. Que desde que te conocí mis pies no tocaron el suelo. Y que desde que me despedí de ti, me he comido el suelo. Porque a veces hay que aceptar que ciertas personas solo pueden estar en tu corazón, y no en tu vida.



Las rejas se abren y mi maletón y yo entramos. El suelo de arena, preparado para romperte los pantalones y dejarte las rodillas como un niño pequeño. Pero nada de esto era un juego. No había marcha atrás. Había dejado ya a mamá y a Gemma en la reja anterior. Ahora estaba yo aquí, sólo. Sin saber qué hacer ni a dónde ir. Con un hombre, sin pelo y con gorra que no paraba de mirarme mal. Me dijo que me pusiera a esperar con el pelotón. Caminé hasta allí y notaba como estaba siendo observado por todos esos hombres. Había varios con rastas, otros tenían pinta de hombres croissant y otros eran simplemente unos debiluchos.
            -          ¡Pónganse firmes! – gritó un hombre, que según sus estrellas, era nuestro superior
Todos dejamos el maletón a nuestro lado y nos pusimos en línea recta. Espalda firme y brazos a ambos lados. Mirada al frente.
            -          Esto no es un campamento para niñas repipis que juegan con tacitas de té. ¡Aquí están para honrar a su patria! ¿Entendido? – respiró y volvió a mirarnos – A partir de ahora cada vez que diga “entendido” vosotros gritaréis “sí, señor”. ¡¿Entendido?!
            -          ¡Sí, señor!
Silencio. Empezó a pasearse por delante de todos nosotros; observándonos con superioridad y estupidez. Le miraba a los ojos continuamente, hasta que me topé con su mirada.
            -          ¡¿Quién te has creído para mirarme directamente a los ojos?! – me gritó. Llevé mi vista al frente - ¡Ninguno de vosotros tiene el derecho de mirarme! ¡Hay que mirar a las personas de reojo! ¡Ver sin poder ser vistos! – resopló - ¡No sé a quién pretenden engañar diciendo que son unos hombres!
No tenía ningunas ganas de seguir aquí. Sabía que desde el primer momento que había pisado esta arena, no podía volver a ser el mismo Harry Styles con el que me fui de España. Aquí tenía que ser el mismo chulo playa que siempre. O me comían. O pisas, o te pisan. Tú decides.
            -          Eh, tú – me dijo - ¿De dónde eres?
            -          Holmes Chapel, señor.
            -          ¿Holmes Chapel? No tienes piel de vivir aquí. ¡¿Qué eres?! ¡¿un metrosexual que vive de los rayos uva?!
            -          No, señor. He estado de vacaciones en España.
            -          ¡Me importa bien poco qué hacías mientras desobedecías a tu patria e ibas criticando a tu país!
Nos quedamos en silencio. La verdad es que me hubiera gustado seguir gritándole y acabar diciéndole toda la mierda que me parecía esto, pero cerré la boca, para no tener que pasarnos la noche entera corriendo.
Me llevaron hasta una caseta llena de ropa. Había varios tipos con ametralladoras colgadas y observándome con asco por entrar allí. Cogí la ropa que quedaba de mi talla y unas botas de dos tallas más grandes. Me acompañaron hasta el cuartel. Pintura con paredes. Humedades con techos. Mugre con colchones.
Entré por la puerta con todas las manos ocupadas y dejé las cosas sobre una cama vacía. Sólo había siete personas en todo el cuartel, y podrían caber otras diez. Fui al taquillero del final y busqué la 102; mi supuesta taquilla. Guardé mis cosas y la cerré rápido. Volví a la cama y empecé a cambiarme la ropa. Pantalones de militar y camisa blanca. Bueno, un blanco tirando a marrón. Miré mi reloj; las doce y media. Cogí la chaqueta de militar y la gorra y salí del cuartel. Seguí a un grupo de gente que iba hasta otra caseta y allí me puse a hacer cola. Le di en el hombro a un chico para que se girase a verme.
            -          Perdona, ¿qué hay qué hacer? - pregunté
Me miró de arriba abajo y se quedó mirándome el pelo.
            -          Nos rapan. - rió
Y entonces ahí es cuando supe que esos meses iban a ser los peores de toda mi vida. Me iban a quitar el pelo. El pelo del que mi madre estaba enamorada y que tanto había querido que mantuviese.
            -          ¿Al cero?
            -          Al cero.
            -          ¿Y si te opones?
            -          Al cuartelillo y te lo cortarán cuando duermas. O te lo arrancarán a bocados. Tú decides.
Tragué saliva. Yo no estaba hecho para este mundo. Supongo que me habré creído como aquél dios griego el cuál perdía fuerza si no tenía el pelo. Pero a quién voy a engañar; yo ya no tengo fuerza. La perdí toda al despedirme de ella.
No.
No pienso volver a hablar de ella en el tiempo que estoy aquí. Y voy a salir de aquí. No pienso morir aquí. Vuelvo a ser el Harry Styles que todo el mundo conocía.
Me puse recto y volví a avanzar en la cola. Media hora hasta que llegué al marco de la puerta. Había dos hombres cortando el pelo. Todos los tipos como yo se sentaban en las sillas de madera  y les rapaban hasta que la calva reluciese. Tres personas y me tocará a mí. Recé para que ese tiempo se me hiciera eterno; pero no lo fue. El barbudo me llamó y me senté en la silla. Tenía un espejo delante y otro detrás. Me puso un plástico azul por encima del torso y encendió el maldito aparato. Un zumbido que se pasaría la noche entera en mi cabeza. Y entonces lo acercó a mi cabeza. Cerré los ojos mientras notaba que algo me recoría. Entonces abrí los ojos. Y no vi ni rastro de mis rizos. 

dijous, 13 de desembre del 2012

Capítulo 12



La luz tras la ventana no ha tenido el valor para salir. El despertador suena como si Lucifer picara sobre el metal. Lo tiro contra el suelo, sabiendo que a partir de hoy ya no lo volveré a necesitar. Al abrir los ojos me topo con tu mirada en mi mente. Me asusto. La almohada sigue húmeda de agua salada y el suelo está tan frío como tú. Voy al espejo y miro mi reflejo. Parece mentira que esto sea verdad. Íbamos de modernos por una democracia que patrocinábamos en las pantallas de la televisión, y míranos. Me mojo la cara intentando limpiar algo más que las lagañas que no están por haber pasado la noche en vela. Me cambio el pantalón de verano por un tejano desgastado. Me pongo una de mis típicas camisetas blancas y miro a mi collar. Fechas. Tantas fechas de gente que he querido y hoy ya no están. Tantas fechas, donde no me gustaría que apareciese la mía.
Voy a la cocina y me encuentro con Adam. Silencio. Ninguno tiene nada que decir. Todo está dicho. Me pasa el café y la leche. No necesito leche. Hoy tengo que estar más despierto que nunca. Me lo lleno hasta arriba y lo trago de golpe. Un sabor amargo me desgarra toda la garganta y me sienta bien.  Dolor que suplementa otro dolor. Miré mi reloj. Diez minutos para irnos. Es un buen momento para recoger las cuatro cosas que quedan, o saltar por la ventana, ir a buscarla y salir huyendo. Pero no tengo tanto valor como para coger la segunda opción. Me pongo mis converse blancas, que ya no son tan blancas, y cojo todo lo que me queda. Adam sale por la puerta y al poco tiempo yo le sigo. Meto las cosas en el ascensor y Adam me da la llave para que cierre. Supongo que ahora mismo ninguno de los dos tenía el valor para cerrar la puerta de esa casa vacía. Me quedo mirando la puerta, con el pie a medio entrar. Veo el pomo desgastado y el felpudo que ya no nos dará la bienvenida. Entonces me acuerdo de algo, algo que no he recogido aún. Entro corriendo a la habitación y abro la mesita de noche con un golpe. Rasco encima del cajón y toco el sobre. Lo despego y lo abro. Ahí está. Me quedo mirándolo un rato y luego lo guardo en el bolsillo trasero. Me dirijo a la puerta y miro dentro de casa. Vacía. Un sofá desteñido de algún rojo que tenía complejo de gris. Un mueble bar donde solía haber para ese olvido rápido de cualquier dolor. Las paredes blancas llenas de susurros de lo que mi mente piensa. Las ventanas cerradas y algo sucias por fuera. Vuelvo a mirar a la puerta. Cierro los ojos y luego miro a Adam. Asiente. Hay que cerrar. Tiro del pomo hacia afuera, haciendo que suene un portazo y miles de voces salgan de mi cabeza. Meto la llave en la  cerradura, recordando todas esas frases que Gemma me solía decir de los hombres, y la giro tres veces hasta que se cierra del todo. Entro en el ascensor y descendemos todas las plantas. Mi vida había sido cómo esto, un continuo sube baja del ascensor. Apretando  todos los botones del ascensor, con la esperanza de llegar hasta arriba, pero sin darnos cuenta, de que cuando estás en el punto más alto. Dónde la felicidad ya grita su nombre, lo único que puedes hacer, es descender.
Cogí las cosas y caminé rápido hasta el coche. Abrí el maletero y metí lo quedaba a presión. Adam entró y yo fui al asiento del copiloto. Cerré la puerta y miré el techo beige del coche, mientras escuchaba el sonido del motor sonar. Noté un bulto en mi trasero y metí la mano en el bolsillo para sacarlo. Aún estaba dentro del sobre. Llevé los ojos hacia la ventana y entonces la vi. Saliendo por la puerta gris, detrás de un chirrido por culpa de falta de aceite. Se quedó quieta, mirándome, pensando que ya no podría volver a despedirse de mí. Adam arrancó  y miré al sobre.
                 -          Para el coche. – forcé
                 -          ¿Ahora?
                 -          Que lo pares ya, Adam.
El freno de mano salió hacia arriba y yo salí del coche. Fui corriendo hacia ella, con la mirada llena de emociones. La cogí de las manos y le di el sobre. Me miró a los ojos sin poder decir nada. Los tenía húmedos e hinchados. Tanto o igual que yo.
                 -          Quédatelo. – susurré – Te escribiré.
Y ahí es cuando su mandíbula empezó a temblar y sus manos me apretaban fuerte. Susurrándome con los ojos que lo sentía. Entonces, sin que mi subconsciente me pidiera permiso, me acerqué a sus labios y los presioné fuertemente contra los míos. Tragué aire y me solté de sus manos. Volví corriendo al coche y cerré tras un golpe de fuerza.

Miré por la ventana, viendo como todo aquello se quedaba atrás, y la luna desaparecía a nuestro paso. Susurré su nombre una vez y cerré los ojos.

La verdad es que la palabra verdad empieza por ver. Nunca fuimos un puzle de esos donde las piezas encajan. Nunca fui el primer plato, ni siquiera el segundo, ni tan solo el postre. Fui de esas sobras recalentadas que se guardan en la nevera con un fil de plástico. Tú y yo éramos de otra pasta. No sé cómo alguna vez pudiste llegar a nombrarte “normal”. Tú no eras nada de eso. Eres ese punto medio entre lo “ilógico” y lo “irreal”. De las que lleva en la mochila todas sus decepciones, errores y una cola de desconfianza. La vida es muy puta, y que ésta nos ha vuelto a todos un poco más hijos de puta. Porque el mundo es una mierda y la gente ha empezado a olvidar el sabor de su primer beso, el tacto a sudor de su último polvo o el olor del suavizante que usaba su madre cuando eran pequeños. Que la gente ya no abre cervezas con los dientes y que los niños ya no buscan algo de alegría rasgándose las rodillas en medio de cualquier parque. Crecemos para ser eso que tanto odiamos, mayores. Sin embargo ella me ha enseñado a verlo todo algo más diferente. Nunca me habría pasado horas viendo como alguien respira cuando duerme, ni el reflejo que expresa su pelo cuando está contra el sol. Podría hablar de todos y cada uno de sus lunares, y perderme en esa vía láctea que tiene en la espalda. Me enamoré de una que tiene las uñas mordidas y pintadas de colores. De las que no sabe estarse un minuto sin mover las cejas. De a la que sólo quería besar, y al final he pasado noches llorando por ella. De la que hacía que me temblasen hasta las encías cuando me soltaba un “hola”. Yo hubiera sido capaz de darle el mundo, pero ni tuve el valor, ni tú lo querías. Que la luna y los atardeceres en la playa tienen celos de ti. Y después de todo somos de esos infelices que tocan pero no sienten, de los que oyen pero no escuchan y de los que miran pero no ven. Y yo, he vivido toda mi vida con un montón de preguntas sin respuestas. Sin saber de dónde vengo ni a dónde voy. Nunca he sabido mirar las constelaciones en el cielo, ni leer poesía del siglo diecinueve. Podría decirte que no sé casi nada, pero en ese casi entras tú, y que te quiero. Y que si algún día me ves caído en el suelo, no te preocupes, tranquila, no me pienso quedar ahí. Tienes tres opciones; dejar que te defina, que te destruya o que te haga más fuerte. Y sin embargo tú me has cambiado la vida.

dimarts, 11 de desembre del 2012

Capítulo 11


Abro un ojo y la cama está vacía. Rezo para que te hayas ido de casa. Me levanto de la cama y me visto con la primera ropa que veo. Mañana me voy y cada minuto que pasa tengo menos ganas de vivir. Mi ojo izquierdo gotea y salgo de la habitación como si nada. Voy a la cocina y para mi mala suerte, aún no te has ido. Miro a Adam mal humorado y lo saco de allí.
              -          ¿Qué te pasa, tío? – me pregunta, como si esto fuera normal
              -          ¿Por qué aún no se han ido?
              -          Échalas tú si tienes huevos.
Alcé las cejas. Sí, era una prueba. Él no tenía cojones a demostrar no ser un cobarde y echarlas de casa. Y yo soy un estúpido y un crío por ser tan manipulable. Maldito Adam que sabe que no me resisto a nada después de esa frase.
Me acerqué a los dos monumentos de perfección y escupí para mis adentros. Las miré de arriba abajo. Qué asco me daban.
Tú, la de pelo negro y ojos verdes, te habías creído muy mala por robarme una de mis camisas que sólo hubiera permitido que se pusiera ella. Pero nunca lo hizo, ni lo va hacer. Qué novedad. Te creíste lo suficiente buena por no haberte mordido las uñas en tu puta vida, e ir sonriendo por tu pintauñas bien pintado. Pretendiste llegar aquí, con tu cara pornosa de cualquier anuncio de colonias y suponer que tú y tus pestañas alargadas por el rizador podrían substituir a su rímel corrido por haber llorado por las esquinas. Fantaseaste que tus labios llenos de carmín iban a remplazar los suyos rotos por las manías de morderse los pellejos. Creíste que me ibas a conseguir o que simplemente sentiría algo más que asco por ti. No acertaste. Quizás esto sea obra de ella y te haya pedido que vengas aquí a restregarme en mi cara lo imbécil que he llegado a ser.
              -          Chicas, – conseguí decir para callar a mis pensamientos – tenéis que iros.
              -          ¿Por qué? – preguntaste tú, a la que más odiaba
              -          ¿Quieres que te diga la verdad o que te mienta? – alcé las cejas. No estaba para polladas.
              -          La verdad. – me desafiaste.
              -          Ya hemos tenido de vosotras lo que queríamos. – se me quebró la voz al recordarla - Ahora ya no necesitamos nada. Así que adiós.
              -          ¿No piensas decir nada más?
              -          ¿Qué quieres que te diga? – burlé – Qué simplemente he querido olvidar a algo, o a alguien, pretendiendo substituirlo con alguno de vuestros placeres. Quieres que te diga que todos habían pensado que me podrían cambiar, y que la única que no lo intentó, lo hizo y me dejó tirado. Quieres que te diga que sencillamente lo único que siento es desprecio hacia a mí mismo. Qué no sé qué mierda estoy haciendo con mi vida intentando creer que alguien iba a ser como ella. Qué soy un completo idiota por meterme donde no me llaman. Qué acabo de perder a algo que nunca pensé que tendría. Qué mañana me voy y no la volveré a ver. Qué no tengo cojones a decirle que la quiero. Qué he sido un puto estúpido por enamorarme de unos labios que nunca más voy a volver a besar. Qué. ¿Quieres que te diga eso? Pues ahí lo tienes. Ahora si me hacéis el favor, iros de esta maldita casa que nunca voy a volver a ver. Y si no os importa cerrar la puerta de un portazo, para que me pueda imaginar de alguna forma su voz en grito. Dejándome sólo con mi mente y mis recuerdos. ¿Os importa?
Un silencio incómodo apareció. Este era uno de los pocos silencios que me gustaban. Significaba que había ganado. Que no habría más preguntas. Que tendría lo que quería sin reproches. Obligué a la chica que se quedase con mi camisa y se la llevara muy lejos, donde no pudiera saber que su olor a lavanda había desaparecido. Salieron de casa tal y como vinieron, y por lo visto, me hicieron el favor de dar un portazo. Pero no había rabia. Simplemente decepción. Tanta decepción como ______ y yo sentíamos.
Fui a mi habitación,  saqué la maleta de debajo de la cama y empecé a guardar ropa sin ánimo de doblarlo. Nada se merecía mi atención como para ser doblado. Nada valía si ella ya no se lo iba a volver a poner la misma mañana al despertar a su lado.
Bajé las escaleras sin mirar atrás. Cada vez se me hacía más difícil andar sin tropezar. Cogí la maleta con más fuerza y salí a la calle. Me acerqué al coche y abrí el maletero. Allí iba mi guitarra y la bolsa negra que había traído al llegar aquí. Rayas azules y con alguna humedad provocada por la botella de agua mal cerrada. Volvía a Londres. Dejé la maleta y cerré el maletero. No quería seguir recordando. Pero para extras, estaba ella. Estaba allí, al otro lado del coche, mirándome con la mirada baja. Volvió a aparecer el silencio durante un par de minutos, hasta que le aparté la mirada; no podía con tanta tensión. Me apoyé en el coche y miré abajo. Noté como venía hacia mí, con pasos leves, con miedo. Y yo, inmóvil, sin saber qué decir, ni qué sentir a parte de temblor en las manos.
              -          Harry… - dijo casi inaudible - ¿podemos hablar?
Alcé la vista y vi sus ojos cafés. Tenía la mirada perdida. Sin saber a dónde llevarla. No era la misma de antes, estaba insegura de todo. Yo también. Me moría de ganas de abrazarla y de decirla que la quería, que todo iba a estar bien. Pero sin embargo no tenía valor para hacerlo.
              -          Claro – fue lo único que pude soltar por la boca
Me apoyé en el coche y ella también. Podía olerla. Respiré hondo impregnándome de en si. Sabía que iba a ser una de las últimas veces que la olería.
              -          Ya me he enterado… - empezó a hablar – de que mañana te vas a Londres…
              -          ¿Te lo ha dicho Adam?
              -          Le exigí a que me lo contara.
Volvió a bajar la mirada. Noté como se le caía una lágrima y se la secaba rápido con la esperanza de que no pudiera notarlo. Sin embargo yo ya me había roto por dentro.
              -          ¿Volverás? – me preguntó al fin
              -          ¿Quieres que vuelva? – la miré a los ojos, buscando un poco de esperanza.
Me bajó la mirada de nuevo. Las manos empezaban a temblarle.
              -          ¿Esto es una despedida, verdad? - susurró
              -          Sí, lo es.
Suspiró y yo tragué aire. Esto estaba siendo más duro de lo que me había imaginado.
              -          ¿A qué hora te vas mañana?
              -          A las siete salimos de aquí
Nos quedamos en silencio un par de minutos. – Bésame – pensé. Se alzó del coche y yo la imité. Nos quedamos el uno delante del otro, sin hacer nada. No sabía si darle un abrazo, si besarla en los labios, o darle dos besos. No sabía si hundirme y llorar, o ser fuerte y sonreír.
              -          ______... Lo siento…
              -          No cambia nada, Harry…
              -          Lo sé.
Se llevó las manos a la cara, sin dejarme mirarla por un par de segundos. Luego las bajó y se quedó mirándome. Tenía los ojos húmedos.
              -          ¿Puedo besarte por última vez? – pregunté
              -          No me lo hagas más difícil, Harry. Por favor.
Me lo tomaré como un no. Demasiada tensión. Un momento demasiado incómodo. Y yo, y mi estupidez máxima me hizo acercarme a ella y la abrazarla. Sin embargo ella no reaccionó. Se quedó inmóvil. Estoy seguro de que estaba haciendo un mundo para no llorar en ese momento. Exactamente como yo. Respiré en su pelo y lo olí por última vez.
Se separó de mí y me miró con esos ojos cafés.
              -          Adiós Harry. Te deseo toda la suerte del mundo.
              -          Adiós, ________.
Me dio la espalda y desapareció del lugar.
              -          Te quiero – susurré sin dejar que nadie me escuchara. 

Capítulo 10


Todo se desmoronaba. La chica que quiero, no quiere verme. Mi familia se está perdiendo. Y yo, tengo que volver a Londres, y no precisamente a verlos. Las cosas cambian demasiado de un momento para otro. Supongo que había llegado demasiado alto, y ahora me tocaba caer en picado.
Tragué aire y me rasqué los ojos. No podía volver a llorar. No delante de Adam.
             -          ¿Y todo esto para qué? – me preguntó - ¿Qué quieren de nosotros?
             -          No lo sé. Pero sé de alguien que sí lo sabe.
             -          ¿Quién?
             -          Ahora vengo.
Me fui del comedor y me metí en mi habitación. Revolví mi pelo, aclarándome las ideas. Preguntas concretas. Respuestas exactas. Mamá. Mamá tenía que saberlo. Saqué el móvil de mi bolsillo y marqué su número de carrerilla. Cinco pitidos y contestó.
             -          ¿Harry?
             -          Mamá. Ya sé a qué te referías.
La oí tragar saliva y respirar hondo.
             -          Ya te ha llegado, ¿verdad?
             -          Sí. ¿Por qué? ¿Por qué a mí? ¿Qué quieren de nosotros? ¿Qué planean?
             -          Harry…
             -          Dime la verdad, mamá.
             -          Las cosas aquí…. No están bien, ya lo sabes. La crisis ha llegado muy lejos. Aquí y por todo el mundo. Todo esto es un tema tabú en cada país. Por eso no sale en ningún periódico, ni nadie dice nada a nadie.
             -          ¿Pero qué quieren?
             -          Van a formar un ejército. Todos los hombres entre dieciséis y treinta años se juntan a las afueras de Cheshire y los militares enseñan a cómo ser un soldado. Te enseñan a quedarte sin escrúpulos. A matar al contrario con tal de defender a tu país. A cómo montar armas con los ojos cerrados.  A nadar con una piedra en tu espalda. A ser una máquina sin límites. Sin sentimientos. – calló un segundo – Tu primo hace dos semanas que ya va. Lo vimos ayer y está irreconocible. No quería ni darnos dos besos. Éramos completos desconocidos para él.
             -          ¿Pero qué va a pasar cuando esté el ejército formado?
             -          Habrá una Tercera Guerra Mundial, Harry.
Y es ahí, cuando sabes que no hay marcha atrás. Tienes que afrontar lo que te toca. Sin peros, sin reproches, sin lloriqueos. Cómo un hombre.
             -          Saldremos de esta mamá. 
             -          Te iré a buscar al aeropuerto.
             -          Llegaré el viernes. A la una del mediodía esteré allí. Díselo a Gemma.
             -          Lo haré.
             -          Te quiero mamá.
             -          Te quiero hijo.
Colgué primero. Una lágrima se salió de mi ojo izquierdo. Respiré hondo y salí de la habitación. Tenía que hablar con Adam.
Al contárselo se quedó igual que lo hice yo. Después le relaté lo que pasó con _______. Se quedó en silencio. Supongo que se moría de ganas de decirme un “te lo dije”, pero se aguantó.
Nos dejamos caer sobre el sofá y la cabeza se fue en busca de techo. Adam sacó dos cigarros. Uno para él, otro para mí. Ninguno de los dos fumábamos, pero digamos que este es un momento en el que nos lo podíamos permitir. Sacó el mechero y al encenderlo tragué todo el humo. Me sentaba bien.
             -          El viernes hay que irse. – susurré – Y estamos a miércoles.
             -          Deberíamos hacer algo hasta entonces. Y no estar aquí haciendo los gilipollas.
             -          Ya.
             -          Ya.
             -          ¿Y qué propones?
             -          A mí me vendría bien sexo. Y a ti también.
             -          No sé Adam… No tengo cuerpo para follar…
Resopló y se puso de pie.
             -          ¿Y qué pretendes? ¿Estarte todo el día sentado en el sofá hasta que llegue el viernes? ¿Sin disfrutar de la poca libertad que te queda? Harry, ella no va a volver por mucho que tú llores.
Y entonces esa última frase se quedó clavada. No me quería y no podía hacer nada por cambiarlo. Pasaba de mí, tanto como yo había pasado de tantas chicas. Recordé esa frase que me dijo Adam el día que mandé a tomar aire a Margaret “Algún día te estallará todo esto en la cara.” Y sí. Estaba en lo correcto.
Me levanté del mugriento sofá y busqué en mi agenda de teléfonos. Pero Adam me puso la mano enfrente de la pantalla.
             -          No quiero chicas que ya te hayas follado. – me dijo – Aunque tú si folles con las que yo lo he hecho.
             -          Hijo de puta – reímos
Otra vez de vuelta a ________. No podía salir de mi cabeza. Esto se había acabado y no quería aceptarlo. Supongo que nunca lo haría. Pero supongo que haré lo que siempre me han inculcado; hacer felices a las mujeres. Y si a ella le hacía feliz que me fuese tan lejos como para que ella pudiera olvidarme; lo haría. Nunca he creído en las casualidades, así que supondré que si tengo que irme, no es por tontería.
Adam se empeñó en ir al centro. Fuimos en su coche y nos quedamos en la terraza de un bar; cómo si estuviéramos escogiendo premio ante la exposición. No me parecía buena idea, pero tampoco me serviría de nada estar en casa.
             -          ¿Las del banco no te parecen que están buenas? – me preguntó dando un codazo
             -          Bah. Coge tú la que quieras Adam. Yo no quiero estar con ninguna.
             -          Eres un payaso.
             -          Y tú un imbécil.
Me sonrió irónico y se levantó de la silla. Se acercó a las chicas y empezó a hablarles. Una morena y otra rubia. Shorts, camiseta blanca y chancletas. De pelo rojo y la otra negro. Las típicas niñas de ciudad que vienen unos días a la playa. Adam les señaló hacia mí. Él saludó y yo le aparté la mirada. Me puse las gafas de sol y saqué mi móvil. Miraba fotos. Todas las fotos de este verano. Había una foto de ella; paré. Hice un zoom en su mirada. Aún me acuerdo cuando me decía que no le hiciese fotos. Tiene una preciosa sonrisa. La séptima maravilla del mundo.
             -          Harry – alcé la mirada y allí estaba Adam con las dos chicas – Te presento; ella es María y ella Paula – hizo un gesto como que esta última era para mí.
La chica ésta, la tal Paula, se sentó a mi derecha. Tuve que quitarme las gafas y sacar una sonrisa. Era la del pelo negro. Un punto menos a su favor por no parecerse a _______. Un punto más para sentirme despreciable.
Y con todo tu entusiasmo empezaste a hablarme. Moviendo tu pelo negro y tus ojos verdosos. No sé quién te crees para sentarse a mi lado y pretender substituir a _______. Me la suda si tus padres se habían comprado una casa aquí. Me importa tres cominos que el agua de la playa estuviera fría o si la tira del bañador se te había perdido. Me la sopla todo de ti. Parecía que me querías hacer sentir mal; ahí delante de mí, hablándome e intentando imitar la forma en la que arrugaba la nariz al reír. Nadie me ha pedido permiso para mover la peca de ella a tu oreja derecha. Te creías mejor por no gesticular todas las cosas cómo hacía ella, o no darle importancia a cosas que no tenía. Que vengas aquí, enseñándome todo tu canalillo, no iba a hacer que dejase de pensar en ella. Y encima Adam pretendía que fuéramos a casa. Lo que me faltaba.
Parece que está claro a lo que venías y a lo que venía yo. Bueno, lo último lo tendrías tú más claro, porque yo estaba completamente perdido. El sol ya ha caído y al entrar a la habitación  me empujas contra nuestro colchón, no el tuyo,  y te tiras sobre mí. Cierro los ojos y vuelvo a abrirlos para jugar con tu cuello, en busca de aquél lunar justo en la clavícula izquierda; pero no está. Me alejo de tu miserable cuello y te me lanzas a los labios. No me gustan, demasiado carnosos. No son frágiles, como los suyos. Besas con demasiada ansia, cuando yo no tengo ambición por ti. Busco en tu mirada un color café, pero me asusto al ver un maldito moco verde que tienes como iris. Creo que debí apagar la luz, pero ya es tarde para eso. Voy en busca de esas marcadas caderas, que tanto se queja siempre; pero encuentro una diminuta cintura de avispa que da un par de giros hasta los muslos. Llegaste aquí y te pensaste que podrías substituirla por tu cuerpo perfecto de stripper de Las Vegas. Meto mis dedos sobre tu pelo, con la esperanza de quedarme enredado en su ondulación; pero no soporto este pelo tuyo lacio y escurridizo. Como si vinieras aquí de ángel caído del cielo que viene a salvarme. Me tiendo sobre la cama, dejando que tú hagas todo el trabajo. No me gusta como tú, la ojo mocosa de pelo lacio, se desenvuelve sobre mi cuerpo. Amontonas perfección por todos lados. No me haces ningún gesto de cariño como ella lo hacía; no me gritas ningún joder, ni susurras mi nombre, ni siquiera eres capaz de clavarme una miserable uña.  Algo de mí se desprende y entra en ti. Tu boca gime y yo me separo de inmediato de tu maldito perfecto cuerpo. Me dejo caer en el otro lado de la cama; donde ella hubiese estado si no fuese tan así, cómo es ella. Maldigo que tú, la de pelo negro, le hayas cambiado el olor a toda mi habitación; pero la almohada sigue oliendo al lavanda de su pelo. Me maldigo a mi mismo por haber traído a esa perfección a nuestra habitación. Te das la vuelta, dándome la espalda, con la esperanza de que te abrace o te haga un mínimo de acercamiento. No lo pienso hacer. No bostezabas, ni siquiera roncabas. Tu nariz no hacía ningún ruido. Como los ángeles. Repugnante. Rezaba para que en algún momento me dejases sin sabana, te tirases un pedo o me pusieras sus pies fríos en mis gemelos, en busca de algo avaricia. Pero no lo hiciste. Eso me hizo odiarte aún más; y a mí también. 

Capítulo 9



Abrí los ojos y pude verla como descansaba sobre mí. Miré el reloj de la mesita; 5:25h. No iba a poder dormirme. La volví a mirar. Descansaba como un bebé. Tenía ambas manos apoyadas sobre mí. Tenía frío. Arrugaba la nariz cada vez que la intentaba abrazar y la relajaba al ver que no la soltaba. Acaricié su sedoso pelo y la besé en la frente. La cogí en brazos y la tumbé en la cama. La tapé con la manta y le acaricié la mejilla. No se lo digáis, pero parecía una princesa.
Salí de la habitación y cerré la puerta con cuidado. Fui a la cocina y me llené un vaso de leche. Abrí todos los armarios en busca de café, pero solo me topé con el colacao. “No me gusta el café. Es más, lo odio.” Recordaba cómo sería su voz al repetirlo. Hoy bebería colacao. Abrí un cajón para coger una cuchara y me topé con un montón de notas. Las saqué y empecé a mirar.
“No sé qué pinto aquí. No sé quién ha venido y me lo ha mandado. Este chico no es para mí. Lo sé. Ningún hombre es para mí. A mí no  me pasan cosas bonitas…”
“Cada vez que sonríe, pienso que lo hace para reírse de mí. No puedo con él. Tengo que ser fuerte…”
“Sí, me muero por besarle. Pero tengo miedo de que ese beso signifique más para mí, que para él…”
“Y entonces aparecerá otra, y yo me volveré invisible para ti…”
“No son celos; es miedo a que te guste otra colonia, otra sonrisa, otros besos…”
“He vuelto a soñar con él. Lo peor es que él también ha soñado conmigo…”
“Sabrás que es él; no cuándo cuando se adapte perfectamente a la descripción que dabas de tu hombre perfecto, si no cuándo descubras que tu descripción de hombre perfecto se ha modificado para describirlo a él…”
 “A veces, quizás con demasiada frecuencia, me pregunto si alguien me echaría en falta si no volviese a aparecer. Si me fuese de aquí. Si alguien le importaría si me fue lejos, muy lejos, dónde el horizonte no alcanza. Me pregunto si alguien me escribiría durante años. Me esperaría durante décadas. Si alguien iría a mi encuentro con una sonrisa de oreja a oreja por volver a verme. Repitiéndome lo mucho que me ha echado de menos. Contándome todo lo que vamos a hacer para recuperar el tiempo perdido. A veces me lo suelo preguntar. Pero no creo que nadie lo hiciese…”
“Everyone leaves...”
Y entonces se abrió la puerta de la cocina. Aparecía con un moño a medio hacer y mirando al suelo. Seguidamente llevó la mirada a mí y luego a lo que estaba leyendo. Su mirada cambió completamente. Reflejaba odio.
            -          ¿Los has estado leyendo? – preguntó seria
            -          _____... Yo….
            -          Respóndeme.
            -          Algunos… Pensé que no importaba si los leía…
Se acercó a mí y me los quitó de las manos. Alzó su dedo índice y lo alargó hasta la puerta.
            -          Fuera.
            -          ¿Qué?
            -          Que te vayas, Harry.
            -          ¿Por leer unos estúpidos papeles?
Y entonces ahí sí que la había cagado. Tensó la mandíbula y tragó saliva.
            -          ______... Perdón, no quería decir e-
            -          Fuera.
Agaché la mirada y salí por la puerta. Ella la cerró detrás de mí. Me apoyé sobre la madera barnizada. Me quedé mirando el techo durante un par de segundos, y entonces la oí llorar. Me quedé en silencio y pude escuchar como andaba de un lado para otro y tiraba algo de porcelana al suelo, seguido de un chillido. Ahí supe que el único que se estaba volviendo loco por culpa del otro, no era sólo yo. Esto era demasiado insoportable. Demasiado parecidos y demasiado diferentes. La quería. Estaba seguro. Volvió a gimotear y era un llanto tras otro. Mis manos me temblaban. No podía hacer nada. Éramos ella y yo, separados por una puta puerta. Saqué de mi bolsillo una hoja y empecé a escribir. “Lo siento.” Y la pasé por debajo de la puerta. Esperé un minuto, dos, cinco, diez y quince; entonces salió otra hoja por el mismo sitio que yo la había enviado. “Vete, Harry. No puedo seguir con esto. Vete lo suficiente lejos como para que pueda olvidarte.” Y entonces se derramó una lágrima. Suspiré y volví a inhalar el aire. Escribí. “¿Qué pasará ahora con nosotros?”. Lancé y tardó un par de minutos en aparecer de vuelta. “Nunca hubo un nosotros.”
Susurré su nombre tres veces, hasta darme cuenta de que tenía la cara empapada de agua salada. Volví a respirar y supe que era el momento para volver a casa.
Fui lo suficiente fuerte como para subir en ascensor y secarme las lagrimas mientras subía. Me miré en el espejo de allí. Pestañeé un par de veces intentando que no se me hinchasen más los ojos. Revolví mi pelo y salí de ese artilugio. Metí la llave en la cerradura y la hice girar. Ahí me acordé de esa frase que mi hermana siempre decía cuando algún capullo le hacía daño; “los hombres son como las llaves, y nosotras como los candados. Unidos se complementan, pero  una llave sin nada que pueda abrir, es una completa mierda; en cambio un candado el cual nadie pueda abrirlo, es de lo más seguro.” Suspiré. Abrí la puerta y la cerré tras de mí. Adam estaba despierto. Las siete. Me miraba con drama. Malas noticias.
            -          Tenemos un problema, tío.
            -          ¿Otro más? – susurré para mis adentros
Le miré y luego desvié mi vista a sus manos. Tenía una carta certificada por el gobierno de Gran Bretaña. En estos momentos no podía ser nada bueno.
            -          ¿La has leído? – pregunté
            -          La mía sí. Pero dudo que la tuya sea diferente.
            -          ¿De qué se trata?
            -          Léelo tú mismo.
Me pasó una carta sin abrir. Sobre blanco y sello de mi país. Pasé los dedos por la parte superior para poder abrirla; la mano me temblaba. La abrí y saqué la hoja doblada en tres. “Harry Edward Styles, en voz de todo el Gobierno Británico…”. Tuve que leérmela un par de veces para saber que todo eso era real. No era una maldita broma. Miré a Adam y él me miró a mí.
            -          ¿Qué quiere decir todo esto, Adam?
            -          Que se han acabado las vacaciones. – silencio – Hay que volver a Londres.