Los deseos suelen pedirse en las tartas de cumpleaños, o las
noches que se cambia el año. Aparecen deseos cuando las pestañas se esparcen
por tus mejillas. Los deseos dicen que no se pueden decir, pero el dueño de esa
lámpara te preguntará tres. Que los deseos pueden ser un puñado de hojas
dobladas diez veces dentro de un jarrón, o una palabra a la estrella fugaz. Los
deseos pueden cumplirse o desvanecerse. Simpática palabra. Desvanecerse. Al
igual que tú. Has sido todo ese mi mayor deseo. Lo que no me deja dormir por
las noches. Lo que se ha apoderado de mis recuerdos. Lo que ahora mataría por
tener a mi lado. Un infinito deseo. Solo un desvanecer.
El suelo estaba frío y una luz me jodía la vista. Pestañeé
un poco y pude enfocar mi retina. La chica se apartó de mí y volvió a poner la
maldita luz en el ojo derecho. Y luego en el izquierdo. Conseguí mover mi mano
y apartarle la maldita linterna. Tragué saliva intentando recordar lo que había
pasado. La que me estaba quemando la retina era la señorita García. Podía ver
esos ojos miel mucho más profundos de lo que me había imaginado que eran.
-
¿Harry? ¿Estás bien? – me movió la cabeza de un
lado a otro para que reaccionara - ¿Me oyes?
Pude toser y me levanté del sitio. El mundo me daba vuelta y
los oídos seguían resonándome.
-
Sí, sí te oigo. Y gritas demasiado para mi
gusto. – me llevé las manos a la cabeza. Tenía sangre.
- ¿Qué me ha pasado?
-
Te has desmayado. – me dijo
Alcé la vista y pude reconocer la esquina que había
travesado _______ antes de desaparecer. Me puse de pie de un salto al
recordarlo. Mis ojos estaban abiertos como platos.
-
¿Dónde está? ¿Dónde se ha ido? ¿Por qué? –dije
gritando
Me acerqué hasta la esquina y la doblé. Ella me seguía desde
atrás. Me miró despreocupada. Me tomaba por bobo.
-
¿Qué has visto, Harry?
Me planteé un momento si me lo estaba preguntando a mí. Me
tuve que preguntar desde mi propio inconsciente si realmente había visto algo,
o era solo un producto de mi imaginación.
-
No lo sé – me senté en el suelo y me llevé las
manos a la cabeza
Estaba seguro de que la había visto. Sabía que había salido
corriendo. Sabía que era ella. Era su peca. Su forma de doblar los pies al
caminar. Eran sus ganas por tenerme controlado.
Me hizo levantarme del suelo. Me llevó hasta la enfermería y
se sentó conmigo en la camilla.
-
Pienso que lo que te acaba de pasar el por culpa
de la vacuna, Harry.
-
¿A los demás también les ha pasado? – pregunté
-
No exactamente… Pero no descarto nada. – me
susurró. Se quedó un minuto en silencio, supongo que pensando la próxima
pregunta. - ¿A quién viste?
Me miraba con esos ojos color miel. Desafiante. Colocó su
mano y sus uñas rojas sobre mi rodilla. La acarició. Miré dentro de sus ojos y
pude ver su inseguridad, pero a la vez se mostraba segura. - Cómo me recordaba
a ella – pensé. Sabía que iba a tener que responder tarde o temprano, pero
seguí prohibiéndome a mí mismo decir que estaba enamorado. El amor nos hace
débiles. Yo no puedo permitirme ser débil.
-
¿No crees que estás haciendo preguntas demasiado
íntimas, cuando yo no sé ni tu nombre? – le dije
Se quedó en silencio un momento. Desvió la mirada y tragó
aire.
-
Llámame Tara. – rió – Si no quieres, no me
creas, pero te he hecho esa pregunta por recopilar información de la vacuna.
-
Ya. –ironicé – Claro. Información, Tara.
Ambos sonreímos. Se
alzó hasta la altura de mi cabeza. Empezó a limpiarme la herida. Me escocía,
pero me prohibí a mi mismo quejarme. Nada de quejas. No delante de las mujeres.
No delante de mujeres que se pareciesen a ella.
Acabó y se apartó de mí. Sonrió.
-
Ya estás. Ahora ya puedes volver con el pelotón.
Me quedé en silencio. Aún sentado y ella esperando a que me
fuera sin decir nada. La miré. Se podría decir que era perfecta en todos los
sentidos. Pero algo me fallaba en toda esa perfección. Y sabía lo que era. Pero
no estaba preparado para admitarlo. Me miró y se mojó los labios a modo de
respuesta.
-
¿Puedo preguntarte algo personal? – dije
-
Depende –rió
-
¿Qué edad tienes?
-
Un año menos que tú.
-
¿Tan joven y ya salvando vidas? – me asombré
-
Tú también estás aquí por salvar vidas, Harry.
Silencio. Tenía razón.
Salí de la camilla y caminé hacia la puerta.
-
Harry – me giré en seco – Si vuelves a ver algo,
o te desmayas, dímelo.
-
Gracias, lo haré. – sonreí y salí de la
enfermería.
Tara. La chica de ojos miel. La
chica de pelo oscuro. La chica de las uñas rojas. La chica que me provoca
visiones. La chica que a partir de hoy empezará a ser una de mis pesadillas.
Sabía que Tara rebosaba
perfección. Perfección en todo lo que había visto y todo lo que me quedaba por
ver. No creo que pudiera averiguar ningún trapo sucio. Hay veces que cuando ves
a una persona; se te para el corazón, sabiendo que con ella lograrás ser feliz.
Que sois posibles. Que abandonaréis el dolor. Todo sería perfecto. Un mundo de
guerra, donde yo tuviera que hacer el papel de chico de acero con tal de
protegerla. Ella se protegería alrededor de mi brazo y notaría su respiración
en mi pecho. Pero siempre hay un pero. Incluso en estas cosas, y el pero aquí
es que no era perfecta, porque no era ______. Tara y yo podríamos haber sido
felices, si no fuera porque yo ya estaba enamorado de otra que no era ella. Yo dejé
de buscar a la chica que quiere sentirse protegida. Yo busco a la chica que
seguidamente de decirme su nombre, me susurra que no cree que pueda recordarlo.
La que después de follar quería una foto mía. La que yo pensaba que no me iba a
volver loco. La que se hacía la dura no saludándome por la calle. La que arrojaría
la piña colada justo después de que la pagase. La que prefería apostar, antes
que besarme. La que me advirtió que eso me acabaría enamorando. Y yo, iluso
entre un mundo de mascaras y etiquetas. Con la indiferencia como escudo y coches
que te prometen llevar caballos. Dónde todo huele a vodka de tres euros y con música
que solo sirve para bailar. Dónde se envuelve a los muertos con papel brillante
y a los vivos entre mierda. Con los que solo aprenden a valorar lo que pierden
y no lo que tienen. Aún en la espera de encontrarte caminando descalza.
Riéndote sin razones. Mirando, aún con la vista cansada. Viviendo, aún sin mí.
