dimecres, 1 de maig del 2013

Capítulo 20


Quizás la solución más fácil sea olvidarte. He sobrevivido a tu incendio. Y ahora cargo en mi pecho con quemaduras de tercer grado. Pero como todos dicen, dónde hubo fuego cenizas quedan. Y aún me planteo si barrerte o guardarte en un jarrón. Si pasarme las horas ebrio para no recordarte o empapar pañuelos mientras le rezo a un Dios, en el cuál no creo, y a una virgen, la cual era más puta que tú y que yo. Si buscarme alguien que te substituya y darme cuenta de que es imposible, o tirarme de un barranco esperando que tú estés abajo para sostenerme con la mirada.
Pero lo peor de un incendio no son tus cenizas, ni tu recuerdo, ni mi locura por recuperarte, ni mi búsqueda constante de tu olor, ni que me coman los pájaros por dentro, ni que los portazos ya no susurren tu nombre, ni que los gusanos ya empiecen a salirme de los ojos. Lo peor de haber sobrevivido a un incendio, es tener que plantarle cara a todo esto.

Enciendo la luz de la mesita. Me rasco los ojos y parpadeo. Miro un rato el techo blanco y me levanto de la cama. Voy al fregadero y me mojo la cara. El espejo refleja mi rostro cansado. Tengo una pequeña herida en la mejilla y me escuece. Me llevo las manos a la cabeza al ver que ya empieza a salir mi pelo. Mi querido pelo. Ando cojeando con la pierna vendada y abro la puerta. Tara se gira al oírme y sonríe. Respiro hondo intentando que mis emociones no se confundan y me siento en una silla.
           -          ¿Qué tal has dormido?
           -          Bien. Me he despertado alguna vez, pero todo bien.
           -          Te oí hablar con alguien.
Bajo la mirada y ella acepta no seguir con la conversación. Saca agua oxigenada y otro mugriento líquido rojo. Pone primero uno en el algodón y se acerca a mí. Se coloca de rodillas y limpia mi herida. La tengo tan cerca. Noto como su respiración cae sobre mi pecho. Y lo peor es que ella es consciente de ello. Tiene la mirada fija en mi herida, y yo en sus ojos y en cada parte de su rostro. Ninguna imperfección. Cómo si todo lo que hiciera solo pudiera ser alabado. Me vuelve a tocar con el alcohol y me estremezco. Ella me mira y sonríe. Sopla en la herida y me relajo. Coloca el líquido rojo en mí y sus dientes en su labio derecho. Sé que busca algo en mi interior. Y aunque yo siga enamorado de ______, me empiezo a plantear la frase “un clavo lo quita otro claro”.
Acaba y guarda los objetos. Se acerca a mí y se sienta en la otra mesa.
           -          ¿Qué quieres que hagamos hoy? – me dice
           -          ¿Hagamos? ¿nosotros? – me sorprendo
           -          El comandante me ha pedido que te tenga el ojo encima 24 horas. – sigue sonriendo -Así que no puedes escapar de mí.
Me sale una sonrisa tonta y me la tapo rápidamente. Mojo mis labios con la lengua, y acto seguido me doy cuenta de lo que puede significar eso. Me limito a cambiar de conversación.
           -          Tengo hambre. – me encojo de hombros
           -          Comamos entonces. – se levanta de la silla – Voy al comedor. No te muevas de aquí. ¿Entendido?
           -          Entendido, Señorita García.
Se ríe y sale por la puerta. Me quedo un par de minutos sentado en la silla, observando la sala. Cuando creo que Tara se ha alejado lo suficiente; me levanto.
Voy deprisa en busca de mi informe. Abro los armarios y solo veo vendas y agujas esterilizadas. Lo cierro de un golpe y voy a los cajones. Tijeras, guantes y otras cosas que salen en las series de televisión. Lo cierro y voy al armario negro. Lo abro y encuentro una cajonera azul. La abro y bingo. Informes de cada uno de los militares. Bajo a la letra S y busco “Styles, Harry Edward”. Está algo mal colocado y lo saco. Me quedo en silencio, a la espera de que no se escuchen pasos. Discreción y me coloco sobre la mesa a leerlo. En la primera página hablan de mi físico y mi edad. En la segunda miles de nombres y números sobre mi ADN. Y en la tercera tratamientos a seguir. Me sorprendo y sigo leyendo; “principios de esquizofrenia paranoica”. Abro los ojos de par en par “Tratamiento: Risperdal, Zyprexa, Seroquel, Geodon, Abilify, Clozaril. Si no hay cambio; realización de electroshock”.
Escucho un ruido y cierro la carpeta. Voy todo lo deprisa que puedo al armario y lo guardo. Lo dejo como estaba y me acerco al fregadero. Cojo la botella de agua y me la acerco a la boca. Entonces se abre la puerta.
           -          ¡HARRY! – me asusto - ¡SUELTA ESA BOTELLA AHORA MISMO!
Dejo la botella en el mármol y alzo las manos a modo de disculpa. Se acerca a mí me observa.
           -          Dime que no has bebido de esa agua.
           -          Lo juro. No he bebido.
Me mira a los ojos comprobando si digo la verdad. Hace que me cree y me abraza. Me quedo de piedra un par de segundos. Reacciono y le devuelvo el abrazo. Noto su calor sobre mi pecho. Ahora parece tan frágil. Me sorprendo el porqué de esa botella. Y ahora que la siento sobre mí, me doy cuenta de que ya necesitaba un abrazo. Ofreciéndole protección entre mis brazos, vuelvo a echar de menos a _____. La veo pestañear un par de veces y se aparta.
           -          ¡Podrías haberte muerto! ¡Es H2O pura! ¡No vuelvas a tocar las cosas de aquí! ¿Entendido?
           -          Entendido, Señorita García.
Se ríe ante mi comentario y me empuja. Saca una bolsa de papel y la coloca encima de la mesa. Me siento delante y ella me imita. Sonrío y saca las cosas. Dos botellas de agua y un par de bocadillos.
           -          ¿No te han dado el mugriento cocido de cada día? – pregunto
           -          Yo no como lo mismo que vosotros, Styles. – ríe
Me contagia la sonrisa y cojo mi bocadillo. Ella bebe agua y me quedo observándola. El pelo le cae sobre los hombros y tiene varios reflejos rojizos. Se da cuenta de mi mirada y ríe.
           -          Me intimidas.
Cierra la botella y muerde el bocadillo. Me mira. La miro. Idealizo. Revolotea las pestañas y le hablo. Hablamos. Hablamos. Es de latino América. Recorro todo su cuerpo con mis ojos verdes. Me topo con los suyos. Sueño. Le hablo de _____. Reacciona bien. Sólo quiere ser amigos. Pero para qué cojones quiero yo más amigas. Me calmo y pienso en _____. La soledad de este sitio me ahoga. El color de sus uñas me confunde. Su sonrisa perfecta me debilita. El olor de su pelo me aniquila. Aunque sepa que yo sigo enamorado de ella, Tara podría cambiarlo. Podría olvidarme de ella. No, es imposible olvidarla. Respiro hondo y vuelve a hablarme. No muestra ningún síntoma de celos. Serás zorra. Podrías arquear una ceja, apretar las manos contra la mesa o algo. Haz alguna señal. Sin respuestas.
Me asusto de mis propios pensamientos y empiezo a plantearme lo de la esquizofrenia. Necesito dormir. O alejarme de este sitio. Pero en ese momento entra el comandante en la enfermería.
           -          Firmes. – me grita
Me levanto del sitio y me cuadro.
           -          ¿Qué Styles? ¿Ya está de nuevo de mariconeo? ¿Cree que pintándose las uñas va a poder salvar a su país?
           -          Señor, ustedes me metieron en la enfermería.
           -          ¡Pero tú sabes que es hora de la artillería!  ¡Y que yo sepa no se necesita la pierna para aprender a montar armas! ¡Así que mueve tu trasero de blanco y ve hacia la puñetera clase!
Se da la vuelta y sale de la caseta. Relajo el cuerpo y miro a Tara. Me baja la mirada y me acompaña hasta la puerta. Antes de salir me quedo observándola de nuevo. Finalmente decidí irme sin más.
Llegué a la clase. Todos estaban sentados en el suelo, con una mesa mugrienta delante. Me senté lo más rápido posible y nos ataron un pañuelo detrás de la cabeza.
           -          ¡Soldados! ¡Todos ustedes deben ser capaces de montar un arma hasta con los ojos cerrados! – silencio – A la de tres empezarán a montar el arma. Justo en el momento que acaben podrán irse a descansar. Los diez últimos deberán aceptar el castigo que el comandante les otorgue. ¿Entendido?
           -          Sí, señor. – gritamos todos
           -          Uno. Dos. Y tres.
Puse mis manos sobre la mesa en busca de mis instrumentos. Ahora que me invadía la oscuridad podía pensar con más claridad. _______ era la resultante de mi esquizofrenia. No podía permitirme estar bajo tratamiento, ni acabar con electroshock. No puedo hacerle eso a mi familia. No pueden permitirse más dolor. No ahora. La única que podía salvarme era Tara. Era la única mujer en todo el campo. Y ______ no iba a volver. ______ no podía salvarme.

dijous, 18 d’abril del 2013

Capítulo 19


Pov’s____________ (Tu punto de vista)
Hola Tatiana,
Aún tengo tu imagen impresa en mi cabeza. Hacía mucho tiempo que no hablábamos tan así; yo aquí escribiéndote y tú allí leyéndome. Sé que ha pasado mucho tiempo. Y me hubiera encantado llamarte y pedirte consejo. Decirte que, algo (o alguien) me estaba cambiando. Te pediría que me devolvieran a mi antiguo yo. Con el corazón y el culo como piedra. Dónde solo buscaba un tío que me follara; y no a un tío que se preocupa de que al mear no manche mi váter. ¿Recuerdas cuando brindábamos en la cubierta de aquél barco por un “ojalá”, por un “quizás” o por un “no creo que suceda”?. Dónde me explicaste tantas cosas. Y yo tantas mías. Como la hermana mayor que nunca tuve. Aunque solo nos hayamos visto una vez. Siempre me he sentido sola. Menos cuando apareciste tú. Y cuando apareció él. Irónica la forma de llamarlo; “él”. Él que quizás no sea de esos romanticones que te comen el coño con nata y fresas. Pero ya sabes que yo tampoco soy de esas. Aunque tampoco estoy segura. Ya te he dicho que he cambiado tanto. Pero ahora él no está. Y me duele tanto. Me duele tanto que mataría por volver a ser mi antigua yo. Por volver a ser tan como tú. Espero que algún día me perdones por haber roto una promesa. Perdóname por haber quemado las doscientas cincuenta y seis fotos de mi caja de zapatos. Menos la última. En la cual salía él. Pero quiero que sepas que no me arrepiento, ni me arrepentiré.
Siempre estaré para ti,
__________.

Apoyo la cabeza en el cristal frío del tren. Va dando pequeños brincos cada diez segundos. Pienso en mí, y en la locura que estoy cometiendo ahora mismo. A punto de pasar por debajo del atlántico para ir en busca de un hombre que no sé donde está, ni cómo está, ni si quiera si aún está en este puto planeta. Pero supongo que eso de razonar nunca se me ha dado muy bien. Miro el reloj y marca las doce y cuarto de la noche. Tengo un hombre delante de mí, sigue despierto, aunque no se ha percatado de mi presencia. Está muy ocupado leyendo en su fantástico Ipad. Me muevo y me ve. Sonríe. A ninguno de los dos nos vendría mal algo de conversación.
Se saca los cascos y me dice:
         -          ¿La he despertado?
         -          No, no. No se preocupe. – silencio - ¿Y usted, no puede dormir?
         -          Por favor, no me trate de usted, tenemos la misma edad. – vuelve a sonreír
Me fijo en sus ojos azules, con mirada desolada. Aún con algo de esperanza.  Supongo que al igual que la mía.
         -          ¿A dónde te diriges? – le pregunto
         -          Londres. Por trabajo. ¿Tú?
         -          Cheshire. Por amor. – le aseguro - ¿De qué trabajas?
         -          Periodista.
Me quedo en silencio. No creo que sea muy bueno trabajar de eso y estar aquí. Apenas hay información de los problemas de Gran Bretaña. Y por algo será.
         -          Te aconsejo que la gente no lo sepa. Podrías meterte en líos.
Me sonríe con los ojos.
         -          Gracias. – suspira - Te aconsejo que si quieres una vida tranquila, vayas a América y te olvides de ese chico. No saldrá de aquí hasta que se acabe la guerra.
         -          La tranquilidad no es lo mío. – sonreí – Nunca lo ha sido.
         -          Entonces – me da esperanza con la mirada – nunca te rindas.
Me abraza sin tocarme y observo cómo se mueve el paisaje (o más bien luces). Al cabo de media hora, el bus se detiene. Llegamos a un pueblo con complejo de rancho. Un pueblucho que cualquiera sería capaz de olvidar. Cojo mi chupa de cuero y me la pongo en ambas mangas. Dejo mi bolso y mi mochila encima del asiento. No tengo nada que me puedan robar. Todo mi dinero lo llevo en mi teta izquierda. Para variar.
Bajo del autobús y camino hacia un bar, al cual se dirige todo el mundo. – Voy a ser algo sociable – pensé. Pero en cuanto vi como había más humo que oxigeno, la idea desapareció de mi cabeza. Me acerqué a la barra, dejando sobre mis muslos la chaqueta y colocando ambos codos sobre la mesa. No pensaba dar buena impresión. Es más, tenía la intención de embriagarme, que se me pasara el camino rápido y contarle, al pobre desgraciado que me sirviera una copa, todos mis problemas.
         -          ¿Qué le pongo a la señorita? – me preguntó. Aún no sabía que yo podía ser el peor de sus problemas esta noche.
         -          Un vaso de ron.
         -          ¿Con qué se lo mezclo? – sonríe
         -          Con nada. – aseguro – Puedo con ello.
Alza una ceja y se aleja de mí. Y en un tiempo mucho más largo de lo deseado, me trajo mi ron. Le doy un trago como si de agua se tratase y noto como todo mi cuello arde. Me gustaría hacer ese suspiro para evitar el ardor. Pero prefiero sufrir. Siento que me lo merezco. Y es entonces cuando se me acerca el más capullo de todo el bar. Se sienta a mi lado; como si yo tuviera algún interés. Acerca su brazo al mío más de lo necesario y le pide una copa al camarero. Alzo la mirada al techo. No quiero hablar. Me tiraría un eructo con tal de que éste se alejara. O un pedo. O ambos. Pero ante el miedo de que se me una al sonido, prefiero quedarme con cara de mala hostia y mirar al techo.
         -          Hola preciosa. – Me susurra traspasándose el límite. Me aparto un poco, dejándole claras las distancias.
         -          Hola.
Le doy otro trago al vaso. Sé que me está mirando. Y cada vez suma más puntos para llevarse un guantazo. Yo no soy de esas pánfilas de los libros que se creen alagadas cuando un hombre la mira. Prefiero las cosas claras.
         -          Nunca te había visto por aquí.
         -          Será porque no soy de aquí. – le sonrío con falsedad y vuelvo a mi vaso.
         -          ¿Quieres? – me dice acercándome su cigarro a mí.
         -          No, gracias. No fumo.
         -          Estar rodeada de humo o fumar; es prácticamente lo mismo.
         -          En ese caso no fumo de cigarros desconocidos.
         -          No tengo ninguna enfermedad, eh. – me sonríe
         -          Ni yo ganas de partirte la cara. Así que haz el favor de alejar eso de mí.
Me sigue mirando en silencio. Hasta que me cabreo y le miro a los ojos con ira.
         -          Veo que no quieres hablar. – me dice el muy imbécil
         -          Veo que ves bien.
Se levanta de la silla y se va. Doy gracias a Dios y a la virgen por tener esos dos minutos de soledad sin que nadie me moleste. Hasta que vuelve a llenarse la silla. Miro y es mismo hombre del tren. 
         -          ¿Te vas a quedar ahí sentada embriagándote con la música que está sonando? – me cuestiona
         -          Sí. No se me da bien bailar.
         -          Venga ya. A todas las mujeres se os da bien. – y sonríe.
Decido apartar mi mirada del vaso, para encontrarme con la suya de ojos azules. Parpadeo de nuevo para no embobarme y sonrío.
Os seré sincera, si no hubiera conocido a Harry, me pondría a zorrear. A comerle la boca y lo que no es la boca también. Y después irme sin ninguna preocupación. Pero ni esos ojos azules, ni la camisa a cuadros, ni el pelo engominado, ni esos labios rosados, podían compararse con él. Prefiero los bolsillos vacíos y las bambas llenas de arena. Los condones de su cartera y mis manos en sus rizos. Apestar a su sudor, antes que cualquier otra colonia. Arrancarme las pestañas para que me pida deseos y dejar que cree la vía láctea por mi espalda. Que se queje de mis pies fríos o se burle de mi apestoso francés. Que se quede tirándome cartas bajo una puerta y con el pelo mojado. Que se dedique a hacerme cosquillas sin tan siquiera tocarme. Prefiero al chico de ojos verdes, que por fin aprendió a besar con los ojos cerrados. Al chico que me prometió únicamente follarme, y el que ahora espero encontrar cada mañana al despertar.
Así que ponme otra copa, porque no tengo intención de recordarte mañana. Y tú tomate otra, porque no te sentará bien recordarme mañana.

dijous, 4 d’abril del 2013

Capítulo 18


Siempre han dicho que de ilusiones se vive. Que mientras queden sueños por cumplir la muerte puede esperar. Que no hay nada más fuerte que la esperanza. Que si quieres, puedes. Y supongo que eso es lo que hoy me mantiene vivo. La esperanza de que en algún momento volveré a verla. Ya sea real o irreal, pero la veré. Esa plácida tranquilidad que me da, aún con el mundo derrumbándose a mi lado. La energía que me transmite. La fuerza que tiene. Esto vale más que cualquier granada, bala o guerra mundial.
Noto de nuevo la luz en mi ojo derecho. Enfoco la vista y aparto la linterna de mi cara. Tara sonríe. Estamos solos en la enfermería. – Mierda, he vuelto a desmayarme – pienso. Me froto los ojos y la miro. Debajo de la bata blanca lleva unos tejanos oscuros ceñidos. Y una camiseta roja de pico. Las mismas uñas rojas que siempre y la linterna detrás de la oreja. Se ha pintado suavemente la raya del ojo inferior y algo de brillo de labios. Pero estoy demasiado desorientado como para darle importancia. Me da un golpe en la rodilla y ésta salta.
           -          Bien, parece que sigues teniendo reacción. – sonríe
Y cuando sonríe sale el sol. El grifo deja de gotear y la música de ambiente empieza a sonar. Y el problema no es que no me guste, si no que empiezo a plantearme si es real o solo mi imaginación.
           -          ¿Qué pasó para que te desmayaras, Harry?
Lo recuerdo y me miro la pierna. Me han cortado el pantalón y tengo el muslo inmóvil por el yeso.
           -          Me pegaron un tiro. - dije
           -          Liam no me dijo eso. – me retó – Decía que viste a alguien. Alguien que no estaba.
Contesto con un largo silencio hasta que me pone la mano en mi pierna libre para que la mire a los ojos. 
sos ojos miel que buscan una respuesta sin necesidad de palabras.
           -          Está bien – empecé – La vi a ella de nuevo.
           -          ¿Quién es ella?
           -          Mi novia. – aseguré
           -          ¿Te pudiste despedir de ella antes de entrar en el ejército?
           -          Sí.
Se quedó pensando. Yo cerré los ojos esperando que no hubiera más preguntas. Pero la suerte no se iba a poner de mi parte.
           -          ¿Cuándo la ves, te habla?
           -          Esta última vez sí lo hizo. Es la misma chica de la que estoy enamorado.
           -          ¿Y aparece de repente?
Suspiro y estiro el cuello hacia arriba. Esto es una tortura. Odio hablar de ella. Odio hablar de lo que veo o no veo. Odio que me quieran arrebatar lo que es mío.
           -          Styles, tienes que intentar no ir a buscarla.
Y entonces me arde la sangre. No puedo hacerlo. Y ella lo sabe. Lo dice como si fuera fácil, como si todos pudiéramos pasar de lo que más amamos. Cómo si ella no se hubiera enamorado nunca.
           -          Sabe que no puedo. – le digo
           -          Claro que se puede.
           -          ¿Cree que no bebería un alcoholico si lo deja dentro de un bar lleno de botellas? ¿Si una cleptómana se podría quedar quieta en una tienda sola? ¿Si un psicópata podría estar relajado con una pistola en la mano? – ella me alzó una deja - ¿Cree que un enamorado podría dejar a lo que más quiere que le hagan daño?
Se hizo el silencio. Tragué saliva pensando que era el final de la conversación.  Pero no lo fue.
           -          No te he dicho que lo hagas, si no que lo intentes. – me dijo – Ahora no vas a poder salir de la enfermería en mucho tiempo. – me maldije a mi mismo – Debes encontrar la paz en ti, en darte lo que te mereces. – Silencio – Mi abuela decía que la única forma de solucionar el problema, era tratándolo.
           -          ¿Y cómo se trata con algo que está en tu cabeza?
           -          Plantándole cara y no poniendo escusas.
Procuré quedarme en silencio. No quería seguir con esta conversación de idiotas sin llegar a ninguna parte. Estaba claro que ella nunca había pasado por lo que yo. No tenía derecho a juzgar la forma de proteger a las personas que tengo. Ella solo se dedicó a llevarme a la habitación de la enfermería, donde había una cama y un baño. Y para mi sorpresa más limpios que los del cuartel. Me senté en la cama y ella se fue. Me dejé caer, a la espera de que me volviera a desmayar y no despertar. Pero no pude. Y me quedé mirando el techo. El techo grisáceo y mugriento.

Noté como se sumergía el calor sobre mi pecho. Alguien me acariciaba. Abrí los ojos poco a poco y la vi. Con su pelo cayendo sobre los hombros. Con su sonrisa de anuncio y los ojos color cafés más bonitos que veré en toda mi vida. Con su olor particular a lavanda y suavidad en el vientre, pero sequedad en las manos. Tan frágil y tan fuerte al mismo tiempo. Me coloqué a la altura de sus ojos, preguntándome si era real o irreal. Me acerqué a sus labios y ella dejó caer su aliento sobre mí. Entonces recordé que no me importaba de qué forma la veía. Sólo quería verla. Y entonces la cogí de la cintura y la besé. Noté de nuevo sus labios rozando los míos. La forma de acariciar el cuello de mi camiseta. El compás de su lengua que siempre me dejaba acompañar y la forma en que mi pecho se descontrolaba. Volví a pegarla a mí, a la espera de que pudiera darme algo más de amor. Algo a lo que agarrarme. Algo con lo que calmara mi locura. Pero se apartó de mí y se sentó a mi lado. Mirando a una pared sin nada y con los pies colgando.
           -          Sé que quieres hablar, Harry. – me dijo
Y que quisiera hacerse la listilla, me causaba más dudas de si era solo una alucinación.
           -          Yo sólo quiero estar contigo, _______. Me da igual de qué forma.
           -          No es verdad. Quieres estar con ella. Ella en la realidad. – suspiró y volvió a mirarme – Yo sólo soy producto de tu imaginación.
Me froté los ojos y me tapé la cabeza con las manos. Notaba como ella me acariciaba la espalda. Era reconfortante, pero no cómo si de verdad estuviera allí.
           -          ¿Y por qué no desapareces y ya está?
           -          Yo no puedo hacer eso, Harry. Sólo lo puedes hacer tú. Tú mandas sobre tu cabeza.
           -          No estoy tan seguro de eso.
Me cogió de la barbilla y besó mi mejilla.
           -          Quizás no desaparezca Harry, pero si no me prestas atención, acabaré haciéndolo.
           -          No puedo, _______. – le digo – Podría no buscarte, no hablarle a nadie de ti, no escuchar tu voz, y pasar días sin olerte. Pero no me pidas que huya si me persigues.
           -          Soy tu pasado. A todos nos persigue nuestro pasado.
           -          Me niego a que seas únicamente mi pasado.
           -          Está bien. – empieza a enfadarse – Pero por ahora no puedo ser tu presente. Así que haz el favor de mantenerte con vida de la forma que sea, porque entonces sí que no seremos nada.
Noté como volvía a marearme. La vista se me nublaba y cogía forma de túnel. Las orejas empezaban a emitir pitidos. Pero me prohibí a mí y a todo mi subconsciente desmayarme otra vez. No volvería a desmayarme. Así que cerré los ojos. Pero al abrirlos ella ya había vuelto a desvanecerse. 

dilluns, 1 d’abril del 2013

Capítulo 17


Le rogué a mi cabeza que se callara de una vez por todas. No podía dejar de pensar en ella y en cómo estaría. Supongo que, en cierto modo, lo hacía a propósito, para que no me olvidara de ella. Yo también lo hice dándole el amuleto.
Revolví mi cabeza con pelo de mierda y me puse la gorra. Hoy era uno de esos días fríos, donde no servía de nada darle cuerda a los relojes rotos. Donde los ayeres ya nunca serán mañana.
Me lamenté a mi mismo por ser tan imbécil por seguir hablando en mi cabeza. Cogí mi desayuno y me senté en la mesa. Louis y Zayn ya estaban allí. Pero un día más, no tuvimos la intención de entablar conversación. No hay nada que preguntarle al destino.
La bombilla roja de encima de la puerta se encendió y empezó a sonar una alarma. Algo que me volvió a recordar al sonido que hace el miedo. De la puerta salió el coronel y todos nos pusimos en pie. – ¡Firmes!- me dije a mi mismo. Respiré hondo y el coronel empezó a hablar.
        -          Hemos recibido alarmas de las fronteras. Polonia está acercándose hacia nosotros y no pensamos permitírselo. – se le volvió la mirada oscura- Veinte de ustedes vendrán conmigo y el Sargento Bacob. Espero que no nos defrauden. Ni a nosotros ni a nuestro país.
Todos nos quedamos inmóviles y en silencio. Esperábamos una respuesta de quién se iba a jugar la vida. Y como mi suerte siempre está hasta el cuello, el que se la iba a jugar iba a ser yo.
        -          Tomlinson, Malik, Horan, Payne -pronunció más nombres- y Styles; vayan inmediatamente al cuartel general.
Nos miramos entre nosotros, suspiramos y salimos de la multitud. Todos nos miraban de esa forma tan común. Como si nos dieran el pésame antes de muertos. Con la compasión en la mirada y la furia en mi garganta.
Llegué el último al cuartel. Me entretuve en atarme los cordones como escusa, para disfrutar de mis últimos minutos de vida. Allí estaba Tomlinson y Malik. A sus derechas al que decían que era rubio cuando tenía pelo y al otro que pretendía hacerme competencia en mi altura. Salió el Sargento y el Coronel. Nos pusimos firmes y tembló el silencio.
        -          Ahora os subiréis a esas furgonetas – empezó hablando el sargento – y daréis el honor que nunca habéis dado por vuestro país. Ahí dentro tenéis todas las armas y recargas. Colocároslas durante el camino y esperad a la orden de salir. – acabó de hablar- Descansen.
Separé los pies y caminé hacia la furgoneta. Abrí la puerta y dejé que entraran todos.
        -          Styles – me susurró con fuerza el Coronel en el oído – haga el favor de dejar de quitarnos tiempo o le mantendré toda la puta noche corriendo.
        -          Sí, Coronel.
Entré y cerré la puerta. Me coloqué el fusil de asalto y una pistola de recambio. El chaleco antibalas y el casco. Me abroché de nuevo las botas y me puse los guantes negros. Esperé a que la furgoneta dejara de rodar y al cabo de dos minutos, se abrió la puerta.
        -          Nada de matar a civiles. – ordenó el Coronel – Venimos en son de paz, pero en el momento que estalle una bala... – se quedó en silencio- ¿Entendido?
        -          Entendido, Coronel. – gritamos todos.
Salimos de allí y empezamos a caminar por la tierra. Era un pueblo pequeño. Lleno de ventanas mal cerradas y más de una rota. Con los niños jugando a las canicas en los porches de sus casas. Paredes con humedades y el cielo grisáceo. Cuando los habitantes nos vieron aparecer rápidamente metieron a toda la familia en casa. Cogiendo a los niños de las orejas y sin dejar de llorar.
De golpe sentí un tirón en el pantalón. Miré hacia abajo y me topé con la vista de un niño rubio y de ojos verdes.
        -          ¿Has visto a mi papá? – me preguntó con un poco de esperanza en sus ojos. - Mamá y yo le echamos mucho de menos.
Se me heló la sangre. Miré a Zayn, y él se encogió de hombros. Me agaché para estar a la altura de sus ojos y le dije algo por lo que luchar.
        -          Ayer vi a tu papá. – mentí - Me dijo que te quería mucho y que volvería tan pronto como pudiera. – vi brillar una luz en sus ojos – Y que ahora eres tú el hombre de la casa y debes cuidar de mamá.
Apareció una mujer detrás del niño y me sonrió con la mirada dándome algo de ánimo del cuál ni siquiera ella tenía. Cogió al niño de la mano y echó a caminar en dirección opuesta. Pero el niño antes me susurró,
        -          Mucha suerte.
Me alcé del suelo con un poco más de alma y coloqué otra vez el arma en su sitio. Caminé hacia la parte trasera de una casa y observé su alrededor. Estaba llena de vallas y las ventanas tapiadas con madera.
Yo no quería matar a nadie. No sé cómo sería capaz de dormir si lo hacía. Pero supongo que a todo te acostumbras y acabaría haciéndolo. Y sabía que ese día era hoy.
Escuché el sonido de una granada explotar y mi compañero Niall, me hizo tirarme al suelo.
        -          Sígueme. – me ordenó.
Y así hice. Nos arrastramos por el suelo hasta estar ambos detrás de un coche rojo.
        -          No es seguro estar aquí. Si nos tiran cualquier bala saldremos volando por los aires. – le dije
        -          No tengo esperanzas en sobrevivir. – susurró
        -          Pero yo si tengo huevos a que salgas vivo. Así que coge tu maldito trasero y vayamos detrás de la casa. Tú al bando derecho y yo al izquierdo.
Una vez hecho, observé el horizonte. Una furgoneta cargada de hombres con ametralladoras se acercaba a nosotros.
        -          Niall, saca tu franco. Espera otro asalto al fuego y dispara al conductor.
        -          Veo más oportuno disparar al motor para que reviente.
        -          No creo que funcione.
        -          Funcionará. – me aseguró con los ojos
No estaba del todo seguro de que fuera capaz de hacerlo. Pero tampoco había muchas más opciones. Me coloqué entre dos contenedores buscando tener el cuerpo a salvo y la vista amplia. Una bala del oponente reventó la ventana de una casa, de donde salieron gritos ahogados. Miré a Niall y ya había colocado la vista en la mirilla. Entonces apretó el gatillo y el coche empezó a sacar humo. Varios de los ocupantes salieron corriendo y entonces estalló el coche. Tres de estos salieron en llamas. Acaricié a Niall con la mirada, diciéndole que era suficiente. Vi como los contrarios se iban acercando cada vez más a nosotros. Pero aún estaban demasiado lejos como para poder disparar. Los seguí con la mirilla y cuando los tuve lo suficiente cerca le disparé a uno. En la cabeza. Saltó el fuego de todos mis compañeros. Volví a la carga y observé como Niall tenía un punto rojo en su cabeza.
        -          ¡Agáchate! – le grité
Volví en busca de aquel imbécil. Me levanté del suelo y corrí hacia detrás de una caseta. Vi como el mismo hombre estaba de espaldas a mí. Me dije a mi mismo que era él o yo. Me hice la sangre de fuego y saqué el cuchillo. Vi cómo él apuntaba a Louis sin que se diera cuenta. Me dije a mi mismo que debía hacerlo. Me acerqué con sigilo, le agarré las manos y le corté el cuello. El hombre cayó al suelo y me juré a mi mismo que no le miraría a los ojos. Cogí su arma y me la colgué en el hombro. Miré a mis espaldas cuando escuché un ruido. Volvían a temblarme los pies. Y entonces di gracias a Dios cuando vi que era Liam. Le pedí que me cubriera mientras miraba por la ventana a ver si veía a alguno. Entonces vi un hombre con gorra negra apuntando a alguien. Miré a ese alguien y todo mi cuerpo quedó inmóvil. Era ella. Otra vez _______. Estaba en medio del campo, escondida entre las columnas del porche. Abrí los ojos y aparté a Liam de mi camino. Me cogió del brazo.
        -          ¿Dónde te crees que vas? – me dijo
        -          Hay un civil allí abajo.
Miró al campo y me soltó el brazo.
        -          Ahí abajo no hay nadie, Harry.
Le di la espalda sin intención de escucharle. Bajé las escaleras corriendo y me acerqué al lado de aquella casa. La veía. Estaba aterrada y se topó con mis ojos. Decía que la ayudara. Grité para mis adentros y me llené de valor. Corrí hacia el porche y me tiré sobre ella. La aparté de la vista y la abracé.
        -          Tengo que sacarte de aquí – le dije
        -          Tenemos que salir de aquí – me susurró
Me acarició la piel y se erizó. Me recordé a mi mismo que no era tiempo para mariconadas. Y entonces noté un dolor irremediable en mi muslo. Grité y solo quedaba aire entre mis brazos. Había vuelto a esfumarse. Me encontré con los ojos de Liam. Me empujó contra la pared y desvió sus ojos a la mirilla. Disparó a un franco que estaba en una ventana y volvió a dirigirse a mí. Sacó un trapo del bolsillo y me hizo un torniquete. Yo estaba inmóvil. Herido y con la piel para hacer croquetas. Con el corazón encogido después de haber vuelto a tener una alucinación. Una alucinación sobre ella. Con un tumor en la mente porque sabía que tendría que volver a la enfermería.
Liam me cogió en brazos y me sacó de allí. Me dejó en la furgoneta y cerré los parpados.  

dijous, 7 de març del 2013

Capítulo 16


POV’s ________ (Tu punto de vista)

Me desperté sollozando. Tenía la respiración descontrolada y los ojos aún mojados. Otra vez había vuelto a soñar con él. Miré a la mesita de noche y todavía seguía ahí el amuleto que me regaló. Suspiré y me caí sobre la cama. Él me faltaba a mi lado. Ahora sería el momento de hacernos los pastelosos. Escuchar como dice mi nombre y me rodea con su brazo. Pero no me permiten tener tanta suerte.
Me lamento por esos cinco minutos donde la cama está fría. Trago saliva y espero que estés bien. Vuelve a caerme una lágrima. Estoy harta. No puedo seguir lamentándome y sin hacer nada. Cambiaré. Cambiaré con tal de romper esta maldita melancolía. Diría que me buscaría a un cualquiera, daría el braguetazo del siglo y que volvería a ser feliz. Pero no puedo estar con una sonrisa en la cara sabiendo que quizás estés muerto.
Me obligué a mí misma volver a levantarme de la cama. Ahora ya no estaba en la casa de la playa. Había vuelto al pueblo. No podía seguir paseándome por esas calles sin ver su cara hasta en las farolas.
Con los calcetines altos por los tobillos y la camiseta por los mulsos, me calenté un vaso de leche. Cuando él se fue pensé en empezar a beber café, para poder aún sentirle cerca, pero me di cuenta de que eso me enfurecía aún más. Saqué la taza del microondas y me senté en el escritorio, con la luz haciéndome sombra y un papel amarillento. El bolígrafo me pedía a gritos que empezara a escribir. Pegué un sorbo a la leche y me hice un moño. Empecé a escribirle. Escribir algo que quisiera que él leyese. La razón contraria por lo que le dejé marchar.

 “Hola Harry. Realmente no tengo la esperanza de que te llegue esta carta. Ni tampoco de que tú recuerdes quién soy. Te escribo con la esperanza de mis jodidos miedos desaparezcan de mi puta cabeza. Perdón por las malas palabras, pero se me hace tan difícil (aún más) controlar mis impulsos si tú no estás.
Estoy sentada delante de la ventana, desesperada por volver a verte. Y créeme, volveré a hacerlo. Aunque me cueste la vida. Agarro con la mano izquierda el amuleto con forma de libélula, que tú me diste antes de marcharte.  Sigo pensando que ese amuleto eres tú en plata. Tú eres la libélula que necesita este mundo. Este mundo en el cuál para mí sólo eres tú. La libélula rápida, escurridiza, insonora y protectora. Sé que siempre has querido protegerme. Pero no te diste cuenta que el que estaba en peligro eras tú. Yo soy la trampa.  
No sé cómo seguirán las búsquedas de guerra por tu país, pero aquí la cosa siempre va a peor. Y no debes preocuparte por mí, yo estoy bien. O eso me enseñó mi madre a decir a la gente cuando me preguntase. Aún con lágrimas en los ojos y las muñecas llenas de sangre, decir que estás bien, es fundamental. Defectos míos, ya sabes.
Encontré un reloj tuyo por mi casa. Lo tengo parado en la hora que te fuiste. Siempre lo llevo en el bolsillo trasero de mi pantalón. Dónde a ti te gustaba llevar las manos. Ahora he dejado de pintarme las uñas. Realmente no tengo ganas de ver colores donde solo hay tristezas. Ya la música en mi casa sólo se apaga para dormir. Y a veces ni eso, porque me quedo sollozando a la canción que regreses.
Pero no te he escrito para hablarte de mí. Ni del montón de peso que he perdido desde que te fuiste. Créeme, no te gustaría verme. Ni que ahora he dejado de pintarme las pestañas, porque ya no tengo ganas de salir volando. Y ya sabes, tú y yo nunca tuvimos una banda sonora que nos idealizase. Ni ningún objeto por recordar. Tampoco teníamos la intención de ir agarrados de la mano. Tú preferías llevarme a caballito y torcerme huesos. Y te lo agradezco. Ahora soy de esos locos de hace diez siglos, donde decían tener un dolor que engendraba placer.
Amarte, no fue nada fácil. Nuestro amor era como saltar a la vía cuando la campana suena. Como adelantar a la policía por la derecha, o comer Oreo sin tener un cepillo cerca. Fue algo lerdo, irrespetuoso y lleno de culpas y remordimientos retrasados. Ni tú ni yo hemos sido de eso que llaman una pareja normal. Pero te sigo queriendo, ¿sabes? Sé que tampoco hace tanto que te marchaste, pero sin embargo yo ya te echo en falta.
Cada noche le rezo a todos los dioses que wikipedia conoce, y les pido que por favor no te pase nada. Porque yo necesito verte una vez más. Solo una más. Sé que estás vivo. Ya que no hay bala, ni mísil, ni bomba atómica que pueda con tu tozudez y la mía juntas.
Sabes que no me gusta que me sustituyan. Así que recuerda que la mayor guerra de tu vida, soy yo.”

Guardé el bolígrafo  y me levanté de la silla. Cogí la taza y la estrellé contra el suelo. Se me escapó un pequeño sollozo. Esto era demasiado duro. Había luchado tanto por ser una persona dura, fría y distante. La cual fuese lo suficiente independiente como para no necesitar nada de nadie. Tantos años luchando, para que ahora volviera a estar como al principio. O peor. No puedo volver a esa locura. No puedo quedarme parada sin hacer nada. No mientras esté viva.
Suspiré intentando tranquilizarme. Cogí la escoba y recogí todo lo que acababa de liar. Pensé en fumarme un cigarro, de esos que tengo en la mesita de noche. Luego recordé que odiaba el tabaco. Y que si tenía ese paquete era por algún borracho de este país que se lo había olvidado en casa. Fui a la mesita de noche, los saqué y los tiré por la ventana. Me molestaba todo aquello de la habitación. Todo. Todo me recordaba a la persona que ya no era. Había cambiado demasiado. Yo ya no era la misma. No podía actuar como tal.
Me acerqué a la pared, con la navaja de bolsillo a la altura de los hombros. Me paré delante de ella. Suspiré. No ganaría nada rajando las paredes. Esta locura no me hacía ningún bien. Lo peor es que era consciente de hasta qué punto podía llegar mi demencia. Si no aparecía antes la esquizofrenia.
Intenté borrarme las imágenes de la cabeza y me metí en la ducha. Iba a vender esta casa. Y en cuanto saliera de esta ducha húmeda, me iría de aquí.
Y así lo hice. Recogí mis cosas y colgué un cartel de “se vende”, en las barandillas del balcón. Me colgué el amuleto del cuello y di uno de mis habituales portazos. Así que volvió el eco. 

dissabte, 23 de febrer del 2013

Capítulo 15


Los deseos suelen pedirse en las tartas de cumpleaños, o las noches que se cambia el año. Aparecen deseos cuando las pestañas se esparcen por tus mejillas. Los deseos dicen que no se pueden decir, pero el dueño de esa lámpara te preguntará tres. Que los deseos pueden ser un puñado de hojas dobladas diez veces dentro de un jarrón, o una palabra a la estrella fugaz. Los deseos pueden cumplirse o desvanecerse. Simpática palabra. Desvanecerse. Al igual que tú. Has sido todo ese mi mayor deseo. Lo que no me deja dormir por las noches. Lo que se ha apoderado de mis recuerdos. Lo que ahora mataría por tener a mi lado. Un infinito deseo. Solo un desvanecer.
El suelo estaba frío y una luz me jodía la vista. Pestañeé un poco y pude enfocar mi retina. La chica se apartó de mí y volvió a poner la maldita luz en el ojo derecho. Y luego en el izquierdo. Conseguí mover mi mano y apartarle la maldita linterna. Tragué saliva intentando recordar lo que había pasado. La que me estaba quemando la retina era la señorita García. Podía ver esos ojos miel mucho más profundos de lo que me había imaginado que eran.
            -          ¿Harry? ¿Estás bien? – me movió la cabeza de un lado a otro para que reaccionara - ¿Me oyes?
Pude toser y me levanté del sitio. El mundo me daba vuelta y los oídos seguían resonándome.
            -          Sí, sí te oigo. Y gritas demasiado para mi gusto. – me llevé las manos a la cabeza. Tenía sangre.
            - ¿Qué me ha pasado?
            -          Te has desmayado. – me dijo
Alcé la vista y pude reconocer la esquina que había travesado _______ antes de desaparecer. Me puse de pie de un salto al recordarlo. Mis ojos estaban abiertos como platos.
            -          ¿Dónde está? ¿Dónde se ha ido? ¿Por qué? –dije gritando
Me acerqué hasta la esquina y la doblé. Ella me seguía desde atrás. Me miró despreocupada. Me tomaba por bobo.
            -          ¿Qué has visto, Harry?
Me planteé un momento si me lo estaba preguntando a mí. Me tuve que preguntar desde mi propio inconsciente si realmente había visto algo, o era solo un producto de mi imaginación.
            -          No lo sé – me senté en el suelo y me llevé las manos a la cabeza
Estaba seguro de que la había visto. Sabía que había salido corriendo. Sabía que era ella. Era su peca. Su forma de doblar los pies al caminar. Eran sus ganas por tenerme controlado.
Me hizo levantarme del suelo. Me llevó hasta la enfermería y se sentó conmigo en la camilla.
            -          Pienso que lo que te acaba de pasar el por culpa de la vacuna, Harry.
            -          ¿A los demás también les ha pasado? – pregunté
            -          No exactamente… Pero no descarto nada. – me susurró. Se quedó un minuto en silencio, supongo que pensando la próxima pregunta. - ¿A quién viste?
Me miraba con esos ojos color miel. Desafiante. Colocó su mano y sus uñas rojas sobre mi rodilla. La acarició. Miré dentro de sus ojos y pude ver su inseguridad, pero a la vez se mostraba segura. - Cómo me recordaba a ella – pensé. Sabía que iba a tener que responder tarde o temprano, pero seguí prohibiéndome a mí mismo decir que estaba enamorado. El amor nos hace débiles. Yo no puedo permitirme ser débil.
            -          ¿No crees que estás haciendo preguntas demasiado íntimas, cuando yo no sé ni tu nombre? – le dije
Se quedó en silencio un momento. Desvió la mirada y tragó aire.
            -          Llámame Tara. – rió – Si no quieres, no me creas, pero te he hecho esa pregunta por recopilar información de la vacuna.
            -          Ya. –ironicé – Claro. Información, Tara.
Ambos sonreímos.  Se alzó hasta la altura de mi cabeza. Empezó a limpiarme la herida. Me escocía, pero me prohibí a mi mismo quejarme. Nada de quejas. No delante de las mujeres. No delante de mujeres que se pareciesen a ella.
Acabó y se apartó de mí. Sonrió.
            -          Ya estás. Ahora ya puedes volver con el pelotón.
Me quedé en silencio. Aún sentado y ella esperando a que me fuera sin decir nada. La miré. Se podría decir que era perfecta en todos los sentidos. Pero algo me fallaba en toda esa perfección. Y sabía lo que era. Pero no estaba preparado para admitarlo. Me miró y se mojó los labios a modo de respuesta.
            -          ¿Puedo preguntarte algo personal? – dije
            -          Depende –rió
            -          ¿Qué edad tienes?
            -          Un año menos que tú.
            -          ¿Tan joven y ya salvando vidas? – me asombré
            -          Tú también estás aquí por salvar vidas, Harry.
Silencio. Tenía razón.
Salí de la camilla y caminé hacia la puerta.
            -          Harry – me giré en seco – Si vuelves a ver algo, o te desmayas, dímelo.
            -          Gracias, lo haré. – sonreí y salí de la enfermería.
Tara. La chica de ojos miel. La chica de pelo oscuro. La chica de las uñas rojas. La chica que me provoca visiones. La chica que a partir de hoy empezará a ser una de mis pesadillas.
Sabía que Tara rebosaba perfección. Perfección en todo lo que había visto y todo lo que me quedaba por ver. No creo que pudiera averiguar ningún trapo sucio. Hay veces que cuando ves a una persona; se te para el corazón, sabiendo que con ella lograrás ser feliz. Que sois posibles. Que abandonaréis el dolor. Todo sería perfecto. Un mundo de guerra, donde yo tuviera que hacer el papel de chico de acero con tal de protegerla. Ella se protegería alrededor de mi brazo y notaría su respiración en mi pecho. Pero siempre hay un pero. Incluso en estas cosas, y el pero aquí es que no era perfecta, porque no era ______. Tara y yo podríamos haber sido felices, si no fuera porque yo ya estaba enamorado de otra que no era ella. Yo dejé de buscar a la chica que quiere sentirse protegida. Yo busco a la chica que seguidamente de decirme su nombre, me susurra que no cree que pueda recordarlo. La que después de follar quería una foto mía. La que yo pensaba que no me iba a volver loco. La que se hacía la dura no saludándome por la calle. La que arrojaría la piña colada justo después de que la pagase. La que prefería apostar, antes que besarme. La que me advirtió que eso me acabaría enamorando. Y yo, iluso entre un mundo de mascaras y etiquetas. Con la indiferencia como escudo y coches que te prometen llevar caballos. Dónde todo huele a vodka de tres euros y con música que solo sirve para bailar. Dónde se envuelve a los muertos con papel brillante y a los vivos entre mierda. Con los que solo aprenden a valorar lo que pierden y no lo que tienen. Aún en la espera de encontrarte caminando descalza. Riéndote sin razones. Mirando, aún con la vista cansada. Viviendo, aún sin mí. 

dimecres, 6 de febrer del 2013

Capítulo 14


Encendí la luz de mi cuartel. Intenté por todos mis medios no mirar a ningún espejo. Los demás chicos estaban como yo, pero era obvio que no les importaba lo que a mí. Miré el reloj de la pared. La pared ya mugrienta con grietas y más de una humedad. El reloj con el minutero roto, marcando siempre las doce y treinta dos. No sabía la hora que era, así que opté por esperar a que me hicieran alguna orden que me lo explicara. Desde que había llegado aquí, aún no había tenido la oportunidad de entablar una conversación con alguien. Nadie de aquí me conocía. Podía ser quién yo quisiera ser. Y por eso mismo opté por volver el chico duro con el que nadie quiere meterse en peleas.
            -          Soldado, es la hora de su almuerzo, ¿qué está esperando a ir? – me ordenó
            -          Disculpe, sargento
Se me quedó mirando, con ganas de decirme algo. No avancé. Llevé la mirada al frente, esperando algo más.
            -          No es que le favorezca mucho el corte de pelo. – me dijo – Pero todo su cabello son células muertas, y todo lo muerto, aquí, se destruye. Recuérdelo.
            -          Claro, sargento.
Empecé a caminar. Dejé de ponerme firme y fui hacia el comedor. Había una inmensa cola que esperaba en la rampa. Me acerqué y me puse detrás de un tal Louis. Veía su nombre en la parte trasera de su chaqueta. Todos tenían el suyo. Me quedé en silencio. Avanzamos y cogí mi bandeja. Me pusieron comida con complejo de cemento. Cogí la cuchara que más limpia parecía y me senté en una mesa vacía. No necesitaba ningún amigo. La soledad me haría fuerte. Pero para no mi tan buena suerte, Louis se sentó a mi lado, junto a un tal Zayn. Nos miramos de reojo y cada uno empezó a comer. Silencio hasta que Louis se rió en voz baja.
            -          ¿De qué te ríes? – le desafié
Me miró sorprendido. Cómo si no tuviera dificultades en buscar problemas.
            -          De tu pelo seguro que no, porque no tienes. – me guiñó un ojo
            -          Yo no necesito pelo para pegarme con nadie. – volví a mi posición
            -          Anda, pues ya tenemos algo en común.
Zayn nos miraba en silencio. Me importaba un comino lo que pensaran ambos de mí. Simplemente quería acabar con todo esto cuanto antes. Quería acabar con el campo de reclutamiento. Si hacía falta dormiría tres horas diarias para acabar antes la carrera.
Un temblor empezó a llegar a mis pies. El agua del vaso empezó a moverse.
            -          ¿Lo notáis? – preguntó Zayn
            -          Sí, ¿qué será?
            -          La guerra. - afirmó Louis
Le miramos mal. Supongo que a ninguno nos agradaba la idea de tener que entrar en esa matanza. Zayn y yo nos miramos y volvimos la mirada al vaso. El temblor se acabó y el murmullo de gente volvió.
            -          Parece que sepas mucho de la guerra- le dije a Louis - ¿Qué sabes?
            -          ¿Por qué se supone que debería contártelo?
            -          Quizás sea yo el que te salve la vida cuando la guerra estalle.
            -          La guerra ya ha estallado. Lo que acabas de ver son  tropas acercándose contra nosotros. Estoy completamente seguro que ha sido Portugal. Una bomba o un estallido para asustarnos. Nuestro juego va contra Portugal. – Me miró de arriba abajo – He oído que te han traído desde España. ¿Te has planteado el por qué de que tuvieran tanto interés en que llegaras aquí?
            -          Pensé que había falta de soldados.
            -          No hay de eso aquí. Ya puedes ver cómo está de lleno el comedor. Y hay otras veinte tropas repartidas por el país. Todos nosotros somos los que lucharemos por los errores que cometieron los de arriba.
Me quedé pensando en ello. Supongo que tenía razón. Pero igualmente, no podíamos hacer nada por evitarlo. O eso nos hacían creer.
Acabamos de comer y fuimos hacia la enfermería. Miré el cielo. Cuatro nubes para hacer bonito. Ni rastro de lo que hablaba Louis. Entré en la sala de espera de la enfermería. Tenían que inyectarme un nuevo fármaco contra las bombas nucleares. O eso decían. Pero la verdad es que no me lo tragaba.
Me llamaron para que pasase dentro. Entré y no había ni un alma. Miré las paredes; blancas, como si quisieran darle algo de luz a este montón de oscuridad. Me reprimí y me senté en la camilla. Y entonces apareció una chica de pelo ondulado y oscuro. Piel morena y ojos miel que me travesaron. Me tomó un segundo para recomponerme. Y mantuve mi mirada.
            -          Buenos días, tú eres… ¿Harry Styles? – me dijo mirando a la lista que sujetaba con la mano izquierda y poniéndose unos guantes de látex
            -          Sí. ¿Cómo se llama usted?
            -          ¡Hombre! – se abrumó – Hacía tiempo que nadie me llamaba de usted. Parece que en este lugar al ser mujer ya dejan de valorarte. – sonrió - Así que sólo te diré mi apellido – me quedé esperando una respuesta  y se rió – García.
            -          ¿Es española?
            -          Mis abuelos lo eran, pero yo nunca he ido a España. – desvió la mirada – Pero he oído que usted sí.
            -          Llegué ayer.
Se alejó de mí y cogió un tubo con líquido azul. Le colocó una aguja nueva y lo golpeó un par de veces con sus uñas rojas. Me miró y sonrió.
            -          Supongo que no le tienes miedo a las agujas. -  me dijo a modo de pregunta
            -          Aquí las agujas son lo que menos me preocupan.
Me remangué la manga y destensé mi brazo derecho. Ella vio mis tantos tatuajes y me miró extrañada.
            -          ¿Tienen algún significado?
            -          Algo que algún día me pasó y no quiero olvidar.
            -          Ah. – cambió de tema – Relájate y toma aire.
Lo hice y noté como la aguja penetraba mi piel. No me dolía, hasta que noté cómo el líquido entraba en mi cuerpo. Empezó a arderme el brazo. La miré con los ojos ensangrentados y sacó la aguja ya vacía, pero el picor seguía.
            -          Es normal que te pique, Styles.
            -          ¿Y qué se supone que hace esta vacuna?
            -          En principio desprende bacterias a las que tendrías que enfrentarte si hubiera- la corté
            -          Ya sé lo que es una vacuna. Me refiero a qué es esta mierda que me habéis metido y qué efectos secundarios puede tener.
            -          La verdad… - se quedó en silencio – Es que yo tampoco lo sé.
Alcé las cejas y miré al suelo. Me colocó una tirita en el brazo y se quedó mirándome.
            -          ¿Seguro que tú y yo nunca nos hemos conocido? – me preguntó
            -           No creo, no me suena su cara.
            -          A mí tampoco, pero hay algo en tu mirada que sí. – revoleteó su cabeza –En fin, ya estás.
Me levanté de la camilla y me acerqué hacia la puerta, pero antes de abrirla y desaparecer, me di la vuelta.
            -          ¿Qué ha sido el temblor de este mediodía?
Se quedó en silencio. Me miró con la mirada caída y se encogió de hombros. Supongo que no lo sabía, o eso me quería hacer creer.
Volví hacia la puerta hasta que me paró.
            -          Styles, vigila con todo lo que pueda pasar ahí afuera. No sé lo que pasará, pero te aseguro que nada bueno. 
            -          Tendré el máximo cuidado, no te preocupes. – sonreí
Salí finalmente de la enfermería. Me seguía picando el brazo y me notaba algo mareado, pero no pensaba darle más importancia de la que tenía. Recordé a esa chica; no sé por qué, pero me parecía de confianza. Quizás sí que era verdad que nos habíamos conocido antes. Quién sabe. Me gustaban sus manos, con esas uñas bien pintadas y largas, nada que ver con las de ______. Supongo que la forma de mover los labios al hablar sí me resultaba familiar. Y que cuando sonreía se tocaba el colmillo izquierdo. Mierda, Harry, para. Céntrate en salir de aquí cuanto antes.
El cielo estaba limpio, sin una nube. De esos días que solo aparecen cuando tienes que quedarte en casa estudiando. Y ahora tampoco es que fuese muy diferente. Iba a revolverme el pelo pero me quedé con las ganas y me quedé con todas las ideas en la cabeza. Escupí al suelo y levanté la mirada. Entonces el pulso se me desestabilizó. Las manos me temblaban y mantenía la mandíbula apretada para que no se fuera volando. Estaba allí, delante de mí. _______ estaba a diez metros de mí. Me quedé sin saliva y caminé hasta ella. Tenía el pie izquierdo apoyado en la pared. Solo veía la parte izquierda de su cara. Con los labios presionados, como siempre que tenía que concentrarse. Con su pelo castaño cayéndole por encima de los hombros, igual que el día que la conocí. Llevaba aquel bikini negro que le quedaba como un guante, pero estaría mucho más preciosa con la ropa en el suelo. Cuando la tuve a dos metros se metió detrás del cuartel. Caminé con el corazón en la boca, y al cruzar la esquina, desapareció.