Quizás la solución más fácil sea olvidarte. He sobrevivido a
tu incendio. Y ahora cargo en mi pecho con quemaduras de tercer grado. Pero
como todos dicen, dónde hubo fuego cenizas quedan. Y aún me planteo si barrerte
o guardarte en un jarrón. Si pasarme las horas ebrio para no recordarte o
empapar pañuelos mientras le rezo a un Dios, en el cuál no creo, y a una
virgen, la cual era más puta que tú y que yo. Si buscarme alguien que te
substituya y darme cuenta de que es imposible, o tirarme de un barranco
esperando que tú estés abajo para sostenerme con la mirada.
Pero lo peor de un incendio no son tus cenizas, ni tu
recuerdo, ni mi locura por recuperarte, ni mi búsqueda constante de tu olor, ni
que me coman los pájaros por dentro, ni que los portazos ya no susurren tu
nombre, ni que los gusanos ya empiecen a salirme de los ojos. Lo peor de haber
sobrevivido a un incendio, es tener que plantarle cara a todo esto.
Enciendo la luz de la mesita. Me rasco los ojos y parpadeo.
Miro un rato el techo blanco y me levanto de la cama. Voy al fregadero y me
mojo la cara. El espejo refleja mi rostro cansado. Tengo una pequeña herida en
la mejilla y me escuece. Me llevo las manos a la cabeza al ver que ya empieza a
salir mi pelo. Mi querido pelo. Ando cojeando con la pierna vendada y abro la
puerta. Tara se gira al oírme y sonríe. Respiro hondo intentando que mis
emociones no se confundan y me siento en una silla.
-
¿Qué tal has dormido?
-
Bien. Me he despertado alguna vez, pero todo
bien.
-
Te oí hablar con alguien.
Bajo la mirada y ella acepta no seguir con la conversación.
Saca agua oxigenada y otro mugriento líquido rojo. Pone primero uno en el
algodón y se acerca a mí. Se coloca de rodillas y limpia mi herida. La tengo
tan cerca. Noto como su respiración cae sobre mi pecho. Y lo peor es que ella
es consciente de ello. Tiene la mirada fija en mi herida, y yo en sus ojos y en
cada parte de su rostro. Ninguna imperfección. Cómo si todo lo que hiciera solo
pudiera ser alabado. Me vuelve a tocar con el alcohol y me estremezco. Ella me
mira y sonríe. Sopla en la herida y me relajo. Coloca el líquido rojo en mí y
sus dientes en su labio derecho. Sé que busca algo en mi interior. Y aunque yo
siga enamorado de ______, me empiezo a plantear la frase “un clavo lo quita
otro claro”.
Acaba y guarda los objetos. Se acerca a mí y se sienta en la
otra mesa.
-
¿Qué quieres que hagamos hoy? – me dice
-
¿Hagamos? ¿nosotros? – me sorprendo
-
El comandante me ha pedido que te tenga el ojo
encima 24 horas. – sigue sonriendo -Así que no puedes escapar de mí.
Me sale una sonrisa tonta y me la tapo rápidamente. Mojo mis
labios con la lengua, y acto seguido me doy cuenta de lo que puede significar
eso. Me limito a cambiar de conversación.
-
Tengo hambre. – me encojo de hombros
-
Comamos entonces. – se levanta de la silla – Voy
al comedor. No te muevas de aquí. ¿Entendido?
-
Entendido, Señorita García.
Se ríe y sale por la puerta. Me quedo un par de minutos
sentado en la silla, observando la sala. Cuando creo que Tara se ha alejado lo
suficiente; me levanto.
Voy deprisa en busca de mi informe. Abro los armarios y solo
veo vendas y agujas esterilizadas. Lo cierro de un golpe y voy a los cajones.
Tijeras, guantes y otras cosas que salen en las series de televisión. Lo cierro
y voy al armario negro. Lo abro y encuentro una cajonera azul. La abro y bingo.
Informes de cada uno de los militares. Bajo a la letra S y busco “Styles, Harry
Edward”. Está algo mal colocado y lo saco. Me quedo en silencio, a la espera de
que no se escuchen pasos. Discreción y me coloco sobre la mesa a leerlo. En la
primera página hablan de mi físico y mi edad. En la segunda miles de nombres y
números sobre mi ADN. Y en la tercera tratamientos a seguir. Me sorprendo y
sigo leyendo; “principios de esquizofrenia paranoica”. Abro los ojos de par en
par “Tratamiento: Risperdal, Zyprexa, Seroquel, Geodon, Abilify, Clozaril. Si
no hay cambio; realización de electroshock”.
Escucho un ruido y cierro la carpeta. Voy todo lo deprisa
que puedo al armario y lo guardo. Lo dejo como estaba y me acerco al fregadero.
Cojo la botella de agua y me la acerco a la boca. Entonces se abre la puerta.
-
¡HARRY! – me asusto - ¡SUELTA ESA BOTELLA AHORA
MISMO!
Dejo la botella en el mármol y alzo las manos a modo de
disculpa. Se acerca a mí me observa.
-
Dime que no has bebido de esa agua.
-
Lo juro. No he bebido.
Me mira a los ojos comprobando si digo la verdad. Hace que
me cree y me abraza. Me quedo de piedra un par de segundos. Reacciono y le
devuelvo el abrazo. Noto su calor sobre mi pecho. Ahora parece tan frágil. Me
sorprendo el porqué de esa botella. Y ahora que la siento sobre mí, me doy
cuenta de que ya necesitaba un abrazo. Ofreciéndole protección entre mis
brazos, vuelvo a echar de menos a _____. La veo pestañear un par de veces y se
aparta.
-
¡Podrías haberte muerto! ¡Es H2O
pura! ¡No vuelvas a tocar las cosas de aquí! ¿Entendido?
-
Entendido, Señorita García.
Se ríe ante mi comentario y me empuja. Saca una bolsa de
papel y la coloca encima de la mesa. Me siento delante y ella me imita. Sonrío
y saca las cosas. Dos botellas de agua y un par de bocadillos.
-
¿No te han dado el mugriento cocido de cada día?
– pregunto
-
Yo no como lo mismo que vosotros, Styles. – ríe
Me contagia la sonrisa y cojo mi bocadillo. Ella bebe agua y
me quedo observándola. El pelo le cae sobre los hombros y tiene varios reflejos
rojizos. Se da cuenta de mi mirada y ríe.
-
Me intimidas.
Cierra la botella y muerde el bocadillo. Me mira. La miro.
Idealizo. Revolotea las pestañas y le hablo. Hablamos. Hablamos. Es de latino
América. Recorro todo su cuerpo con mis ojos verdes. Me topo con los suyos. Sueño.
Le hablo de _____. Reacciona bien. Sólo quiere ser amigos. Pero para qué
cojones quiero yo más amigas. Me calmo y pienso en _____. La soledad de este
sitio me ahoga. El color de sus uñas me confunde. Su sonrisa perfecta me
debilita. El olor de su pelo me aniquila. Aunque sepa que yo sigo enamorado de
ella, Tara podría cambiarlo. Podría olvidarme de ella. No, es imposible
olvidarla. Respiro hondo y vuelve a hablarme. No muestra ningún síntoma de
celos. Serás zorra. Podrías arquear una ceja, apretar las manos contra la mesa
o algo. Haz alguna señal. Sin respuestas.
Me asusto de mis propios pensamientos y empiezo a plantearme
lo de la esquizofrenia. Necesito dormir. O alejarme de este sitio. Pero en ese
momento entra el comandante en la enfermería.
-
Firmes. – me grita
Me levanto del sitio y me cuadro.
-
¿Qué Styles? ¿Ya está de nuevo de mariconeo?
¿Cree que pintándose las uñas va a poder salvar a su país?
-
Señor, ustedes me metieron en la enfermería.
-
¡Pero tú sabes que es hora de la
artillería! ¡Y que yo sepa no se
necesita la pierna para aprender a montar armas! ¡Así que mueve tu trasero de
blanco y ve hacia la puñetera clase!
Se da la vuelta y sale de la caseta. Relajo el cuerpo y miro
a Tara. Me baja la mirada y me acompaña hasta la puerta. Antes de salir me
quedo observándola de nuevo. Finalmente decidí irme sin más.
Llegué a la clase. Todos estaban sentados en el suelo, con
una mesa mugrienta delante. Me senté lo más rápido posible y nos ataron un
pañuelo detrás de la cabeza.
-
¡Soldados! ¡Todos ustedes deben ser capaces de
montar un arma hasta con los ojos cerrados! – silencio – A la de tres empezarán
a montar el arma. Justo en el momento que acaben podrán irse a descansar. Los
diez últimos deberán aceptar el castigo que el comandante les otorgue.
¿Entendido?
-
Sí, señor. – gritamos todos
-
Uno. Dos. Y tres.
Puse mis manos sobre la mesa en busca de mis instrumentos.
Ahora que me invadía la oscuridad podía pensar con más claridad. _______ era la
resultante de mi esquizofrenia. No podía permitirme estar bajo tratamiento, ni
acabar con electroshock. No puedo hacerle eso a mi familia. No pueden
permitirse más dolor. No ahora. La única que podía salvarme era Tara. Era la
única mujer en todo el campo. Y ______ no iba a volver. ______ no podía
salvarme.

