Pov’s____________ (Tu punto de vista)
Hola Tatiana,
Aún tengo tu imagen
impresa en mi cabeza. Hacía mucho tiempo que no hablábamos tan así; yo aquí
escribiéndote y tú allí leyéndome. Sé que ha pasado mucho tiempo. Y me hubiera
encantado llamarte y pedirte consejo. Decirte que, algo (o alguien) me estaba
cambiando. Te pediría que me devolvieran a mi antiguo yo. Con el corazón y el
culo como piedra. Dónde solo buscaba un tío que me follara; y no a un tío que
se preocupa de que al mear no manche mi váter. ¿Recuerdas cuando brindábamos en
la cubierta de aquél barco por un “ojalá”, por un “quizás” o por un “no creo
que suceda”?. Dónde me explicaste tantas cosas. Y yo tantas mías. Como la
hermana mayor que nunca tuve. Aunque solo nos hayamos visto una vez. Siempre me
he sentido sola. Menos cuando apareciste tú. Y cuando apareció él. Irónica la
forma de llamarlo; “él”. Él que quizás no sea de esos romanticones que te comen
el coño con nata y fresas. Pero ya sabes que yo tampoco soy de esas. Aunque
tampoco estoy segura. Ya te he dicho que he cambiado tanto. Pero ahora él no
está. Y me duele tanto. Me duele tanto que mataría por volver a ser mi antigua
yo. Por volver a ser tan como tú. Espero que algún día me perdones por haber
roto una promesa. Perdóname por haber quemado las doscientas cincuenta y seis
fotos de mi caja de zapatos. Menos la última. En la cual salía él. Pero quiero
que sepas que no me arrepiento, ni me arrepentiré.
Siempre estaré para
ti,
__________.
Apoyo la cabeza en el cristal frío del tren. Va dando
pequeños brincos cada diez segundos. Pienso en mí, y en la locura que estoy
cometiendo ahora mismo. A punto de pasar por debajo del atlántico para ir en
busca de un hombre que no sé donde está, ni cómo está, ni si quiera si aún está
en este puto planeta. Pero supongo que eso de razonar nunca se me ha dado muy
bien. Miro el reloj y marca las doce y cuarto de la noche. Tengo un hombre
delante de mí, sigue despierto, aunque no se ha percatado de mi presencia. Está
muy ocupado leyendo en su fantástico Ipad. Me muevo y me ve. Sonríe. A ninguno
de los dos nos vendría mal algo de conversación.
Se saca los cascos y me dice:
-
¿La he despertado?
-
No, no. No se preocupe. – silencio - ¿Y usted,
no puede dormir?
-
Por favor, no me trate de usted, tenemos la
misma edad. – vuelve a sonreír
Me fijo en sus ojos azules, con mirada desolada. Aún con
algo de esperanza. Supongo que al igual
que la mía.
-
¿A dónde te diriges? – le pregunto
-
Londres. Por trabajo. ¿Tú?
-
Cheshire. Por amor. – le aseguro - ¿De qué
trabajas?
-
Periodista.
Me quedo en silencio. No creo que sea muy bueno trabajar de
eso y estar aquí. Apenas hay información de los problemas de Gran Bretaña. Y
por algo será.
-
Te aconsejo que la gente no lo sepa. Podrías
meterte en líos.
Me sonríe con los ojos.
-
Gracias. – suspira - Te aconsejo que si quieres
una vida tranquila, vayas a América y te olvides de ese chico. No saldrá de
aquí hasta que se acabe la guerra.
-
La tranquilidad no es lo mío. – sonreí – Nunca
lo ha sido.
-
Entonces – me da esperanza con la mirada – nunca
te rindas.
Me abraza sin tocarme y observo cómo se mueve el paisaje (o más
bien luces). Al cabo de media hora, el bus se detiene. Llegamos a un pueblo con
complejo de rancho. Un pueblucho que cualquiera sería capaz de olvidar. Cojo mi
chupa de cuero y me la pongo en ambas mangas. Dejo mi bolso y mi mochila encima
del asiento. No tengo nada que me puedan robar. Todo mi dinero lo llevo en mi
teta izquierda. Para variar.
Bajo del autobús y camino hacia un bar, al cual se dirige
todo el mundo. – Voy a ser algo sociable – pensé. Pero en cuanto vi como había
más humo que oxigeno, la idea desapareció de mi cabeza. Me acerqué a la barra,
dejando sobre mis muslos la chaqueta y colocando ambos codos sobre la mesa. No
pensaba dar buena impresión. Es más, tenía la intención de embriagarme, que se
me pasara el camino rápido y contarle, al pobre desgraciado que me sirviera una
copa, todos mis problemas.
-
¿Qué le pongo a la señorita? – me preguntó. Aún
no sabía que yo podía ser el peor de sus problemas esta noche.
-
Un vaso de ron.
-
¿Con qué se lo mezclo? – sonríe
-
Con nada. – aseguro – Puedo con ello.
Alza una ceja y se aleja de mí. Y en un tiempo mucho más
largo de lo deseado, me trajo mi ron. Le doy un trago como si de agua se
tratase y noto como todo mi cuello arde. Me gustaría hacer ese suspiro para
evitar el ardor. Pero prefiero sufrir. Siento que me lo merezco. Y es entonces
cuando se me acerca el más capullo de todo el bar. Se sienta a mi lado; como si
yo tuviera algún interés. Acerca su brazo al mío más de lo necesario y le pide
una copa al camarero. Alzo la mirada al techo. No quiero hablar. Me tiraría un
eructo con tal de que éste se alejara. O un pedo. O ambos. Pero ante el miedo
de que se me una al sonido, prefiero quedarme con cara de mala hostia y mirar
al techo.
-
Hola preciosa. – Me susurra traspasándose el
límite. Me aparto un poco, dejándole claras las distancias.
-
Hola.
Le doy otro trago al vaso. Sé que me está mirando. Y cada
vez suma más puntos para llevarse un guantazo. Yo no soy de esas pánfilas de
los libros que se creen alagadas cuando un hombre la mira. Prefiero las cosas
claras.
-
Nunca te había visto por aquí.
-
Será porque no soy de aquí. – le sonrío con
falsedad y vuelvo a mi vaso.
-
¿Quieres? – me dice acercándome su cigarro a mí.
-
No, gracias. No fumo.
-
Estar rodeada de humo o fumar; es prácticamente
lo mismo.
-
En ese caso no fumo de cigarros desconocidos.
-
No tengo ninguna enfermedad, eh. – me sonríe
-
Ni yo ganas de partirte la cara. Así que haz el
favor de alejar eso de mí.
Me sigue mirando en silencio. Hasta que me cabreo y le miro
a los ojos con ira.
-
Veo que no quieres hablar. – me dice el muy imbécil
-
Veo que ves bien.
Se levanta de la silla y se va. Doy gracias a Dios y a la
virgen por tener esos dos minutos de soledad sin que nadie me moleste. Hasta
que vuelve a llenarse la silla. Miro y es mismo hombre del tren.
-
¿Te vas a quedar ahí sentada embriagándote con
la música que está sonando? – me cuestiona
-
Sí. No se me da bien bailar.
-
Venga ya. A todas las mujeres se os da bien. – y
sonríe.
Decido apartar mi mirada del vaso, para encontrarme con la
suya de ojos azules. Parpadeo de nuevo para no embobarme y sonrío.
Os seré sincera, si no hubiera conocido a Harry, me pondría
a zorrear. A comerle la boca y lo que no es la boca también. Y después irme sin
ninguna preocupación. Pero ni esos ojos azules, ni la camisa a cuadros, ni el
pelo engominado, ni esos labios rosados, podían compararse con él. Prefiero los
bolsillos vacíos y las bambas llenas de arena. Los condones de su cartera y mis
manos en sus rizos. Apestar a su sudor, antes que cualquier otra colonia.
Arrancarme las pestañas para que me pida deseos y dejar que cree la vía láctea
por mi espalda. Que se queje de mis pies fríos o se burle de mi apestoso
francés. Que se quede tirándome cartas bajo una puerta y con el pelo mojado.
Que se dedique a hacerme cosquillas sin tan siquiera tocarme. Prefiero al chico
de ojos verdes, que por fin aprendió a besar con los ojos cerrados. Al chico
que me prometió únicamente follarme, y el que ahora espero encontrar cada
mañana al despertar.
Así que ponme otra copa, porque no tengo intención de recordarte
mañana. Y tú tomate otra, porque no te sentará bien recordarme mañana.


